9/5/26

El amado líder

 


La historia que voy a contar ocurrió en invierno, poco después de la dimisión forzada del director de Le Regard Parisien, que cayó víctima de un escándalo mediático por publicar, sin verificar, una tribuna falsa atribuida a un expresidente africano. Fue un episodio que causó revuelo en la capital y cierta inquietud en el Ministerio de Exteriores, pero no inusual: los editores estaban más atentos a las tendencias de Twitter que a la veracidad de las fuentes, y la urgencia de acumular likes en los digitales valía más que una doble confirmación. 

En aquellos días, el Amado Líder —así seguíamos llamándolo— trabajaba como jefe de la sección de Opinión. Nadie entendía cómo conservaba el puesto, ni por qué lo mantenían. Nunca ocultaba su desprecio por los consejos editoriales, menos aún por el libro de estilo al que consideraba como fuente de todas las calamidades que afectan al periodismo, no asistía a las reuniones de estrategia, y su despacho era un desorden de papeles, vinilos viejos, fotos en blanco y negro, y notas manuscritas con tinta roja. Para él, lo único importante era escribir bien – Zola era su guía– y escarbar en la podredumbre del mundo para sacarla a la luz. Daba igual. Era intocable. O, más bien, intocado: lo dejaban en paz, como se deja una estatua que nadie quiere mover por miedo a que se derrumbe algo más. 

El periódico cambiaba, se volvía digital, se hacía mecánico, no importaban ya las buenas historias de investigación. Pero él seguía allí. Imperturbable. Un hombre de otra época atrapado en la vitrina de cristal de un diario que ya no sabía bien si vendía ideas o clics. Alto, delgado, con el cabello peinado hacia atrás como si todavía esperara una cita con Malraux. Tenía una mirada ligeramente irónica, una manera de entornar los ojos cuando escuchaba tonterías, como si archivara los absurdos del mundo en una carpeta invisible. Le gustaban las canciones de Leo Ferré y en su despacho, junto al inevitable ordenador, había libros subrayados y una fotografía enmarcada de una mujer fumando junto al mar. Nadie sabía quién era. Nadie se atrevía a preguntar.

—En nuestro trabajo —solía decir mientras vertía un dedito de coñac en una copa de cristal que había sobrevivido a tres mudanzas—, la verdad es como el buen coñac: rara vez es buena y nunca es barata. 

Aunque las oficinas de Le Regard Parisien en la Rue du Louvre mantenían su esplendor, todo vidrio y piedra pulida, albergaban ya un periódico que había sacrificado gradualmente su independencia en el altar de la interacción digital y la conveniencia política. 

El Amado Líder parecía ser el único que sentía desazón por aquella realidad tan alejada de la gloria del pasado.

Aunque su nombre real era Didier Belausier, como su abuelo, se había ganado su apodo en la guerra de Bosnia, en 1993, cuando era reportero para La Verité Blanche, un semanario de Lyon que había pasado de ser una anodina revista de provincias a tener cierta notoriedad nacional gracias precisamente a los reportajes de Belausier. Ocurrió cerca de Vitez, en abril, cuando los croatas lanzaron un ataque en todo el frente y cogió a un nutrido grupo de corresponsales en tierra de nadie, bajo un cañoneo intenso. Había estado documentando las barbaridades de los soldados contra la población bosnia, así que Didier supo que si no lo mataban los obuses, le fusilarían los croatas. No quedaba otra que salir por piernas de aquel avispero. Por instinto, o por miedo, quién sabe, se puso al frente de los demás periodistas y fotógrafos, en una desesperada retirada bajo fuego cruzado después de que el camión en que les habían prometido evacuarlos no apareció. Del grupo original, solo tres regresaron. Louis Bretz, que luego fue adjunto al ministro de cultura, fue uno. El Amado Líder fue otro. El tercero nunca volvió a hablar de aquella noche. Un fotógrafo alemán bautizó el apodo, y así quedó aunque Belausier jamás ostentara otra estrella que la de su propia soledad. La imagen persistía: él cruzando una carretera de grava y sembrada de metralla, un compañero herido a cuestas, la cámara colgada del cuello y un cigarro apagado entre los labios, como si la cosa no fuera con él. El grupo llevaba ya aislado una noche entera, con francotiradores croatas en los tejados y los teléfonos mudos. Líder por un día de una tropa condenada a morir entre escombros y humo de pólvora, con el Lasva a la espalda y maldiciendo en diez idiomas distintos. Cosas del periodismo de guerra. Cosas de Europa.

En la semana del 16 de febrero, sin que nadie supiese cómo, una serie de columnas particulares, sin firma, aparecieron en las páginas interiores durante toda una semana. Criticaban con mordacidad el servilismo de los medios, la domesticación de la opinión pública, el que los periodistas vendieran su alma cada día sin ningún remordimiento, el lenguaje vacío de los editoriales y la intrusión de la política en la prensa. Nadie supo de dónde venían. No tenían estilo reconocible, pero estaban muy bien escritas, maravillosamente escritas al punto de que las ventas del diario aumentaron sensiblemente. 

El revuelo fue inmediato. Primero, el escándalo del africano, ahora esto. ¿Cómo era posible que algo así ocurriese? Todo estaba digitalizado, las páginas se revisaban intensamente antes de pasar a las rotativas, los directores de departamento controlaban los textos con precisión. Sólo podía pensarse en un boicot, en un asalto oculto al sistema informático. La única explicación posible era que algún topo, un traidor, tuviera acceso no autorizado a la base de datos y justo después de la revisión final y antes del inicio de impresión, cambiara una columna autorizada por la intrusa. ¿Quién?, gritaba el Presidente, mientras daba vueltas por el pasillo y abusaba de sus pastillas. 

El consejo de administración exigió una purga. Querían encontrar al autor de las columnas y despedirlo con estrépito, como lección ejemplar. Se exigió a la dirección que rodaran cabezas pero, a la vez, otros consejeros independientes aconsejaban prudencia porque las ventas y la reputación habían aumentado. El caos, no cabía duda de ello, era elegante. Las columnas eran brillantes, afiladas, escritas como si Guy Debord hubiera vuelto reencarnado en un corrector de estilo. Casi todos las leían, incluso los redactores deportivos. Los jefes fruncían el ceño y se reunían en privado. 

El sindicato CGT aplaudió al anónimo autor y dejó caer que quizá fuese un afiliado propio. Humanité y Le Figaro elogiaron públicamente a Le Regard Parisien, algo inusual entre competidores tan dispares. Por fin, decían las gentes en las calles, hay un periódico que no se deja comprar por el poder, unos profesionales que escriben la verdad. Los patrocinadores publicitarios se congratularon del hecho pero varios directivos recibieron una llamada de varios ministros anunciando que revisarían el presupuesto de publicidad público. ¿Quién?, ¿quién?, era la pregunta.

Algunos sospechaban del propio Amado Líder, porque quizá el estilo literario era similar, aunque él lo negaba con una mueca preocupada y un gesto de la mano, como quien espanta una mosca. Belausier asistía a todo con preocupación. A veces, cuando se hartaba, soltaba una breve disertación sobre la pérdida de la ética profesional intercalada con alguna blasfemia ocasional dirigida al periodismo francés.

La investigación duró tres semanas. Se contrataron auditores externos, un especialista en ciberseguridad contratado de urgencia —un belga de apellido impronunciable que hablaba un francés de catálogo turístico—, y dos abogados del bufete que llevaba los asuntos del grupo editorial desde que el fundador murió y sus herederos empezaron a mirarse con desconfianza. Revisaron los registros de acceso al sistema, los historiales de impresión, los metadatos de cada archivo. Interrogaron, con educación primero y sin ella después, a todos los que tenían acceso al flujo de producción. Nada. O más bien, algo: encontraron la técnica, pero no al técnico.

Lo que descubrieron fue esto: alguien había explotado una vulnerabilidad en el módulo de corrección tipográfica automática que los redactores llamaban, sin afecto, el chivato porque sacaba a la luz los fallos de sintaxis de los periodistas. En realidad, se denominaba Argus App. Ese sistema tenía acceso de escritura a las páginas ya validadas porque su función era enmendar erratas de último minuto — comas, tildes, guiones largos mal puestos — sin necesidad de reiniciar el proceso de aprobación. Era un parche del año 2019, instalado en solo una tarde, y olvidado posteriormente. Quien fuera que introdujo las columnas anónimas había aprovechado ese resquicio: inyectaba el texto nuevo disfrazado de corrección ortográfica, unos minutos después de la validación final y antes del volcado a las rotativas. El sistema lo registraba como una intervención automática, no como una edición humana. No había rastro de IP anómala, ni de credenciales robadas. Quien lo hizo conocía la arquitectura del sistema por dentro, sabía exactamente cuánto tiempo transcurría entre la validación y la impresión, y tenía acceso legítimo al entorno de producción.

Eso reducía el círculo de sospechosos a unas cuarenta personas, entre las que se hallaban varios consejeros, el propio Presidente, todos los jefes departamentales y también Didier.

El consultor belga, enfundado en un traje negro que le estaba grande, con cara de enfado, presentó su informe un martes por la mañana, ante el consejo reunido en el sexto piso. El  Power Point fue sobrio, minimalista, blanco y negro. Se mostró meticuloso, incluso elegante en la exposición. Al terminar, el Presidente le preguntó, con la mandíbula tensa y los nudillos blancos sobre la mesa, quién había sido. El belga recogió su ordenador portátil y respondió en un inglés que nadie se molestó en traducir: I can tell you how. Who, is your problem, not mine.

Esa tarde, el Presidente convocó a Belausier.

No fue una conversación franca ni amigable, aunque sí cortés. El Presidente era un hombre que había aprendido a disimular sus intenciones detrás de una cordialidad que funcionaba como un segundo traje, y Belausier era un hombre que había aprendido, en trincheras bastante más literales, a detectar cuándo alguien le apuntaba aunque no se viera el fusil. Se sentaron en el despacho del sexto piso, con la ciudad gris al fondo de los ventanales, y el Presidente le ofreció un café que Didier sorbió con tiento.

