14/6/26

Dos vidas

 

 


El edificio era de piedra color galleta y parecía haber brotado de la misma humedad del riachuelo que lo flanqueaba. El restaurante lo había elegido ella con la premeditación silenciosa que ponía en todo lo que tenía que ver con sus encuentros, y el resultado era exactamente el deseado: una terraza sobre el río a mediados de octubre, cuando el caudal baja cargado de hojas muertas y la noria antigua —que ya no sirve para moler nada pero sigue girando, obstinada, como si le avergonzara su vejez— convierte el ruido del agua en algo casi musical. Lo había reservado al regresar de Noruega. Aquellas comidas eran, para ellos, la expresión de una relación a la que no daban nombre porque dárselo era enfrentarse al no saber qué hacer.

Ferdinand llegó diez minutos antes y se dedicó a leer las noticias en su móvil mientras esperaba, de pie junto al pequeño embarcadero de la trasera de la finca. Tenía sesenta y cinco años y los llevaba con esa clase de dignidad un poco descuidada a la que obliga el paso del tiempo. El pelo aún poblado, las cejas canosas, arrugas y piel maltratada por la vida; la chaqueta de azul clásico ya algo ajada. Su mujer llevaba tres otoños intentando convencerle de que la tirara y él llevaba tres otoños resistiéndose sin saber bien por qué, quizá porque la había comprado un martes en que estaba solo y había pensado en Laura durante todo el día.  

Vio a Laura desde lejos, cruzando el puente de piedra, y tuvo el pensamiento de que poseía un atractivo permanente. Era curioso, pero desde hacía cuarenta años la había visto guapa cada día, algo que al parecer era una imposibilidad científica según había leído en una revista que había en la mesita de la peluquería, − “Reflexiones, Hoy”, se llamaba −, donde un renombrado psiquiatra afirmaba que nada se ve bello por más de tres o cuatro años. Así que él, en esto, era un bicho raro porque después de décadas no se cansaba de verla. Y no, no era un pensamiento empalagoso, de novela de Rosemunde Pilcher. Era cierto, simplemente era cierto. Era hermosa.  No de la manera en que una mujer joven es guapa, que solo es una belleza geométrica, vacía, sino con esa otra hermosura que viene de haber vivido dentro de una cara durante sesenta y cuatro años, haberla habitado con suficiente inteligencia y haberla llenado de momentos para que cada línea, cada gesto, cada  arruga, tengan algún sentido. 

Al verla en el puente le vino a la mente Clint Eastwood, cuando en Los puentes de Madison, le dice a Francesca: no quiero necesitarte porque no puedo tenerte. Él, sin embargo, le diría Quiero necesitarte aunque no pueda tenerte.

Llevaba el pelo algo más corto que antes de irse de vacaciones, su eterna bandolera cruzada, y una chaqueta beige que no conocía. Una prenda estilosa, con un corte elegante y que le sentaba muy bien. 

De Noruega, pensó Ferdinand. Se la habrá comprado en Bergen o en Oslo. Siempre volvía de los viajes con una prenda que le cambiaba el aspecto de manera casi imperceptible y que él, sin embargo, identificaba de inmediato con esa capacidad de observación que guardaba sólo para ella.

—Llevas chaqueta nueva —dijo, cuando ella se sentó frente a él y le dio el beso de siempre, el que llevaba quince años siendo exactamente el mismo beso en público: un roce en la mejilla derecha que duraba quizá medio segundo más de lo que duraría el beso entre dos amigos convencionales. Esos medios segundos de regalo contenían más emoción que muchos de los restantes días.

—Bergen —confirmó Laura, y sonrió de esa manera que Ferdinand había catalogado mentalmente, sin proponérselo, con una taxonomía que ningún biólogo habría reconocido como tal: la sonrisa de cuando se llega a un sitio que adoras, de cuando algo te parece indispensable, de cuando se está a punto de contar algo que te ha parecido extraordinario y quieres compartirlo, la que aparecía solo cuando estaban juntos.

