El edificio era de piedra color galleta y parecía haber brotado de la misma humedad del riachuelo que lo flanqueaba. El restaurante lo había elegido ella con la premeditación silenciosa que ponía en todo lo que tenía que ver con sus encuentros, y el resultado era exactamente el deseado: una terraza sobre el río a mediados de octubre, cuando el caudal baja cargado de hojas muertas y la noria antigua —que ya no sirve para moler nada pero sigue girando, obstinada, como si le avergonzara su vejez— convierte el ruido del agua en algo casi musical. Lo había reservado al regresar de Noruega. Aquellas comidas eran, para ellos, la expresión de una relación a la que no daban nombre porque dárselo era enfrentarse al no saber qué hacer.
Ferdinand llegó diez minutos antes y se dedicó a leer las noticias en su móvil mientras esperaba, de pie junto al pequeño embarcadero de la trasera de la finca. Tenía sesenta y cinco años y los llevaba con esa clase de dignidad un poco descuidada a la que obliga el paso del tiempo. El pelo aún poblado, las cejas canosas, arrugas y piel maltratada por la vida; la chaqueta de azul clásico ya algo ajada. Su mujer llevaba tres otoños intentando convencerle de que la tirara y él llevaba tres otoños resistiéndose sin saber bien por qué, quizá porque la había comprado un martes en que estaba solo y había pensado en Laura durante todo el día.
Vio a Laura desde lejos, cruzando el puente de piedra, y tuvo el pensamiento de que poseía un atractivo permanente. Era curioso, pero desde hacía cuarenta años la había visto guapa cada día, algo que al parecer era una imposibilidad científica según había leído en una revista que había en la mesita de la peluquería, − “Reflexiones, Hoy”, se llamaba −, donde un renombrado psiquiatra afirmaba que nada se ve bello por más de tres o cuatro años. Así que él, en esto, era un bicho raro porque después de décadas no se cansaba de verla. Y no, no era un pensamiento empalagoso, de novela de Rosemunde Pilcher. Era cierto, simplemente era cierto. Era hermosa. No de la manera en que una mujer joven es guapa, que solo es una belleza geométrica, vacía, sino con esa otra hermosura que viene de haber vivido dentro de una cara durante sesenta y cuatro años, haberla habitado con suficiente inteligencia y haberla llenado de momentos para que cada línea, cada gesto, cada arruga, tengan algún sentido.
Al verla en el puente le vino a la mente Clint Eastwood, cuando en Los puentes de Madison, le dice a Francesca: no quiero necesitarte porque no puedo tenerte. Él, sin embargo, le diría Quiero necesitarte aunque no pueda tenerte.
Llevaba el pelo algo más corto que antes de irse de vacaciones, su eterna bandolera cruzada, y una chaqueta beige que no conocía. Una prenda estilosa, con un corte elegante y que le sentaba muy bien.
De Noruega, pensó Ferdinand. Se la habrá comprado en Bergen o en Oslo. Siempre volvía de los viajes con una prenda que le cambiaba el aspecto de manera casi imperceptible y que él, sin embargo, identificaba de inmediato con esa capacidad de observación que guardaba sólo para ella.
—Llevas chaqueta nueva —dijo, cuando ella se sentó frente a él y le dio el beso de siempre, el que llevaba quince años siendo exactamente el mismo beso en público: un roce en la mejilla derecha que duraba quizá medio segundo más de lo que duraría el beso entre dos amigos convencionales. Esos medios segundos de regalo contenían más emoción que muchos de los restantes días.
—Bergen —confirmó Laura, y sonrió de esa manera que Ferdinand había catalogado mentalmente, sin proponérselo, con una taxonomía que ningún biólogo habría reconocido como tal: la sonrisa de cuando se llega a un sitio que adoras, de cuando algo te parece indispensable, de cuando se está a punto de contar algo que te ha parecido extraordinario y quieres compartirlo, la que aparecía solo cuando estaban juntos.
Se sentaron en la mesa que les asignaron, cerca del ventanal que daba al río que continuaba bajando por un cauce que se iba estrechando al fondo entre los fresnos de la ribera.