La propuesta era sencilla en su formulación y complicada en todo lo demás: que el Amado Líder — y usó varias veces y deliberadamente este mote, con algo de sorna — investigara quién había sido. No deseaba que lo hiciera el belga, ni los abogados, ni la policía — lo que hubiera significado un escándalo peor que las propias columnas—. Quería que fuera él. Discretamente. 

—Le soy sincero. Más de la mitad de los posibles culpables están en el más alto escalafón del periódico. Abrir una investigación general sería un caramelo excesivamente gustoso para nuestros competidores, para los miembros de la CFDT, y no digamos de la CGT; un tiro en el pie de nuestra institución. E imagine que el resultado fuera que el traidor es in consejero. Seriamos el hazmerreír de la industria.

—O yo mismo — dijo con calma Didier.

—O usted mismo. Tampoco a usted le conviene que se airee este asunto. Au cas où.

—¿Entonces? —, preguntó.

—Usted conoce esta redacción mejor que nadie —dijo el Presidente— y sé que tiene amigos. Y — se detuvo un segundo —…enemigos, no se venga arriba, mon ami.

—Sí, conozco el periódico desde hace mucho —concedió Belausier.

—Y tiene reputación de encontrar lo que busca. Un reportero de campo lo sigue siendo aun  cuando está recluido en una oficina.

Belausier tomó un sorbo de café. Luego miró al Presidente con esa calma que los que le conocían desde Bosnia describían como el gesto de alguien que ya ha calculado las salidas de la habitación antes de que comience la refriega..

—¿Y si no encuentro nada?

—Entonces habremos descartado una posibilidad —respondió el Presidente, con una sonrisa indefinible.

Los dos sabían que aquello podía ser un encargo o podía ser una trampa. Probablemente era las dos cosas a la vez. Belausier aceptó. Al cabo, ambos podían hacer daño al otro, las fuerzas estaban equilibradas en cierto sentido. Lo que Didier no dijo es que estaba deseoso de comenzar. No, deseoso no era la palabra. Necesitaba hacerlo. Tampoco dijo que estaba involucrado. No, involucrado no era la palabra. Afectado.

Tardó once días.

Los primeros cuatro los dedicó a mirar con calma lo que el belga ya había encontrado. Y no porque quisiera tener información. No, más bien para asegurarse de que el consultor no sabía nada. 

Volvió a leer las columnas misteriosas una por una —las tenía guardadas, recortadas en papel, algo que ya nadie hacía—, y rememorar recuerdos que siempre volvían.

¿Así que estaba vivo aún? Sí, era lógico. Aún era joven.

Verdaderamente estaban muy bien redactadas, tanto en lo literario, en lo sintáctico, como en el fondo. Él mismo estaba de acuerdo con prácticamente todo. Él mismo podría haberlas escrito si no se hubiese interpuesto una granada.

El quinto día comenzó a hablar con gente. No con los sospechosos evidentes, no con los técnicos que el belga ya había interrogado, sino con los que nadie interroga: la mujer que limpiaba las oficinas en el turno de noche, el chico de mantenimiento que a veces se quedaba hasta las dos de la madrugada resolviendo averías, la administrativa de contabilidad que llegaba siempre antes que nadie porque vivía lejos y prefería evitar el metro en hora punta. Belausier tenía esa habilidad, cultivada en años de reporterismo en lugares donde la información oficial era inútil: sabía hablar con los invisibles. Se tranquilizó al comprobar que nadie sabía nada. Todo eran especulaciones inútiles.

Le costó diez días llamar a la persona cuyo nombre no anotó en ningún sitio. ¿se reconocerían tras tantos años?  Porque Belausier había reconocido la voz de las columnas desde el primer momento, antes incluso de que le encargaran encontrar a su autor. Las había leído aquella primera mañana, cuando circularon por la redacción con el asombro que circulan las cosas que nadie espera, y había sentido algo que no era exactamente sorpresa sino su contrario: el reconocimiento súbito de algo que llevaba años aguardando sin saberlo. Había una forma de construir el argumento, una manera de llegar a la conclusión dando un rodeo que parecía innecesario y que sin embargo era el único camino honesto, una cadencia en las frases largas que no se aprende, sino que se tiene o no se tiene. La había visto una sola vez antes, hacía muchos años, en textos que nunca se publicaron.

Los diez días fueron, en realidad, el tiempo que necesitó para decidir qué hacer con lo que ya sabía.

La conversación al teléfono fue breve y fría, aun cuando las voces les sonaban tan cercanas y familiares a ambos.

Quedaron en un bar del arrondissement undécimo, no lejos de la plaza Maurice Gardette, en un bistrot de esos con mesas de tapetes a cuadros rojos y blancos, que huelen a cerveza fría, a bœf bourguignon y a madera vieja, con una televisión encendida en un rincón que nadie miraba. Didier llegó el primero y pidió un calvados. Desde la ventana alcanzaba a ver el quiosco octogonal donde algún domingo subía un cuarteto de clarinetistas que amenizaban la mañana. 

Cuando la otra persona entró, Belausier no se levantó, no hizo ningún gesto que pudiera verse desde la barra. Solo desplazó ligeramente la silla del frente con el pie.

La conversación duró cuarenta minutos.

Ninguno de los dos tomó notas de nada. Hubiera resultado descortés a la par que innecesario. Se miraron largamente, reconociéndose de nuevo a través de las arrugas que el tiempo había cincelado en sus rostros. Había deuda, quizá, o algo más parecido al reconocimiento mutuo que tienen los que han visto las mismas cosas desde el mismo lado. La otra persona no era de la redacción, y quizá ya ni de la profesión, aunque indudablemente mantenía su talento como escritor. 

El hombre tenía unos cincuenta años, aunque aparentaba más. Era delgado, con el pelo entrecano y unos ojos claros que miraban con la atención tranquila de quien ha aprendido a no esperar demasiado de lo que ve. Una cicatriz en el cuello, medio tapada con una bufanda beige, contaba parte de la historia de ambos. Se sentó sin quitarse el abrigo.

Durante un momento ninguno de los dos dijo nada. La televisión mostraba un partido de fútbol sin sonido.

—Me alegro que estés vivo — dijo Didier.

—¿Dudabas de que hubiera salido de aquello?

—No, realmente no. Pero nunca estuve seguro hasta que volviste a escribir. Buena jugada.

—Las has leído —dijo el hombre. No era una pregunta.

—Desde el primer día —dijo Belausier.

—¿Cuándo lo supiste?

—Antes de terminar la primera columna. Aprendiste de mí el oficio ¿no?

—Más bien tú de mí. — y ambos sonrieron con complicidad.

—Lo siento. No sabes las veces que me he dado asco a mí mismo— Didier bajó la vista.

—Pues no tuviste necesidad de decírmelo en todos estos años... — el otro sí mantuvo la mirada.

—Remordimientos, culpa, vergüenza, qué sé yo…

—Ya sé que te ha ido bien. Amado Líder, nada menos …

—No tanto. Sí, tengo trabajo e incluso cierta fama pero, créeme, estoy arrinconado en una oficina como se olvida a un jarrón de porcelana del abuelo sobre una estantería. Esperan que me jubile lo antes posible.

—¿Cómo saliste de aquello?

—Unos camiones con heridos pasaron por casualidad y nos recogieron. Nada de heroísmo, pura suerte. Llegaron justo a tiempo porque los croatas avanzaban y nos machacaban con artillería pesada. ¿Y tú, como lograste salir?

—Con esto — se apartó el cuello para mostrar la vieja herida—, algo de metralla en las piernas y en el costado, mucha sangre perdida, seis meses de hambre y golpes en un campo de concentración rodeado de alambre de espino y la suerte de que unos tipos de la Cruz Roja negociaron mi libertad por ser extranjero. Aún recuerdo cómo corríais delante de mí cuando me alcanzó la explosión. Te llamé…

—Lo sé. Te oí…

—Pero, me dejaste allá.

—Llevaba a Peter a la espalda. Estaba herido.

—Sí, lo entiendo… pero la pregunta es si no pudiste o no quisiste…

Didier calló. Él mismo se había hecho muchas veces la misma pregunta.

—Después de la discusión que tuvimos, reconocerás que es una pregunta oportuna. Más aún cuando nunca publicaste la verdad.

—Lo intenté, pero debía pensar en Marisa… no sé… al final, me mandó a la mierda y me dejó unos años después. — repuso Belausier.

El hombre asintió levemente, como quien recibe la confirmación de algo que ya sabía pero necesitaba escuchar. Pidió un café al barman con un gesto de la mano y esperó a que llegara antes de volver a hablar.

Didier recordó. En 1993, cuando el conflicto bosnio llevaba ya un año dejando atrás pueblos arrasados y fosas sin nombre, su amigo le había entregado una información que cambiaba el relato que el mundo estaba construyendo sobre aquella guerra. 

—Tú eres el periodista famoso, le había dicho. Tendrá más impacto si lo publicas tú. Vamos a joderles, que el público conozca la verdad — se le veía entusiasmado, con esa ingenuidad que da la juventud.

No era una exclusiva menor: era documentación, testimonios directos, pruebas de que ciertas milicias recibían apoyo logístico de fuentes que comprometían a gobiernos europeos que se presentaban públicamente como mediadores neutrales. La clase de historia que no se olvida. La clase de historia que cuesta publicar pero que vende ejemplares y lleva al Pullizter.

El otro lo había averiguado porque en aquel momento era traductor free  lance para varios corresponsales extranjeros, uno de esos seres invisibles que hacen posible el periodismo de guerra sin aparecer en ningún crédito. Había trabajado en compilar y ordenar todo lo que sabía durante semanas, en una habitación de hotel en Vitez con las persianas bajadas y el generador encendido de noche para cargar los equipos. Aquel hombre, aquel que fuera su amigo, tenía entonces veintitantos años y creía, con la intensidad propia de esa edad, que publicar aquello importaba. Que servía para algo.

