domingo 5 de julio de 2009

Lejanía cercana



- Padre, ¿qué hacéis? – preguntó Virginia, mientras observaba con curiosidad aquel tubo largo que apuntaba a lo alto.

El hombre se volvió y sonrió a la niña. Estaba tan ensimismado que no la había oído acercarse. La abrazó por el hombro con cariño mientras señalaba el cielo con su índice.

- Estoy descubriendo nuevos mundos – le dijo.
- ¿Nuevos mundos, padre? ¿Qué mundos son esos?
- ¿Quieres verlos, Virginia?

Entró en la casa y regresó con un taburete. Lo colocó junto al telescopio e hizo que la niña se subiera en él. Le pidió que acercara un ojo al extremo del catalejo y le explicó que debía cerrar el otro simultáneamente. Como que la chica no acertara a hacerlo, Galileo se lo cubrió tiernamente con su mano. Se sintió satisfecho cuando la chiquilla lanzó una exclamación.

La noche de verano era tibia y una suave brisa agitaba las sombras de las ramas de los naranjos que delimitaban el jardín de la casona. Una gasa blanquecina volaba por el cielo. Él, ahora, sabía que no era una mancha de luz ni el rastro de los pechos lactantes de una diosa, sino una miríada de astros que centelleaban al unísono, tan apretados los unos a los otros que diríase que la creación era obscenamente derrochadora. Aquellos soles, estaba seguro, tendrían también estrellas errantes vagando a su derredor. Y, si como había descubierto hacía muy pocos meses, las errantes tenían a su vez lunas que las orbitaban, el cosmos era una infinita danza circular que glorificaba al Creador. Escuchando la luz de los cielos, se oía el mensaje elegante de Dios. En ello estaba, precisamente, cuando le había interrumpido su hija. Noche tras noche apuntaba el instrumento a la posición de los satélites que revoloteaban alrededor de Júpiter. Cuerpos mediceos los había llamado en honor al Duque, y estaba satisfecho de su ocurrencia porque aquella alabanza le había supuesto acceder al puesto de matemático de palacio, disfrutar de un buen salario y disponer de una villa a las afueras de Florencia desde donde efectuar sus observaciones con todo detenimiento. Podía calcular ya sus periodos, podía predecir sus movimientos y sentía que aquel conocimiento le alzaba por encima de sus compatriotas en aquel año de 1610.

- Hay muchas luces en el cielo, padre. Pero sólo se ven con este aparato. Es como un ojo grande que todo lo ve – y la mujercita alargaba sus manos tratando de alcanzar aquellos astros que, a sus ojos, estaban tan cercanos.

El trabajo podía esperar unos minutos. Galileo se sentó al borde de la alberca y Virginia lo hizo sobre sus rodillas. A sus diez años apuntaba ya una belleza notable y tenía los ojos de Marina, su madre. La echaba de menos y se la imaginó contando un cuento a Vincenzo en la lejana Padua. Los extrañaba. Había calma en el jardín. Tan sólo el sutil frufrú de los insectos y la música del aleteo de las ramas de los árboles turbaban la noche. Le mostró los arabescos de las constelaciones, le contó de las historias que los antiguos inventaron sobre los astros, le enseñó un punto grande y llamativo que tenía nombre de dios romano y le aseguro que, aunque ella no podía verlas, había lunas chiquititas que giraban en torno a aquella luz. Hizo que mirara otra vez por el telescopio y le aseguró que todas aquellas estrellas que se arremolinaban en el objetivo estaban a tan gran distancia que nadie aún podía calcularla.

- ¿Y a pesar de estar tan lejanas, padre, podemos ver todas esas estrellas con esta máquina? – se asombró la niña.
- Así es, hija. Es como si estas lentes tuviesen el poder de acercar aquello que está muy lejos. ¿Ves? ¿Ves las lentes que hay dentro del tubo? Ellas hacen que los objetos se nos acerquen.
- ¿Podríamos ver Padua con el anteojo, padre?

Galileo supo que Virginia añoraba a su madre. La besó y le dijo que ya era hora de acostarse. Al poco, la niña dormía sosegadamente junto a su hermana Livia. El hombre volvió a salir al jardín y se obligó a continuar con su trabajo pero sus pensamientos, aquella noche, no estaban en el cielo, sino en la tierra.


El día pasó rápido. Dejó la casa antes de que las pequeñas despertaran y, como siempre, insistió a la sirvienta para que no las dejara dormir más allá de las nueve. Su clase de matemáticas en la cátedra le desesperó. Aquella jornada, los alumnos habían estado particularmente despistados, deseando más corretear tras las mozas que atender a sus explicaciones. Tras el almuerzo, debió visitar al secretario del duque. Papeleo. Algo que no le gustaba en absoluto pero que debía aceptar dócilmente para que su generoso salario siguiera existiendo. Las calles de Florencia estaban bulliciosas. El mármol toscano de Santa María del Fiore resplandecía bajo el sol del mediodía y la luz pincelaba reflejos y volutas irisadas sobre sus paredes. Había mercado, así que hubo de dar un rodeo para cruzar el río por el puente viejo y eso le demoró. Le hubiera gustado llegar pronto a casa porque deseaba preparar la observación de la noche con detalle. Por un lado, seguiría anotando las posiciones de los mediceos. Estaba convencido que cuanto más precisas y extensas fuesen sus tablas, mejor podría comprender su movimiento. Por otro, estaba decidido a averiguar qué diantre era aquello que le sucedía a Saturno. Dos noches antes había notado unos abultamientos a ambos lados del planeta. Si su intuición no fallaba, el hecho sólo podía deberse a que se trataba, en realidad, de tres cuerpos que se encontraban muy cercanos, de modo tal que parecía uno sólo al ojo desnudo.

Al llegar, las dos niñas salieron corriendo a recibirlo. La criada estaba sentada bajo la sombra del tamarindo, aparentemente vigilante de las correrías de las chiquillas.

- Padre, padre – la vivaracha Virginia le miró con ojos chispeantes y felices- vamos a ver a nuestra madre. Mañana. Livia y yo la veremos.

