Así era aquella noche. Habíamos cenado pescado en uno de esos pequeños lugares en que las doradas y jureles viajan directamente de la red al marinado, de la caja llena de hielo que los bous descargan al atardecer a la brasa de carbón. Con esa salsa de tomillo, perejil y laurel que tanto te gustó. Bebimos un vaso de vino blanco y no dejé de delinear tu rostro con mi mirada en toda la velada. Luego, a ti siempre te encantaba hacerlo, me hiciste bajar a la playa y pasear por la orilla. Tú estabas radiante. Yo, ridículo con mis pantalones remangados y los zapatos en una mano. Estabas hermosa, tanto que me olvidé de la galaxia que volaba por encima de nosotros y de la silueta de sirenas que la mar trazaba y del humo de los barcos que el faro iluminaba intermitentemente. Quiso jugar el mar con nosotros y, en una de estas, una olita creció un palmo más que las otras. Me mojé entre refunfuños y tú reíste y reíste.
Fue aquella noche cuando, sentada en el pretil del embarcadero, sequé tus pies con mi pañuelo.
1 comentarios :
precioso. Qué bien descrito el ambiente romántico de una noche al lado del mar.
Laura
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