Belausier publicó. Pero no todo. La dirección de La Verité Blanche —que para entonces ya tenía detrás inversores con intereses propios en la estabilidad de ciertos acuerdos diplomáticos— le había aconsejado, con esa cortesía firme que es otra forma de orden, que dejara fuera la parte más comprometedora. Que publicara el horror en el terreno, que eso ya era suficiente, que lo demás era especulación que podía volverse contra el periódico. Belausier había cedido. Se había dicho que era pragmatismo, que la mitad de la verdad era mejor que el silencio, que ya vendría el momento de completar el relato. El momento no vino nunca.

El otro había esperado la publicación completa durante meses. Luego perdió la esperanza y su relación con Didier se vino abajo. A sus ojos, se le desmoronaba el ídolo del que creía haber aprendido, su modelo. Era otro más, se sintió  estafado, defraudado. Para Belausier, el otro se convirtió en un riesgo. ¿Qué pasaría con su éxito profesional si algún día contaba lo ocurrido? 

Luego, el combate, la huida, los obuses, la aviación a baja cota, el barro… Mirar hacia atrás y ver que había caído herido. Sí, él cargaba con Peter, los disparos silbaban cerca, el otro yacía aparentemente muy mal herido, nadie podría reprocharle jamás que no volviera por él. Nadie. Excepto él mismo porque en aquel momento lo que le vino a la cabeza es que muerto nunca podría delatarle. Fue un instante sólo. Pero fue. El pensamiento más podrido que una mente humana puede generar. Y siguió con los otros huyendo, dejándole atrás, sintiendo un vómito en su garganta por lo que acababa de pensar.

—¿Y por qué ahora el escribir esas columnas?

—No sé. Se me ocurrió tras hacer un curso de sistemas informáticos. Están llenos de brechas de seguridad. No te daré detalles de la técnica pero no es difícil. Quizá lo he hecho por venganza. No, no es eso. Más bien, necesidad de tener razón, de mostrar que el periodismo honesto es posible.  

—Eres un ingenuo. Siempre lo fuiste hasta como cuando, aquel día, te enamoraste de aquella rubia muy guapa, en un bar con lucecitas de Rovinj… ¿Cómo se llamaba?

—Dunja…

—¡Eso es! — sonrieron con cierta tristeza — Sólo quería tu dinero pero te hubieses casado aquella misma noche con la chica.

—Soy romántico. 

—Ingenuo. Crees que en la vida hay valores, ética, moral… pero me temo que nada de eso existe. Sólo intereses.

—¿No eras tú el que defendía el periodismo valiente, independiente, el que me llenaba de ideas y arengas idealistas?

Bullshit, todo mierda. — contestó Didier.

—¿Te puedes mirar al espejo cada mañana?

Belausier titubeó, calló, dudó…

—No. Maldita sea. No puedo.

—Vaya amado líder de pacotilla.

—Entonces, ¿para que estas crónicas? Que, por cierto, te felicito. Son brillantes. 

—No son para el mundo —dijo entonces—. Por si no lo habías entendido.

—Lo había entendido —dijo Belausier.

Y era cierto. Porque las columnas no hablaban, en el fondo, de la prensa francesa ni de la domesticación de la opinión pública ni del lenguaje vacío de los editoriales, aunque hablaran de todo eso con una precisión que había dejado a media redacción sin argumentos. Hablaban de un periodista que en el invierno de 1993, en una ciudad sitiada, con el río helado y el pan racionado, había tenido en sus manos una historia que importaba de verdad —no de las que importan una semana sino de las que cambian el relato de una guerra—, una historia que había entregado a su amigo del alma para que la publicara. Un amigo, o eso creía,  que había decidido no publicarla entera. Una decisión que agrió su amistad. Un amigo que prefirió abandonarle y no correr el riesgo de que algún día contara su cobardía profesional. 

Las columnas hablaban, sin nombrarlo, de alguien que había elegido el dinero  sobre su oficio, su continuidad en el puesto sobre su función, y que había construido después, sobre esa elección, una reputación de integridad que era, en su origen, una mentira elegante. Nadie más que Belausier podía leer eso en aquellas columnas. Nadie más que él sabía que estaban escritas para él.

—Treinta años —dijo Belausier, en voz baja.

—Treinta años —confirmó el otro, sin énfasis, como si fuera un dato meteorológico.

No había ira en cómo lo dijo. Eso era lo más difícil de sostener: que no hubiera ira. Solo la fatiga particular de alguien que ha cargado algo durante demasiado tiempo y ha encontrado, al fin, el lugar donde depositarlo.

Belausier bebió el calvados. Estaba tibio. Afuera empezaba a llover sobre el undécimo arrondissement con esa lluvia fina de febrero que no moja del todo pero cala.

—¿Tienes más? —preguntó.

El otro lo miró.

—Siempre he tenido más —dijo—. Tú lo sabes mejor que nadie. Irán saliendo. El público ha de conocer la verdad. Tarde, eso sí. Muy tarde. Claro, si no me denuncias.

—Sabes que no.

—¿Por qué acabaría con tu fama de adalid, de líder, o porque tienes remordimientos?

—Por ambas cosas probablemente. Pero, sobre todo, porque quiero volver a mirarme en el espejo mientras me afeito y no darme asco. No esperaba esta oportunidad, te daba por muerto, por desaparecido, pero ahora mi futuro ha cambiado. No lo creerás, quién lo haría. Pero esta vez no te dejaré tumbado en la carretera de Vitez.

Era verdad. Belausier sabía que el otro había seguido escribiendo todos estos años, en cuadernos que nadie leía, con la disciplina sorda de quien escribe porque no puede dejar de hacerlo aunque no haya ningún periódico dispuesto a publicarlo. Lo sabía porque un periodista de verdad, y aquel hombre, ex amigo, lo era, debe siempre escribir.

—¿Qué vas a decirle? —preguntó el hombre.

Belausier dejó el vaso sobre la barra.

—Que no he encontrado nada concreto —dijo — pero que posiblemente el desconocido autor tiene más información que puede ser comprometida. Mejor dejarle hacer y usarlo para mejorar la imagen del periódico… Mejor dejarte hacer, para entendernos.

—Tengo información comprometida, pero no para el diario sino para tu reputación.

—Lo sé. Y también sé que no me hundirás.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque eres honesto, jodidamente honesto, asquerosamente honesto. Personas como tú son las que lo estropean todo.

El otro no respondió de inmediato. Miró la televisión muda un momento. Por fin, contestó:

—No sé qué haré. No te prometo nada.

Belausier se puso el gabán despacio, con esa parsimonia de los hombres que han aprendido a no precipitar los gestos.

—Quizá ahora podrás comprenderme —dijo—. Porque esta vez no voy a ser yo quien decida si se publica. Vas a ser tú y vas a ver que no es tan fácil.

Se dieron la mano en un gesto frío que por algún motivo aún contenía algo de afecto.

Salió sin terminar el calvados. Caminó veinte minutos bajo la lluvia fina antes de tomar el metro, con el cigarro apagado entre los labios y las manos en los bolsillos, pensando en una ciudad sitiada en invierno y en lo fácil que había sido, treinta años atrás, convencerse de que la mitad de la verdad era suficiente. 

 

Dos días después, el Amado Líder entró en el despacho del Presidente. Se sentó, rechazó el café que le ofreció su interlocutor, y habló durante pocos minutos.

No había encontrado al autor, dijo. O más precisamente: había encontrado el cómo pero no el quién, igual que el belga, con la diferencia de que él había mirado más lejos y en más direcciones. Y lo que había encontrado en ese radio más amplio era otra cosa. Más peligrosa que un nombre. Una sombra.

Le dijo que había indicios —no pruebas, solo indicios— de que varias de las fuentes de financiación del grupo tenían ramificaciones que no soportarían demasiada luz. Contratos de publicidad institucional condicionados. Participaciones cruzadas con empresas que a su vez tenían contratos con el Ministerio de Cultura. Hechos que un fiscal no podría ignorar, e informaciones que un periodista con tiempo y ganas podría convertir en portada. Belausier lo expuso con la misma calma con que había cruzado los campos de batalla en Bosnia: sin dramatismo, sabiendo que en cualquier momento una granada podía arrancarle la cabeza, contando sólo con la calma fría que le otorgaba su larga vida de riesgos.

—Quien haya hecho esto —dijo, al terminar— sabe lo que hace. Y sabe más de lo que ha publicado. Si lo denunciamos, si ponemos a la policía tras la pista, no controlaremos lo que pueda publicarse en cualquier competidor. Si, por el contrario, hacemos la vista gorda a lo que aparece en nuestro propio diario, y es muy posible que ocurra de nuevo, controlaremos los efectos y los usaremos para nuestros intereses. Yo le recomiendo que en vez de perseguirlo lo torné en favor del Le Regard Parisien. El público ama que la prensa sea independiente. Es tan raro hoy en día.

El Presidente lo miró durante un tiempo que se hizo incómodo.

—¿Está diciéndome que lo dejemos estar?

—Le estoy diciendo lo que he encontrado —respondió Belausier—. Más que dejarlo estar, fomentarlo… pero en nuestra propia casa. Es lo que sé, es lo que pienso. Lo que usted haga con ello es su decisión. Siempre lo ha sido.

Hubo una pausa larga. Afuera, París seguía siendo París: gris, incesante, indiferente.

—¿Y si vuelve a ocurrir? —preguntó el Presidente.

Belausier se levantó, se puso el gabán.

—Entonces leeremos algo interesante —dijo mientras se levantaba.

El consejo de administración recibió un informe de dos páginas que concluía que la vulnerabilidad técnica había sido identificada y corregida, y que el autor de las intrusiones no había podido ser determinado con certeza suficiente para emprender acciones legales sin riesgo de exposición pública para el grupo. Se recomendaba cerrar el expediente. Se recomendaba también una auditoría de los sistemas de financiación, formulada en un lenguaje tan cauteloso que podía leerse como una medida de higiene rutinaria o como una advertencia velada, según el ángulo desde el que se mirara. Varios consejeros la leyeron de las dos maneras. Ninguno preguntó quién había redactado ese párrafo en particular.

