27/10/13

El premio de fotografía





Teresa se llevó una gran alegría cuando recogió el sobre del buzón. Aunque no lo abrió supo, por el membrete, de qué se trataba y me esperó hasta tarde sólo para ser ella quien me diera la noticia.
-        ¡Enhorabuena!- serían más de las diez y en noviembre la noche era ya cerrada. Había encendido la lámpara de pie junto a la librería y se había servido un vino blanco.
-        ¿Y eso? ¿Te has comprado lencería nueva y me espera una noche inolvidable? – bromeé mientras le besaba en la mejilla.
-        ¡Tonto!- me contestó sonriente al tiempo que me alargaba la carta.
Al igual que ella, reconocí el logotipo de la Asociación de Fotógrafos y vi el subtítulo que acompañaba a la marca. Best Picture Award.
-        Vamos, ábrela- me apuró ella.
Se trataba de una misiva estándar, cortés pero breve, en la que me anunciaban que había sido seleccionado como finalista al galardón al mejor fotógrafo de prensa del año, algo a lo que todos en la profesión aspirábamos. Ciertamente, era improbable que ganara. A la fase final llegaban un centenar de profesionales y las influencias e intereses varios no tardarían en aparecer, la pelea de hienas comenzaría a no más tardar y las llamadas telefónicas sotto voce no cesarían de sonar en los despachos de los jurados. Los cien mil euros del premio eran un tesoro por el que muchos harían cualquier cosa. No iba a tener opciones pero, para mí,  el sólo hecho de ser finalista representaba un orgullo que debía admitir.
-       No puedo creérmelo- dije, mientras me servía yo también un poco de vino. No podía ocultar que me satisfacía.
-       Mi fotógrafo querido.- Teresa me acarició el pelo y me miró con ternura- Te dije que llegarías, hombre de poca fe.
Habían sido años complicados. La crisis se había cebado con mi trabajo como con cualquier otro y siendo freelance la situación era aún más difícil. Cualquiera podía comprarse una cámara digital y ponerse a tomar instantáneas sin ton ni son. Antes, cuando con veinte años  yo había comenzado de ayudante en El Diario Norte, teníamos la protección del coste. Tener una cámara decente era caro, comprar los carretes también y revelar las fotografías se llevaba un buen presupuesto. La calidad, la profesionalidad, eran casi obligatorias porque uno tenía que optimizar los pocos recursos de que disponía. Una toma fallida era dinero perdido e implicaba la bronca del jefe de sección. Pero ahora, cualquier mentecato podía tener su momento de suerte tan sólo por pura estadística. Si haces tres mil fotos digitales en un evento, es más que probable que un par de ellas sean decentes. El único riesgo que corres es que se te desgaste el dedo al pulsar tantas veces  la tecla enter mientras ves pasar las imágenes en la pantalla del ordenador.
Así las cosas, hacía casi cuatro años que había decidido huir hacia delante, invertir en mi profesión, jugármela, gastar el poco dinero que tenía. No en material, porque el que tenía era ya muy bueno, sino en buscar oportunidades. Me dio por viajar, por gastar mis ahorros en visitar países pobres, llegarme hasta donde las catástrofes asolaban el mundo o visitar los barrios más marginales de las ciudades. En lugares así, que además abundan, siempre es posible obtener imágenes imposibles en otros parajes, imposibles para el aficionado que pasea cómodamente por su ciudad. La miseria, para desgracia del hombre, ofrece los momentos más emotivos, los instantes más espectaculares.
La apuesta había tenido su recompensa porque lo cierto es que me había hecho un hueco en el sector y mis fotografías se pagaban bien, lo suficiente para financiar mi próximo viaje y para vivir holgadamente. Había conocido a Teresa, una mujer estupenda también ligada al mundo del periodismo, y habíamos decidido irnos a vivir juntos a un apartamento que alquilamos en la zona nueva de la ciudad, apenas sesenta metros cuadrados pero suficientes para nosotros.
-        ¿Qué foto habrán seleccionado? – me pregunté en voz alta.
-        Qué más da, todas las que haces son estupendas – contestó Teresa.
-       Me adulas para que te deje acompañarme a la ceremonia- bromeé, porque lo cierto era que sin ella ni se me pasaba por la cabeza asistir.
-       ¡Claro¡- me siguió la ironía- y además me vas a pagar un traje nuevo porque a esas galas hay que ir como Dios manda. A ver si también se fijan en mi trabajo el próximo año.
-       Ven- le dije y la abracé contra mí. Era una buena noche y reclamaba el mejor de los finales en nuestra cama.