—¿Te apetece un Godello?
— Un Iñurrieta estará bien. Me apetece más.
El camarero trajo la botella en una cubitera, la descorchó y preguntó con un gesto quién iba a catarlo. Obviamente, Laura, que era la experta en vinos. El tipo sirvió un poquito con cara de aburrimiento. Ella sorbió y asintió con la cabeza. El hombre llenó las copas y se retiró.
Laura miró la noria un momento antes de decir nada más. Ferdinand observó ese silencio. Tenía práctica en mirarla. Llevaba cuarenta años contemplando los silencios de Laura y había aprendido que este en particular —la mirada hacia un punto fijo en el horizonte cercano, una leve sonrisa casi imperceptible— era el silencio de alguien que está ordenando la memoria antes de contarla con confianza, acomodando los recuerdos en una secuencia que no sea cronológica sino emocional.
—Noruega es demasiado —dijo por fin.
—¿Demasiado qué?
—Demasiado todo. Grande, silenciosa, hermosa. Hay momentos en que no sabes si estás mirando un paisaje o si el paisaje te está mirando a ti.
—Los fiordos.
—Los fiordos, sí, pero también el camino. Los árboles. Los bosques. Los riscos. El glaciar que vimos el último martes del viaje. Los pueblos pequeños junto al agua donde solo viven veinte personas, tienen una tienda y una iglesia de madera del siglo diecisiete y actúan como si vivir ahí dentro, entre montañas y agua, fuera lo más normal del mundo.
Ferdinand la escuchó con esa atención que era, en él, una forma de admiración tan antigua que ya no distinguía entre el genuino interés y el afecto. Le preguntó por las compañeras de viaje —Carmen, Amaia, Leire, las de siempre, las amigas con las que solía viajar desde que se jubiló y que constituían ese pequeño territorio de diversión—, le preguntó por la comida, por los hoteles, por si habían visto la aurora boreal. No, dijo ella, demasiado al sur todavía, habría que ir mucho más arriba, y quizá en enero o febrero, cuando la oscuridad dura veinte horas y el frío es de otro planeta.
—¿Te gustaría volver en invierno?
—No lo sé. Creo que sí. Pero sola, no. Y con las chicas en invierno es complicado, cada una tiene sus cosas. Además, ya sabes…
Y, sí, él sabía qué quería decir porque se lo repetía muchas veces.
—Es que hay cosas que son para hacer en pareja, ya lo sabes — ella lo repitió una vez más con ternura.
Ferdinand sabía que esa frase era una petición y sabía que él mismo lo deseaba por muy imposible que fuese. Eso era lo malo, que era imposible. O quizá sólo era cobardía. Había frases que los dos sabían cómo se terminan y que ninguno de los dos terminaba. Esta era una de ellas. Hay viajes, camas, almuerzos, atardeceres, conciertos, que están hechos para vivirlos en pareja. O, mejor dicho, en “la” pareja.
Ferdinand llamó al camarero y pidieron, todo a compartir, ventresca con pimientos, un revuelto de hongos con huevo escalfado, y una merluza a la vasca que el camarero recomendó con ese entusiasmo profesional que, aunque no sea genuino, está perfectamente simulado y al final resulta convincente.
—¿Cómo ha ido el mes? —preguntó ella, mientras la ventresca llegaba dispuesta sobre el plato rectangular con la geometría breve y perfecta que logran en los buenos restaurantes, como si cada pieza hubiera sido colocada con escuadra y cartabón.
—Bien. He estado con los nietos el fin de semana pasado. Fuimos a verlos por la tarde. El pequeño ya anda.
—¿Leo?
—Leo, sí. Doce meses y anda ya, aunque todavía se cae mucho. Es gracioso verle levantarse. No se rinde.
Había algo en la voz de Ferdinand cuando hablaba de sus nietos que era distinto a cualquier otra cosa. No era ternura exactamente, aunque también eso, sino una especie de asombro, como si la existencia de esos niños pequeños le confirmara que el mundo se hacía mejor con cada generación. Laura lo sabía. También sabía que ese asombro era completamente honesto y que Ferdinand era un niñero empedernido. Al cabo eso mismo sentía ella con su nieto.