Las ventas del diario subieron y Le Regard Parisien mejoró en su imagen. Además, los ingresos por publicidad aumentaron porque estaba de moda apoyar a la prensa independiente, esa que no se casa con nadie, como decía Paul Montier, el presentador de moda en los late shows.

El Amado Líder siguió en su despacho del tercer piso, entre los vinilos y las fotos en blanco y negro y las notas con tinta roja. Siguió llegando tarde a las reuniones que seguía sin considerar necesarias. Siguió escribiendo bien, que era lo único que, según él, importaba.

Nadie le preguntó nada.

Con cierta regularidad volvieron a aparecer columnas sin firma en las páginas interiores. Crónicas especialmente afortunadas, incisivas, políticamente incorrectas, que nadie cuestionó desde la dirección y que hacían aumentar las ventas por unos días cada vez. El departamento de marketing aprovechó para usar aquello en favor de la credibilidad de  Le Regard Parisien , al que se empezó a citar como "el único diario libre de Francia". Aun así, hubo redactores —los más veteranos, los que llevaban suficientes años como para haber aprendido a leer los silencios de una redacción— que a veces, revisando las crónicas, tenían la sensación de que se perdían algo.  No preguntaron.

Belausier tampoco habría dicho nada, de haber sido preguntado. Solo habría encendido ese cigarrillo que nunca terminaba de arder, y habría vuelto a mirar la pantalla.  

Echaba de menos el trabajo de campo. Pensó en la reunión que había tenido en el bar de las afueras de París. El otro estaba ciertamente muy envejecido, más que él mismo, pero le hubiera gustado estar en su piel. Sonrió brevemente pensando en la próxima columna que infiltraría en el sistema. Envidió a su interlocutor. 

Jamás le dijo nada a nadie.

Era la clase de cosa que no se dice. Solo se carga.

 

 

 

 

 




8/5/26

Los suicidas del fin del mundo

 

Los suicidas del fin del mundo (Tusquest, 2006), de Leila Guerriero, es una crónica periodística que puede considerarse una magnífica novela. La historia de una pequeña localidad, cuyos mejores tiempos, fruto de la extracción petrolera, ya quedaron atrás, y la tristeza de sus gentes, a medio camino entre el arraigo y la falta de oportunidades, que lleva a muchos a cometer suicidio.

Las ambiciones de hacer dinero rápido acarrean peligros devastadores cuando sus promesas de riqueza se desmoronan, dejando solo escombros donde antes prosperaba la ilusión. Este fenómeno marcó a Las Heras, un asentamiento que, previo a la irrupción de la industria petrolera en 1978, basaba su tranquila economía en el pastoreo y la venta de lana. 

Hasta allí se trasladó Leila Guerriero para documentar los sombríos eventos que componen su obra. Guerreiro se encuentra con una comunidad en retroceso social y sumida en una profunda desesperanza. El pueblo queda marginado de cualquier progreso social o económico, convirtiéndose en un depósito de afectos rotos. El imaginario colectivo, antes compartido, se ha fracturado en un conjunto de pedazos desunido donde la comunicación entre los sujetos se ha roto, dejando paso a una violencia seca y simplificada que la novela captura con precisión. En este escenario, las muertes por mano propia se convierten en el centro de una historia que parece hundirse en un vacío de sentido.  

La narración está basada en hecho reales. Entre 1997 y 2004, una incomprensible cadena de suicidios sacudió a esta localidad patagónica. Guerriero se instaló en el epicentro de los hechos en 2002, realizando un trabajo de campo de varios meses que dio como fruto este crudo testimonio. No faltaron impedimentos ya que muchas personas se negaron a hablar o inventaron razones que no existían.

Así pues, el libro se construye a partir de lo que sus habitantes cuentan a la periodista verbalmente; son sus voces, cargadas de  tragedia, las que dotan de volumen a la narración. El lenguaje aquí deja de ser un adorno para transformarse en un vehículo de incertidumbre. 

El texto es una joya del lenguaje sobrio. No sobran palabras. No faltan palabras. No se adorna, pero si hay sensibilidad antes situaciones tan terribles. No se remolonea, pero tampoco se escatima extenderse cuando es necesario. Se describe con precisión quirúrgica, sin miedo a las imágenes escabrosas y crudas de una vida desencantada, los hechos ocurridos. Nunca hay morbo, jamás sensacionalismo. Es una arquitectura de la memoria donde el minimalismo verbal potencia el horror de las situaciones. El núcleo de la obra son las voces de los familiares, de amigos de las víctimas o de suicidas que en el último momento desistieron. Lo que sucedió se reconstruye a través de esos diálogos, de la emoción de las conversaciones con una mesa de por medio. El lector debe unir los fragmentos que va leyendo hasta poder completar un cuadro completo y veraz. Nunca desaparece el interés y uno desea conocer más de lo acaecido en Las Heras.

Los testimonios están cargados de una intensidad verbal y una emoción cruda que convierte cada relato en un fragmento de la tragedia. Es a través de estos diálogos y reflexiones que el lector experimenta el dolor, la frustración y el desconcierto que envuelve a la comunidad que, en definitiva, no es sino la falta de futuro, lo que la autora llama "el síndrome de la valija", que hay que emigrar para cumplir las ilusiones. 

En paralelo, la autora argentina reconstruye el pasado del pueblo, de su ascenso y caída. La descripción de la naturaleza inhóspita, la dureza del trabajo en los campos petroleros y la súbita caída del negocio, por asuntos que ocurren en la otra punta del mundo pero que afectan radicalmente a la vida de sus habitantes, trazan un telón de fondo opresivo que parece justificar la cadena de desgracias que narra Guerreiro.

Y, además, todo ocurre ante la indiferencia del resto del país. El párrafo final es de una soledad profunda.


5/5/26

Curso de Multimedia Sorytelling

 


La School of Professional Studies, de la Universidad de Nueva York, propone un curso de verano sobre narración multimedia en la que se explicarán los conceptos y la práctica en el uso de elementos como imágenes, videos, audios y animaciones aplicados a contar una historia.

La narración multimedia permite aportar contexto, emoción y profundidad a historias de todo tipo: desde noticias y documentales hasta campañas de marketing o proyectos sociales.

El curso ofrece una visión de cómo crear historias multimedia atractivas utilizando un smartphone y herramientas accesibles . A lo largo de ocho semanas, se trabajará  junto a un profesor en el desarrollo de una historia basada en personajes, adquiriendo experiencia en todas las fases del proceso: desde la idea inicial hasta la producción y publicación final. Durante las primeras sesiones se hará hincapié en los fundamentos de la narración y cómo capturar contenido en distintos formatos (foto, audio y vídeo). A través de ejercicios semanales, se irá  aplicando lo aprendido y construyendo progresivamente un proyecto real.

Los cursos serán on-line los miércoles entre el 10 de junio y el 26 de julio,

Más información en este enlace.




3/5/26

Poetrónica 2

 


Poetrónica 2, de Félix Remírez, es un generador de poemas automático. Utiliza la técnica de combinación de patrones pero estos no son aleatorios sino que intentan mantener el sentido de la frase y el contexto de los versos.

Tiene audio añadido. El lector puede ir creando versos añadiendo más a los ya generados o bien comenzar de cero cada vez.

Programado en HTML5 y JavaScript, está diseñado para funciona en PC. Está probado en los navegadores Edge y Chrome.






1/5/26

Poetrónica

 


Poetrónica, de Félix Remírez, es un generador automático de poesía basado en patrones y elección de palabras en función del contexto.  La generación no es aleatoria sino que garantica hasta cierto punto el sentido y el objetivo del verso.

La nueva versión en HTML5 funciona para PC en Edge y Chrome. 

Creado originalmente en 2009, una versión de aquella época está incluida en The Electronic Literature Collection Volume 3, en este enlace.

El formato es minimalista y se centra, precisamente, la generación poética.




27/4/26

¿Puede un Modelo de Lenguaje natural ser consciente?

 


Hay una pregunta que flota cada con fuerza sobre el mundo de la inteligencia artificial: ¿pueden los modelos de lenguaje como GPT o Claude llegar a tener experiencia subjetiva? ¿Pueden ser conscientes de su propia existencia? ¿Pueden sentir algo? La respuesta que da la corriente dominante en filosofía de la mente —el funcionalismo computacional— es que sí, al menos en principio: si un sistema procesa información de la manera correcta, la consciencia emergerá, independientemente de si está hecho de neuronas o de silicio. Alexander Lerchner, investigador de Google DeepMind, acaba de publicar un artículo que desafía esta idea de raíz. Y lo hace sin apelar a la biología ni a la intuición: solo con física y lógica. Su título es The Abstraction Fallacy: Why AI Can Simulate But Not Instantiate Consciousness

Su punto de partida es inusual. En lugar de preguntarse qué es la consciencia —una pregunta que, reconoce, todavía no tiene respuesta definitiva—, Lerchner pregunta algo más manejable y, a su juicio, más urgente: ¿qué es exactamente la computación, en términos físicos? La respuesta que construye es sencilla. La computación, argumenta, no es una propiedad intrínseca de la materia. No es algo que simplemente "ocurre" en un chip de la misma manera en que ocurre la gravedad o el electromagnetismo. La computación es, fundamentalmente, una descripción de procesos físicos, no los procesos en sí mismos. Y esa distinción, aparentemente técnica, lo cambia todo.

El argumento descansa sobre una figura que Lerchner llama el cartógrafo. Un transistor a 5 voltios no es "un 1" por naturaleza propia: es "un 1" porque un agente consciente decidió que ese rango de voltaje equivale a ese símbolo. Sin ese acto de asignación semántica, no hay computación; solo hay física. El cartógrafo no es un observador pasivo, sino un agente activo y metabólicamente vivo que hace dos cosas simultáneas: extrae conceptos de la experiencia directa —el concepto "rojo" no es un dato abstracto, sino un estado neurofisiológico constituido por haber experimentado el rojo muchas veces— y luego asigna símbolos arbitrarios a esos conceptos. La consecuencia lógica es que los conceptos existen dentro del cartógrafo, mientras que los símbolos son solo fichas físicas vacías. El mapa no contiene el territorio. Y ningún aumento en la complejidad del mapa puede generar el territorio por sí solo. Importante notar que ese cartógrafo, ese observador, es externo.