El día seis amaneció azul, frío como no podía ser de otra manera, pero agradable para llegarse andando hasta el Palacio de Congresos. El taxi nos dejó en el extremo del parque y decidimos caminar hasta la entrada del pabellón, a casi un kilómetro. Yo, con mi esmoquin, ella con un bonito vestido en grises que resaltaban su silueta. Los árboles estaban ya desnudos desde hacía semanas pero la luz del mediodía jugueteaba con las ramas de un modo tan especial que las sombras conformaban dibujos y arabescos que no pude sino admirar.
-       Lástima no haber traído la cámara- dije- estoy viendo unas escenas extraordinarias.
Llegábamos con tiempo. Faltaban más de dos horas para la ceremonia pero queríamos ver primero la selección de fotografías. Este era siempre uno de los momentos más emblemáticos del concurso porque la organización no hacía púbico con qué obra se competía y mantenía el secreto hasta el día de los premios. Así, ni siquiera los protagonistas sabíamos con qué fotografía habíamos llegado a la final, algo que amén de intriga le daba un cierto morbo al evento. Cuando entramos, había ya mucha gente. Cada uno de los ciento y pico finalistas había invitado a varios familiares y a todos estos se sumaban los periodistas que cubrían el acto, políticos, colegas de profesión y una jauría humana que se había apuntado por uno u otro motivo.
Si ya iba seguro de que no podría tener oportunidades, cuando comencé a ver las obras seleccionadas de mis competidores, la cosa me quedó clara.
-       Hay algunas fotografías excelentes, maravillosas – le musité a Teresa- no tengo opciones.
-       Tú qué sabes- me contestó ella al tiempo que me daba un codazo en la cintura- siempre tan pesimista.
-       ¡Pero si todavía ni sé con cuál yo concurso! – protesté- No veo ninguna de mis fotos.
-       Tranquilo, apenas hemos visto una veintena.
-       Habrán puesto las mejores a la entrada como es lógico.
-        ¡Y dale!¡Tú qué sabrás qué criterio han seguido.
Tuvimos que llegar hasta la tercera sala para encontrar la fotografía que habían elegido de mi trabajo. La recordaba bien. Centroamérica. Una plaza amplia y  porticada, muy colonial, encalada en sus paredes y con zócalos pintados en sepia.  En las aceras de sus cuatro lados, tamarindos sin cuidar, sedientos, que así y todo se mostraban vigorosos. Bajo los soportales una bacanal de vida, pequeños tenderetes de botanas, de refacciones de viejos automóviles, lugares donde un podía encontrar piezas que en ningún otro sitio existían ya, un par de tiendas de confección con vestidos de colores elegidos de los polos opuestos del espectro y combinados no se sabía bien cómo, una librería con revistas de mujeres, de cocina o de política. Gentes sentadas en sillas precarias que bajaban de las casas, charlando, bebiendo un traguito de ron y apostando  a los naipes su tiempo que era casi lo único que tenían.
Hice muchas tomas y, cuando ya me iba a marchar, los vi sentados al borde de la carretera que cruzaba la plaza por donde, de tanto en cuándo, pasaban algunos destartalados Chevys importados a los gringos. Dos latas de cacao vacías y abolladas les servían de asiento. Llevaban cada uno un zurrón con cepillos y betunes. Tendrían diez u once años, quizá nueve el más pequeño. Una camiseta raída, pantalones hasta un poco más abajo de las rodillas y chancletas de goma. Pelo cortado y algunos arañazos en los brazos, quién sabe si de castigos o de aventuras vividas entre los zarzales. Simplemente esperaban, y sus ojos todavía no habían claudicado al aburrimiento de la vida. Observaban todo y a todos con la ilusión de la niñez. Se dedicaban a lustrar los zapatos de los que podían permitírselo que no eran muchos en aquel pueblo: el policía, los capataces de las fincas de los alrededores, alguna señora que se acercaba a realizar encargos o los militares del cercano puesto de Aramante. Me cayeron simpáticos nada más verlos, no sé si por su sonrisa o porque me dieron lástima. Ellos, al verme, güero y a todas luces extranjero, se ofrecieron a limpiarme el calzado y yo accedí aunque sabía que la limpieza duraría sólo hasta que volviera a cruzar por entre el polvo de la plaza. No recordaba por qué lo hice, ni tan siquiera de qué conversé con aquellos niños pero sí que estuve un buen rato junto a ellos y que hablamos de lo que hacían, de la localidad y de la fiesta de San Sulpicio en la que la plaza se engalanaba con banderolas y candelas colgadas en la noche.
