5/7/09

Lejanía cercana



- Padre, ¿qué hacéis? – preguntó Virginia, mientras observaba con curiosidad aquel tubo largo que apuntaba a lo alto.

El hombre se volvió y sonrió a la niña. Estaba tan ensimismado que no la había oído acercarse. La abrazó por el hombro con cariño mientras señalaba el cielo con su índice.

- Estoy descubriendo nuevos mundos – le dijo.
- ¿Nuevos mundos, padre? ¿Qué mundos son esos?
- ¿Quieres verlos, Virginia?

Entró en la casa y regresó con un taburete. Lo colocó junto al telescopio e hizo que la niña se subiera en él. Le pidió que acercara un ojo al extremo del catalejo y le explicó que debía cerrar el otro simultáneamente. Como que la chica no acertara a hacerlo, Galileo se lo cubrió tiernamente con su mano. Se sintió satisfecho cuando la chiquilla lanzó una exclamación.

La noche de verano era tibia y una suave brisa agitaba las sombras de las ramas de los naranjos que delimitaban el jardín de la casona. Una gasa blanquecina volaba por el cielo. Él, ahora, sabía que no era una mancha de luz ni el rastro de los pechos lactantes de una diosa, sino una miríada de astros que centelleaban al unísono, tan apretados los unos a los otros que diríase que la creación era obscenamente derrochadora. Aquellos soles, estaba seguro, tendrían también estrellas errantes vagando a su derredor. Y, si como había descubierto hacía muy pocos meses, las errantes tenían a su vez lunas que las orbitaban, el cosmos era una infinita danza circular que glorificaba al Creador. Escuchando la luz de los cielos, se oía el mensaje elegante de Dios. En ello estaba, precisamente, cuando le había interrumpido su hija. Noche tras noche apuntaba el instrumento a la posición de los satélites que revoloteaban alrededor de Júpiter. Cuerpos mediceos los había llamado en honor al Duque, y estaba satisfecho de su ocurrencia porque aquella alabanza le había supuesto acceder al puesto de matemático de palacio, disfrutar de un buen salario y disponer de una villa a las afueras de Florencia desde donde efectuar sus observaciones con todo detenimiento. Podía calcular ya sus periodos, podía predecir sus movimientos y sentía que aquel conocimiento le alzaba por encima de sus compatriotas en aquel año de 1610.

- Hay muchas luces en el cielo, padre. Pero sólo se ven con este aparato. Es como un ojo grande que todo lo ve – y la mujercita alargaba sus manos tratando de alcanzar aquellos astros que, a sus ojos, estaban tan cercanos.

El trabajo podía esperar unos minutos. Galileo se sentó al borde de la alberca y Virginia lo hizo sobre sus rodillas. A sus diez años apuntaba ya una belleza notable y tenía los ojos de Marina, su madre. La echaba de menos y se la imaginó contando un cuento a Vincenzo en la lejana Padua. Los extrañaba. Había calma en el jardín. Tan sólo el sutil frufrú de los insectos y la música del aleteo de las ramas de los árboles turbaban la noche. Le mostró los arabescos de las constelaciones, le contó de las historias que los antiguos inventaron sobre los astros, le enseñó un punto grande y llamativo que tenía nombre de dios romano y le aseguro que, aunque ella no podía verlas, había lunas chiquititas que giraban en torno a aquella luz. Hizo que mirara otra vez por el telescopio y le aseguró que todas aquellas estrellas que se arremolinaban en el objetivo estaban a tan gran distancia que nadie aún podía calcularla.

- ¿Y a pesar de estar tan lejanas, padre, podemos ver todas esas estrellas con esta máquina? – se asombró la niña.
- Así es, hija. Es como si estas lentes tuviesen el poder de acercar aquello que está muy lejos. ¿Ves? ¿Ves las lentes que hay dentro del tubo? Ellas hacen que los objetos se nos acerquen.
- ¿Podríamos ver Padua con el anteojo, padre?

Galileo supo que Virginia añoraba a su madre. La besó y le dijo que ya era hora de acostarse. Al poco, la niña dormía sosegadamente junto a su hermana Livia. El hombre volvió a salir al jardín y se obligó a continuar con su trabajo pero sus pensamientos, aquella noche, no estaban en el cielo, sino en la tierra.


