25/1/14

No estabas






Quise creer que lo hacía por estirar las piernas, por airearme un poco tras tanto viaje, pero era consciente de que algún imán poderoso me atrajo hacia la ciudad.
No es sencillo encontrar aparcamiento en Sevilla, pero un golpe de suerte- un coche que salía, yo que llegaba justo en el momento- me hizo un huequito cerca de la plaza del Salvador. Un día bonito, algo nublado pero lleno de esa luz meridional que viste la ciudad, difusa y mágica, como filtrada a través de una gasa tenue. Me gusta perderme por las callejuelas, efervescentes de vida, de corros y de conversaciones, llenas de historias que ocurrieron en las tabernas, en los portales, en los ventanales adornados con macetas de petunias, de lobelias y siempreverdes. Miré al cielo para orientarme y es que, para el foráneo, la Giralda, ese alminar anclado en los siglos,  es el faro de referencia que impide perderse en el abigarrado enjambre de callecitas y patios. La calle Francos, moteada de claroscuros juguetones, de fachadas pintadas de amarillo y ventanas enfrentadas que casi se abrazan,  acicalada de geranios, serpentea hasta llegar a una placita donde uno debe decidir si seguir por la derecha o la izquierda. Elegí lo segundo porque me gustó el nombre de la calle, Placentines, que desemboca justo al frente de la torre de la catedral, soberbia y ensortijada de ajimeces; a la izquierda, preciosos balcones de hierro forjado, carruajes de caballos de ruedas amarillas y faroles esperando llenos de paciencia; a la derecha, la calle Alemanes con sus cafés con terrazas y la entrada al patio de los naranjos. Mil reflejos de colores, palomas en el cielo, atmósfera impregnada de palabras y guitarras. Aromas de manzanilla y miel.
Fue entonces cuando me fijé, al detenerme en el umbral de la plaza. Justo en la esquina había un pequeño restaurante, con unas mesitas y unas sombrillas blancas cubriendo a las gentes que conversaban en torno a un oloroso y una tapita. Se llamaba Milagritos y su dueño había colocado una gran pizarra en la entrada con un mensaje escrito a tiza y letras grandotas: La vida está hecha de pequeños momentos, 0€.
Las palabras, a veces, cuando son atinadas, tienen el poder de remover la vida. Al leerlo, de pronto, tu ausencia se hizo corpórea, la ciudad te reclamó de súbito, la luz neblinosa te buscaba inquieta y la desmesurada veleta en lo alto giraba sin saber qué viento le traería el perfume de tu piel. Yo supe que estaba perdiendo un instante de esos que tú tanto valoras, de esos que tú creas  a menudo con esa generosidad espontánea que despliegas cuando haces de una calle un mundo, de una mirada una historia emocionante, de una cerveza compartida el mejor banquete. Tú sabes que descubrí la ciudad contigo – por eso me resulta tan querida sin apenas conocerla- , comencé a amarla contigo, tú me la enseñaste, tú me relataste sus leyendas, lo pintoresco de sus barrios, tú llenaste de instantes y momentos sus avenidas, sus rincones recoletos, tú me hiciste percibir el olor de los naranjos y el bullicio de las bodegas y mesones, tú eres quien me hace ser cómplice del alma sevillana. La vida está hecha de pequeños momentos, cero euros. Qué frase más exacta. Parecía escrita por ti misma, por tu mano. Me lo has dicho tantas veces cuando te abres a mí en la intimidad de una cena o de unas sábanas. Es tu visión del mundo y de la vida, del amor. Pequeños momentos encadenados que no tienen precio, que se dan por nada, que se reciben como el mejor de los regalos, de esos que uno recuerda por siempre.
Me hubiese sentado en el Milagritos junto a ti, con el reloj parado, un vino blanco en la mesa, tu hermosa carita enfrente, tu mano en la mía, tu conversación llena de interés, el almíbar de tus labios en los míos. Hubiera sido un bello instante, otro momento que acaudalar para siempre.
Pero no estabas. Sevilla te echaba de menos, la vida te añoraba, yo me moría por verte.