5/6/13

Correspondencias






Amaba los atardeceres de los días en que llegaba el correo.
 
Allí, en aquel paraje tan apartado, ese hecho ocurría cada dos semanas que era cuando el vapor de San Justo se dejaba caer por la caleta para entregar no sólo las cartas sino el arcón con víveres y enseres que de tanto en tanto encargaba al almacén. Ella escribía sus necesidades, se las daba a Camilo, el patrón del pequeño barquito, y dos semanas después recibía lo pedido junto a la factura que pagaba religiosamente con un cheque canjeable en el banco. Ni recordaba cuándo había entrado por última vez en la entidad de ahorros pero poco importaba porque la herencia había sido generosa y le daría para vivir su vida hasta que el Señor decidiera llamarla. Afortunadamente, un par de catarros eran todos los contratiempos a que se había enfrentado y aunque sabía que de enfermar seriamente debería regresar a la ciudad, se aferraba a la idea de que eso nunca ocurriría. El director de la sucursal no hacía preguntas y, viendo que el saldo era ampliamente positivo y holgado, prefería abonar los gastos sin incitar a su buena pero desconocida cliente a que retirara el resto de los fondos.
 
Desde hacía diez años, cuando heredó la casa y decidió ausentarse del mundo para vengar el amor traicionado de aquel hombre, el ritual se repetía con exacta precisión. Primero, hacia el este, más allá del peñón negro, aparecía la fumarola que expelía la chimenea asmática del vaporcito. Luego llegaba la proa y por fin la silueta de Camilo. Él se encargaba de bajar a tierra los alimentos y cachivaches que traía y llevarse lo que Sandra ya no necesitaba. Durante años se había repetido esa rutina simple que para Sandra significaba charlar por una hora y enterarse vagamente sobre las noticias que corrían por San Justo. Luego, dos semanas de sosiego, a veces de tormento por la ira que todavía le llegaba al alma cuando se acordaba de Rafael, de trabajo en el huerto y en las novelas que escribía y que esperaba ver publicadas algún día aunque, de momento, ninguna editorial le había respondido con entusiasmo.
 
Eso fue así hasta el día en que recibió aquella carta, cinco años atrás.
 
Con la primera letra se sorprendió pero, aunque halagada, no le dio mucha importancia. Más las cartas llegaban cada dos semanas con una regularidad que certificaba el interés de Roberto, el hombre que las firmaba. Un admirador, había asegurado. Un empleado de rango medio en la editorial Buenavista al que por azar le habían encargado que revisara uno de los trabajos de ella, una historia de amores lejanos y complicados, una novela romántica de las que atraen las lágrimas de los excesivamente sensibles.
 
-        Nunca un texto me resultó más conmovedor que el suyo, más humano y más necesario de leer. No le oculto que mi jefe, el señor Huyol, no opina lo mismo. A mi sincera recomendación de publicación me respondió que los tiempos de Jane Austen habían quedado muy atrasados, que ahora lo que vende son los crímenes con alta carga de sexo o las historias de políticos corruptos. Me reconvino a no ser tan femenino, así lo dijo, entonando la palabra tan peyorativamente que consiguió avergonzarme. A pesar de ello, mi querida señora, he de decirle que él no tiene razón, que su novela es simplemente maravillosa, que ese amor que usted describe es el que cualquier persona sensible desearía tener. Yo, he de confesarlo, nunca lo he sentido pero si algún día se me recompensa el corazón, quisiera que así fuera. - había escrito aquel sorpresivo y desconocido admirador.
 
