18/10/08

La soledad del deseo



Gustaba de leer al borde de la piscina en las tardes de final de verano. Los gorriones se refugiaban en las frondas y cualquier que los viera hubiera dicho que se fijaban en ella. Su cuerpo, bronceado y esbelto, se contorneaba perezoso. No usaba nunca la parte superior del bañador y sus pechos, aún alterados por la frialdad del baño, anhelaban el contacto con un hombre. Su pelo negro, mojado, caía a un lado. Sus piernas retenían gotitas de agua que creaban espirales arco iris sobre su piel mientras sus muslos escapaban a su voluntad para buscar su propio movimiento y un placentero contacto. Su corazón se aceleraba y sabía que necesitaba compartir sus anhelos.

Y ella, que se sabía Venus primorosa, miraba a su interior y sentía la soledad del amor perdido. Combatiría aquel desamparo por la noche, un unas manos extrañas, con un placer frío y unos besos de cartón. Le encantarían con promesas falsas que no duraban más que la noche que las custodiaban. Después dormiría hasta tarde, con pesadillas de recuerdos tiernos y caricias suaves. Más tarde, la piscina y la añoranza.

Se vistió con aquella falda corta que la volvía irresistible y marchó a la calle buscando olvidar sus afanes.