23/10/10

La boda


Para la boda de su hija Lucía, Juan Bautista Bengoechea eligió el prado junto al molino viejo, al sur de la hacienda. Respetó los dos tilos que daban sombra al edificio pero mandó segar la hierba con precisión e hizo que dos jardineros plantaran begonias y azaleas. Hasta hizo traer dos rododendros enormes de flores rosas del mejor vivero de plantas de La Habana que, afortunadamente, prendieron rápidamente sobre la tierra esponjosa de la plantación. Construyó una pérgola en madera de nogal y la cubrió de campánulas lilas y lirios enanos del Brasil que tejieron sobre los tableros una red de colores que centelleaban con el sol del atardecer. El molino fue restaurado e, incluso, molieron unos quintales de harina para cerciorarse que las muelas encajaban a la perfección y que los engranes, labrados en elondo, crujían al girar con aquella música especial que recordaba desde niño. No reparó en gastos y, durante varios meses, él mismo cabalgó a diario hasta la zona asegurándose que la cuadrilla de obreros cumplía con los plazos y seguía al pie de la letra las instrucciones de Pedro Juárez, el decorador que había contratado. Como un día le dijo a su querida hija:

- Una boda es algo que debe recordarse siempre. Y yo quiero que tú tengas ese día como el más feliz de su existencia- antes de tomar su mano y besársela como lo hacía con las aristócratas del club marítimo.

Era su única descendiente y él se esforzaba en complacerla, quizá como tardía compensación a una esposa que había muerto siendo ella chiquilla y a la que recordaba con el profundo remordimiento de no haberla atendido lo suficiente, absorto como estaba en hacer crecer a la finca y labrarse un prometedor futuro en los negocios.

Lucía había cumplido los diecinueve en enero. Era alta, quizá demasiado para lo que estaba bien visto en la región, de facciones agradables sin llegar a ser de belleza empalagosa, sus ojos eran más negros aún que su cabello, atrapado en un peinado elegante y juguetón. Era, sin duda, una mujer sensual en sus gestos y en sus maneras y ello, unido a su evidente inteligencia, hacía que fuera pretendida por los jóvenes más acaudalados del sur de la isla, como Fernando Renaldi, hijo de banqueros y experto luchador de esgrima; o Matías Márquez que, a sus veinticinco años, ya dirigía una de las mayores empresas mineras del país. La chica, sin embargo, nunca les había prestado mucha atención, quizá porque los conocía desde que fuera niña y, o bien los detestaba a ratos por su pedantería, o bien los trataba como a hermanos poco avenidos. Lucía era también el destino de los suspiros de otros muchos chicos de menos fortuna que debían conformarse con verla pasar en el carruaje, sentir sus pasos por los pasillos mientras se dedicaban a efectuar las tareas domésticas encomendadas a los criados o maldecir por su poca suerte en este mundo mientras soñaban con los labios carmín de la joven. De entre todos ellos, Fermín Ruiz era quizá el más imposiblemente enamorado o, al menos, eso afirmaban todos tras verlo tallar el nombre de ella en muchos de los árboles del bosque o casi atropellarlo con la calesa cuando se quedaba inmóvil en medio de la calle, como una estatua, absorto al verla pasar. Hijo de una cocinera del hotel Varadero, su madre había logrado, no sin esfuerzo, que asistiera a la escuela y que tuviera una formación que pocos de su condición tenían. El chico era despierto en el trabajo y le apasionaba leer. Entonces, cuando caía un libro en sus manos, se transfiguraba y parecía más muerto que vivo, una especie de fantasma en trance, viajando a través de las ensoñaciones que las novelas creaban en su mente. Un día, había entrado eufórico en casa y había gritado ante su atónita madre:

- ¡Me caso, madre!

- ¿Con quién, hijo? ¿Cómo es que no sabía yo nada de que andabas con una muchacha?

- Ella aún no lo sabe, madre. Se trata de Lucía Bengoechea. En cuanto ahorre unos pocos dineros, pediré su mano.

Su madre sonrió con cierta tristeza y, por única respuesta, le tendió un plato repleto de gachas mientras le revolvía cariñosamente el pelo con una caricia.

