17/1/09

Sensualidad

Sabes que el aire se turba cuando acaricia tu piel desnuda. Y que el aroma con que impregnas la habitación inquieta hasta a un témpano de hielo. Sabes de tu poder y lo usas. Tus labios húmedos llaman a probarlos, tus piernas exigen caricias, tu cuello de caramelo pide una boca que lo saboree, tu sexo huele a profundo perfume, de esos que embriagan y emborrachan. El dormir en tu cama es un delito penado sin redención posible. Las horas contigo son, deben ser, de lujuria y de anhelos, de respiración agitada. Eres la playa en la que arriban todos los mensajes de los hombres náufragos, el último trago de una noche triste, el acantilado donde aparece ese atardecer de postal. Tus pezones inquietos juegan a escapar del camisón y ejercer de faros que guían mis instintos. Son las sirenas melodiosas que llaman a Ulises a los arrecifes. Yo no me amarraré al mástil ni taponaré con cera mis oídos ni tomaré la lira de Orfeo ni oiré los consejos de Circe. No regresaré a Itaca. Por el contrario, estoy deseando estrellarme en los acantilados de tu sensualidad.