Les tomé la instantánea cuando ya me marchaba. Ahora, al ver la foto, me daba cuenta de cómo me habían mirado, con ternura, con ansias de salir de allá, con ilusiones rotas, con expectativas nunca dichas de seguirme. Entonces, cuando había enfocado y recalculado  el diafragma no me había percatado de ello, estaba demasiado ensimismado en mi oficio, en vigilar las sombras o afinar la profundidad de campo. Sólo ahora percibía cómo aquel día me miraban tan profundamente. Es extraño cómo, atento a las minucias intrascendentes, uno no se entera de lo que realmente es importante.
-       Es muy buena foto- Teresa me sacó de mis pensamientos- realmente buena, tan humana, con tanta fuerza. No me extrañaría que ganaras.
Sonó el timbre que anunciaba el inicio del acto de modo que nos dirigimos a nuestras localidades en las primeras filas y que nos habían reservado al ser los finalistas. El escenario adornado con enormes conjuntos florales. Tras el presentador, una gran pantalla en la que se iban proyectando las fotografías seleccionadas en un carrusel bastante bien diseñado. El jefe de ceremonias se demoró eternamente en un discurso algo plomizo y los ponentes que posteriormente ensalzaron a la sociedad fotográfica, al periodismo y la clase política alargaron en demasía la introducción. Al fin y al cabo, todos los que estábamos allá queríamos conocer los premios y salir de la incertidumbre.
Por fin, anunciaron el tercer premio. Un colega francés con una impactante foto de los piratas navales en África. Sin duda, se habría jugado el pellejo para tomarla. Diez mil euros para él. Miré a Teresa y le sonreí. Ella me devolvió el gesto apretándome la mano disimuladamente.
El segundo premio fue para un ruso y una imagen tomada en globo cerca de los Urales. Un colorido extraordinario. Seguro que la había procesado por ordenador pero, ciertamente, aunque yo no soy amigo de los retoques digitales, había que aceptar que el tipo tenía una técnica imponente. Veinte mil euros para el ruso.
Tras los aplausos, el presentador dio cierta pomposidad al momento, divagó un poco, para finalmente soltar lo de The Winner is…
Teresa dio un pequeño grito de alegría al tiempo que yo no acababa de entender que, contra todo pronóstico, habían dicho mi nombre. De repente, el mundo me daba vueltas. Todos me miraban, me felicitaban, Teresa me abrazaba, mi foto, la de los dos chiquillos limpiabotas, estaba proyectada en tamaño enorme sobre la pantalla, tenía cien mil euros en mi cuenta bancaria y, a partir de aquel momento, sería célebre y los periódicos de todo el mundo buscarían mis trabajos.
En momentos así, uno se comporta casi como un autómata. Salí, sonreí, agradecí la distinción y alabé a la organización, lancé un beso a Teresa y prometí dar lo mejor de mí en la profesión como esos futbolistas que, antes de cada partido, juran que van a ofrecer el cien por cien a la afición. Luego, la cena bufet, estrechar manos continuamente, palmadas en el hombro, una orquestina que desgranó el repertorio completo de Frank Sinatra, brindis de unos y otros y un cansancio mortal en mis pies tras varias horas que me hicieron desear quitarme los zapatos y lanzarme a caminar por el césped del parque.
Serían casi las dos cuando un sedán de la organización paró ante nosotros para llevarnos a casa.
-        ¿Y? – me miró mi novia, con una sonrisa tierna.
-        ¿Y qué?
-        ¿Qué siente el héroe del día?
-       No sé, no me lo esperaba, aún no sé qué pensar- le devolví la misma sonrisa tierna. Necesitaba acostarme, abrazarla y dormirme mientras lo hacía.
-        ¿Sabes?...- dudó.
-        ¿Qué?
-        Es tu noche de gloria y pareces algo triste.
-        No, triste, no… ¿por qué?
-        No sé, lo pareces. Tus ojos no brillan.
-        No, en serio, estoy bien.
-        ¿En qué piensas?- me besó ligeramente en los labios.
Tardé en contestar.
-        En ellos.
-        ¿En quién?
-        En los chiquillos, los de la foto.
-        ¿Por qué?
-        Fíjate. Tengo cien mil euros gracias a ellos.
-        Gracias a tu oficio, a tu profesionalidad- contestó ella.
-        ¿Sabes qué me pidieron para que pudiera hacerles la foto, para que yo haya ganado todo ese dinero?
-        ¿Qué?- me dijo.
-       Una bolsa de caramelos de la tienda de la esquina. Cincuenta céntimos de euro. Llevaban años envidiando las golosinas.