El día pasó rápido. Dejó la casa antes de que las pequeñas despertaran y, como siempre, insistió a la sirvienta para que no las dejara dormir más allá de las nueve. Su clase de matemáticas en la cátedra le desesperó. Aquella jornada, los alumnos habían estado particularmente despistados, deseando más corretear tras las mozas que atender a sus explicaciones. Tras el almuerzo, debió visitar al secretario del duque. Papeleo. Algo que no le gustaba en absoluto pero que debía aceptar dócilmente para que su generoso salario siguiera existiendo. Las calles de Florencia estaban bulliciosas. El mármol toscano de Santa María del Fiore resplandecía bajo el sol del mediodía y la luz pincelaba reflejos y volutas irisadas sobre sus paredes. Había mercado, así que hubo de dar un rodeo para cruzar el río por el puente viejo y eso le demoró. Le hubiera gustado llegar pronto a casa porque deseaba preparar la observación de la noche con detalle. Por un lado, seguiría anotando las posiciones de los mediceos. Estaba convencido que cuanto más precisas y extensas fuesen sus tablas, mejor podría comprender su movimiento. Por otro, estaba decidido a averiguar qué diantre era aquello que le sucedía a Saturno. Dos noches antes había notado unos abultamientos a ambos lados del planeta. Si su intuición no fallaba, el hecho sólo podía deberse a que se trataba, en realidad, de tres cuerpos que se encontraban muy cercanos, de modo tal que parecía uno sólo al ojo desnudo.

Al llegar, las dos niñas salieron corriendo a recibirlo. La criada estaba sentada bajo la sombra del tamarindo, aparentemente vigilante de las correrías de las chiquillas.

- Padre, padre – la vivaracha Virginia le miró con ojos chispeantes y felices- vamos a ver a nuestra madre. Mañana. Livia y yo la veremos.

Galileo se sobresaltó en un primer momento. Era imposible que Marina hubiera emprendido viaje sin avisar. Un rápido comentario con la sirvienta le convenció de que sólo se trataba de un juego de sus hijas. Olvidó la ocurrencia y se enfrascó en la preparación de la noche. Algo habría de hacer con aquella situación, sin embargo. Amaba a Marina, amaba a los niños y echaba mucho de menos a Vincenzo que ya iba para cinco años. El tiempo había pasado demasiado rápido. Con las dificultades económicas que arrastraba en Padua nunca se planteó desposarla. Quizá debiera haberlo hecho años atrás. Pero ella no mostraba interés por el matrimonio. Le bastaba con disfrutarle cada día, le decía, y esto adormecía su remordimiento aunque en el fondo de su corazón sabía que la culpa era de él mismo. Sí, cierto que al inicio de su relación, cuando la melena suelta y las pecas del rostro de Marina le enamoraron, lo consideró sólo un juego divertido. Eran jóvenes y él tenía su cabeza en otros asuntos más importantes que el matrimonio. Ahora, tras tantos años con ella, se preguntaba si podría tener una vida en la que esa mujer no estuviese presente. Le dolió cuando el párroco apuntó en el libro de nacimientos que Virginia había nacido de la fornicación con una mujer veneciana. Más aún le hirió cuando escribieron que el padre de Livia era desconocido. Eso no le agradaba, no estaba a gusto consigo mismo. Tendría que hacer algo, ahora que la paga era buena. Era tan testaruda aquella mujer. ¿Por qué no quiso venir a Florencia? En cuanto finalizara las observaciones que más le acuciaban, regresaría a buscarlos y reuniría la familia. Se casaría con ella y reconocería a los niños.

Había oscurecido y no había nubes. La luna seguía oscura y la noche prometía ser plácida y clara. La vía láctea seguía allá arriba y las estrellas titilaban con desdén hacia los asuntos del mundo. Unas brillaban con fuerza y otras eran tenues. Supuso que todas las estrellas serían iguales ya que Dios las habría creado todas similares al inicio del tiempo. Si así fuera, aquella diferencia de brillo sólo podía deberse a que unas estaban más lejanas que las otras. Dos veces más lejana, dos veces menos brillante; tres veces más distante, tres veces más tenue; y así sucesivamente, pensó. ¿O su luz variaría con los cuadrados? En cualquier caso, eso podría servirle para calcular la distancia entre unas y otras. Bastaría saber la distancia a una estrella para, a partir de ese dato, establecer el camino existente a la siguiente. Tenía que darle alguna vuelta al asunto. Lo comentaría con Paolo, su mejor colega en la universidad. Habría que hallar, primero, algún sol cercano del que pudiera calcularse su paralaje.