—El mío ya tiene más de dos años —dijo Laura—. Esta semana me lo quedé yo sola todo el jueves porque mi hijo y su mujer tenían trabajo. Lo llevé al parque. Estuvimos dos horas mirando los patos.
—¿Sólo los patos?
—Solo los patos. Los miraba como si fueran lo más interesante que había visto en su vida.— Hizo una pausa. —Supongo que lo son.
—A esa edad todo es lo más interesante que has visto en tu vida.
—¿Cuándo se pierde eso?
—Con ciertas cosas, nunca jamás. — y la miró, y ella entendió.
Los hongos llegaron, estaban exquisitos, y durante un rato hablaron de cosas más inmediatas: el restaurante, la noria que el camarero les explicó que databa del siglo XIX y había molido trigo hasta los años sesenta, el riachuelo que bajaba más cargado que otras veces por las lluvias de la semana anterior. Laura preguntó si se inundaba en primavera y el hombre les contó que hubo una crecida memorable en el noventa y dos que llegó hasta la barra del bar, y que desde entonces habían elevado el suelo quince centímetros y construido una pequeña presa aguas arriba que regulaba el caudal. Comentaron el color de las palas de la noria, oscurecidas por el musgo, y de cómo giraban con una parsimonia que resultaba insultante; subían el agua para dejarla caer de nuevo, un esfuerzo circular, infinito y perfectamente estéril. Hablaron de la noria como si importara porque en ese momento importaba, porque eso era algo que habían aprendido, que estando juntos cualquier cosa de la que hablaran adquiría importancia, que hablar de lo banal era también, de algún modo, una forma de hablar el uno del otro.
Ferdinand pensó que la noria era una metáfora demasiado evidente de una vida sin pasión. Una vida de esas en que das vueltas, cumpliendo a la perfección lo que de ti se espera, pero que te cubre de musgo y moho. Había sido Laura precisamente la que había evitado que fuese así.
Hacía calor para ser octubre. La terraza estaba medio llena, extranjeros en su mayoría, alguna pareja de edad mediana que miraba el móvil por turnos, un grupo de tres hombres que bebían sidra y tenían una expresión de satisfacción luminosa y tranquila.
Nadie les prestaba la menor atención, que era exactamente lo que Ferdinand prefería: la invisibilidad de dos personas mayores comiendo juntas, sin ninguna urgencia visible ni nada que llamara la atención de nadie. Laura solía decirle que pasaban inadvertidos porque eran una pareja creíble y bien avenida. Aunque Ferdinand replicaba que una pareja de viejos bien avenidos es demasiado rara avis para resultar anónimos.
Llegó la merluza en su cazuela de barro con el caldo verde y las almejas abiertas como pequeñas flores blancas. Ferdinand sirvió vino y Laura dijo de pronto, sin levantar la vista del plato:
—¿Cómo está Begoña?
Era la pregunta que siempre llegaba así, de lado, cuando ya estaban suficientemente adentro de la comida para que la pregunta no sonara a interrogatorio y suficientemente lejos del principio para que la respuesta pudiera ser honesta.
—Bien —dijo Ferdinand—. Iremos a pasar unos días a Santander dentro de un mes. Están caros los hoteles. —¿Y tú? —dijo Ferdinand—. ¿Cómo está Javier?
Era el mismo intercambio. El mismo ritual con los nombres cambiados.
—Bien —dijo Laura—. Javier es Javier. Hablador, impulsivo, trabajador. Me contó que le ha salido un negocio interesante, aunque no se pone de acuerdo en el precio con el comprador. Y, luego, está la casa que siempre requiere arreglos aquí y allá.
Hablaban de la vida ajena a la que ambos compartían relatando retazos diarios, anodinos, anecdóticos, para hacerse una imagen de lo que vivía el otro. Era más complicado preguntar ¿Cómo te sientes con ella? ¿Cómo te sientes con él? ¿Qué deseas, qué no deseas? Ferdinand la miró. Pensó en cuántas veces habían tenido esta conversación que daba rodeos para no ser explícita.