Galileo se sobresaltó en un primer momento. Era imposible que Marina hubiera emprendido viaje sin avisar. Un rápido comentario con la sirvienta le convenció de que sólo se trataba de un juego de sus hijas. Olvidó la ocurrencia y se enfrascó en la preparación de la noche. Algo habría de hacer con aquella situación, sin embargo. Amaba a Marina, amaba a los niños y echaba mucho de menos a Vincenzo que ya iba para cinco años. El tiempo había pasado demasiado rápido. Con las dificultades económicas que arrastraba en Padua nunca se planteó desposarla. Quizá debiera haberlo hecho años atrás. Pero ella no mostraba interés por el matrimonio. Le bastaba con disfrutarle cada día, le decía, y esto adormecía su remordimiento aunque en el fondo de su corazón sabía que la culpa era de él mismo. Sí, cierto que al inicio de su relación, cuando la melena suelta y las pecas del rostro de Marina le enamoraron, lo consideró sólo un juego divertido. Eran jóvenes y él tenía su cabeza en otros asuntos más importantes que el matrimonio. Ahora, tras tantos años con ella, se preguntaba si podría tener una vida en la que esa mujer no estuviese presente. Le dolió cuando el párroco apuntó en el libro de nacimientos que Virginia había nacido de la fornicación con una mujer veneciana. Más aún le hirió cuando escribieron que el padre de Livia era desconocido. Eso no le agradaba, no estaba a gusto consigo mismo. Tendría que hacer algo, ahora que la paga era buena. Era tan testaruda aquella mujer. ¿Por qué no quiso venir a Florencia? En cuanto finalizara las observaciones que más le acuciaban, regresaría a buscarlos y reuniría la familia. Se casaría con ella y reconocería a los niños.

Había oscurecido y no había nubes. La luna seguía oscura y la noche prometía ser plácida y clara. La vía láctea seguía allá arriba y las estrellas titilaban con desdén hacia los asuntos del mundo. Unas brillaban con fuerza y otras eran tenues. Supuso que todas las estrellas serían iguales ya que Dios las habría creado todas similares al inicio del tiempo. Si así fuera, aquella diferencia de brillo sólo podía deberse a que unas estaban más lejanas que las otras. Dos veces más lejana, dos veces menos brillante; tres veces más distante, tres veces más tenue; y así sucesivamente, pensó. ¿O su luz variaría con los cuadrados? En cualquier caso, eso podría servirle para calcular la distancia entre unas y otras. Bastaría saber la distancia a una estrella para, a partir de ese dato, establecer el camino existente a la siguiente. Tenía que darle alguna vuelta al asunto. Lo comentaría con Paolo, su mejor colega en la universidad. Habría que hallar, primero, algún sol cercano del que pudiera calcularse su paralaje.

Pero eso sería otro día. Ahora, debía centrarse en sus estrellas errantes. Localizó rápidamente a Júpiter. Empezaría por la rutinaria toma de datos, tediosa pero necesaria. Luego, se ocuparía de Saturno. Se acercó al telescopio y lo giró hacia el punto de luz que colgaba del cielo. Tomó la pluma y acercó su ojo al catalejo.

- ¡Maldita sea, por la Santa Madonna!- exclamó- y miró a los lados para asegurarse de que no le habían escuchado. Un emérito profesor debía comportarse.

Palpó con sus dedos el círculo que delimitaba el extremo del tubo. No soñaba. La lente no estaba allá. Alguien la había extraído, de modo que el instrumento había perdido toda su capacidad de ampliación. Supuso que, por alguna razón que no comprendía, la lente se habría caído. Entró corriendo en la estancia y tomó un candil. Todo esto iba a arruinar la noche. Sus pupilas se contraerían y no serían capaces de distinguir matices, amén de que su estado de ánimo ya estaba lo suficientemente alterado para que pudiera incluso llegar a confundir un planeta con otro. Salió al jardín y, gateando con la lámpara en su mano, buscó por entre la hierba alrededor del telescopio. No había nada, la pieza tan valiosa no estaba.

Así que la peor hipótesis tomaba cuerpo. Sus enemigos habían sustraído la lente. Siempre lo había temido. Y era la mejor que tenía. La que lograba ampliar más de mil veces el objeto. La que le había llevado más tiempo fabricar. La que cuidaba como a una hija. ¡Ah! ese Luigi de Porpironna. Llevaba tiempo buscando conseguir una. Un mal tipo. Había tenido la osadía de negar que la luna poseía montañas cuando él así lo publicó en El Mensajero. El mequetrefe había afirmado, refiriéndose a él, que “ese loco de Pisa pretende conocer más que Aristóteles y sólo consigue caer en el mayor de los ridículos cuando afirma que hay altas cumbres en la luna”. Qué lenguaraz. Seguro que ese envidioso era el responsable del hurto. Probablemente quería ver el cielo por sí mismo para intentar refutar sus afirmaciones y, para ello, necesitaba sus lentes. La técnica no era desconocida pero la destreza para pulirlas con suficiente precisión no era común. Bien recordaba sus fracasos hasta lograr fabricarlas correctamente. Los ladrones, sus competidores, desearían tener éxito al primer intento y, para ello, nada mejor que robarle una.

Se enojó con el destino. Cuando paladeaba ya su éxito definitivo en la vida, llegaba esta artimaña. Debería acudir a la justicia pero todo esto era un contratiempo enorme porque nunca es bueno conseguir notoriedad por estos asuntos, aún cuando se sea la víctima. Al Duque no le gustaban los manejos turbios. El robo, por otro lado, disturbaba sus estudios. Volver a pulir otra lente no era cosa que pudiera hacerse de un día para otro. La luna crecería a plena en pocos días más y su luz impediría observaciones precisas. Y, peor aún, podría perder su empleo. Quizá Marina, a la postre, tenía razón y nunca podría asegurarle un porvenir sólido.