Juan Bautista Bengoechea se sorprendió cuando su hija le hizo saber que amaba a Edward Perkins, un americano que había llegado a Cuba unos pocos años antes y que realizaba jugosos negocios cultivando tabaco y vendiéndolo en Nueva York. Su fortuna era notable y la gastaba con ligereza. De treinta años, cautivó enseguida a Lucía. Su porte, sus modales cosmopolitas, sus trajes de raya fina comprados en Boston o en Chicago, su acento inglés tan sugerente la atrajeron. La forma en que él la trato, como a una mujer deseable y no una chiquilla, la sedujeron. Los besos arrancados con temor tras una invitación al teatro, la enamoraron. Nunca quedó muy claro dónde se habían conocido y dónde hicieron crecer su amor pero lo cierto es que un día se presentaron ante don Juan para hacerle saber que pretendían crear juntos una familia. El viejo hacendado receló al principio- él pretendiente era demasiado viejo y demasiado experimentado para su gusto- pero unos meses después se convenció de que Perkins llevaba buenas intenciones y amaba honestamente a su hija. Además, nadie podía negar que se trataba de un buen partido y la idea de entrar en el negocio del tabaco terminó por demoler todas las reticencias que tenía hacia el enlace. Una vez que aceptó al americano, se volcó en la ceremonia y en hacer feliz a Lucía. Incluso, pensaba, había entablado una sincera y franca amistad con quien iba a ser su yerno. Le gustaba escucharle hablar de la vida social en los Estados Unidos, anécdotas en el Carnegie Theater y cenas con baile en el Paramount Pabilion. Perkins le había prometido viajar juntos a Nueva York unos meses después de la boda y planeaban contactar con John Harrison, un importador de cereales que podía hacerle millonario a poco que comprara la producción de sus cosechas. Bengoechea se sentía feliz y notaba que la alegría se había enraizado en la hacienda, en la casa y en las actividades de cada día. En general, era así. Se respiraba un ambiente de fiesta, aún cuando quedaban meses para el día señalado. Las criadas fabulaban sobre cómo sería el traje de Lucía y se mostraban celosas de que aquel apuesto individuo pareciera tener sólo ojos para ella. Mamá Rumba, la mulata que se encargaba de controlar al servicio, había revivido y, a pesar de sus sesenta años, no paraba de dar órdenes, hacer preparativos y maldecir a todo aquel que descolocaba cualquier adorno de la casa.

Fermín Ruiz no compartía aquella dicha. Por el contrario, se sentía profundamente desdichado. Si no llegaba un milagro del cielo, su sueño de desposar a Lucía iba camino de frustrarse para siempre. Adelgazó, dormía mal y se volvió haragán en sus labores al punto que Rumba le había ya pateado el trasero en un par de ocasiones. No quería leer y, en un arrebato de ira, había destrozado tres libros que guardaba en su alcoba.

- Los libros son mentira, madre- había gritado-, es todo mentira. No es verdad que las cosas puedan cambiar para los pobres. Nada es verdad. Los pobres nacen jodidos y mueren jodidos.

Tan triste y tan enojado se mostraba que medio pueblo acabó por saber que estaba enamorado de Lucía y que se sentía despechado por el anuncio del casamiento con Perkins. Las habladurías, como no podía ser de otra manera, llegaron también a oídos del patriarca que decidió tomar cartas en el asunto y despedir de inmediato a Fermín. No podía permitir que un don nadie tuviera siquiera sueños de tocar a su queridísima hija. Pero don Juan comentó el hecho y sus intenciones con la chica y esta se compadeció del joven.

- No, padre. No puedes despedirle sólo porque crea estar enamorado de mí. Casi debiera sentirme halagada, ¿no crees?. No temas, se le pasará pronto, encontrara a otra moza de su clase. Además, ¿qué nos importa un simple criado? No quiero que nada malo le ocurra a nadie en estos días en que me siento tan dichosa…

Juan Bautista Bengoechea, un poco a regañadientes, descartó la idea de castigar al muchacho y olvidó todo aquello, enfrascándose de nuevo en la decoración del jardín para la boda.

Llegó el día, y la naturaleza se alió con los novios. Cuando el padre Dámaso inició la misa, el cielo se tiñó de velos rosáceos que armonizaban con las flores. Un vientecillo suave y tibio mecía las hojas de los tilos y las aspas del molino giraban con parsimonia. Los invitados, más de cien, permanecían sentados en sillas labradas en hierro y forradas de terciopelo alrededor de la pérgola. Una orquestina atacó la marcha de Mendelshon y Lucía soltó la mano de don Juan para ponerla sobre la de Perkins. El cura preguntó al hombre si aceptaba a la chica como esposa y él afirmó que sí, que lo deseaba más que nada en el mundo, que la amaría en la salud y en la enfermedad, hasta que cerrara sus ojos en el hálito final, porque él deseaba marchar antes que ella. Después fue el turno de Lucía.

