4/7/09

Tarde de estío



Hace falta poca cosa para ser muy feliz. Él lo sabía desde la tarde en que fueron al río. Sonrió al pensar que los teólogos podrían demostrar la existencia del paraíso tan sólo con preguntarle a él sobre aquel día de estío.

Si le hubiesen preguntado, les habría dicho que el paraje no tenía casi nada de especial y, no obstante, era único porque ella lo hizo mágico. El río bajaba, lento y perezoso, sin prisa por llegar al mar, trazando curvas tranquilas entre los campos dorados de cereal y los prados salpicados de amapolas y campánulas de amarillos estambres. Cerca de la aldea, el discurrir de la corriente cruzaba un bosquecillo de chopos y álamos que, bebiendo de su cauce, alzaban sus ramas verdes muy en lo alto y tejían encajes blancos con las nubes. Era una tarde apacible, no muy calurosa para ser julio. Una brisa inquieta susurraba en las frondas, con esos arpegios de hojas que tan bien acunan el sueño o el soñar despierto. Aquel día, parecía que todos los lugareños comprendían que ellos necesitaban de la intimidad del bosque y nadie asomó su curiosidad por las veredas. Podían oír cómo cantaban los ruiseñores, allá arriba en las copas, probablemente enamorándose entre ellos con trinos de afecto.

Podría haber contado que ella se tumbó con la cabeza en su regazo. Que cerró los ojos y se dejó peinar el pelo mientras el río pasaba, mientras el viento cantaba, mientras el mundo les miraba con envidia. Hubiera podido estar por toda la eternidad acariciando su cabello y aprendiendo, una y otra vez, aquel tierno rostro que se dejaba amar. ¡Dios!, era hermosa. Muy hermosa. Le gustaba todo de aquella mujer. El cielo de su carita, su frente amplia, sus ojos pequeños pero inmensos, sus cejas finas, sus labios dulces – no había nada en el universo tan dulce como sus besos-, sus mejillas de seda, su mentón respingón que tanto deseaba paladear, sus manos delicadas, su cuello apasionado, el tesoro de su inteligencia y de su ternura. Acarició su cuerpo y sintió el deseo. Tuvo celos de la brisa que también la acariciaba. Era hermosa, muy hermosa, con sus párpados cerrados, dejándose hacer, soñando Dios sabe con qué. Aprendió el mapa de su piel, de cada arruguita, de cada lunar, navegó por la silueta de sus pechos y de su cintura, por la sinusoide de sus muslos y de su espalda. Se embriagó de su aroma y de su hechizo.

Si le hubieran preguntado, hubiera contado que las hadas les rodearon y embrujaron el instante. Que la besó con anhelo. Que ella jugueteó a rechazar sus labios para, un momento después, sorprenderle con un beso donde no se lo esperaba. Que la rodeó fuertemente y disfrutó de su piel, que se miraron a los ojos sin descanso, que se tentaron sin reposo, que se contaron secretos íntimos que a nadie más habrían contado.

Si le hubieran preguntado, hubiera dicho que vivía en el paraíso, que era el ser más feliz del universo porque ella le amaba y dejaba que la amara.