Debía presentar algún indicio. A los guardias les sería imposible dar con los malhechores partiendo de la nada. Incluso les sería complicado determinar qué estaban buscando. Se imaginó a sí mismo intentando explicar a un alguacil tosco y analfabeto lo que era una lente y su enorme utilidad. Probablemente le tomaría por un chiflado y aparcaría la investigación en cuanto saliera por la puerta. Ya había suficientes pícaros, alborotadores y criminales en Florencia como para rebuscar por un vidrio minúsculo que ninguna dama prendería como joya en su pecho.

Entró en la casa y aporreó la puerta de la estancia de la sirvienta. Esta, envuelta en una bata mal atada, con su gorro de dormir medio caído y una vela en su mano, abrió desconcertada y alarmada. Pensaba que la villa ardía en llamas o que las niñas sufrían algún ataque. Cuando Galileo le explicó lo que sucedía tardó en reaccionar. Aquel hombre se estaba volviendo loco. Tanto jaleo por un simple trozo de cristal. No, no había visto nada anormal en todo el día. La única persona que se había acercado a la casa había sido el muchacho que trajo la carne pero era de confianza y no se apartó en ningún momento de su lado. Por lo demás, había sido un día apacible, cansino por el calor implacable y tan sólo inquietado por los molestos mosquitos que revoloteaban en torno a la charca. Si un ladrón había violentado la casa, ella no lo había visto.

Galileo se sentó, frustrado y desconsolado, junto a la mesa de su estudio. A través de la ventana, abierta, miró a Júpiter y supo que los mediceos estaban allá, girando ajenos a las miserias de las envidias humanas. Saltó con sus ojos de estrella en estrella, de Mizar al Boyero, de Perseo a la gran cruz del Cisne que volaba majestuosa por la bóveda. A simple vista apenas divisaba los diversos colores y brillos de los luceros pero sabía que estaban ahí porque los había estudiado con su anteojo durante los meses precedentes. Volvió a pensar en que aquella diferencia de luminosidad debería servir para calcular el espacio entre los astros. Su cabeza bullía de ideas e intuiciones.

Pero, sobre todo, su mente estaba en Marina. Y en Virginia, Vincenzo y Livia. Como le ocurría siempre que se dejaba arrastrar por el pesar, su pensamiento buscaba el cobijo de su compañera. Hubiera querido estar ahora en el lecho con ella, apretado contra sus pechos que, aún tras tres vástagos en su vientre, se mantenían tersos y atractivos. A pesar de los diez años transcurridos la seguía viendo hermosa y ella decía que le veía hermoso a él, algo que siempre le pareció mucho más inverosímil que el haber hallado satélites en torno a Júpiter o montañas en la luna. Habían pasado buenos momentos juntos y, debía admitirlo, era feliz con ella. Definitivamente tenían que discutirlo y legalizar su convivencia. Podría salir bien. El que la echara tanto de menos ahora, así lo probaba. Ojala estuviera en Florencia y no tan lejos. Ojala la pudiera acariciar y besar, poder verla mañana mismo como había dicho su hijita que iba a suceder cuando él entró en casa… verla, había dicho.

Una idea fugaz y feliz alumbró la razón de Galileo. Era un idiota y ahora se daba cuenta. Liberado de su ansiedad, rió con fuerza y se contuvo sólo por el temor a despertar a la criada y que esta llamara a los galenos, segura de que había perdido la razón.

Caminó sin hacer ruido hasta la alcoba de las niñas y entornó la puerta con suavidad. Estaban dormidas, soñando acaso con su madre. Se dirigió al pequeño armario y abrió el cajón donde sabía que guardaban sus más preciados regalos. Allá estaba. La lente reposaba sobre un pañuelito y estaba intacta, aunque algo manchada de polvo y huellas de grasa.

Ver muy lejos. Eso le había explicado que se podía hacer con aquel cristal. Y Virginia le había preguntado si podrían ver a su madre en Padua. Al cabo, eran hijas suyas y habían heredado su inquietud y su afán curioso. Si querían algo, lo perseguían. La niña habría pensado que si todas aquellas lentes juntas acercaban la lejana luna, una bastaría para llegar hasta Marina. Imaginó que ya habrían observado las flores durante la tarde, aumentadas por la improvisada lupa, alguna mariposa azul y las líneas de sus manos. Se sentó junto a ellas y las miró con ternura. Después, salió al jardín, colocó el cristal en su soporte y dejó que su imaginación fuese arrastrada por los astros.

Al día siguiente, Virginia le explicó que, como el telescopio tenía varias lentes, era justo que las repartieran entre todos los de la familia para que cada uno pudiera ver lo que más deseara. Galileo la besó y prometió que irían pronto a Padua.


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Mar de Sophia



Mar de Sophia (http://www.telepoesis.net/mardesophia/) de Rui Torres es un excelente poemario digital realizado a partir de textos de Sophia de Mello Breyner Andresen. Su interface es elegante, tiene gusto y los poemas (en portugués) son hermosos. Incorpora elementos multimedia (imágenes, voz, sonido) de una manera natural y artística aunque algún sonido resulta irritante en demasía, especialmente en la rutina que explica los fundamentos de programación.

La obra genera textos aleatorios en base a los poemas antes señalados y, el resultado, es sorpresivamente aceptable porque no se generan sólo textos inconexos sino versos interesantes en sí mismos. Un buen trabajo que, por otra parte, ha requerido el uso de bastantes herramientas informáticas.

El nacimiento del arte











12.000 a.C., en algún lugar del centro de Europa.




Ungm apretó contra su pecho la piel de oso que le cubría y se asomó a la entrada de la cueva. Nevaba y estaba oscureciendo. Aguzó su oído y comprobó que todos los sonidos que le llegaban eran tranquilizadores. El blanco manto estaba intacto, sin huellas y eso era bueno. No había alimañas merodeando. Olfateó en el aire, con un gesto idéntico al de algunos simios, asegurándose de que los aromas eran los habituales. No parecía que el oso o el tigre de largos colmillos les molestarían esta noche. Gruñó con satisfacción y volvió a penetrar en la caverna. Con agilidad, se coló por un estrecho agujero en la pared este. Disimuló la entrada con una gran roca y reptó hacia el otro lado. El pasillo comunicaba la gruta externa, abierta y a la vista de cualquiera, con una colosal catedral interna a donde sólo se podía acceder tras arrastrarse por el pasadizo. Habían descubierto aquel hogar hacía ya muchas lunas y, ciertamente, había sido un regalo de los dioses porque les permitía vivir seguros. En muchas ocasiones, los osos se acercaban a la cueva pero ni eran capaces de detectar el camuflado entrante ni, por su tamaño, podrían nunca penetrar en él.