Pero en el mismo instante en que correspondía dar el sí a la muchacha, un estruendo llegó desde el molino. Una ristra de pucheros, de cazuelas y de sartenes atadas con cuerdas cayó desde el techo, arrastrando una pancarta que alguien había enrollado disimuladamente en un lateral de la casona. Al oír el ruido, inesperado y estridente, todos los convidados voltearon la cabeza para ver qué sucedía. Los cachivaches cayeron en desorden y la cuerda tensó la sábana sobre la que estaba escrito un enorme “Perkins, eres un mal hombre. Paga o muere. Es el último aviso”.

Ni que decir que la conmoción fue tremenda. Del susto se repusieron pronto pero del bochorno no. Juan Baustista Bengoechea sintió que su corazón se desbocaba, primero de preocupación y luego de ira contra el desconocido que había causado todo aquello. Tanto tiempo preparando la boda, todos los detalles calculados al segundo, tanto dinero invertido, tantas ilusiones volcadas en la ceremonia para que, así de pronto, todo se viniera abajo en un instante. Lucía, su querida niña, ya no recordaría el enlace como el día perfecto y el evento sería la comidilla de todas las meriendas y comidas en el Ateneo hasta que se acabara el mundo. Tuvo que hacer acopio de toda su fortaleza mental para calmar a los invitados y rogar que la ceremonia continuara. Al cabo, nada había ocurrido. Tan sólo una broma de mal gusto hecha por un desalmado que no tenía el valor para presentarse, un traidor al que tarde o temprano daría caza.

Fue Perkins el que recondujo definitivamente la situación:

- Le ruego padre- dijo sonriente- que pregunte a la dama si quiere desposar a este humilde hombre que quizá no sea un buen hombre y no pague sus deudas pero que la ama con locura.

El beso que el protocolo manda selló el amor de los contrayentes y la anécdota del molino pareció olvidarse durante la copiosa cena a base de asado y de pescados marinados en salsa de erizo, de pasteles de maíz con merengue y de licores de caña. Encendieron farolillos de colores y espantaron los mosquitos con cirios aromatizados. Hubo baile y los músicos encadenaron una melodía con otra, un vals con otro, sin solución de continuidad. Las criadas servían limonada y brandy, ron y ponche, vino dulce y canutillos con helado. Fue una fiesta amable y alegre que duró hasta casi la madrugada, cuando los últimos carruajes se alejaron por el camino del río. A pesar del susto y de la broma de mal gusto, Juan Bautista se acostó satisfecho del resultado mientras que Edward y Lucía no tuvieron tiempo para recordar el incidente. Finalmente, todo parecía haber acabado bien.

Parecía. Porque lo cierto es que las sartenes cayendo y la pancarta con el aviso de un desconocido se convirtió en el tema de moda. Unos aseguraban que todo era cierto, que Perkins había hecho su fortuna en turbios negocios madereros que esclavizaban a nativos; otros que era traficante de armas y algunos más que mantenía dos concubinas en Boston. Otro grupo le defendía y afirmaba que era un buen hombre y que todo era fruto de la envidia por llevarse a la flor más exquisita de Cuba. Las habladurías no cesaron y, como siempre ocurre en estos casos, de los hechos verídicos se pasó a establecer causas posibles y de estas a buscar culpables y a poner nombres. Antes de que pasara una semana, el nombre de Fermín Ruiz corría de boca en boca y pocos eran los que no afirmaban que era él, y no otro, el que había tendido la funesta broma a los novios durante la ceremonia. Lo que, en un principio, fue solo un rumor se convirtió en certeza. ¿Por qué achacar inconfesables negocios a Perkins cuando era evidente que los celos lo explicaban todo? Todos le habían visto quedarse alelado ante Lucía; todos le habían oído gritar de amor primero y de despecho después. No podía, además, esperarse nada bueno de un sirviente que leía. Ya lo había escrito el conde Markowi: “un criado que lee sólo traerá problemas al que lo contrate”. Un caso vulgar, por lo demás. Un chico celoso que intenta vengarse de la amada que no le hace caso alguno y del hombre al que ama. Pronto, todos quedaron convencidos de que el muchacho era culpable aunque no hubiese prueba alguna de que hubiese estado implicado.