No contestó hasta que había ya recibido seis cartas. Entonces, tras aquellos tres meses en que se le mezclaban en el ánimo la sospecha de que todo era una broma con la ilusión renacida, encargó a Camilo un pequeño baúl para guardar las cartas. Ahora, tantos años después, ya estaba bastante lleno y algunas noches en que la melancolía hacía de las suyas y pasaba la noche en vela, encendía la lamparita del salón, tomaba el baulito y se dedicaba a releer algunas de aquellos mensajes para consuelo de su corazón y arrullo de su ego. Más de una vez había pensado que aquella correspondencia, revisada y ordenada de alguna manera, podría ser algún día una buena historia epistolar pero sabía que jamás se atrevería a proponer publicar algo tan íntimo.
 
Amaba los atardeceres de los días en que llegaba el correo.
 
El barco arribaba hacia el mediodía cuando el sol estaba alto y el mar transparente brillaba intensamente al reflejar sus rayos, pero ella se aguantaba las ganas de leer la carta inmediatamente. Para evitarlo, se enfrascaba en tareas y trabajos pospuestos, le daba por podar las flores de las macetas, abrillantar la plata del comedor, reordenar por enésima vez lo que la despensa contenía o planchar las sábanas que había ya planchado la tarde anterior. Cualquier cosa para que pasaran las horas, para que el sol se fuese volviendo rojo y los pájaros regresaran a sus árboles. Entonces, y sólo entonces, ella tomaba una gran jarra de limonada y se dirigía al silloncito de tela debajo de la pérgola que daba al mar. Se había hecho traer un largo cable con el que conectaba los altavoces al equipo de música de la sala. Repetía sus elecciones cuando de leer a Roberto se trataba: el  concierto para violín de Tchaikovsky, el de Max Bruch, el vals de Cosette en La Boheme, el adagio del segundo concierto de Brahms, el Mon couer s'ouvre a ta voix de Saint Säens. Se sentaba mirando el horizonte que se iba cubriendo de intensos dorados y brillantes naranjas, esperaba a que la música le envolviera, tomaba un par de sorbos de refresco y abría lentamente la carta, disfrutando del momento en que reconocía su letra porque todas ellas eran manuscritas.
 
Leía despacio, muchas veces repasaba párrafos enteros y, más tarde, cuando el sol ya se había escondido, cuando Escorpio volaba por el cielo, cuando el mar se había ocultado en la oscuridad de la noche, con una lamparita de gas encendida, contestaba lentamente, procurando trazar las palabras con una caligrafía esmerada, pensando y repensando cada frase, mordisqueando la pluma mientras miraba a lo alto en busca de la inspiración. Por fin, coqueta, dejaba caer una gota de perfume dentro del sobre y cerraba la carta que permanecería a la espera sobre su mesilla durante dos semanas hasta que el vapor de Camilo regresara puntual a su cita.
 
Había sido consciente de que estaba enamorada hacía dos años. Las primeras treinta cartas habían construido una relación intensa, una visión lejana de la personalidad de cada uno que estaba segura era real como el mundo mismo, aun cuando nunca hubiera visto siquiera una fotografía de él, ni él de ella.
 
-        Sus cartas me hacen saber de usted, de su corazón y de su sentimiento, de lo que anhela y de lo que ama, de lo que odia y de lo que le molesta, de sus deseos y de sus temores. Es la imagen que deseo tener y, aunque estoy seguro de que su belleza me abrumaría, no quiero romper este hechizo que me tiene embrujado - había escrito un día él, al inicio de la correspondencia- y, sobre todo, no quiero corresponderla. Si usted me enviara una foto suya, yo me vería obligado a mandarle una mía y eso, irremediablemente, rompería cualquier sueño que usted pueda tener conmigo. Soy consciente de la inverosimilitud de esta relación y no quiero que nada, menos una fotografía, pueda arruinarla.
 