Pero eso sería otro día. Ahora, debía centrarse en sus estrellas errantes. Localizó rápidamente a Júpiter. Empezaría por la rutinaria toma de datos, tediosa pero necesaria. Luego, se ocuparía de Saturno. Se acercó al telescopio y lo giró hacia el punto de luz que colgaba del cielo. Tomó la pluma y acercó su ojo al catalejo.

- ¡Maldita sea, por la Santa Madonna!- exclamó- y miró a los lados para asegurarse de que no le habían escuchado. Un emérito profesor debía comportarse.

Palpó con sus dedos el círculo que delimitaba el extremo del tubo. No soñaba. La lente no estaba allá. Alguien la había extraído, de modo que el instrumento había perdido toda su capacidad de ampliación. Supuso que, por alguna razón que no comprendía, la lente se habría caído. Entró corriendo en la estancia y tomó un candil. Todo esto iba a arruinar la noche. Sus pupilas se contraerían y no serían capaces de distinguir matices, amén de que su estado de ánimo ya estaba lo suficientemente alterado para que pudiera incluso llegar a confundir un planeta con otro. Salió al jardín y, gateando con la lámpara en su mano, buscó por entre la hierba alrededor del telescopio. No había nada, la pieza tan valiosa no estaba.

Así que la peor hipótesis tomaba cuerpo. Sus enemigos habían sustraído la lente. Siempre lo había temido. Y era la mejor que tenía. La que lograba ampliar más de mil veces el objeto. La que le había llevado más tiempo fabricar. La que cuidaba como a una hija. ¡Ah! ese Luigi de Porpironna. Llevaba tiempo buscando conseguir una. Un mal tipo. Había tenido la osadía de negar que la luna poseía montañas cuando él así lo publicó en El Mensajero. El mequetrefe había afirmado, refiriéndose a él, que “ese loco de Pisa pretende conocer más que Aristóteles y sólo consigue caer en el mayor de los ridículos cuando afirma que hay altas cumbres en la luna”. Qué lenguaraz. Seguro que ese envidioso era el responsable del hurto. Probablemente quería ver el cielo por sí mismo para intentar refutar sus afirmaciones y, para ello, necesitaba sus lentes. La técnica no era desconocida pero la destreza para pulirlas con suficiente precisión no era común. Bien recordaba sus fracasos hasta lograr fabricarlas correctamente. Los ladrones, sus competidores, desearían tener éxito al primer intento y, para ello, nada mejor que robarle una.

Se enojó con el destino. Cuando paladeaba ya su éxito definitivo en la vida, llegaba esta artimaña. Debería acudir a la justicia pero todo esto era un contratiempo enorme porque nunca es bueno conseguir notoriedad por estos asuntos, aún cuando se sea la víctima. Al Duque no le gustaban los manejos turbios. El robo, por otro lado, disturbaba sus estudios. Volver a pulir otra lente no era cosa que pudiera hacerse de un día para otro. La luna crecería a plena en pocos días más y su luz impediría observaciones precisas. Y, peor aún, podría perder su empleo. Quizá Marina, a la postre, tenía razón y nunca podría asegurarle un porvenir sólido.

Debía presentar algún indicio. A los guardias les sería imposible dar con los malhechores partiendo de la nada. Incluso les sería complicado determinar qué estaban buscando. Se imaginó a sí mismo intentando explicar a un alguacil tosco y analfabeto lo que era una lente y su enorme utilidad. Probablemente le tomaría por un chiflado y aparcaría la investigación en cuanto saliera por la puerta. Ya había suficientes pícaros, alborotadores y criminales en Florencia como para rebuscar por un vidrio minúsculo que ninguna dama prendería como joya en su pecho.

Entró en la casa y aporreó la puerta de la estancia de la sirvienta. Esta, envuelta en una bata mal atada, con su gorro de dormir medio caído y una vela en su mano, abrió desconcertada y alarmada. Pensaba que la villa ardía en llamas o que las niñas sufrían algún ataque. Cuando Galileo le explicó lo que sucedía tardó en reaccionar. Aquel hombre se estaba volviendo loco. Tanto jaleo por un simple trozo de cristal. No, no había visto nada anormal en todo el día. La única persona que se había acercado a la casa había sido el muchacho que trajo la carne pero era de confianza y no se apartó en ningún momento de su lado. Por lo demás, había sido un día apacible, cansino por el calor implacable y tan sólo inquietado por los molestos mosquitos que revoloteaban en torno a la charca. Si un ladrón había violentado la casa, ella no lo había visto.