Necesitó unos segundos para que sus pupilas se adaptaran a la oscuridad. Emitió un gemido tierno cuando divisó, al otro lado del lago interior, las sombras y los reflejos que el fuego de la tribu creaban. Caminó despacio, asegurándose de que sus pies pisaban las huellas anteriores. Un resbalón y podría precipitarse al vacío de la gruta.

Sus congéneres gruñeron cuando Ungm llegó hasta ellos. Aunque eran sonidos muy guturales, monosilábicos, constituían un lenguaje plenamente desarrollado. Se sentó junto a la hoguera y tomó un pedazo de carne asada que se llevó con fruición a la boca. Estaba hambriento. A él le llamaban Ungm y nadie más era identificado por tal sonido. Estaban allá también Angt, el más viejo del grupo y el que les guiaba en tiempos de tribulaciones. A la derecha, Romn, ese joven alocado que no hacía ni dos lunas les puso en peligro cuando se lanzó a la caza de un elefante haciendo tanto ruido que hasta el dios sol podría haberles oído a distancia. No entendía cómo Sanb, una hembra de pelo largo y pechos atractivos, podía estar emparejada con aquel mamarracho de Romn. Aquella mujer le gustaba y deseaba fornicar con ella. Sería una buena madre para tener descendientes. Pero la hembra no le hacía caso y se dejaba penetrar por el otro macho en cualquier ocasión. Eso enfurecía a Ungm porque la deseaba y porque sentía cómo una envidia incontenible llenaba sus entrañas. Había intentado que ella se fijara en él. Copulaba con otras hembras para mostrar su poderío, había cazado un lobo y, con su piel, le había fabricado un cobertor para que estuviese caliente en el duro invierno. Incluso, dedicó dos soles a buscar en la corriente del río aquellas piedras amarillentas que tanto brillaban y que tanto gustaban a las hembras. Pero nada había dado resultado y Sanb continuaba acurrucada cada noche entre los brazos de Romn. Y esta noche, ocurría lo mismo. Allá estaban ambos, acariciándose y limpiándose el pelo de insectos. Se miraban con dulzura.

Ungm sabía que aquello no podía continuar así. Tenía que librarse de Romn y sólo había una manera posible. Sería esa misma noche. Él era más fuerte y astuto.

Esperó a que todos durmieran. El humo de la hoguera había ido acumulándose en la caverna y le amodorraba, pero se mantuvo despierto. Cuando estuvo seguro que todos reposaban, tomó su lanza. Se había asegurado de amarrar firmemente la punta de sílex al madero. No quería sorpresas. Se incorporó con cautela, procurando que ningún guijarro se moviera bajo sus pasos. Se acercó a Sanb y Romn que estaban abrazados y aquello le repugnó e hizo que su ira volviera a resurgir aún con más ímpetu. Ella era tan hermosa que tenía que ser suya.

En el momento en que iba a clavar la lanza en el pecho de Romn, este se despertó sobresaltado. Fue rápido y logró esquivar la herida mortal pero la lanza se le clavó en la mano produciéndole un enorme desgarro que, inmediatamente, comenzó a sangrar abundantemente. Súbitamente, todos los habitantes de la cueva se despertaron y comenzaron a aullar y a lanzar gritos. Los unos los hacían de terror, otros de ánimo a uno u otro contendiente y otros intentaban detenerlos chillando. Pero nadie se interpuso. Sanb gritaba aterrorizada. Sabía que si Ungm mataba a Romn ella pasaría a ser propiedad del vencedor. Probablemente, la tomaría nada más terminar el combate como muestra de posesión.

Romn y Ungm peleaban a muerte pero la batalla era desigual. El joven sólo tenía sus manos y su rapidez. Ungm tenía la lanza y había ya herido al otro contendiente en ambas manos y en un muslo. Romn sintió que se mareaba y que le fallaban las fuerzas. Se tambaleó y, para no caer, apoyó sus manos cubiertas de sangre en la pared. Intentó huir apoyándose en la piedra para no perder el equilibrio, corriendo a lo largo de la misma, pero la suerte estaba echada. Ungm clavó el sílex en su pecho y lanzó un grito de triunfo que el eco de la gruta amplificó mil veces. Diez minutos después, sudoroso y sucio, copuló con Sanb ante la vista de todos para certificar su triunfo y avisar a los otros de que morirían si osaban tocarla.




2009 d.C., Anthony Jackson Hall, Londres.




Andrew Boden contuvo sus nervios, se ajustó el nudo de la corbata, y entró en el escenario de la sala de conferencias. Una prolongada ovación le recibió y, tal como lo había ensayado ante el espejo, saludo de modo que pareciera simpático. El moderador le presentó de manera breve pero agasajadora. Allí estaba él, el paleontólogo de moda, el hombre que había descubierto una cueva hasta ahora desconocida y donde, en su interior, se habían encontrado numerosísimos objetos prehistóricos y pinturas rupestres. Los análisis habían datado todo aquello en unos catorce mil años de antigüedad.

Disminuyó la luz para que la presentación pudiera ser vista con corrección. Boden fue explicando, de manera amena pero no exenta de rigor, la localización de la caverna, la metodología seguida en las excavaciones, los hallazgos encontrados en cada estrato, los instrumentos más notables que habían sido descubiertos, especialmente una lanza con punta de sílex y dos vasijas fabricadas ahuecando rocas ligeras. Dejó para el final, el hallazgo más apasionante. Las pinturas. Eran todas antropomórficas. Especialmente manos. Manos rojas pintadas por nuestros antepasados a lo largo de una pared.

- Se preguntaran ustedes si tenemos alguna explicación a estas pinturas. La respuesta es positiva. La tenemos.

