18/1/13

Africanus




Africanus, el hijo del cónsul (Ediciones B, 2006) de Santiago Posteguillo es la primera novela de la saga en la que el escritor, profesor e historiador narra la segunda guerra púnica, cuando Aníbal cruzó los Alpes y desoló gran parte de la península itálica hasta caer derrotado en la batalla de Zama. Esta primera entrega termina cuando- tras innumerables derrotas- el joven Escipión el Africano logra por fin una victoria con la toma de Cartago Nova en Hispania. A pesar de que el título de la novela habla del romano y se le dedican bastantes capítulos, se nota un aprecio especial hacia el general cartaginés Aníbal porque es el personaje que más desarrollado está, al que se sigue con mayor precisión, el que resulta más cercano y admirable para el lector.
 
La novela es básicamente un catálogo de hechos históricos novelados y es ahí, en la descripción viva y ágil de batallas y correrías, del sufrimiento del soldado de a pie, de las tácticas militares, donde Posteguillo logra sus mejores páginas. Aun cuando está bien documentada, ciertamente trata más de divertir y difundir didácticamente que de ser riguroso académicamente existiendo algunos anacronismos y exagerando de manera demasiado romántica la actuación heroica de los generales de ambos bandos (la muerte de  Escipión tío evoca al general Custer rodeado de sioux). Llama la atención la aparente contradicción entre el continuo énfasis en una Roma derrotada, angustiada, al borde del colapso, sin hombres que defenderla, traicionada por sus aliados, con la aparición de más y más legiones que siguen oponiéndose con brío a Aníbal y que de hecho, en la realidad, salieron victoriosas. La misma presencia de las legiones romanas en Hispania parece un mero acto defensivo para impedir que se unan los ejércitos de Asdrúbal Barca, allá estacionados, a los de Aníbal  cuando realmente hubo una contra-estrategia meditada de llevar la guerra a tierras del enemigo de igual modo que  Aníbal la estaba llevando a las propias. Se echa en falta también un mayor ahondamiento en los porqués que condujeron a Aníbal a vagar por Italia, especialmente las razones por las que no recibió refuerzos a tiempo. En la novela, los generales romanos siempre tienen la cercanía de Roma (que saca legiones hasta de debajo de las piedras) pero Aníbal aparece como un lobo solitario olvidado por la metrópoli.
 
El autor acierta en la narración de las intrigas palaciegas en el Senado romano y entre las familias poderosas de la ciudad, echándose de menos las que debió haber en Cartago.  
 
Sin embargo, cuando se adentra en el retrato sicológico de los personajes o cuando no está en escena Aníbal, la novela decae. Escipión parece un hombre más del Renacimiento que de la dura época que le tocó vivir, demasiado refinado para ser el implacable general que fue. Incluso, los capítulos dedicados a los años jóvenes del dramaturgo Plauto, a pesar de servir a Posteguillo para describir las calles y la vida del día a día romano, parecen un poco metidos con calzador (al menos, en esta primera parte) ya que la columna vertebral de la historia se mantendría inalterable sin ellos (quizá tome protagonismo en el resto de la trilogía).
 
Una novela amena, con mapas que ayudan a comprender mejor el desarrollo de las contiendas, de prosa dinámica (algo repetitiva en ocasiones) y con capítulos hábilmente terminados para que el interés por leer el siguiente prosiga.