Galileo se sentó, frustrado y desconsolado, junto a la mesa de su estudio. A través de la ventana, abierta, miró a Júpiter y supo que los mediceos estaban allá, girando ajenos a las miserias de las envidias humanas. Saltó con sus ojos de estrella en estrella, de Mizar al Boyero, de Perseo a la gran cruz del Cisne que volaba majestuosa por la bóveda. A simple vista apenas divisaba los diversos colores y brillos de los luceros pero sabía que estaban ahí porque los había estudiado con su anteojo durante los meses precedentes. Volvió a pensar en que aquella diferencia de luminosidad debería servir para calcular el espacio entre los astros. Su cabeza bullía de ideas e intuiciones.

Pero, sobre todo, su mente estaba en Marina. Y en Virginia, Vincenzo y Livia. Como le ocurría siempre que se dejaba arrastrar por el pesar, su pensamiento buscaba el cobijo de su compañera. Hubiera querido estar ahora en el lecho con ella, apretado contra sus pechos que, aún tras tres vástagos en su vientre, se mantenían tersos y atractivos. A pesar de los diez años transcurridos la seguía viendo hermosa y ella decía que le veía hermoso a él, algo que siempre le pareció mucho más inverosímil que el haber hallado satélites en torno a Júpiter o montañas en la luna. Habían pasado buenos momentos juntos y, debía admitirlo, era feliz con ella. Definitivamente tenían que discutirlo y legalizar su convivencia. Podría salir bien. El que la echara tanto de menos ahora, así lo probaba. Ojala estuviera en Florencia y no tan lejos. Ojala la pudiera acariciar y besar, poder verla mañana mismo como había dicho su hijita que iba a suceder cuando él entró en casa… verla, había dicho.

Una idea fugaz y feliz alumbró la razón de Galileo. Era un idiota y ahora se daba cuenta. Liberado de su ansiedad, rió con fuerza y se contuvo sólo por el temor a despertar a la criada y que esta llamara a los galenos, segura de que había perdido la razón.

Caminó sin hacer ruido hasta la alcoba de las niñas y entornó la puerta con suavidad. Estaban dormidas, soñando acaso con su madre. Se dirigió al pequeño armario y abrió el cajón donde sabía que guardaban sus más preciados regalos. Allá estaba. La lente reposaba sobre un pañuelito y estaba intacta, aunque algo manchada de polvo y huellas de grasa.

Ver muy lejos. Eso le había explicado que se podía hacer con aquel cristal. Y Virginia le había preguntado si podrían ver a su madre en Padua. Al cabo, eran hijas suyas y habían heredado su inquietud y su afán curioso. Si querían algo, lo perseguían. La niña habría pensado que si todas aquellas lentes juntas acercaban la lejana luna, una bastaría para llegar hasta Marina. Imaginó que ya habrían observado las flores durante la tarde, aumentadas por la improvisada lupa, alguna mariposa azul y las líneas de sus manos. Se sentó junto a ellas y las miró con ternura. Después, salió al jardín, colocó el cristal en su soporte y dejó que su imaginación fuese arrastrada por los astros.

Al día siguiente, Virginia le explicó que, como el telescopio tenía varias lentes, era justo que las repartieran entre todos los de la familia para que cada uno pudiera ver lo que más deseara. Galileo la besó y prometió que irían pronto a Padua.


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2 comentarios :

Internautilus dijo...

Bueno, pues has conseguido engancharme a tus escritos y, sobre todo, has conseguido algo que nunca había experimentado con tanta demasía, esto es, sentir verdadera envidia de tu capacidad para pergeñar historias y de manera tan prolija. Yo, que me exprimo la sesera buscando nuevos temas y tardo días en conseguirlos, veo como tú, día a día, eres capaz de desgranar historias interesantes y bien escritas. Así que !Chapeau¡ y no dejes de escribir, para solaz de tus lectores, entre los que me considero de los primeros.
Saludos,
V.

Félix Remírez dijo...

Pues, gracias nuevamente por los inmerecidos halagos. De todos modos, esto va por rachas. Unas veces se te ocurren historias - buenas o malas- y otras épocas hay sequía.
Saludos.