Un murmullo de interés se propagó por la sala. Definitivamente, la audiencia estaba rendida ante Andrew. El éxito estaba asegurado. Y, lo que era mejor, las nuevas subvenciones llegarían con toda certeza y nuevos patrocinadores desearían aportar fondos a sus investigaciones.

- Estas pinturas son, sin duda, la primera expresión del arte humano. En algún momento de nuestra primitiva historia, un ser humano sintió la necesidad de expresar su propia personalidad, de decir al mundo que él era hombre, que era un individuo con sueños e ideas, tuvo la necesidad de perdurar en el recuerdo, de que en el futuro se supiera que él había vivido. Y, para ello, nada mejor que plasmar su propio cuerpo en diversas posiciones, en infinitas situaciones. ¿No hacen lo mismo los artistas de hoy, señores? – Andrew detuvo su hablar esperando el asentimiento de su público, cosa que logró sin mayor esfuerzo- Es un arte directo, humano. Aquel artista primigenio ideó un mural. Como lienzo eligió esa pared. Podemos imaginarlo durante semanas buscando el muro ideal, observando sus protuberancias, imaginando en su mente cómo quedaría decorada con los motivos que él deseaba plasmar. Luego, eligió el color. Qué mejor que el rojo que, probablemente, obtuvo de pigmentos extraídos de rocas férricas, aunque él no supiera aún lo que era el hierro. Y, por fin, ese grito de libertad, de individualidad que suponen todas estas manos, en inverosímiles posiciones, cubriendo el lienzo. Probablemente, planificó con esmero la posición de cada una de estas manos rojas. Buscando el efecto que hoy nos conmueve. El artista doblegando el mundo. El ser humano elevándose por encima de nuestras pasiones para alcanzar el paraíso del arte.


Un aplauso rompió la magia del momento y el proyector se apagó. Se encendieron las luces y el moderador dio las gracias a Boden que saludó satisfecho.





Taxi Weblog



Taxi Weblog (http://www.megafone.net/MEXICODF/taxi/intro.php?qt=8&can_actual= ) de Eugenio Tisselli es una obra interesante que no puede encuadrarse, estrictamente, como literatura, al menos como literatura de ficción. Se trata de una especie de diario multimedia en el que 17 taxistas del Distrito Federal de México cuentan sus experiencias con fotografías que ellos mismos van obteniendo en sus correría diarias y con textos que las acompañan. El resultado final es un auténtico caleidoscopio de la ciudad de México, con todas sus contradicciones, con sus miserias y sus maravillas. Un documento de primera mano, real, un ensayo sociológico que tiene la potencia de la cercanía, de la naturalidad. Es, por así decirlo, una novela descriptiva, de costumbres, sin que siquiera hay intentado serlo. Una obra que, por otro lado, es dinámica puesto que sigue ampliándose con las vivencias de los taxistas.


Nada tiene sentido



Nada tiene sentido (http://www.unav.es/digilab/proyectosenl/2002/nada_tiene_sentido/ ) de Iñaki de Lorenzo & Isabel Ara es un relato digital muy interesante. Simula los intentos de una persona que ha quedado encerrado en su casa para comunicarse con el exterior a través de la web, del chat y del e-mail. Así, el propio medio digital tiene pleno sentido en la obra y aparece como algo natural. El interface es sencillo – pero no aburrido- y encaja con la situación narrada. Los textos son interesantes, manteniendo el enigma de si el personaje conseguirá salir de su encierro o no. Siendo, como es, un proyecto de estudiantes para la asignatura de Escritura no lineal de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra , resulta de mucha mayor calidad que otros supuestamente realizados por expertos.

The Luminous Dome



The Luminous Dome (http://www.stephen.com/button/luminous.html ) de Stephen Linhart es un relato fantástico en forma de viaje que utiliza una interface espartana, pobre, y un grupo de enlaces en forma de hipertexto sencillo. Desde este punto de vista la obra no atrae por nada. Sin embargo – para los que gusten de los textos oníricos y fantásticos- el relato tiene cosas que contar e interesa. No es una obra acabada.

sábado 4 de julio de 2009

Órdenes



Llovía torrencialmente, como suele hacerlo en otoño en el Pacífico. Los hombres de la 48ª Brigada de marines se refugiaban bajo las tiendas de loneta, justo al lado de los matorrales que delimitaban el final de la playa. La galerna azotaba los cocoteros y la bandera ondeaba alocada en el mástil.

Tom Richards, soldado de primera y tirador elegido, escribía. Quería terminar la carta antes de que el sol se pusiera porque sabía que, luego, las medidas de seguridad obligarían a apagar los candiles y los generadores se desactivarían. No es que, a estas alturas de la guerra, hubiese mucho riesgo de que los aviones japoneses se aventuraran hasta aquellas islas pero las órdenes eran estrictas al respecto. Estaba sentado sobre la manta de reglamento, con su espalda apoyada en la mochila ya totalmente preparada. Había dejado la casaca a un lado y remangado su camisa en un intento de aliviarse de la insoportable humedad y del calor del trópico. De tanto en cuanto sacudía su mano, en un gesto que ya era casi automático, para ahuyentar a los mosquitos. Quería que la carta saliera en el avión correo que despegaba poco antes del anochecer. Quizá no hubiera más oportunidades porque, para el día siguiente, estaba fijado el ataque al cercano atolón.

