5/1/14

Desayunos en sábado






La luz de la mañana que se filtra a través de la persiana es aún ingrávida, débil y naciente, como si titubeara en llegarse hasta la ciudad o dejar que las estrellas brillen un poquito más. Me  revuelvo entre las sábanas y escucho ruidos al otro lado del pasillo. Alargo mi mano y no estás pero no siento miedo porque huele a pan tostado y a café. En cualquier otro día, sin ti cerca, el despertar es amargo. Pero cuando tú estás en nuestra casa - qué bien suena decir nuestra casa- todo es diferente. Me levanto y me acerco a la cocina. Estás en pijama, pantalón anchote de rayas azules, camisola marfil, con esa carita que me embruja por las mañanas, apretando media naranja sobre el exprimidor como si en ello te fuera la vida. Me sonríes y me ofreces un vaso de zumo. Te abrazo, te beso, sabes a café, mis manos exploran tus caderas y tu espalda bajo el pijama, me enciendes con tu contacto y el recuerdo de la noche agitada. Hueles a mañana, a amanecer de sábado tranquilo. El amor se enreda en mi pecho disfrazado de tus ojos, de tu sonrisa, de tu caricia, de tus pies descalzos. Te deshaces de mi abrazo y me arrastras a la mesa donde ya está todo preparado. Has puesto música en la radio. Nunca como en los sábados junto a ti, dar los buenos días tiene tanto sentido. La luz de la mañana te viste de hermosura.