28/4/11

Caminar contigo



Ayer caminé contigo y la vereda no tenía fin. Se extendía zigzagueante por entre bosquecillos y sembradíos de mil verdes, sin final aparente. Y no nos importaba. Andábamos charlando, sin ninguna prevención sobre lo que habría más allá del horizonte y de las colinas sinuosas. Porque cualquier cosa que hubiese más allá sería buena si la hallábamos juntos. Junto a ti, el destino carece de importancia. Sólo interesa la ruta, el viaje, el descubrimiento común.

Te abracé. Besé tus mejillas y tus labios. Te tome de la cintura y acerqué tu cuerpo al mío. Acaricié tu mano como si me fuera la vida en ello. Cada pocos pasos, debía detenerme a mirarte. Sólo a eso. A disfrutar de tu cara. Estabas hermosa, realmente hermosa.

Compartimos la brisa de la tarde, los juegos de los pájaros y el aroma de los huertos. En un recodo aún quedaba un remanso de agua de lluvia. Hubimos de saltar y denominamos el lugar como los grandes lagos, entre risas.

Había una amapola solitaria entre el matorral y el sol la elegía para que brillara y pareciera la más hermosa de las flores. Tú eras el sol que brillaba ayer en el paseo. Yo, la amapola, inverosímilmente elegida por ti para brillar por motivos inconcebibles.

Ayer caminé contigo. No sólo por el sendero solitario que serpenteaba entre alhelís y campos florecidos. Caminé contigo por la vida, por un sueño, por una esperanza. Junto a ti, el camino merece ser vivido. Y es doloroso regresar y decirte adiós.