Tom escribía a la mujer que amaba. Afiló su lapicero y, mientras lo hacía, los recuerdos se le agolparon. Sabía que aquello no debería estar ocurriendo porque ella era una mujer casada, más no podía evitarlo. Si su madre – una presbiteriana conservadora y piadosa de Kansas- llegaba a enterarse de aquel pecado evidente, el disgusto la mataría. Pero él no podía sino amarla. La vio por primera vez en Marzo, durante un permiso. Trabajaba de camarera en Spezias, el restaurante italiano que, casi por casualidad, había elegido para tomarse unos huevos revueltos con bacon. Llegó tan tarde que el establecimiento estaba a punto de cerrar. Cindy Anderson- que ese era su nombre- fue tan amable que accedió a servirle y a esperar a que terminara. Era hermosa, con sus ojos azules y su melena rubia recogida en una coleta. Le encantaron las pecas que iluminaban sus brazos y su frente. Parecía tan cansada que Tom la invitó a tomarse un café y, contra todo pronóstico, ella aceptó. No era capaz de explicar qué ocurrió pero acabaron tomando dos más en Belton’s y charlaron de todo. Cindy tenía sólo veintiséis años pero llevaba ya tres años desposada. Desgraciadamente casada. Se mostró muy reservada al hablar de su marido. No quería hablar de él, le dolía hacerlo. Ni siquiera decir su nombre. Mentarlo le daba dolor de estómago e inquietaba su ánimo. Tom supo que era un mal tipo, violento y que la golpeaba. Aquella noche, el soldado primero no pudo dormir a causa del recuerdo del rostro de ella. Volvió a Spezias a comer y a cenar y así lo hizo durante los siguientes cinco días. Todas las jornadas acababan en Belton’s hasta que, finalmente, se rindieron a lo que ya era evidente aunque no sabían cómo había ocurrido ni qué podían hacer con su sentimiento. Hicieron el amor la noche anterior al día en que Tom regresaba al frente. Ella le entregó un retrato y él juró mirarlo cada día tantas veces como el servicio se lo permitiera. Si había suerte, tendría otro permiso a final de año y se juramentaron que volverían a estar juntos. Cindy no pudo ir a despedirle. Le dijo que era imposible. Le dijo que la escribiera al restaurante. De hecho, no podía hacerlo a ningún otro sitio porque ni sabía dónde vivía.

Terminó la carta y la metió en el sobre.

Faltaban aún tres horas para el amanecer cuando ya estaban formados dentro de las lanchas de desembarco. Con todo el equipo encima. A pesar de la hora, hacía ya calor y Tom sudaba bajo el casco metálico. Comprobó, en un gesto inconsciente, su fusil y se palpó el cinturón para asegurarse que los diez cargadores colgaban de él. Para un tirador de élite como él, el arma era lo más importante. Nadie hablaba. En el mar sólo se escuchaba el aburrido ronroneo de la hélice. Ya había pasado por eso y sabía qué les esperaba al llegar a las playas. Afortunadamente, él no iba en la primera oleada. Confiaba en que los muchachos de la 446, que iban delante, limpiaran la cabeza de desembarco para cuando llegaran sus botes.

Oyó las granadas que caían sobre la vanguardia aún cuando no se divisaba la costa. Los cruceros propios quedaron anclados una milla atrás y descargaron toda su potencia de fuego sobre la costa para ablandar la resistencia. Su lancha iba acercándose y ya podía ver cómo los obuses levantaban fumarolas de agua y sangre. La playa era una sucesión de cráteres y los chicos de la 446 habían pasado por un duro castigo. Pero, ya habían logrado avanzar unos cien metros de modo que al llegar a la playa y abrirse el portalón, echaron a correr hacia adelante sin sufrir apenas bajas. Sudoroso y con el corazón fuera de sí llegó a la primera línea. Delante, los japoneses permanecían atrincherados y no se rendirían fácilmente. Durante una hora, las posiciones permanecieron inalteradas. Ambos bandos intercambiaban disparos pero no parecía que fuera sencillo continuar avanzando.

Un capitán se acercó al grupo de Tom. Los soldados saludaron sin levantar la cabeza del foso en donde se encontraban, no fuera a ser que una bala errante acabara con ellos. El teniente se acercó a rastras hasta él y le comunicó las instrucciones que acababa de recibir del mando.

- Señor, el ala derecha deberá avanzar a las tres en punto. Luego, si la maniobra de diversión tiene éxito, nosotros iniciaremos el ataque por este lado izquierdo.
- No, no será así. Atacaremos antes por este flanco.
- Pero, señor, las órdenes son claras. Y en este sector, las defensas son muy fuertes. Sería un suicidio….
- ¿Qué rango es el suyo, teniente?- gritó el capitán.
- Señor, sí, señor. A sus órdenes señor.
- Tome un pelotón y que avancen a mi orden.
- Sí, señor – el teniente saludó marcialmente, mirando con estupor al capitán, casi suplicándole que no enviara a esos hombres a una muerte segura.
- ¡Ah! teniente- dijo el capitán sin mirarle- asegúrese que el soldado primero Richards esté en el grupo. Alguien me ha dicho que es un buen tirador y necesitamos buena puntería en esta batalla.
- Señor, sí, señor. A la orden, señor.

El teniente se arrastró hasta sus hombres y desgranó veinte nombres. Aquellos soldados recibieron su nominación en silencio aunque más de uno masculló alguna blasfemia contra Dios y contra el capitán.

El silbato del capitán señaló el momento del ataque. Olvidándolo todo y acumulando todo el coraje de que fueron capaces, los desgraciados combatientes del pelotón saltaron de la trinchera y corrieron hacia adelante disparando lo más rápido que podían. Duró poco el intento. La ametralladora japonesa dejó tendidos los cuerpos inertes en el terreno.

Una hora después, y como estaba previsto, el ala derecha avanzó y rompió el frente. Sorprendidos los nipones por detrás, tuvieron que retirarse y al caer la noche más de siete mil americanos estaban ya tres kilómetros tierra adentro. En la playa, hacía tiempo que reinaba la tranquilidad de la muerte.

Los sanitarios recogían los cadáveres. Habían ido rescatando a los heridos y hasta que todos estuvieron atendidos no se preocuparon de los muertos. Estos no tenían prisa en ser ayudados.

- Señor – un camillero saludó al capitán.
- ¿Sí?
- Aquí traemos al soldado que nos ordenó buscar, señor
- ¿Richards?
- Señor, sí, señor. Así lo marca su placa de identificación.

El capitán se acercó al cadáver que yacía sobre la camilla y comprobó en la placa el nombre.
- Déjeme sólo ahora, soldado. Ya le llamaré cuando hayan de retirar el cuerpo.
- Señor, sí, señor- contestó el enfermero.