De hecho, no lo estaba. Ni siquiera supo nada del jaleo hasta unos días después cuando se percató de que la gente lo miraba de forma extraña y de que cuchicheaban a sus espaldas. Su madre oyó el rumor y, con un disgusto que le encogió el corazón, se lo contó entre llantos. Le pidió que se marchara, que se alejara por un tiempo, pero Fermín, orgulloso, rechazo la idea:

- Yo no he hecho nada, madre. Nada. Ni sé de qué hablan. Si algún delito he cometido es amarla. Sólo de eso soy culpable.

Aunque nunca se supo, porque no dio tiempo, Perkins no era todo lo buen hombre de negocios que aparentaba y había tenido que endeudarse en Carolina del Sur con un empréstito que no había pagado. Los deudores se habían cansado de esperar y las pobres cosechas de tabaco no hacían prever que obtuviese el dinero con facilidad. Los avisos no le habían amedrentado y el tipo se mostraba orgulloso. Estaban seguros de que la pancarta le ablandaría, le haría comprobar que sabían de cada uno de sus pasos. Sin embargo, Perkins no había soltado ni un dólar. Decía que pagaría, sí, pero no daba plazos. La paciencia de los accionistas había llegado a su fin. Era hora de terminar con todo aquello. Si no pagaba vivo, el seguro de vida que su suegro había suscrito pagaría por él.

Los rumores sobre Fermín Ruiz llegaron a oídos de Juan Bautista Bengoechea el mismo día en que un tipo de Louisiana, más grande que el molino del jardín, desembarcaba en La Habana con instrucciones muy precisas acerca de Edward Perkins. La decisión de despedir al muchacho- hubiese o no pruebas de su implicación en los hechos; más valía prevenir que curar- la tomo don Juan a la misma hora que el grandullón de Louisiana llegaba a la plantación, haciéndose pasar por un campesino más que volvía del trabajo.

- Ven- le dijo Bengoechea a su hija- , despediremos juntos a ese miserable. Si tuvo algo que ver se acordará toda su vida.
- Pero, padre, no tienes prueba alguna. Y no ocurrió nada. Fue una broma descortés pero sin repercusiones. Es un buen criado. De hecho ahora debe estar llevándole algo de cena a Edward.

- Ven conmigo- don Juan se iba enfadando a medida que recordaba lo sucedido- te dije que deberíamos haberlo despedido hace mucho. Ven, lo buscaremos y lo despediremos juntos. Así recordará siempre lo que hizo. Si, como dicen, está enamorado de ti, le será especialmente doloroso que seas tú misma la que lo eches a la calle.

A la misma hora que ambos se dirigían al ala sur en busca de Fermín, el hombre oculto enviado por los prestamistas de Boston llegaba ante la habitación de Edward Perkins. Entró con sigilo y le bastaron diez segundos para apuñalarlo en el estómago. Ni siquiera chilló. Cayó al suelo, apretando sus manos contra su vientre, apenas dándose cuenta que la vida se le iba y que estaba pagando su deuda con el máximo de los intereses.

Dos minutos después, Fermín llegaba a la estancia con la bandeja de la cena en sus manos. Vio la puerta entreabierta y, al no recibir respuesta, entró. Perkins yacía en el suelo, muerto. La bandeja se estrelló contra las baldosas y Ruiz corrió hacia el hombre:


- ¡Señor!, ¡Mister!- gritó excitado y temeroso- ¡Señor!...

Se arrodilló junto a él, tomándole el pulso y comprobando que estaba muerto. Asesinado, como así lo atestiguaba el puñal clavado en su cuerpo.

- ¡Te lo dije!¡Lo sabía!- oyó gritar a sus espaldas.

Se giró y vio a Lucía que lloraba y se abrazaba a su padre. Vio a don Juan que esgrimía una pistola recién sacada de su bolsillo y a tres o cuatro criados que corrían con bastones a prenderlo.

- Te lo dije, te lo dije, todo el mundo sabía que había sido él, que los celos lo consumían. Pagará lo que le ha hecho a tu marido. Qué lástima, qué lástima. Tan joven y viuda ya- Bengoechea, sollozando, la abrazó con cariño mientras pedía a los criados que ataran bien a Fermín Ruiz mientras llegaba la policía.