—¿Echas de menos algo? —preguntó Ferdinand.
Ella tardó un momento. Bebió un poco de vino.
—Depende del día —dijo finalmente—. Algunos días no echo nada de menos. Otros días añoro cosas que no sé ni nombrar. Y muchas noches, anhelo un abrazo, acurrucarme.
Ferdinand asintió. Esto también lo conocía. A veces se comparten cosas porque son las únicas que en verdad importan.
−Llámame esas noches −respondió él, sabiendo que era una contestación ridícula, casi cínica.
La noria seguía girando. El agua del río bajaba con ese sonido constante y suave que es diferente al silencio pero que cumple la misma función, que es la de llenar el espacio entre las palabras para que las palabras no tengan que hacerlo todo solas.
Estaban cómodos, tranquilos al estar juntos. Eso también había cambiado. Antes, hacía diez o quince años, estaban alertas, con una vigilancia constante por si alguien les conocía, por si alguien pudiera haberles visto entrar juntos, por si el coche de Laura era demasiado reconocible aparcado donde lo había aparcado. Esa ansiedad había ido diluyéndose con los años, no porque el mundo se hubiera vuelto más tolerante o porque ellos se hubieran vuelto más descuidados, sino porque ya no había nada que esconder de la manera en que antes había algo que esconder. O quizá, pensó Ferdinand mientras servía más vino, porque lo que ahora escondían era más difícil de detectar que cualquier otra cosa, ya que no tenía cuerpo, no ocupaba espacio ni dejaba un rastro que alguien pudiera ver.
—Me acuerdo —dijo Laura de pronto, y Ferdinand levantó la vista—. Hace como diez años, ¿o doce?, fuimos a Biarritz aquel fin de semana en enero. Tú habías conseguido una excusa de trabajo, no sé qué congreso. Yo dije que me quedaba en casa de Nuria. Hacía un frío horrible.
—Llovía.
—Llovía. Nos quedamos todo el sábado en la habitación del hotel porque fuera no había quien estuviera. Pedimos servicio de habitaciones, comimos un plato de foie y bebimos vino, y estuvimos hablando horas.
—Y también otras cosas —dijo Ferdinand, con una mueca de complicidad.
—Y también otras cosas —confirmó Laura, con esa honestidad sincera que era una de las formas del afecto entre ellos—. Pero me acuerdo especialmente de todo lo que hablamos. Me acuerdo de que había una ventana que daba al Atlántico y el mar estaba tan revuelto entre la bruma que no se distinguía el horizonte. Todo era gris. Y tú me contabas cosas de cuando eras pequeño que yo no sabía.
Ferdinand estuvo en silencio un momento. Pensó en Biarritz, en aquella habitación con una enorme cama que exploraron a conciencia, en el ruido de la lluvia sobre el cristal y la sensación de estar completamente fuera del tiempo durante cuarenta y ocho horas, como si el mundo normal —los hijos, los trabajos, los domingos, las cocinas que habría que reformar— existiera en otro plano de la realidad que podía suspenderse momentáneamente mediante el acto de cruzar la frontera francesa en una tarde con lluvia.
Aquellos años habían sido así, robados, urgentes, con una intensidad que Ferdinand sabía ahora —con la claridad un poco triste que dan los años— que era inseparable de cierta sustracción, de saber que el tiempo que pasaban juntos era hurtado, que tenía un límite y que al otro lado de ese listón estaba la vida normal esperando con toda su paciencia.
Lo que no sabía entonces, o no del todo, es qué persistente iba a ser su amor por Laura. Lo que sabía entonces es que la amaba y la deseaba de manera irresistible, animal, imperiosa, y que la necesitaba de una manera que no sabía explicar. Solo más tarde había entendido que esas tres cosas —el deseo, la necesidad y el amor— eran inseparables. Como lo son el amor y la admiración si realmente quieres a alguien.
—¿Te arrepientes de algo? —preguntó Laura. Era ella ahora quien hacía la pregunta demasiado grande.
Ferdinand consideró la pregunta con la seriedad que merecía, y no respondió inmediatamente.