De aquí emerge la distinción central del artículo. Simular un proceso significa manipular símbolos de forma que el resultado imite el comportamiento del proceso real. Instanciar un proceso significa reproducir su dinámica física constitutiva. Una GPU puede simular la fotosíntesis con total precisión matemática, modelando cada reacción química, pero no producirá ni una sola molécula de glucosa ni liberará oxígeno. La simulación perfecta no equivale al proceso real. Lo mismo ocurre con el cerebro: un chip de silicio que imita el perfil eléctrico de una neurona no reproduce nada de lo que hace esa neurona como entidad viva —su metabolismo, sus interacciones hormonales, su integración con el organismo—. Borra el territorio y deja solo el mapa.

El funcionalismo, señala Lerchner, comete aquí lo que llama una inversión ontológica. La cadena causal real es esta: la física genera experiencia, la experiencia genera conceptos, y los conceptos permiten crear computación simbólica. El funcionalismo invierte esa cadena y propone que la física genera computación, y la computación genera consciencia. El problema es que esta inversión es circular: pretende explicar el origen del cartógrafo —la consciencia— apelando a un proceso que ya presupone su existencia. Es como intentar crear al lector a partir del libro.

El artículo anticipa las objeciones más comunes con notable precisión. ¿Y si el sistema está encarnado en un cuerpo físico, conectado al mundo mediante sensores y actuadores? No cambia nada esencial: los sensores de un robot transducen fuerzas físicas en voltajes, que luego son alfabetizados por un cartógrafo humano en símbolos digitales. El núcleo operativo del sistema sigue trabajando solo con símbolos. Conectar un ordenador a cámaras y brazos robóticos no lo convierte en el mundo; solo le permite recibir datos sobre él. ¿Y las redes neuronales, que operan en espacios vectoriales supuestamente continuos? Aunque se describen como sub-simbólicas, sus vectores son secuencias de números en coma flotante: símbolos discretos de un alfabeto finito. Ese alfabeto ya está ahí, integrado en el silicio, desde el diseño. 

¿Y si la consciencia emerge simplemente por pura complejidad? La emergencia física real —como la humedad que emerge del agua— aparece sobre la dinámica causal intrínseca del sustrato. Lo que el funcionalismo propone es algo distinto: que un mapa abstracto, por volverse más complejo, se transmute en el territorio físico que describe. Eso no es emergencia; es una suposición de principio fundamental.

Al respecto de esta consciencia emergente a partir del perfeccionamiento y acumulación de características de algo anterior, cabe recordar la famosa frase de que "la bombilla eléctrica no surgió de la mejora ingente de las velas":

La conclusión de Lerchner es tajante pero, en su formulación, liberadora. La incapacidad de la computación para generar experiencia subjetiva no es un límite de ingeniería que se pueda superar con más parámetros o mejores arquitecturas. Es una necesidad lógica derivada de lo que la computación es. Esperar que un algoritmo instancie consciencia es como esperar que la fórmula matemática de la gravedad ejerza peso físicamente. 

Esto tiene una implicación práctica directa para el campo de la seguridad en IA: el desarrollo de sistemas cada vez más capaces no está creando nuevos sujetos  morales que merezcan derechos o consideración moral. Está creando herramientas predictivas más sofisticadas. El riesgo real no es que la IA sufra en sus derechos, sino que los humanos proyectemos en ella una subjetividad que no posee y tomemos decisiones equivocadas a partir de esa confusión.

Lo que construimos, por muy impresionante que sea, sigue siendo el mapa. El territorio somos nosotros

Puede leerse íntegramente desde este enlace.


26/4/26

Intelligence artificielle et création : enjeux et pratiques

 


La publicación Intelligence artificielle et création : enjeux et pratiques (2025) es una iniciativa impulsada por once ciudades creativas de la UNESCO de seis países para reflexionar colectivamente sobre el impacto de la inteligencia artificial en la creación cultural. Su principal valor reside en ofrecer un espacio institucional de diálogo abierto donde conviven posturas diversas, incluso opuestas, sobre la relación entre creatividad humana e IA. El proyecto, respaldado por organismos franceses y concebido como el primer volumen de una serie de diez años, pretende analizar la evolución de prácticas y percepciones en torno a la IA mediante una metodología comparativa basada en seis preguntas comunes sobre autoría, autenticidad, estandarización, ética, innovación y futuro.

El libro se abre con tres enfoques transversales: el jurídico, el ético y el económico. Desde el derecho, se subraya el problema de la falta de remuneración a los creadores cuyas obras sirven para entrenar modelos de IA. Desde la ética, se plantea la necesidad de preservar la diversidad simbólica y evitar la homogeneización cultural. Desde la economía, se advierte que la IA multiplica la producción creativa, pero puede dificultar la visibilidad de nuevos autores y debilitar a los pequeños actores culturales.

Uno de los mayores méritos de la obra es no buscar un consenso forzado. En ámbitos como la música aparecen visiones contrapuestas: algunos artistas ven la IA como una herramienta inspiradora y un nuevo instrumento creativo, mientras otros denuncian la explotación no remunerada de obras humanas y el riesgo de empobrecimiento artístico y económico. Esta pluralidad también se refleja en el cine, la literatura y las artes digitales.

Aunque no aporta ideas completamente nuevas para quienes ya conocen el debate, el libro resulta valioso como síntesis del estado de la discusión en 2025. Más que ofrecer respuestas definitivas, promueve una gobernanza cultural basada en la reflexión compartida, demostrando que la cooperación entre territorios puede generar marcos útiles para pensar críticamente la innovación tecnológica y sus efectos sobre la cultura.

Puede leerse desde este enlace.




23/4/26

Ahora. Antes.

 


La calle olía a piedra húmeda y a flores. Él caminaba deprisa porque abril estaba siendo frío y lluvioso pero, con el cambio de hora, ya había amanecido hacía un buen rato y la floristería de Prat de la Riba tenía la persiana a medio alzar y el dependiente, alto y con barba mal rasurada, colocaba los ramos sobre los estantes que había sacado a la calle. Era muy temprano. Era el día.


Veinte años después él caminaba por la misma avenida. El frío era el mismo. La luz era la misma. Él era otro. 


Entró en la floristería y el hombre lo reconoció, no porque fuese un gran cliente sino porque, ese día, siempre era el primero en aparecer, como si hubiese estado la noche en vela esperando el instante de la apertura, como esa gente que hace cola para un concierto de rock junto a la taquilla para ser el primero cuando la abran. Eligió una rosa roja, grande, con el tallo largo y sin espinas porque ella odiaba pincharse. El florista la envolvió en celofán transparente y le hizo un lazo  de dos arcos. Él pagó sin regatear y dio una propina. Siempre lo hacía ese día.

El florista le tendió la rosa sin decir nada. Él la cogió. Dijo gracias. Salió a la calle. 

Ella había pasado dos días visitando librerías, arrancando momentos de su vida cotidiana, de sus deberes familiares. Había entrado en la del Carrer Vallcalent y había preguntado por novedades. El librero le había hablado de un libro de Javier Marías que acababa de salir, Tu rostro mañana, la segunda parte. Ella lo hojeó pero no le pareció el más apropiado para él.  Después, había entrado en otro establecimiento y había visto El hijo de la bruja de Ken Follett pero no, eso no. Y se fijó también en Shalimar el payaso, de Salman Rushdie. Lo había sostenido en las manos un momento largo, mirando la cubierta, y luego lo había dejado.  

Era una gran lectora y sabía elegir obras interesantes, bien escritas, de literatura elevada, pero pensó que a él le haría más ilusión otro libro totalmente diferente que había visto el día anterior. Un compendio de las máquinas que había inventado Leonardo da Vinci. Uno de esos volúmenes pesados, en tapa dura, de tamaño muy grande, de los que ocupan un lugar relevante en el mueble del salón, lleno de gráficos y dibujos del italiano. Sí, le gustaría, pensó. A él le gustaban esas cosas. 

Ahora, tenía el libro en casa, sobre la cómoda, envuelto en papel azul con una pegatina que decía Feliz San Jordi. T’estimo molt.  


Él entró en el piso. Era pequeño y silencioso. Puso la rosa en el búcaro de cristal que estaba sobre la mesa del comedor. El jarrón siempre estaba limpio porque él lo lavaba cada año antes del día. Había puesto agua fría por la mañana temprano  y echó una aspirina porque alguien le había dicho que, haciéndolo así, las flores duraban más. Observó las burbujitas que subían finas y rápidas. 

La rosa quedó en el agua. Era una rosa muy hermosa, con sus pétalos aún algo cerrados. Mejor así, se abrirían en los días siguientes y él la sentiría más cerca. Qué estupidez, pensó. ¿Más cerca? Aunque, racionalmente imposible, ella siempre estaba cerca. Siempre. Y siempre era siempre, cada segundo.

Él miró la flor un momento. Luego fue a la cocina a hacer café. 


Ella apareció en la esquina de la calle y él la vio desde lejos y sintió en el pecho lo que siempre sentía cuando la veía acercarse, que era algo parecido a no poder respirar bien. Llevaba el pelo suelto, un abrigo beige y el libro bajo el brazo. Le encantaba aquel negro profundo de su cabello, su frente amplia, su naricita pequeña y esa sonrisa que significaba tantas coas: te quiero, te deseo, estoy bien junto a ti, ámame, no me dejes nunca, qué bonito sería si pudiésemos…

Se besaron en la mejilla primero y luego en la boca.

—Has madrugado —dijo ella.

—La rosa no espera —dijo él.