A pesar de ello, Sandra sentía que se conocían todo lo íntimamente que se pueden conocer un hombre y una mujer.  Habían compartido juicios, reflexiones, problemas, consejos, sueños, miedos, desesperanzas y nostalgias, habían escrito de la familia y de los amigos, de los desengaños y de las alegrías, de la soledad, de la ternura, de las fantasías. Con los meses, retiraron toda cautela, bajaron cualquier defensa, se rindieron a la intimidad de la honestidad plena. Y compartir esas cosas- se debió haber dado cuenta antes- es muy peligroso porque basta dejar al tiempo que trabaje para tejer complicidades. Una vez había leído que un hombre y una mujer que hablan durante decenas de años acaban rendidos el uno al otro, lo quieran o no, porque los años traman un vínculo más perfecto que cualquier atracción física y ella ahora sabía que aquello era cierto. Cuando estuvo segura de sus sentimientos, de que el recuerdo de Rafael había desaparecido, cuando sintió turbación con las palabras de Roberto, cuando comprendió que se admiraban mutuamente, cuando el aria de Saint Säens dejó de ser una bella melodía para convertirse en una llamada a la seducción, a la necesidad - porque era eso, necesidad-  de sentirse estrechada entre los brazos de un hombre al que no conocía, cuando pensó en un torso, unos labios y un cuerpo supo que aquel baulito de cartas era su vida.
 
Aquella tarde, el sol rojizo, las aguas arremolinadas por la llegada del otoño, la brisa agradable aunque algo fresca, la espuma de las olas en la rompiente caliza, se enrabietó al comprobar que los hombres son inestables, son poco de fiar, que no mantienen la promesa.
 
-        He pensado mucho en ello, amor- decía él - y he llegado a la conclusión de que mi deseo por tenerte, por conocerte, por deleitarme en ti es mucho más acuciante que mi miedo a que te sientas defraudada, a que me rechaces, a que se derrumbe la idea que tienes de mí. Quiero verte y quiero verte ya.- se tuteaban ya desde hacía tiempo, escribían encendidas frases hacía meses.
 
No pudo contestar y no pudo dormir. Se quedó sentada en el silloncito, frente a las estrellas titilantes y el bramar del océano, envuelta en una manta que sacó del arcón y con un termo de café caliente en la mesita del jardín, la cavatina del decimotercer cuarteto sonando lejana. ¿Conocerse? ¿Por qué los varones son tan volubles? ¿Conocerse para qué? ¿Correr el riesgo de otra traición? Ahora, aquellas cartas eran como las de que llegan en una botella acunada por el mar, esas que hablan de lejanos náufragos que deben ser rescatados, de corales y de pecios. ¿Cambiar eso por la rutina de lo conocido y repetido? Tenía miedo de perder lo que había construido con tanto esfuerzo, con tanta afinidad, con tanta esperanza. Estaba enamorada, sí, pero de un sueño o, quizá, de la maravillosa posibilidad de plasmar cada dos semanas justo, exactamente,  lo que el corazón sentía sabiendo que el receptor de aquellas palabras las entendería, que tendría tiempo a meditarlas y reflexionarlas antes de contestar sin la espera que todo pensamiento requiere para ser atinado. Ahora deseaba a Roberto. Lo hacía con toda su alma, lo amaba en su inteligencia, en su corazón y su piel. Pero el deseo es voluble, tanto como los hombres, tanto como los vientos del norte. Tenía miedo de que esa afinidad, de que esa pulsión por ser abrazada quedara en nada cuando, quizá, aquellos brazos fuesen poco agraciados o carecieran del calor imaginado; cuando aquellos labios ahora tan deseados y sensuales, fuesen quizá fríos o poco expertos; cuando ese intenso placer que ella sentía al pensar en él en la soledad de su cama fuera, quizá, un ejercicio árido y sucio.
 
Amanecía. Sabía lo que le contestaría pero tenía dos semanas para hacerlo. Las campánulas que colgaban de la pérgola se cubrieron de destellos al acariciarlas las primeras luces. Sería un día claro y el mar se había calmado. Como su corazón. Entró en la casa, introdujo la carta en el baúl y cerró con llave. Al pasar junto al espejo se arregló el cabello mientras comprobaba que sus ojos ya no brillaban.