Miró por unos segundos la cara del muchacho. Tenía una mueca de horror. No debía haber tenido una muerte agradable a juzgar por la sangre coagulada en el vientre. Le abrió la chaqueta y rebuscó en su interior hasta encontrar una cartera en uno de los bolsillos interiores. La abrió y sacó una foto de una bella mujer con ojos azules y pecas en la frente que introdujo en su propio pantalón. Entonces, el capitán Anderson llamó al camillero para que retirara el cuerpo mientras sonreía con una mueca de odio.

Wordle


Wordle (http://www.wordle.net/ ) es un analizador de textos literarios (o, en realidad, de cualquier otro tipo) que genera como resultado una nube de palabras (Word cloud) en la que las palabras más utilizadas en el texto aparecen con mayor tamaño y las que apenas aparecen en un tamaño pequeño. Como analizador permite comparar, por ejemplo, el mayor o menor uso de ciertos sustantivos o adjetivos en determinados escritores, poetas o narradores. Como creador literario permite desconstruir un texto en sus componentes atribuyéndole un aspecto visual que evoca con mayor impacto aquellas palabras más relevantes.
El programa permite particularizar la salida en diversos formatos.


Tarde de estío


Hace falta poca cosa para ser muy feliz. Él lo sabía desde la tarde en que fueron al río. Sonrió al pensar que los teólogos podrían demostrar la existencia del paraíso tan sólo con preguntarle a él sobre aquel día de estío.

Si le hubiesen preguntado, les habría dicho que el paraje no tenía casi nada de especial y, no obstante, era único porque ella lo hizo mágico. El río bajaba, lento y perezoso, sin prisa por llegar al mar, trazando curvas tranquilas entre los campos dorados de cereal y los prados salpicados de amapolas y campánulas de amarillos estambres. Cerca de la aldea, el discurrir de la corriente cruzaba un bosquecillo de chopos y álamos que, bebiendo de su cauce, alzaban sus ramas verdes muy en lo alto y tejían encajes blancos con las nubes. Era una tarde apacible, no muy calurosa para ser julio. Una brisa inquieta susurraba en las frondas, con esos arpegios de hojas que tan bien acunan el sueño o el soñar despierto. Aquel día, parecía que todos los lugareños comprendían que ellos necesitaban de la intimidad del bosque y nadie asomó su curiosidad por las veredas. Podían oír cómo cantaban los ruiseñores, allá arriba en las copas, probablemente enamorándose entre ellos con trinos de afecto.

Podría haber contado que ella se tumbó con la cabeza en su regazo. Que cerró los ojos y se dejó peinar el pelo mientras el río pasaba, mientras el viento cantaba, mientras el mundo les miraba con envidia. Hubiera podido estar por toda la eternidad acariciando su cabello y aprendiendo, una y otra vez, aquel tierno rostro que se dejaba amar. ¡Dios!, era hermosa. Muy hermosa. Le gustaba todo de aquella mujer. El cielo de su carita, su frente amplia, sus ojos pequeños pero inmensos, sus cejas finas, sus labios dulces – no había nada en el universo tan dulce como sus besos-, sus mejillas de seda, su mentón respingón que tanto deseaba paladear, sus manos delicadas, su cuello apasionado, el tesoro de su inteligencia y de su ternura. Acarició su cuerpo y sintió el deseo. Tuvo celos de la brisa que también la acariciaba. Era hermosa, muy hermosa, con sus párpados cerrados, dejándose hacer, soñando Dios sabe con qué. Aprendió el mapa de su piel, de cada arruguita, de cada lunar, navegó por la silueta de sus pechos y de su cintura, por la sinusoide de sus muslos y de su espalda. Se embriagó de su aroma y de su hechizo.

Si le hubieran preguntado, hubiera contado que las hadas les rodearon y embrujaron el instante. Que la besó con anhelo. Que ella jugueteó a rechazar sus labios para, un momento después, sorprenderle con un beso donde no se lo esperaba. Que la rodeó fuertemente y disfrutó de su piel, que se miraron a los ojos sin descanso, que se tentaron sin reposo, que se contaron secretos íntimos que a nadie más habrían contado.

Si le hubieran preguntado, hubiera dicho que vivía en el paraíso, que era el ser más feliz del universo porque ella le amaba y dejaba que la amara.



viernes 3 de julio de 2009

Realidad Aumentada


La compañía Atlantis Virtual Reality (http://www.atlantisvr.com/) ha presentado un nuevo sistema de proyección tridimensional que denomina Realidad Aumentada por el cual es posible combinar un entorno real con objetos tridimensionales virtuales. Se graba la imagen real y se combina con la generación digital en una pantalla de ordenador. Esta tecnología, en principio pensada para museos, exposiciones, catálogos interactivos, etc. es también aplicable a libros literarios o digitales ya que podría, por ejemplo, permitir combinar el puro texto con imágenes de lo descrito o ver a un personaje evolucionar o describir visualmente sus rasgos en 3D. Un pasito en la dirección de la holosala (http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/07/futuro-lejano-de-la-literatura-digital.html)

Puede verse un vídeo aquí:



jueves 2 de julio de 2009

Historia de la matemática

Historia de la matemática (Alianza Editorial, 2001 ) de Carl B. Boyer es una referencia obligada si se desea tener una visión completa del desarrollo de las ciencias exactas desde la antigüedad.

Se trata de una obra divulgativa, accessible (mucho en los primeros capítulos y menos a medida que los siglos van pasando) pero no exenta de rigor y de profundidad. En general, se requiere tener una cierta formación básica matemática para seguir la obra.

Escrita en un tono ágil y ameno, sus más de 800 páginas se hacen siempre interesantes.