Ella cogió la rosa, se la acercó y dijo que olía bien. Entonces, él la abrazó y la acarició el rostro. Tú sí que hueles bien, le dijo. Extraño tu aroma cada noche.

Le dio el libro. Él lo miró y sintió que era realmente pesado. Soltó el papel con cuidado porque quería guardarlo. Era una ñoñez, pero saber que ella lo había envuelto le daba un valor casi sagrado. Ella nunca dejaba que lo envolviera el dependiente de la librería. Gustaba de hacerlo por sí misma, con sus manos.

Lo dio la vuelta. Leyó la contraportada despacio. Volvió a girarlo.

Máquinas de Leonardo —dijo. Sonrió de aprecio y gusto — ¿Cómo es que aciertas siempre?

—Es muy técnico. Lo tienes que leer despacio.

—Sí —dijo él. La besó con ternura. 


Se tomó el café de pie junto a la ventana. Abajo en la calle ya había mucha gente. Había hombres con rosas y mujeres con libros. No habían madrugado como él. Compraban las rosas después de desayunar o al ir a almorzar. El día se repetía igual cada año y él lo miraba desde la ventana pensando que la ciudad seguía funcionando de manera bastante ordinaria para estar en un mundo que la había perdido.

Había muerto en febrero. Hacía veinte años. El cáncer se la había llevado en apenas dos años y poco más. Hizo lo que pudo y siempre le pareció poco. Él pensaba en eso a menudo, aunque no servía para nada y dolía como si a uno le sacaran las entrañas. Pensaba en ella todos los días. Y no porque se hubiese auto impuesto tal cosa. Nada de eso. Ella le venía seis o siete veces cada día a su memoria por pequeños detalles: una luz que parecía la que habían visto en el atardecer del que cenaron en el italiano de Igualada; un gesto de alguien que le recordó su andar; una risa a sus espaldas que, curiosamente, sonaba similar; un escaparate semejante al que vieron cuando fueron a comprar una chaqueta de invierno. Una vez, escuchó en la radio que eso era sinestesia, un no sé qué neurológico que dispara recuerdos por sensaciones insignificantes. Aunque no habían dicho que siempre fueran recuerdos de una única persona como a él le ocurría.

Pensaba en ella cuando hacía café, cuando abría una ventana, cuando llovía. Cuando se acostaba y alargaba su mano sin encontrarla. Cuando se despertaba y tampoco estaba junto a él. 


Fueron a desayunar a un bar de la plaza. Pidieron café con leche y croissants. Ella tenía las manos frías y él las cogió entre las suyas y las frotó despacio hasta que se calentaron. Ella lo dejó hacer.

—¿Qué haremos esta tarde? —preguntó ella.

—Lo que quieras.

—Podríamos ir al cine.

—Bien.

—O pasear por el parque.

—También bien. Mientras tomes mi mano con la tuya, estará bien.

Él la miraba y pensaba que era hermosa de la manera en que son hermosas las cosas que uno conoce muy bien, que no es la hermosura del primer día sino otra cosa más difícil de nombrar.  Cuarenta y tantos años, con la cabeza asentada y la vida encarrilada, pero todavía le costaba respirar como un adolescente cuando la tenía cerca. Todo era difícil, ninguno podía romper con su pasado, con sus obligaciones. Pero, a la vez, era una paz infinita el tenerse. Lejos, sí, y tan cerca, sí.


Él intentó imaginar qué libro le habría regalado ella ese año. Pensaba en eso cada veintitrés de abril. Era un ejercicio inútil pero lo hacía igual.

Quizás Martí i Pol. A ella le gustaba Martí y Pol. Quizás Fantasmas, de Auster. Quizás algo que él no conocía, porque ella siempre encontraba libros que él no conocía. A menudo, ella hallaba historias extraordinarias que leer. Como la que ellos vivían a ratos robados, entre pasión desatada y ternura infinita. Y ahora no encontraba nada porque estaba muerta y los muertos no encuentran nada.

Ella creía en Dios. Mucho. Él, que también creía, pasaba por esa noche del alma de la que hablaban los místicos. Llevaba así veinte años. Veinte años de rabia, de incomprensión, de reproches a ese dios sordo que nunca escuchó plegaria alguna.  Era una rabia que a veces se le subía a la garganta. En esos momentos, él cerraba los dientes y esperaba a que pasara.

Pasaba, sí… pero regresaba a las pocas semanas.  


Salieron del bar y caminaron por la calle llena de puestos de rosas y de libros. Ella le cogió del brazo. La rosa iba en su otra mano y el libro en la otra de él. Hacía menos frío que por la mañana.

—¿En qué piensas? —preguntó ella.

—En nada —dijo él.

Era mentira. Pensaba en que era un buen día y en que los buenos días también se acaban, en que había que disfrutar de ellos mientras duraban y no inquietarse por  cuándo se iban a terminar. Pensaba en que la amaba. No lo dijo. No hacía falta hacerlo. Aunque se lo decían decenas de veces al día, en realidad nunca hizo falta expresarlo. Bastaba con que se miraran. Bastaba un roce de manos.


La rosa en el búcaro era perfecta. Perfecta e inútil.

En cuatro o cinco días se pondría marrón por los bordes y los pétalos caerían sobre la mesa uno a uno y él los recogería y los tiraría. Después, lavaría el búcaro, lo pondría a secar y lo guardaría hasta el año siguiente.

Así, todos los años.

Él se terminó el café, fregó la taza y la dejó secando. Abrió su cartera y sacó un lacito a rayas rojas y amarillas, de colores ya desvaídos, arrugado, ajado por el tiempo. Lo besó y volvió a guardarlo. Se levantó y acarició el lomo de Máquinas de Leonardo que ocupaba el centro de balda inferior del armario. 

Más tarde, se puso el abrigo y bajó a la calle para tomar un plato combinado en el bar de la plaza Europa. Quizá el número seis, el de croquetas y pollo, que incluía la bebida.

Había rosas por todas partes. Había parejas cogidas del brazo. Había hombres con libros y mujeres con flores en la mano.

Él caminó entre ellos con las manos en los bolsillos.

No era un día como siempre. Fue un buen día. Antes. Era un mal día. Ahora.

La fragancia de la rosa no era como las de antaño. 




21/4/26

¿Continuar la literatura humana con IA (II)?

 

El mes pasado, en esta entrada, analizamos si un modelo de lenguaje, un LLM, puede continuar el inicio de una historia con calidad que pueda competir con un escritor humano.

Para ello, hicimos una prueba suministrando a Gemini y a ChatGPT fragmentos de obras de Baroja y de Pérez Galdós para comparar la continuación real ideada por los autores con las continuaciones que el LLM propone.

Repitamos aquel experimento, ahora, con Claude

Dejamos al lector comparar cuál de las respuestas, si la de Gemini o la de ChatGPT o la de Claude, es más literaria y comparar ambas con las reales.

Usaremos, por tanto, exactamente, los mismos prompts de entrada para que los resultados sean comparables.

Comenzamos con El árbol de la vida, de Baroja

Usuario: 

Crea la continuación de este texto que te doy: Serían las diez de la mañana de un día de octubre. En el patio de la Escuela de Arquitectura, grupos de estudiantes esperaban a que se abriera la clase. De la puerta de la calle de los Estudios que daba a este patio, iban entrando muchachos jóvenes que, al encontrarse reunidos, se saludaban, reían y hablaban. 

Claude:

Entre ellos destacaba un joven delgado, de unos veinte años, con el cuello de la chaqueta levantado contra el frío de la mañana. Se llamaba Javier Altuna y llegaba siempre el último, aunque raramente perdía la clase. Llevaba bajo el brazo un rollo de planos a medio terminar y una libreta con las tapas ya dobladas por el uso.

—Oye, ¿ha llegado ya Mendizábal? —le preguntó uno de sus compañeros al verle cruzar el patio.

—No lo sé. Vengo de fuera —respondió Javier sin detenerse, saludando con un gesto vago a los que le conocían.

El sol de octubre entraba oblicuo por encima de las cornisas, iluminando apenas la mitad del patio y dejando el resto en una sombra fría y húmeda que olía a piedra mojada. Los estudiantes que esperaban en la sombra se movían de vez en cuando, pisando el suelo con impaciencia, mientras los que habían tenido la suerte de dar con un rayo de sol permanecían quietos, como lagartijas, sin querer perderlo.

Sonaron al fin unos pasos apresurados en el corredor. Todos volvieron la cabeza. Era el bedel, un hombre grueso y calvo que abría las puertas con un manojo de llaves que tintineaba ruidosamente. Sin decir palabra, metió la llave en la cerradura, empujó la puerta con el hombro —costumbre suya, aunque la puerta no ofrecía resistencia alguna— y se apartó a un lado. Los estudiantes empezaron a entrar en tropel, hablando todavía, sin dejar de reírse de algo que ya nadie recordaba bien.

Javier entró de los últimos, buscó un sitio junto a la ventana y desplegó sus planos sobre la mesa inclinada. Miró un momento hacia la calle, donde pasaba un tranvía con gran estrépito de hierros, y luego bajó la vista hacia su trabajo. La clase iba a comenzar.

Aparte de la calidad literaria (que, en mi opinión es mejor y más elaborada que la de Gemini en el anterior experimento), el fragmento que el LLM propone es más largo y más direccional en la narrativa.

Ambas continuaciones difieren totalmente de la real de Baroja.



Pasemos, ahora, al fragmento de Trafalgar de Galdós.

Usuario:

crea la continuación de este texto que te doy: Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.

Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes, si no es  de Adán, cuyo parentesco me parece indiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nos parezcamos.

