15/5/09

Tu ventana


Me gusta ver la ventana de tu cuarto iluminada porque me permite imaginar qué estarás haciendo en ese momento. Es posible que hayas ya cambiado la decoración de la alcoba porque hace mucho tiempo que no me invitas a compartir tus sábanas, tu piel cálida y el aroma del perfume de tu cuello. Prefiero pensar que todo está igual, con la cama con colcha de seda, la cómoda de nogal, las figuritas de escayola en los anaqueles y el espejo que tantas veces espió nuestros amores desmesurados. Me gustaba desnudarte junto a él, despacio, e ir descubriendo un territorio que, aún cien veces recorrido, siempre se me antojaba maravillosamente nuevo. La noche siempre era demasiado corta, el ansia de tu cuerpo siempre quedaba insatisfecho, sobre todo en los días de lluvia, cuando tanto te gustaba hacer el amor y me reclamabas de seguido. Van Morrison nos acompañaba algunos días. Schubert otros cuantos.

Cuando paso bajo tu ventana, iluminada, pienso que quizá estés leyendo poemas, tumbada sobre la cama, a la luz de esa lamparita forrada de seda que trajiste de la India y que dices que tanto te inspira. O, quizá, estés viendo la televisión, o aún dándote un baño como sueles hacer muchas tardes y el lecho esté esperándote, celoso del agua enjabonada que te envuelve. Quizá te hayas puesto ese pijama azul que te está tan grande pero que siempre usas. Me gustaba sorprenderte y abrazarte y palparte toda por encima de él, cuando lo vestías. O quizá – me gusta imaginarte así- estés desnuda añorando caricias y besos, tentada de aliviar tu anhelo con deseos imaginados y pasiones ensoñadas.

A veces, veo sombras y me entristezco al pensar que otro hombre disfruta de tu compañía y que me has olvidado.