Se sentaron en la mesa que les asignaron, cerca del ventanal que daba al río que continuaba bajando por un cauce que se iba estrechando al fondo entre los fresnos de la ribera.

—¿Te apetece un Godello?

— Un Iñurrieta estará bien. Me apetece más. 

El camarero trajo la botella en una cubitera, la descorchó y preguntó con un gesto quién iba a catarlo. Obviamente, Laura, que era la experta en vinos. El tipo sirvió un poquito con cara de aburrimiento. Ella sorbió y asintió con la cabeza.  El hombre llenó las copas y se retiró.

Laura miró la noria un momento antes de decir nada más. Ferdinand observó ese silencio. Tenía práctica en mirarla. Llevaba cuarenta años contemplando los silencios de Laura y había aprendido que este en particular —la mirada hacia un punto fijo en el horizonte cercano, una leve sonrisa casi imperceptible— era el silencio de alguien que está ordenando la memoria antes de contarla con confianza, acomodando los recuerdos en una secuencia que no sea cronológica sino emocional.

—Noruega es demasiado —dijo por fin.

—¿Demasiado qué?

—Demasiado todo. Grande, silenciosa, hermosa. Hay momentos en que no sabes si estás mirando un paisaje o si el paisaje te está mirando a ti.

—Los fiordos.

—Los fiordos, sí, pero también el camino. Los árboles. Los bosques. Los riscos. El glaciar que vimos el último martes del viaje. Los pueblos pequeños junto al agua  donde solo viven veinte personas, tienen una tienda y una iglesia de madera del siglo diecisiete y actúan como si vivir ahí dentro, entre montañas y agua, fuera lo más normal del mundo.

Ferdinand la escuchó con esa atención que era, en él, una forma de admiración tan antigua que ya no distinguía entre el genuino interés y el afecto. Le preguntó por las compañeras de viaje —Carmen, Amaia, Leire, las de siempre, las amigas con las que solía viajar desde que se jubiló y que constituían ese pequeño territorio de diversión—, le preguntó por la comida, por los hoteles, por si habían visto la aurora boreal. No, dijo ella, demasiado al sur todavía, habría que ir mucho más arriba, y quizá en enero o febrero, cuando la oscuridad dura veinte horas y el frío es de otro planeta.

—¿Te gustaría volver en invierno?

—No lo sé. Creo que sí. Pero sola, no. Y con las chicas en invierno es complicado, cada una tiene sus cosas. Además, ya sabes…

Y, sí, él sabía qué quería decir porque se lo repetía muchas veces.

—Es que hay cosas que son para hacer en pareja, ya lo sabes — ella lo repitió una vez más con ternura. 

Ferdinand sabía que esa frase era una petición y sabía que él mismo lo deseaba por muy imposible que fuese. Eso era lo malo, que era imposible. O quizá sólo era cobardía. Había frases que los dos sabían cómo se terminan y que ninguno de los dos terminaba. Esta era una de ellas. Hay viajes, camas, almuerzos, atardeceres, conciertos, que están hechos para vivirlos en pareja. O, mejor dicho, en “la” pareja.

Ferdinand llamó al camarero y pidieron, todo a compartir, ventresca con pimientos, un revuelto de hongos con huevo escalfado, y una merluza a la vasca que el camarero recomendó con ese entusiasmo profesional que, aunque no sea genuino, está perfectamente simulado y al final resulta convincente.  

—¿Cómo ha ido el mes? —preguntó ella, mientras la ventresca llegaba dispuesta sobre el plato rectangular con la geometría breve y perfecta que logran en los buenos restaurantes, como si cada pieza hubiera sido colocada con escuadra y cartabón.

—Bien. He estado con los nietos el fin de semana pasado. Fuimos a verlos por la tarde. El pequeño ya anda.

—¿Leo?

