9/2/15

Edwalla, el país de las almas




Cuando volvió en sí, Ms. Gertington estaba pálida, los ojos aún medio cerrados, y presentaba un ligero temblor en su mano derecha. Transcurrieron aún unos minutos hasta que sus labios, atractivos, recobraron su tono carmín y por sus pómulos volvió a circular la sangre.
Yo, que había permanecido durante toda la sesión expectante, permanecí  en silencio sin atreverme a decir palabra. La luz del salón continuaba siendo tenue, entre sepia y anaranjada, proveniente sólo de unas velas cuyas llamas tremolaban inquietas a pesar de que no había corriente de aire alguna en la habitación. Otro cualquiera que no hubiera sido yo mismo, habría podido pensar que una presencia enigmática e invisible había pasado rauda  junto a nosotros originando el titilar del fuego. Intente observar con más detalle el entorno pero he de reconocer que no vi nada extraño. Continuaba sonando la música que provenía de un antiguo gramófono a cuerda, una melodía de cítaras y arpas de claro origen oriental. Las ventanas permanecían completamente cubiertas con unos tapices gruesos de dibujos descoloridos con motivos santorales y religiosos. Los muebles parecían si cabe más antiguos en aquella atmósfera pesada y poco iluminada, donde el aroma a incienso era espeso y abotargaba el entendimiento. La señora Gertington, muy elegante en un vestido de manga corta y falda larga, color marfil, su cuello adornado por numerosos collares que a mí, que no soy un experto, me parecieron costosos,  y unos guantes que le llegaban casi hasta los codos, me miró por fin.

-          ¿Y bien? – pregunté con mayor curiosidad que asombro.

-          Lo vi – respondió ella, tranquila.

-          ¿Qué?

-          ¿Me sirve una copa de oporto, señor Davis? – me sonrió de manera encantadora y yo no pude sino, solicito, cumplir con su deseo.

Una vez que hubo tomado un sorbito del vino, volví a preguntar.

-          ¿Qué vio?

-          Una imagen, una escena.

-          Lo siento, pero no la entiendo.

-          He visto algo para contárselo a usted.

-          ¿Quién, qué? – volví a inquirir mientras crecía mi escepticismo.

-          No lo sé, señor Davis. Yo sólo soy una pobre mujer que entra en trance y recibe informaciones. Comprenderá que en tal estado no pueda ofrecerle detalles. No es algo concreto, no hay un mensajero, un santo o un espectro. Simplemente, veo imágenes, escenas, como si algo poderoso me trasladara de manera instantánea a otro tiempo u otro lugar.

-          ¿Y dice que ha visto algo para contarme?- volví a llenarle la copa de oporto. En mi interior, pensaba que si la mujer tomaba un poco más quizá acabase diciéndome que todo era mentira como de hecho yo estaba convencido que lo era. Ella aceptó el vaso y tomó un poco más del caldo.

-          Sí, he visto el país de las almas.

Yo, ante todo, soy un caballero. Y, un caballero jamás se ríe de una dama. He de reconocer que tuve que hacer importantes esfuerzos para contener una carcajada pero lo logré y puse cara de estar interesado. No quería herir a la señora Gertington y tampoco a mi buen amigo Paul Ronaldson, del club Shelfield’s, que me había recomendado visitar a la mujer. Yo, escritor venido a menos, llevaba ya un par de años de sequía creativa y mi editor comenzaba a impacientarse porque mi prometido nuevo libro nunca acababa de entregarse.

-          Ni tú ni yo creemos en patrañas, Henry – me dijo un día Paul, mientras nos comíamos un excelente cordero a las hierbas con un no menos excelente Vitello tonnato en el restaurante del club-, pero una visita a esa loca seguro que te da ideas para crear una historia con que satisfacer a tu editor. Será algo distinto a lo que puedes  ver aquí en Londres, una excentricidad que puede despertar tu imaginación.

Me había convencido, y él mismo me había concertado el encuentro con Gertington. Sin embargo, ahora, cuando ella había terminado su viaje astral por el mundo de los muertos o el mundo que fuera, y sabiendo que no nos había  visitado un espíritu parlanchín gustoso de contar historias, me sentía un poco decepcionado. La buena mujer no le hacía ascos al oporto – ya iba por la cuarta copa - pero, según sus propias palabras, sólo iba a describirme una escena sin exotéricos mensajes. Me armé de paciencia, tomé mi bloc de notas y le animé a que me contara su visión.