—No —dijo finalmente—. De haber empezado lo nuestro no puedo arrepentirme porque no imagino que pueda terminar. Quizá de no haber… —se detuvo— sido más valiente... Hay cosas que no hicimos y que a veces pienso que deberíamos haber hecho. No sé si eso es arrepentimiento.
—No es arrepentimiento —dijo Laura—. Es otra cosa. No tiene nombre tampoco.
—Las cosas importantes tienden a no tener nombre.
—O tienen demasiados.
—Y el caso es que, contra todo pronóstico, no pasa, no desaparece — dijo Ferdinand.
—Estamos bien, eso es todo. Tenemos, sobre todo, confianza el uno en el otro — contestó ella. ¿No sueles decir que eres tú mismo sólo junto a mí?
Habían sido amigos cuando sus hijos eran apenas proyectos de vida, habían compartido cenas, comentado libros y crisis políticas con la confianza de buenos amigos. Pero luego, hace quince años, el suelo de su amistad había cedido. Fue una mañana en la que él partía de viaje cuando la química que siempre habían ignorado decidió manifestarse con la violencia de un fenómeno meteorológico. Durante una década, fueron amantes voraces, ladrones de horas en moteles de carretera, inventores de congresos inexistentes, fugitivos de una moralidad que, paradójicamente, nunca abandonaron del todo.
—Leí una vez que el enamoramiento — recordó nuevamente la revista de la peluquería — no alcanza a sobrevivir dos o tres años, que después de que pasa el instinto químico uno despierta de pronto y se pregunta ¿y quién es este? Y ahí comienza el declive y la desazón. Y, ¿sabes?, nosotros hemos hecho ese camino al revés. Fuimos amigos primeramente. Estuvimos décadas siendo amigos de verdad, conociéndonos, sabiendo qué esperar del otro, qué nos gustaba y qué detestábamos, aceptándonos, construyendo una confianza a prueba de bombas, duradera. Y, entonces, vete tú a saber por qué, llegó el deseo, la llamada de la naturaleza, la pasión. Y nos descubrimos en un hotel donde encontramos, al menos yo lo hice, que tu cuerpo era mío y el mío era tuyo. Y cuando esto nos sucedió, ya no cabía preguntarse ¿Y quién es este? ¿Cómo lo íbamos a preguntar si nos conocíamos de memoria desde siempre?
—Será eso, sí. — aceptó ella. – Pero, ¿es posible una doble vida eterna?,− se cuestionó Laura mientras cortaba el pescado. − ¿Se puede vivir siempre en este umbral, sin entrar nunca en la casa pero sin alejarse de la puerta?
El sol había bajado un poco y la luz sobre el agua de la noria tenía ahora ese color dorado y oblicuo del octubre de las cinco de la tarde, esa luz que tiene algo de despedida incluso cuando no hay nada que se esté despidiendo.
—A veces pienso —dijo Laura, despacio, con la voz de cuando está pensando y hablando al mismo tiempo, sin filtro entre ambas cosas— que tenemos una vida muy rara.
—¿Rara, cómo?
—Rara en el sentido de que existe. En el sentido de que llevamos cuarenta años siendo amigos y quince años siendo esto, y seguimos teniendo dos mundos, y no sé por qué, sea lo que sea lo que tenemos, parece indisoluble. No lo entiendo bien.
—Funciona porque las dos cosas son reales —dijo Ferdinand.
Elegir un lado del río o vivir doblemente en ambas orillas era la cuestión que palpitaba debajo de todas las otras preguntas, la que nunca se hacían directamente porque la respuesta, cualquiera que fuera, tenía consecuencias que ninguno de los dos estaba dispuesto a asumir o a rechazar del todo. Ferdinand había pensado en ella miles de veces, en distintas versiones. Había habido años —los años más intensos, los del deseo más urgente y la necesidad más física— en que la pregunta se formulaba de una manera más cruda: si esto es real, ¿por qué no cambiamos todo? Y había habido respuestas para eso también, respuestas que ambos conocían y que tenían que ver con los hijos, con los compromisos contraídos, con no decepcionar, con esa ética del daño a otros que se vuelve muy concreta cuando los afectados tienen nombre y cara y te quieren. Y la pregunta había ido cambiando de forma con el tiempo, y ahora se formulaba de otra manera que era, si acaso, más difícil. Si ya no hay urgencia, si ya no hay deseo inmediato irrenunciable, ¿qué era?, ¿qué queda, y qué nombre tiene lo que queda, y por qué sigue siendo necesario, imperioso e indiscutible? Habían desarrollado, con los años, una especie de tolerancia a esa doble existencia. No exactamente comodidad, que sería demasiado decir. Pero sí algo parecido a la aceptación de que hay personas que tienen una sola vida y personas que tienen dos, y que ninguna de las dos es renunciable.