—Leo, sí. Doce meses y anda ya, aunque todavía se cae mucho. Es gracioso verle levantarse. No se rinde.

Había algo en la voz de Ferdinand cuando hablaba de sus nietos que era distinto a cualquier otra cosa. No era ternura exactamente, aunque también eso, sino una especie de asombro, como si la existencia de esos niños pequeños le confirmara que el mundo se hacía mejor con cada generación. Laura lo sabía. También sabía que ese asombro era completamente honesto y que Ferdinand era un niñero empedernido. Al cabo eso mismo sentía ella con su nieto.

—El mío ya tiene más de dos años —dijo Laura—. Esta semana me lo quedé yo sola todo el jueves porque mi hijo y su mujer tenían trabajo. Lo llevé al parque. Estuvimos dos horas mirando los patos. 

—¿Sólo los patos?

—Solo los patos. Los miraba como si fueran lo más interesante que había visto en su vida.— Hizo una pausa. —Supongo que lo son.

—A esa edad todo es lo más interesante que has visto en tu vida.

—¿Cuándo se pierde eso?

—Con ciertas cosas, nunca jamás. — y la miró, y ella entendió.

Los hongos llegaron, estaban exquisitos, y durante un rato hablaron de cosas más inmediatas: el restaurante, la noria que el camarero les explicó que databa del siglo XIX y había molido trigo hasta los años sesenta, el riachuelo que bajaba más cargado que otras veces por las lluvias de la semana anterior. Laura preguntó si se inundaba en primavera y el hombre les contó que hubo una crecida memorable en el noventa y dos que llegó hasta la barra del bar, y que desde entonces habían elevado el suelo quince centímetros y construido una pequeña presa aguas arriba que regulaba el caudal. Comentaron el color de las palas de la noria, oscurecidas por el musgo, y de cómo giraban con una parsimonia que resultaba insultante; subían el agua para dejarla caer de nuevo, un esfuerzo circular, infinito y perfectamente estéril. Hablaron de la noria como si importara porque en ese momento importaba, porque eso era algo que habían aprendido, que estando juntos cualquier cosa de la que hablaran adquiría importancia, que hablar de lo banal era también, de algún modo, una forma de hablar el uno del otro.

Ferdinand pensó que la noria era una metáfora demasiado evidente de una vida sin pasión. Una vida de esas en que das vueltas, cumpliendo a la perfección lo que de ti se espera, pero que te cubre de musgo y moho. Había sido Laura precisamente la que había evitado que fuese así. 

Hacía calor para ser octubre. La terraza estaba medio llena, extranjeros en su mayoría, alguna pareja de edad mediana que miraba el móvil por turnos, un grupo de tres hombres que bebían sidra y tenían una expresión de satisfacción luminosa y tranquila. 

Nadie les prestaba la menor atención, que era exactamente lo que Ferdinand prefería: la invisibilidad de dos personas mayores comiendo juntas, sin ninguna urgencia visible ni nada que llamara la atención de nadie. Laura solía decirle que pasaban inadvertidos porque eran una pareja creíble y bien avenida. Aunque Ferdinand replicaba que una pareja de viejos bien avenidos es demasiado rara avis para resultar anónimos.

Llegó la merluza en su cazuela de barro con el caldo verde y las almejas abiertas como pequeñas flores blancas. Ferdinand sirvió vino y Laura dijo de pronto, sin levantar la vista del plato:

—¿Cómo está Begoña?

Era la pregunta que siempre llegaba así, de lado, cuando ya estaban suficientemente adentro de la comida para que la pregunta no sonara a interrogatorio y suficientemente lejos del principio para que la respuesta pudiera ser honesta.

—Bien —dijo Ferdinand—. Iremos a pasar unos días a Santander dentro de un mes. Están caros los hoteles.  —¿Y tú? —dijo Ferdinand—. ¿Cómo está Javier?

Era el mismo intercambio. El mismo ritual con los nombres cambiados.

