Te veo ahora alrededor y soy consciente que me encanta que llenes mi espacio. Me he acostumbrado a tu presencia, tan cercana y tan lejana, a tu forma de ser, a tu visión del mundo, al tono de tu piel, a tu forma de caminar. Hice un día una lista de lo que me gusta de ti. No fueron muchas cosas pero sí importantes. Tus manos – quién sintiera tu caricia-, tu sonrisa, tu charla interesante y cálida, tu ilusión por la vida, tu forma de ser tan femenina, tu sensibilidad, tu inteligencia, tu lealtad. Pero lo que más me deleita es que tú apenas eres consciente de tu poder. Lo ejercitas con tanta ingenuidad que es aún más atractivo que si supieras que lo haces. Enfrascada en tu labor no llamas la atención y, de pronto, te recoges el cabello con la mano y lo mantienes prisionero por unos segundos en tu nuca, a la vez que giras la cabeza hacia tu hombro como si posaras para un pintor invisible que deseara recoger aquel instante en una acuarela. O como si te apoyaras con ternura en un hombro amado del que tú sólo conoces la identidad. Es un gesto muy tuyo, encantador, dulce. Quizá no dura más de dos o tres segundos. Dejas al descubierto tus mejillas que llaman a ser besadas. Estás ensimismada en tus pensamientos y, en ocasiones, una suave sonrisa te alumbra. Algo te inquieta y, súbitamente, sueltas tu pelo y regresas a tu tarea. Tengo envidia, entonces, de qué ocupó tus pensamientos en ese instante y espero hasta que nuevamente salga el arco iris.
sábado 7 de febrero de 2009
Un gesto
Te veo ahora alrededor y soy consciente que me encanta que llenes mi espacio. Me he acostumbrado a tu presencia, tan cercana y tan lejana, a tu forma de ser, a tu visión del mundo, al tono de tu piel, a tu forma de caminar. Hice un día una lista de lo que me gusta de ti. No fueron muchas cosas pero sí importantes. Tus manos – quién sintiera tu caricia-, tu sonrisa, tu charla interesante y cálida, tu ilusión por la vida, tu forma de ser tan femenina, tu sensibilidad, tu inteligencia, tu lealtad. Pero lo que más me deleita es que tú apenas eres consciente de tu poder. Lo ejercitas con tanta ingenuidad que es aún más atractivo que si supieras que lo haces. Enfrascada en tu labor no llamas la atención y, de pronto, te recoges el cabello con la mano y lo mantienes prisionero por unos segundos en tu nuca, a la vez que giras la cabeza hacia tu hombro como si posaras para un pintor invisible que deseara recoger aquel instante en una acuarela. O como si te apoyaras con ternura en un hombro amado del que tú sólo conoces la identidad. Es un gesto muy tuyo, encantador, dulce. Quizá no dura más de dos o tres segundos. Dejas al descubierto tus mejillas que llaman a ser besadas. Estás ensimismada en tus pensamientos y, en ocasiones, una suave sonrisa te alumbra. Algo te inquieta y, súbitamente, sueltas tu pelo y regresas a tu tarea. Tengo envidia, entonces, de qué ocupó tus pensamientos en ese instante y espero hasta que nuevamente salga el arco iris.
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Lies
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viernes 6 de febrero de 2009
Owl Wolf Ghost
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Los demonios del semáforo
- “Es que, en ocasiones, las bandas usan niños como cebos”- me dijo un día un taxista- “Mejor mantener los cerrojos cerrados”
Arrancaban los vehículos con celeridad, casi patinando algunos sobre el asfalto caliente del verano, ajenos a si los chicos se habían puesto a salvo otra vez en la acera. Corrían a su rincón y el ciclo se repetía cada cuatro minutos. La ciudad, ajena a los chicos, hervía en actividad.
Los ángeles del cielo velaban por ellos mientras que los demonios de las tinieblas, sentados sobre el semáforo, iban anotando las matrículas de todos los carros que ni siquiera abrían las ventanillas. Sonreían abiertamente y chocaban sus manos en señal de éxito al comprobar la gran cantidad de huéspedes que tendrían en unos pocos años.
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miércoles 4 de febrero de 2009
Hoy
Hoy.
Ojala los calendarios no tuvieran esta fecha. Ojala, vientos amigos hubiesen arrancado todas las hojas de todos los calendarios de todos los años de tal día como hoy. Ojala nunca hubiese ocurrido. Los malos duendes de la melancolía, la desesperanza y el dolor rebuscan hoy por los cajones de mi memoria y te evocan. El universo te recuerda. El cosmos llora. Yo lloro. Y las artes de toda la historia confluyen para honrarte cuando llega este día.
Los timbales y las trompetas de Purcell fueron musicados para ti, para ser escuchados en tu honor.
Neruda escribió La noche está estrellada y tú no estás conmigo para que yo lo leyera esta noche.
El destino sabía que el Lacrimosa de Mozart fue creado para nosotros.
El grito final de muerte helada de La Boheme era por tí.
y con Machado he aprendido que habría de hacerse Su voluntad contra la mía. Siempre fue así, siempre es así.
La barca rosa de Gabriela Mistral era la tuya, tierna compañera.
Dante ya sabía que serás la Beatriz que me guíe y me salve cuando arribe mi turno.
Te buscaré más allá de las tinieblas, mi dulce Eurídice. Y no miraré atrás.
También yo, como León Osorio, cien veces quise interrogar al cielo pero ante mi desventura el cielo calla.
He sentido el manotazo duro, el golpe helado, el hachazo invisible y homicida que Hernández anunció.
Con Quevedo espero que seas polvo enamorado. Yo lo soy. Siempre lo seré.
Me aferro a los versos de Dylan Thomas: aunque los amantes se pierdan quedará el amor y la muerte no tendrá señorío. Eso sí te lo garantizo.
Y Martí i Pol sabía ya que no tornarás pero que perduras en mí de tal manera que me cuesta imaginarte ausente para siempre.
Sólo anhelo, con Manrique, a que mi río desemboque en tu mismo mar y nuestras aguas se confundan otra vez.
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domingo 1 de febrero de 2009
Deep Philosophical Questions
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