-          Verá, he visto el país de las almas – dijo ella con un tono de voz grave, sin duda artificial.

-          Pues, cuénteme, señora Gertington – quizá, pensé, a pesar de todo, pudiera encontrar algún material con el que luego desarrollar una trama más terrenal.

Ella miró hacia abajo, como si de pronto hubiera sido atenazada por una timidez casi adolescente,  y comenzó a relatar.

El país de las almas existe mucho más allá de las estrellas y de los telescopios más potentes. Tan lejos que nadie lo ha visto jamás. Es así que no causa sorpresa el que muchos seres humanos no crean en las ánimas ni en fuerza espiritual alguna. Usted mismo, señor Davis, no es creyente, lo presiento. Ver es creer, y si algo no puede observarse pensamos, con aplastante lógica, que es irreal.
El auténtico nombre del país de las almas es Edwalla y, si uno pudiera visitarlo de incógnito, se sorprendería por las enormes similitudes con nuestra tierra. En Edwalla, las almas viven en casas como las nuestras; circulan en automóviles como los nuestros si bien he de decirle que no son todos negros como esos horribles Ford sino que los hay de muchos colores lo que otorga una alegría vivaracha a las calles; las almas, al contrario de lo que usted pueda pensar, se mueven como nosotros, pasean y correr, ríen y lloran. Incluso beben y comen aunque no sienten hambre o sed. Saben que precisan ingerir alimento y lo hacen sin extraer placer, sabor o sensación alguna del acto material. Es algo como llenar el depósito de un vehículo. Su coche no degusta la gasolina que le entra por el conducto, lo mismo les ocurre a las almas. Por lo que puede observar, tampoco  sienten el dolor. Claro, debe ser normal que carezcan de sensaciones corpóreas si sus seres están hechos de energía y no de carne como la nuestra. Aunque, si soy sincera, ese éter se condensa como si fuera carne, tan aparentemente iguales a nosotros los vi.

Volví a recordar que un caballero, menos aún si es británico, jamás se ríe de una dama. Pero imaginar a los espíritus bebiendo bourbon, comiendo pastel de manzana y eructando era una imagen más que hilarante. Sin embargo, como simiente de una novela, no daba para mucho porque yo no era un escritor del absurdo como ese joven alemán, Kafka, que tanto le gustaba al presidente del Shelfield’s, Mr. Pumberton. En muchas ocasiones había yo discutido con él sobre el auténtico fin de la literatura, defendiendo él que cualquier forma de narrar es válida y yo que debe hacerlo dentro del realismo más verosímil. Él aseguraba que algún día habría de darle la razón y que descubriría el poder de la imaginación.

Ms. Gertington continuó:

En Edwalla, las almas mantienen criterios divergentes y discuten igual que en la Tierra. Han de trabajar al igual que nosotros lo hacemos. Lo hacen en sus cosas, en tareas intelectuales, que no físicas, pero es trabajo al fin. Casi todo el mundo piensa que los espíritus son incorpóreos y felices. No es lo que yo he visto. Por el contrario, hay disputas entre ellas y disponen de sus juzgados donde dirimir sus cuitas, pagan sus comidas y sus viviendas con dinero y, en fin, si yo no hubiera sabido que estaba en trance y que realmente mi ser se había transferido a Edwalla, hubiera pensado que estaba en París o quizá en Berlín y, esto se lo digo porque sí visten con una moda que a mi juicio no es la adecuada como la que usan en esas capitales que le he citado.

-          Ya, entiendo. Pero me temo que no hay gran cosa aprovechable en esa visión para mi trabajo. Lo mismo podría haber observado en cualquier parte de este carnal mundo.

-          Siento que Edwalla sea tan similar a nuestra tierra. - contestó la mujer. Hizo un amago de volver a tomar la copa de oporto pero se contuvo.

-          ¿No vio usted nada más, escuchó alguna conversación, alguna pelea? – pregunté confiando en que la febril imaginación de la señora me sugiriera alguna historia digna de desarrollar.

-          Sí, claro, claro – respondió-, he paseado mucho por Edwalla mientras estaba en trance.

-          ¿Mucho tiempo? – hice un gesto de asombro-, apenas han sido un par de minutos los que han transcurrido entre que usted cerró los ojos y volvió en sí.

-          El tiempo, amigo mío, no corre igual en todas partes – respondió ella, con una seguridad que me turbó. Aquella pobre mujer era, a pesar de su innata elegancia y su habilidad para el engaño, una desheredada de provincias y no podía estar al tanto de las nuevas teorías físicas del señor Einstein que tanto debatíamos en el club con apasionamiento. Le rogué que siguiera.