—Bien —dijo Laura—. Javier es Javier. Hablador, impulsivo, trabajador. Me contó que le ha salido un negocio interesante, aunque no se pone de acuerdo en el precio con el comprador. Y, luego, está la casa que siempre requiere arreglos aquí y allá.

Hablaban de la vida ajena a la que ambos compartían relatando retazos diarios, anodinos, anecdóticos, para hacerse una imagen de lo que vivía el otro. Era más complicado preguntar ¿Cómo te sientes con ella? ¿Cómo te sientes con él? ¿Qué deseas, qué no deseas? Ferdinand la miró. Pensó en cuántas veces habían tenido esta conversación que daba rodeos para no ser explícita.  

—¿Echas de menos algo? —preguntó Ferdinand.

Ella tardó un momento. Bebió un poco de vino.

—Depende del día —dijo finalmente—. Algunos días no echo nada de menos. Otros días añoro cosas que no sé ni nombrar. Y muchas noches, anhelo un abrazo, acurrucarme.

Ferdinand asintió. Esto también lo conocía. A veces se comparten cosas porque son las únicas que en verdad importan.

−Llámame esas noches −respondió él, sabiendo que era una contestación ridícula, casi cínica.

La noria seguía girando. El agua del río bajaba con ese sonido constante y suave que es diferente al silencio pero que cumple la misma función, que es la de llenar el espacio entre las palabras para que las palabras no tengan que hacerlo todo solas. 

Estaban cómodos, tranquilos al estar juntos. Eso también había cambiado. Antes, hacía diez o quince años, estaban alertas, con una vigilancia constante por si alguien les conocía, por si alguien pudiera haberles visto entrar juntos, por si el coche de Laura era demasiado reconocible aparcado donde lo había aparcado. Esa ansiedad había ido diluyéndose con los años, no porque el mundo se hubiera vuelto más tolerante o porque ellos se hubieran vuelto más descuidados, sino porque ya no había nada que esconder de la manera en que antes había algo que esconder. O quizá, pensó Ferdinand mientras servía más vino, porque lo que ahora escondían era más difícil de detectar que cualquier otra cosa, ya que no tenía cuerpo, no ocupaba espacio ni dejaba un rastro que alguien pudiera ver.

—Me acuerdo —dijo Laura de pronto, y Ferdinand levantó la vista—. Hace como diez años, ¿o doce?, fuimos a Biarritz aquel fin de semana en enero. Tú habías conseguido una excusa de trabajo, no sé qué congreso. Yo dije que me quedaba en casa de Nuria. Hacía un frío horrible.

—Llovía.

—Llovía. Nos quedamos todo el sábado en la habitación del hotel porque fuera no había quien estuviera. Pedimos servicio de habitaciones, comimos un plato de foie y bebimos vino, y estuvimos hablando horas.

—Y también otras cosas —dijo Ferdinand, con una mueca de complicidad.

—Y también otras cosas —confirmó Laura, con esa honestidad sincera que era una de las formas del afecto entre ellos—. Pero me acuerdo especialmente de todo lo que hablamos. Me acuerdo de que había una ventana que daba al Atlántico y el mar estaba tan revuelto entre la bruma que no se distinguía el horizonte. Todo era gris. Y tú me contabas cosas de cuando eras pequeño que yo no sabía.

Ferdinand estuvo en silencio un momento. Pensó en Biarritz, en aquella habitación con una enorme cama que exploraron a conciencia, en el ruido de la lluvia sobre el cristal y la sensación de estar completamente fuera del tiempo durante cuarenta y ocho horas, como si el mundo normal —los hijos, los trabajos, los domingos, las cocinas que habría que reformar— existiera en otro plano de la realidad que podía suspenderse momentáneamente mediante el acto de cruzar la frontera francesa en una tarde con lluvia. 