Sus primeras vidas: su mujer, su marido, los hijos, los nietos, el piso con el suelo de parquet que habría que reformar y no se reformaba, los domingos, los veranos, las comidas con cuñados, los cumpleaños, los médicos, los problemas pequeños y los problemas medianos y algún problema grande que se había ido resolviendo como se resuelven los problemas grandes, con tiempo y con la colaboración tácita de todos los implicados. Una vida que Ferdinand no consideraba falsa en ningún sentido importante. Una vida que había construido durante años, que contenía cosas que quería y personas a las que quería, aunque el amor fuera de una naturaleza completamente diferente al amor por Laura, y Ferdinand hubiera tardado años en entender que eso no convertía a ninguno de los dos en mentira.
Sus segundas vidas: esta. Una comida al mes aproximadamente, a veces más, a veces menos, dependiendo de las agendas y los compromisos. Un concierto, una exposición, una tarde con ella caminando sin rumbo. Mensajes todos los días, o casi todos, esa conversación que nunca terminaba y que retomaban en la cita siguiente exactamente donde la habían dejado, como si entre medio no hubiera pasado el tiempo sino solo la vida normal de dos personas que viven sus vidas normales, justo las que parecen prescindibles. Y esta segunda vida también era real. Tan real como la primera. En algunos sentidos más real, más importante, más necesaria, aunque Ferdinand sólo lo entendiese bien cuando estaba aquí, sentado frente a ella, mirándola mirar la noria, con el café que se enfría y algo de vino en la botella todavía.
El cielo sobre el riachuelo era ahora ese azul oscuro que tiene el anochecer en otoño, como si el día supiera que tiene menos tiempo y se apresurara a irse antes de que nadie le convenza de quedarse. La noria seguía girando, iluminada por un par de focos que el restaurante había encendido y que le daban un aspecto ligeramente irreal, como una postal o un recuerdo ya ligeramente modificado por la memoria.
Ferdinand pensó, ¿cuánto tiempo más? No en el sentido dramático, sino en el sentido práctico: ¿cuánto tiempo más tendremos para disfrutarnos? Tenía una edad que empezaba a no ser abstracta, que empezaba a asustar. Los hijos volaron. Los nietos crecían. Los achaques llegaban. El tiempo tiene una manera de hacerse concreto cuando ya has llegado a cierta altura desde la que puedes ver el final del valle aunque todavía no estés en él. No era que tuviera miedo. Era más bien que tenía la sensación de que el tiempo era ahora un ente diferente al que había sido a los cuarenta, que se le notaba la textura de una manera que antes era inapreciable, que cada comida como esta tenía más peso específico que las comidas de hace veinte años porque ya no podían asumirlas como para siempre.
—¿En qué piensas? — preguntó él.
— Pienso que tenemos dos vidas cada uno y que de alguna manera una justifica la otra. Que sin esta vida, la de allá se volvería insoportable. Y que sin la de allá, esta no tendría el peso que tiene. Como si necesitáramos los dos ríos para que el agua tenga suficiente caudal.
Laura extendió su mano sobre la mesa y él la tomó. Sus dedos se entrelazaron. No era un gesto erótico, era el gesto de dos náufragos aferrados a la misma balsa. La piel de Laura estaba tibia, suave. Ferdinand sintió un deseo repentino de besarla.
—Pediré la cuenta —dijo finalmente.
Ferdinand levantó la mano. El camarero vino con la nota. La noria siguió girando.



