Aunque cubre la historia de las matemáticas hasta el siglo XX, puede decirse que a partir del siglo XVIII el autor se ha quedado literalmente sin espacio y pasa por los dos últimos siglos de manera superficial y rápida.

miércoles 1 de julio de 2009

Cruising



Cruising (http://www.poemsthatgo.com/gallery/spring2001/crusing-launch.html# ) de Ingrid Ankerson y Megan Sapnar es un texto multimedia e interactivo interesante en su misma brevedad. Una voz relata una historia sencilla, callejera, urbana, de búsqueda adolescente de otra vida más atractiva, mientras que el texto aparece en pantalla con imágenes y todo sobreimpuesto a una melodía muy neotorkina. El usuario, mediante el movimiento del ratón puede ampliar o reducir el texto y las fotografías, congelar o acelerar el scroll y repasar aquello que no haya entendido. O intentar que el texto se deslice al tiempo de la voz. Tiene calidad y originalidad.

Concrete Poetry



Concrete Poetry (http://www.newpollution.co.uk/101/concretepoetry/ ) de Jonny Norridge es un programa dibujante de textos. La poesía concreta es aquella en la que la forma y disposición de los tipos caligráficos busca reforzar la idea del poema y evocar parte del significado del texto. Es más un trabajo interactivo que cae dentro del diseño gráfico que algo literario a pesar de su nombre. El carácter – en forma y clase- que se genera es aleatorio y es complicado crear textos inteligibles y, mucho menos, interesantes. Como juego de letras puede llegar a ser entretenido por unos pocos minutos y como generador de posters puede ser válido.

Evolución


Esta historia sucedió no hace mucho tiempo y, por razones de obvio respeto a la intimidad, no conviene exponer a la pública luz de un blog la verdadera personalidad del protagonista. Convendremos, pues, en llamarle Ferdinand aunque, como el lector avispado podrá suponer, su nombre auténtico ni siquiera se le parece.

Ferdinand era un agnóstico convencido y ferviente defensor del evolucionismo. Había leído todas las obras de Darwin, de Ridley, de Kimura. Comprendía cómo, en un remoto amanecer del océano primigenio, una ameba había mutado para dar paso a un alga y esta, posteriormente, al plancton y, así, en una carrera acelerada y expansiva, a todas las especies del planeta. Entendía los mecanismos genéticos, la influencia del entorno, la adaptación a los retos de la existencia. Poco más hacía falta para explicar el mundo. No obstante, desde sus tiempos de universitario, un asunto le preocupaba. ¿Cuál era el objetivo de la evolución? ¿Puro azar? ¿Las moléculas se recombinaban en montañas de trillones sin fin alguno? ¿Podía el proceso evolutivo terminar tanto en una mosca cabezona como en un hombre nuevo?

Aquella tarde, sin embargo, no era momento para cavilaciones académicas. Hacía calor y era Junio. El cielo estaba pintado con un azul añil, metálico y brillante. Unos cirros altísimos se estiraban blancos por encima de las peñas, como si la atmósfera se hubiese quedado sin acuarela suficiente y hubiera dejado zonas del lienzo sin colorear. Intentó tranquilizarse. Escuchaba el pálpito inquieto de su corazón y su estómago hacía tiempo que estaba tenso. Comprobó por décima vez, en el espejo del retrovisor, que su pelo no se había alborotado con la brisa, que su rostro no presentaba ninguna anomalía de última hora. Ensayó la sonrisa y tras varios intentos para lograr la que deseaba, desistió y se abrumó pensando que nunca resultaría suficientemente atractivo. Sí, ella le había dicho que le quería pero una cosa era decirlo y otra cosa era besarla. Lo deseaba tanto que le parecía imposible que un hombre como él, tan racional, pudiera haberse dejado arrastrar por un torbellino de sensaciones que le inundaban.

Unas oropéndolas volaron asustadas cuando llegó el coche de ella. Llamémosla Lidia aunque, como el lector avispado podrá suponer, su nombre auténtico ni siquiera se le parece. Estaba hermosa, muy hermosa, aquella tarde. Aunque, eso no era una sorpresa porque siempre estaba bella. Una blusa de lino fino y unos pantalones ajustados delineaban el cuerpo que él tanto deseaba. Su corta melena caía simétrica a ambos lados y unas gafas protegían sus ojos del sol del estío. Su rostro, como siempre, mostraba aquella sonrisa que le hechizaba, que emanaba atracción y ternura. Ferdinand no sabía si su corazón se había detenido de súbito o se había desbocado a un ritmo que no podía ya sentirse. Primero, entrelazaron sus manos y él supo en aquel momento que esa era la piel que había esperado desde siempre sentir. Sin decir nada, con el temor y la excitación del descubrimiento, sus labios se acercaron. Era algo que el analítico cerebro de Ferdinand no controlaba. Simplemente, su boca se acercaba a la de ella y ella a la de él. Fue un beso corto, suave, experto en los labios de Lidia, torpe en los de Ferdinand. Seguramente, los relojes se detuvieron en todo el cosmos, o al menos es lo que él sintió. Supo también en ese instante que esos eran, precisamente y sólo esos, los labios que había anhelado desde el inicio del mundo. Acarició su pelo, que jugueteaba con el sol entre arcos iris y reflejos saltarines, y supo que sólo aquel cabello podía tranquilizar su alma. La abrazó con fuerza y se estremeció al tenerla con él, tan cerca, tan íntimamente, comprendiendo que no podría vivir más sin sentir ese cuerpo pegado al suyo. Miro su carita tierna y notó que el amor de Lidia le consumía y le arrebataba.

Lo vio claro entonces. Todas sus disquisiciones teóricas llegaron, de pronto, a su término. No, no era el azar lo que guiaba la vida. El universo entero, las nubes de galaxias que volaban por el cosmos, el anhelo de cambio de las algas y las flores, el vuelo de los pájaros y el juego de las ardillas, la hermosura de las mariposas y el ondear de los campos de trigo que ahora se esparcían hasta el horizonte, la vida de los millones de seres que antes habían llegado al mundo, los amores que existieron y los poemas que se escribieron, todo, todo constituía la necesaria evolución para que Lidia llegara a su vida. El culmen, el infinito, el objetivo de toda la evolución del universo estaba allí, en aquel rostro hermoso que le miraba y derretía su alma en un crisol de ternura.

Miró sus ojos marrones y notó que el sol creaba en ellos unos imposibles reflejos verdes. Se dejó arrastrar por ellos y volvió a besarla. En ese instante, creyó en Dios.