Aquellos años habían sido así, robados, urgentes, con una intensidad que Ferdinand sabía ahora —con la claridad un poco triste que dan los años— que era inseparable de cierta sustracción, de saber que el tiempo que pasaban juntos era hurtado, que tenía un límite y que al otro lado de ese listón estaba la vida normal esperando con toda su paciencia.

Lo que no sabía entonces, o no del todo, es qué persistente iba a ser su amor por Laura. Lo que sabía entonces es que la amaba y la deseaba de manera irresistible, animal, imperiosa, y que la necesitaba de una manera que no sabía explicar. Solo más tarde había entendido que esas tres cosas —el deseo, la necesidad y el amor— eran inseparables. Como lo son el amor y la admiración si realmente quieres a alguien.

—¿Te arrepientes de algo? —preguntó Laura. Era ella ahora quien hacía la pregunta demasiado grande.

Ferdinand consideró la pregunta con la seriedad que merecía, y no respondió inmediatamente.

—No —dijo finalmente—. De haber empezado lo nuestro no puedo arrepentirme porque no imagino que pueda terminar. Quizá de no haber… —se detuvo— sido más valiente... Hay cosas que no hicimos y que a veces pienso que deberíamos haber hecho. No sé si eso es arrepentimiento.

—No es arrepentimiento —dijo Laura—. Es otra cosa. No tiene nombre tampoco.

—Las cosas importantes tienden a no tener nombre.

—O tienen demasiados.

—Y el caso es que, contra todo pronóstico, no pasa, no desaparece — dijo Ferdinand.

—Estamos bien, eso es todo. Tenemos, sobre todo, confianza el uno en el otro — contestó ella. ¿No sueles decir que eres tú mismo sólo junto a mí?  

Habían sido amigos cuando sus hijos eran apenas proyectos de vida, habían compartido cenas, comentado libros y crisis políticas con la confianza de buenos amigos. Pero luego, hace quince años, el suelo de su amistad había cedido. Fue una mañana en la que él partía de viaje cuando la química que siempre habían ignorado decidió manifestarse con la violencia de un fenómeno meteorológico. Durante una década, fueron amantes voraces, ladrones de horas en moteles de carretera, inventores de congresos inexistentes, fugitivos de una moralidad que, paradójicamente, nunca abandonaron del todo.

—Leí una vez que el enamoramiento — recordó nuevamente la revista de la peluquería — no alcanza a sobrevivir dos o tres años, que después de que pasa el instinto químico uno despierta de pronto y se pregunta ¿y quién es este? Y ahí comienza el declive y la desazón. Y, ¿sabes?, nosotros hemos hecho ese camino al revés. Fuimos amigos primeramente. Estuvimos décadas siendo amigos de verdad, conociéndonos, sabiendo qué esperar del otro, qué nos gustaba y qué detestábamos, aceptándonos, construyendo una confianza a prueba de bombas, duradera. Y, entonces, vete tú a saber por qué, llegó el deseo, la llamada de la naturaleza, la pasión. Y nos descubrimos en un hotel donde encontramos, al menos yo lo hice, que tu cuerpo era mío y el mío era tuyo. Y cuando esto nos sucedió, ya no cabía preguntarse ¿Y quién es este? ¿Cómo lo íbamos a preguntar si nos conocíamos de memoria desde siempre?  

—Será eso, sí. — aceptó ella. – Pero, ¿es posible una doble vida eterna?,− se cuestionó Laura mientras cortaba el pescado. − ¿Se puede vivir siempre en este umbral, sin entrar nunca en la casa pero sin alejarse de la puerta?  

El sol había bajado un poco y la luz sobre el agua de la noria tenía ahora ese color dorado y oblicuo del octubre de las cinco de la tarde, esa luz que tiene algo de despedida incluso cuando no hay nada que se esté despidiendo.  

—A veces pienso —dijo Laura, despacio, con la voz de cuando está pensando y hablando al mismo tiempo, sin filtro entre ambas cosas— que tenemos una vida muy rara.