-          Quizá lo que más le pueda interesar – continuó- es la escena que vi en el hospital.

-          ¿Hospital? ¿Hay hospitales entre las almas? – lo cierto es que era imaginativa.

-          Al parecer, sí. Los he visto. Entré. ¿Quiere que le cuente lo que escuché y vi?

-          Por favor- asentí.

El hospital Mangod es un edificio alto, quizá de veinte plantas, ordenadas por el tipo de dolencias. Está situado en la periferia de Edwalla. En mi trance, algo me arrastró a la planta sexta, donde están las almas que están ya a punto de morir. Sí, sé que ahora está usted pensando que las almas no mueren, pero le aseguro que en mi visión, se enferman y mueren. Sin dolor porque su éter no puede sentirlo, pero enferman y mueren. Quizá, el universo sea una cadena de muertes y resurrecciones. Nosotros morimos y nuestra alma va a Edwalla. Ellas mueren y sus almas van a otro lugar, y así indefinidamente. Nadie lo puede saber, yo tampoco. Lo único que sé es que yo estaba presente en aquella habitación, pintada en azul cielo, con las ventanas abiertas por donde se colaba la brisa de la mañana y las voces de otras almas que conversaban en la calle. Le relataré la escena. Una de las almas estaba en cama. Era joven. Su cara era la de apenas un adolescente. Estaba delgada, demasiado delgada, con ojeras, pero sonreía. Claro, si uno no sufre, se puede sonreír.  A su vera, otras dos almas. No sé yo si en aquel mundo hay padres e hijos pero, si yo no hubiera sabido que estaba en trance, hubiese jurado que eran las almas padre y madre del alma enferma que permanecía en cama.  Le acariciaban la mano y le aseguraban que iba a sanar.

-          El doctor nos ha dicho que te recuperarás, que te han dado las medicinas más modernas – escuché que decía una.

-          Te agradezco el intento- respondió el alma joven- pero he leído el informe médico.

-          ¿Cuándo?- la otra se sobresaltó.

-          Cuando os fuisteis a la cafetería. Creíais que dormía pero aproveché para echar un vistazo a los papeles.

-          No los creas- la otra alma le apretó el hombro a la enferma.

-          Siempre hay esperanza- recalcó la primera.

-          No os preocupéis, toca y toca. Es ley de vida.

Usted estará pensando que cómo es posible que las almas se despidan y tengan lazos familiares. Yo tampoco lo sé, sólo le relato lo que escuché y vi. En aquel momento, una de las almas, la que parecía más compungida, se levantó y le sirvió un poco de agua a la paciente. Le costaba contener las lágrimas.

-          Iremos a ver Orión, cuando te pongas bien- afirmó.

-          Eso está muy lejos.

-          Pero hay unas ofertas estupendas. Apenas tres años de viaje, un ver y no ver. Todo incluido.

-          No sueñes, no sueñes. Los médicos lo tienen demasiado claro.

Las tres almas se quedaron calladas por largo tiempo. Se miraban sin decir nada. Todas sabían lo que pensaban las otras y el reloj del mundo corría en su contra.

Cuando ya casi atardecía, el alma que permanecía en cama, miró a las otras al tiempo que decía.

-          ¿Vosotros creéis que hay algo?

-          ¿Qué quieres decir?

-          Si hay algo más allá, tras morirse – aclaró la enferma.

-          Pues claro que hay algo- contestó la que estaba sentada junto al cabecero- nosotros, somos creyentes.

-          ¿Y si no hay nada? Si simplemente morimos y se acabó todo.

-          No digas tonterías- la regañó con cariño-, claro que hay algo, el paraíso. Morimos sólo para volver a nacer en el más allá, en ese Edén con continentes y océanos, selvas y desiertos del que hablan las crónicas.

-          ¿Cómo será?

-          Ya lo sabes, como lo pone en los libros sagrados. Una vez que te libras de este espíritu etéreo y tan poco apasionado, eres glorificado hasta culminar tu viaje en un planeta rocoso transformado en carne. ¿Te lo imaginas? ¡Resucitarás en un cuerpo de carne y hueso! ¡De carne y hueso! ¿Puede haber mayor felicidad?

 
Cuando el tren me dejó en Euston Station había ya completado el primer capítulo de la que esperaba fuera mi mejor novela. Lo único que me fastidiaba era tener que darle la razón a Mr. Pumberton.