Claude:

Aquí tienes la continuación, escrita en el mismo estilo decimonónico, con la voz del narrador de Trafalgar de Galdós —que es claramente el texto de referencia—:

Nací en Cádiz, en una callejuela angosta y umbría que desembocaba en el mar como si tuviera prisa por acabar. Era el año de gracia de 1791, y el mundo, que no sabía entonces lo que le esperaba, seguía girando con la misma indiferencia con que gira ahora. Mi madre, Francisca Pizarro —sin parentesco alguno con el conquistador, aunque ella no hubiera desdeñado reconocerlo— era mujer de ánimo resuelto y de escasos medios, viuda desde que yo tenía uso de razón, o quizás antes, pues de mi padre sólo conservé la más vaga de las memorias: unas manos callosas, olor a brea y el recuerdo de una voz que cantaba por lo bajo alguna copla marinera. Si vivió o murió en alguna de aquellas guerras que tanto gustaban a los reyes de entonces, nunca pude saberlo con certeza.

Mi madre me crió como pudo, que no era mucho, en aquel cuarto bajo que olía a salitre y a ropa húmeda. La vecindad era numerosa y bulliciosa: un cordelero que maldecía sin descanso, una vendedora de pescado que parecía haber heredado la voz de su mercancía, y el viejo don Marcial Morales, marino retirado que pasaba las tardes sentado a la puerta remendando redes que ya nadie iba a usar. Este don Marcial fue, a su manera torpe y brusca, algo parecido a un padre para mí. No era hombre de muchas letras, pero sabía de mares y de batallas como otros saben de sus propios sueños; y con él aprendí que el océano no es amigo de nadie, aunque algunos insensatos se empeñen en amarlo.

Tenía yo unos nueve o diez años cuando me llevó por primera vez al muelle a ver los navíos. Recuerdo que me quedé mudo ante aquellos cascos enormes, aquellos palos que se perdían en el cielo como campanarios de una catedral flotante. Don Marcial me puso la mano en el hombro y dijo con su gravedad de viejo lobo: Míralos bien, muchacho, que son tan hermosos como los ángeles y tan mortales como el pecado. No entendí entonces la profundidad de aquellas palabras; las entendería después, en el peor de los modos posibles.

Fue también don Marcial quien habló con el contramaestre Medinilla para que me tomara como grumete a bordo del San Agustín, allá por el otoño de 1804. Mi madre lloró, que era lo que hacían las madres cuando no podían hacer otra cosa, y yo partí lleno de una alegría sin fundamento, de esa alegría que sólo tienen los que todavía no saben lo que les espera.

Y así fue como un muchacho sin apellidos, sin herencia y sin más capital que unas piernas largas y una curiosidad indomable llegó a estar presente en el día más grande y más terrible que ha visto la marina española. Pero de ese día ya habrá tiempo de hablar. Por ahora baste decir que el mar me recibió como recibe a todos: sin ceremonia y sin piedad.



Primera sorpresa: Claude ha reconocido que la entrada suministrada pertenece a Trafalgar, de Galdós, cosa que ChatGPT no hizo. Y así, es capaz de proseguir el relato de modo más similar al original en el estilo. Esto implica que entre los datos de entrenamiento literario de Claude estaba la obra de Galdós.  

Continuemos con el mismo procedimiento del mes anterior. Ahora suministramos al modelo de lenguaje el texto original de inicio más la continuación que acaba de realizar, para ver cómo continúa.

Usuario:

continúa este texto que te doy: Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.

Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes, si no es  de Adán, cuyo parentesco me parece indiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nos parezcamos. 

Nací en Cádiz, en una callejuela angosta y umbría que desembocaba en el mar como si tuviera prisa por acabar. Era el año de gracia de 1791, y el mundo, que no sabía entonces lo que le esperaba, seguía girando con la misma indiferencia con que gira ahora. Mi madre, Francisca Pizarro —sin parentesco alguno con el conquistador, aunque ella no hubiera desdeñado reconocerlo— era mujer de ánimo resuelto y de escasos medios, viuda desde que yo tenía uso de razón, o quizás antes, pues de mi padre sólo conservé la más vaga de las memorias: unas manos callosas, olor a brea y el recuerdo de una voz que cantaba por lo bajo alguna copla marinera. Si vivió o murió en alguna de aquellas guerras que tanto gustaban a los reyes de entonces, nunca pude saberlo con certeza.

Mi madre me crió como pudo, que no era mucho, en aquel cuarto bajo que olía a salitre y a ropa húmeda. La vecindad era numerosa y bulliciosa: un cordelero que maldecía sin descanso, una vendedora de pescado que parecía haber heredado la voz de su mercancía, y el viejo don Marcial Morales, marino retirado que pasaba las tardes sentado a la puerta remendando redes que ya nadie iba a usar. Este don Marcial fue, a su manera torpe y brusca, algo parecido a un padre para mí. No era hombre de muchas letras, pero sabía de mares y de batallas como otros saben de sus propios sueños; y con él aprendí que el océano no es amigo de nadie, aunque algunos insensatos se empeñen en amarlo.

Tenía yo unos nueve o diez años cuando me llevó por primera vez al muelle a ver los navíos. Recuerdo que me quedé mudo ante aquellos cascos enormes, aquellos palos que se perdían en el cielo como campanarios de una catedral flotante. Don Marcial me puso la mano en el hombro y dijo con su gravedad de viejo lobo: Míralos bien, muchacho, que son tan hermosos como los ángeles y tan mortales como el pecado. No entendí entonces la profundidad de aquellas palabras; las entendería después, en el peor de los modos posibles.

Fue también don Marcial quien habló con el contramaestre Medinilla para que me tomara como grumete a bordo del San Agustín, allá por el otoño de 1804. Mi madre lloró, que era lo que hacían las madres cuando no podían hacer otra cosa, y yo partí lleno de una alegría sin fundamento, de esa alegría que sólo tienen los que todavía no saben lo que les espera.

Y así fue como un muchacho sin apellidos, sin herencia y sin más capital que unas piernas largas y una curiosidad indomable llegó a estar presente en el día más grande y más terrible que ha visto la marina española. Pero de ese día ya habrá tiempo de hablar. Por ahora baste decir que el mar me recibió como recibe a todos: sin ceremonia y sin piedad.


Claude:

Aquí continúa el texto, manteniendo la voz de Gabriel Araceli —el narrador de los Episodios Nacionales de Galdós— con su registro confesional, irónico y vívido:

Dije que el mar me recibió sin ceremonia y sin piedad, y así fue, aunque la falta de piedad no se manifestó de inmediato. Los primeros días a bordo del San Agustín fueron para mí una embriaguez continua. Todo era nuevo, todo era asombroso: el crujir de la madera bajo los pies, el modo en que el horizonte sube y baja como si el mundo entero estuviera mal apoyado, el olor a pez podrido y a alquitrán que, mezclado con el viento del Atlántico, producía una especie de perfume que ningún boticario podría reproducir aunque lo intentara toda su vida.

El contramaestre Medinilla era hombre de pocas palabras y ninguna contemplación. No sabía enseñar; sabía mandar, que no es lo mismo, y a veces ni eso, pues su método pedagógico consistía principalmente en un coscorrón bien dado en el momento oportuno. Pero debo reconocer, en justicia, que aquellos coscorrones me enseñaron más de lo que hubiera aprendido en cualquier academia: a atar un nudo en la oscuridad, a distinguir por el color del cielo lo que el tiempo traía, a no soltar nunca lo que se tiene asido cuando el barco corcovea. Son lecciones que no se olvidan, entre otras razones porque vienen acompañadas de un dolor que les sirve de firma y rúbrica.

Los demás grumetes me miraban al principio con la desconfianza que los marineros tienen hacia todo lo que no conocen, que es mucho, pues el marinero es hombre curioso del mar y ignorante del mundo. Pero pronto hallé la manera de ganarme su estimación, que fue la única que ha estado siempre al alcance de los que no tenemos linaje ni dinero: hacerme útil. Tenía buena memoria, sabía leer —don Marcial me había enseñado las letras con paciencia de santo—, y leía en voz alta para quienes no podían, que eran casi todos. Esto, que en tierra firme habría parecido poca cosa, en un navío de guerra equivalía poco menos que a un título de nobleza.

Así transcurrieron varios meses de aquella vida errante entre puertos y mares, de Cádiz a Cartagena, de Cartagena a Tolón, de Tolón a no sé dónde, siguiendo las órdenes que venían de tierra y que nosotros recibíamos sin entender —ni preguntarnos— las razones que las dictaban. Los marineros rara vez saben por qué hacen lo que hacen; saben cómo hacerlo, que ya es bastante. La política, los tratados, las alianzas entre reyes: todo eso ocurría muy por encima de nuestras cabezas, en esas alturas donde se respira un aire que a nosotros no nos llegaba nunca.

Fue en aquel otoño de 1805 cuando empezamos a notar que algo grande se preparaba. No lo decíamos con palabras, porque los marineros, ya lo he dicho, son poco dados a la palabra; pero lo sentíamos en la manera en que los oficiales miraban los mapas, en el número de cañones que se revisaban y se limpiaban y se volvían a revisar, en el tono con que Medinilla daba las órdenes, que había perdido su habitual desgana y adquirido una gravedad que me puso la piel de gallina la primera vez que lo noté.

Don Marcial, en una de sus cartas —me escribía de vez en cuando, con una letra temblorosa y una ortografía que habría escandalizado a cualquier maestro de escuela—, me había advertido: Muchacho, si oyes hablar de un tal Villeneuve, aléjate cuanto puedas. No pude alejarme, porque los grumetes no eligen su destino, y porque el destino, en este caso, tenía el nombre de un cabo portugués que yo aprendería a pronunciar con el mismo respeto con que otros pronuncian el nombre de Dios: Trafalgar.

Pero de Trafalgar hablaré en su momento, que para eso escribo estas páginas.



Nuevamente, como se ve, reconoce la obra, el autor e incluso el personaje. Definitivamente, mucho más centrado que el LLM previo.

Hay que precisar que borro la sesión a cada paso para evitar que el LLM mantenga el contexto. Asún así, vuelve a reconocer correctamente la obra de la que hablamos.

Continuemos de la misma manera. Ahora, recordaremos, que repetíamos el proceso pero introduciendo un párrafo más largo de Trafalgar. 

Usuario:

continúa este texto que te adjunto: Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.

Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes, si no es  de Adán, cuyo parentesco me parece indiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nos parezcamos.

Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña, que no es hoy, ni menos era entonces, academia de buenas costumbres. La memoria no me da luz alguna sobre mi persona y mis acciones en la niñez, sino desde la edad de seis años; y si recuerdo esta fecha, es porque la asocio a un suceso naval de que oí hablar entonces: el combate del cabo de San Vicente, acaecido en 1797.

Dirigiendo una mirada hacia lo que fue, con la curiosidad y el interés propios de quien se observa, imagen confusa y borrosa, en el cuadro de las cosas pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos de mi edad poco más o menos. Aquello era para mí la vida entera; más aún, la vida normal de nuestra privilegiada especie; y los que no vivían como yo, me parecían seres excepcionales del humano linaje, pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido criado para la mar, habiéndole asignado la Providencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natación,  y como constante empleo de su espíritu el buscar y coger cangrejos, ya para arrancarles y vender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propia satisfacción y regalo, mezclando así lo agradable con lo útil.


Claude:

Éramos, en aquella dichosa época de mi vida, una banda de rapaces que ni el hambre nos vencía ni el frío nos acobardaba, pues teníamos por techo el cielo de Cádiz, que es el más hermoso del mundo, y por sustento la sal del mar y la generosidad de los tenderos del barrio, a quienes robábamos con una destreza que hoy me avergüenza confesar, aunque entonces nos parecía arte de primera necesidad. El cabecilla de nuestra cuadrilla se llamaba Machín, muchacho de doce años cumplidos que presumía de haber visto ya dos tormentas y un naufragio, lo cual le otorgaba entre nosotros una autoridad casi militar. Yo, que era el más pequeño y el más delgado, compensaba estas desventajas naturales con una viveza de ingenio que Machín supo apreciar desde el primer día, nombrándome su consejero particular en las empresas que requerían más astucia que músculo.

Pasábamos las mañanas en la Caleta y las tardes rondando el muelle, donde el espectáculo de los barcos nos tenía suspensos durante horas enteras. No había navío que entrase en la bahía sin que nosotros disputásemos sobre su procedencia, su carga y la vida de sus tripulantes, inventando con alegre libertad todo aquello que la ignorancia nos impedía saber. Yo sentía entonces por el mar una mezcla de amor y de terror que nunca he podido sacudirme del todo, ni aun en mis años maduros; una atracción semejante a la que ejerce el abismo sobre quien se asoma a su borde, sabiendo que puede caer y sin embargo mirando, siempre mirando.

Mi madre, a quien he mencionado ya y de quien poco más diré porque poco más sé, era una mujer de carácter recio y fortuna escasa que malvivía vendiendo pescado en el mercado de la Viña. Tenía la piel curtida por el salitre y los ojos del color del mar en invierno, es decir, de un gris que no prometía bonanza. Me quería a su manera, que era una manera brusca y sin adornos, como quieren las cosas sencillas a las otras cosas sencillas; y yo la quería a ella con esa fe ciega e irreflexiva con que los niños quieren a quienes los han traído al mundo, sin preguntarse si lo merecen o no. Murió cuando yo tenía ocho años, de una calentura que se la llevó en menos de una semana, y desde entonces quedé librado enteramente a mi propio gobierno, que no era gobierno sino abandono con otro nombre.

Fue a raíz de esta orfandad cuando don Álvaro de Uría, capitán de navío retirado que vivía en la calle Ancha con sus libros y su gota, se fijó en mí de aquella manera inexplicable en que los hombres solitarios se fijan a veces en los niños abandonados, viendo en ellos quizás el reflejo de lo que ellos mismos fueron, o quizás simplemente el remedio contra el silencio. Me recogió en su casa, me enseñó a leer con una severidad que agradezco, y me habló del mar no como yo lo conocía, que era el mar de los cangrejos y los chapuzones, sino como él lo había conocido, que era el mar de las batallas y los imperios. Gracias a él supe lo que fue Trafalgar antes de haberlo visto; y gracias a él, también, me hallé presente en aquella jornada que cambió para siempre el destino de España y que aquí me propongo referir con la mayor fidelidad que me sea posible.



Curiosamente, en esta sesión no ha reconocido el fragmento (prueba evidente de que el proceso es, como siempre insistimos, probabilístico. Un LLM no es un buscador que siempre encontraría el texto original en su base de datos) y genera personajes y situaciones diferentes a las de la historia original pero, aun así, con un estilo más que razonable y coherente y con detalles compatibles con Trafalgar (como la mención a Caleta)

Por fin, siguiendo la entrada anterior, introducimos la misma pregunta pero añadiendo que el texto es Trafalgar de Galdós. Recordemos que para ChatGPT esto no significó nada. 

Usuario:

crea la continuación de este texto que pertenece a Trafalgar, de Pérez Galdós: Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.

Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes, si no es  de Adán, cuyo parentesco me parece indiscutible. Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia: afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nos parezcamos.

Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña, que no es hoy, ni menos era entonces, academia de buenas costumbres. La memoria no me da luz alguna sobre mi persona y mis acciones en la niñez, sino desde la edad de seis años; y si recuerdo esta fecha, es porque la asocio a un suceso naval de que oí hablar entonces: el combate del cabo de San Vicente, acaecido en 1797.

Dirigiendo una mirada hacia lo que fue, con la curiosidad y el interés propios de quien se observa, imagen confusa y borrosa, en el cuadro de las cosas pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos de mi edad poco más o menos. Aquello era para mí la vida entera; más aún, la vida normal de nuestra privilegiada especie; y los que no vivían como yo, me parecían seres excepcionales del humano linaje, pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido criado para la mar, habiéndole asignado la Providencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natación,  y como constante empleo de su espíritu el buscar y coger cangrejos, ya para arrancarles y vender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propia satisfacción y regalo, mezclando así lo agradable con lo útil.

Claude:

Aquí tienes la continuación, escrita en el estilo de Pérez Galdós —primera persona, tono memorialístico, humor costumbrista y esa cadencia larga y rica en digresiones que caracteriza el Trafalgar:

En aquel dichoso estado de ignorancia y de sal marina transcurrieron para mí los primeros años, sin que persona alguna se tomase el trabajo de instruirme en materias más elevadas que las relativas a la pesca del morrillo y el arte de escabullirse de las riñas que menudeaban en aquel barrio con la misma frecuencia que las gaviotas sobre el muelle. Mi madre, que Dios haya, era mujer de corto entendimiento pero de grande y generoso corazón, y se llamaba Josefa Doce, aunque todos en la Viña la conocían por Frasquita la Gallarda, apodo que en su mocedad debió de ser exactísimo, y que en la época de que hablo conservaba todavía algún fundamento. Vivíamos en una casita de la calle del Baluarte, cuyo piso bajo olía perpetuamente a brea y a sardinas, y cuyos dos pisos superiores habitaban sucesivamente, según los vaivenes de la fortuna, marineros retirados, viudas de galeras y algún que otro contramaestre con más hijos que pagas.

No recuerdo haber conocido a mi padre. Si existió, debió de ser hombre de gran prisa, pues no dejó rastro apreciable en nuestra vida, como no sea cierta inclinación mía hacia el mar que acaso sea hereditaria, y un temperamento que mi madre calificaba de muy vivo, con voz en que se mezclaban el orgullo y la resignación cristiana. Las vecinas, cuando me veían saltar de los cajones del pescado o tirar piedras a los gatos del convento, decían a Frasquita: Ese chico tiene sangre de marinero. Y mi madre asentía con una sonrisa que yo no supe interpretar hasta muchos años después.

La segunda figura de mi infancia —después de mi madre y antes del océano, que fue siempre la tercera y más imponente— fue un hombre a quien llamábamos el tío Paco Déjame, apodo que se había ganado por su costumbre de pronunciar dicha locución en cuantas ocasiones se le presentaban, lo mismo para despedir importunos que para rechazar el aguardiente que le ofrecían, aunque en este último caso el déjame se convertía con frecuencia en un dame acá de lo más expedito. Era este hombre marinero de oficio y de alma, con las manos encallecidas como corteza de alcornoque y los ojos de ese azul desteñido que tienen quienes han pasado muchos años mirando el horizonte sin encontrar en él nada que los sorprenda. Había servido en la Armada en tiempos del rey Carlos III, y guardaba de aquella época un amor sincero hacia Su Majestad y una desconfianza no menos sincera hacia todos sus ministros, generales y demás servidores de la Corona, a quienes atribuía cuantos males habían sobrevenido a España desde que él tenía memoria.

Fue el tío Paco quien me habló por primera vez del combate del cabo de San Vicente, y lo hizo con tan viva indignación, con tan expresivos gestos de sus manos sarmentosas, que la escena quedó grabada en mi memoria como si yo mismo hubiera estado presente en la refriega. Nos cogieron dormidos, Gabriel, me decía, aunque yo me llamaba Araceli y no sé por qué él se empeñaba en llamarme de otro modo. Nos cogieron dormidos, y aun así nos costó Dios y ayuda rendirnos. Que le pregunten al inglés lo que le costó. Y en esta última frase ponía una especie de feroz satisfacción, como quien, habiendo perdido la batalla, se consuela con haber hecho pagar cara la victoria al enemigo.

Yo le escuchaba con la boca abierta, sentado a sus pies en el umbral de su puerta, mientras el sol de Cádiz caía sobre las piedras blancas de la calle con esa brutalidad luminosa que es propia de Andalucía y que los extranjeros confunden a veces con la alegría, sin reparar en que también puede ser el rostro de la fatalidad. Y fue escuchando aquellos relatos del tío Paco como nació en mí, sin que yo lo supiera ni lo buscara, ese interés por las cosas de la mar y de la guerra que habría de llevarme, pocos años después, a ser testigo de un espectáculo ante el cual los combates que el viejo me contaba parecerían escaramuzas de poca monta.

Pero no adelantemos los sucesos, que la vida no los adelanta nunca y siempre llegan en su momento, que es casi siempre el menos oportuno.


En mi opinión, Claude hace un trabajo mucho mayor que sus competidores.

¿Qué opinan ustedes?