—¿Rara, cómo?

—Rara en el sentido de que existe. En el sentido de que llevamos cuarenta años siendo amigos y quince años siendo esto, y seguimos teniendo dos mundos, y no sé por qué, sea lo que sea lo que tenemos, parece indisoluble. No lo entiendo bien.

—Funciona porque las dos cosas son reales —dijo Ferdinand.

Elegir un lado del río o vivir doblemente en ambas orillas era la cuestión que palpitaba debajo de todas las otras preguntas, la que nunca se hacían directamente porque la respuesta, cualquiera que fuera, tenía consecuencias que ninguno de los dos estaba dispuesto a asumir o a rechazar del todo. Ferdinand había pensado en ella miles de veces, en distintas versiones. Había habido años —los años más intensos, los del deseo más urgente y la necesidad más física— en que la pregunta se formulaba de una manera más cruda: si esto es real, ¿por qué no cambiamos todo? Y había habido respuestas para eso también, respuestas que ambos conocían y que tenían que ver con los hijos, con los compromisos contraídos, con no decepcionar, con esa ética del daño a otros que se vuelve muy concreta cuando los afectados tienen nombre y cara y te quieren. Y la pregunta había ido cambiando de forma con el tiempo, y ahora se formulaba de otra manera que era, si acaso, más difícil. Si ya no hay urgencia, si ya no hay deseo inmediato irrenunciable, ¿qué era?, ¿qué queda, y qué nombre tiene lo que queda, y por qué sigue siendo necesario, imperioso e indiscutible? Habían desarrollado, con los años, una especie de tolerancia a esa doble existencia. No exactamente comodidad, que sería demasiado decir. Pero sí algo parecido a la aceptación de que hay personas que tienen una sola vida y personas que tienen dos, y que ninguna de las dos es renunciable.

Sus primeras vidas: su mujer, su marido, los hijos, los nietos, el piso con el suelo de parquet que habría que reformar y no se reformaba, los domingos, los veranos, las comidas con cuñados, los cumpleaños, los médicos, los problemas pequeños y los problemas medianos y algún problema grande que se había ido resolviendo como se resuelven los problemas grandes, con tiempo y con la colaboración tácita de todos los implicados. Una vida que Ferdinand no consideraba falsa en ningún sentido importante. Una vida que había construido durante años, que contenía cosas que quería y personas a las que quería, aunque el amor fuera de una naturaleza completamente diferente al amor por Laura, y Ferdinand hubiera tardado años en entender que eso no convertía a ninguno de los dos en mentira.

Sus segundas vidas: esta. Una comida al mes aproximadamente, a veces más, a veces menos, dependiendo de las agendas y los compromisos. Un concierto, una exposición, una tarde con ella caminando sin rumbo. Mensajes todos los días, o casi todos, esa conversación que nunca terminaba y que retomaban en la cita siguiente exactamente donde la habían dejado, como si entre medio no hubiera pasado el tiempo sino solo la vida normal de dos personas que viven sus vidas normales, justo las que parecen prescindibles. Y esta segunda vida también era real. Tan real como la primera. En algunos sentidos más real, más importante, más necesaria, aunque Ferdinand sólo lo entendiese bien cuando estaba aquí, sentado frente a ella, mirándola mirar la noria, con el café que se enfría y algo de vino en la botella todavía. 

El cielo sobre el riachuelo era ahora ese azul oscuro que tiene el anochecer en otoño, como si el día supiera que tiene menos tiempo y se apresurara a irse antes de que nadie le convenza de quedarse. La noria seguía girando, iluminada por un par de focos que el restaurante había encendido y que le daban un aspecto ligeramente irreal, como una postal o un recuerdo ya ligeramente modificado por la memoria.

Ferdinand pensó, ¿cuánto tiempo más? No en el sentido dramático, sino en el sentido práctico: ¿cuánto tiempo más tendremos para disfrutarnos? Tenía una edad que empezaba a no ser abstracta, que empezaba a asustar. Los hijos volaron. Los nietos crecían. Los achaques llegaban. El tiempo tiene una manera de hacerse concreto cuando ya has llegado a cierta altura desde la que puedes ver el final del valle aunque todavía no estés en él. No era que tuviera miedo. Era más bien que tenía la sensación de que el tiempo era ahora un ente diferente al que había sido a los cuarenta, que se le notaba la textura de una manera que antes era inapreciable, que cada comida como esta tenía más peso específico que las comidas de hace veinte años porque ya no podían asumirlas como para siempre. 

—¿En qué piensas? — preguntó él.

— Pienso que tenemos dos vidas cada uno y que de alguna manera una justifica la otra. Que sin esta vida, la de allá se volvería insoportable. Y que sin la de allá, esta no tendría el peso que tiene. Como si necesitáramos los dos ríos para que el agua tenga suficiente caudal.   

Laura extendió su mano sobre la mesa y él la tomó. Sus dedos se entrelazaron. No era un gesto erótico, era el gesto de dos náufragos aferrados a la misma balsa. La piel de Laura estaba tibia, suave. Ferdinand sintió un deseo repentino de besarla. 

—Pediré la cuenta —dijo finalmente.

Ferdinand levantó la mano. El camarero vino con la nota. La noria siguió girando. 




12/6/26

Your Name in Landsat

 


Los Landsat son una serie de satélites puestos en órbita por la NASA para fotografiar la superficie terrestre en alta definición. El primero de ellos fue lanzado en 1972 y hasta la fecha se han lanzado nueve de ellos. Los más antiguos ya están fuera de uso. Las naves se sitúan en una órbita heliocéntrica. Como es fácil comprender han recogido ya millones y millones de fotografías.

Your Name in Landsat es un divertimento de la NASA que permite reproducir o simular cualquier palabra con fragmentos de fotos que muestran accidentes geográficos semejantes a las letras deseadas. Por ejemplo, en la imagen de portada de este blog, se ve el nombre Félix.

Paralelamente a mostrar las imágenes, se pueden ver las coordenadas geográficas pasando el cursor por encima de cada una de ellas.

Algunos resultados son difíciles de leer pero basta repetir la petición para que el sistema nos devuelva otra solución.

Puede jugarse con la aplicación desde este enlace.

Ejemplos de las palabras pan, cafe y alegria. Sin acentuar, porque el programa no acepta tildes.







10/6/26

Ciberhispánica ofrece a los usuarios la obra completa de Félix Remírez


 


Investigadores y usuarios pueden acceder a mi obra completa de literatura electrónica y digital gracias al acuerdo firmado con la Universidad de Cádiz (UCA) a través del Instituto de Investigación en Estudios del Mundo Hispánico (In-EMHis) y la responsable de la web Ciberhipánica, Mª Isabel Morales. 

Esta iniciativa pretende contribuir a la preservación de obras digitales fundacionales escritas en español. En el proceso ha resultado crucial la implicación de la Biblioteca de la Universidad de Cádiz, a través de su director, Jesús Fernández.

Acceso a la obra e información sobre Félix Remírez en este enlace.




9/6/26

Eu en ti

 




Eu xa te busquei
cando o mundo era unha pedra
intaita*.
Cando as cousas buscaban os seus
nomes,
eu xa te buscaba.

Eu xa te procurei
no comezo dos mares e das chairas.
Cando Dios* procuraba compaña
eu xa te procuraba.

Eu xa te chamei
cando soio a voz do vento soaba.
Cando o silenzo* chamaba polas
verbas,
eu xa te chamaba.

Eu xa te namorei
cando o amor era unha folla branca.
Cando a lúa namoraba as outas*
cumes,
eu xa te namoraba.

Sempre,
dende a neve dos tempos,
eu, na túa ialma*.


Un poema de Celso Emilio Ferreiro



8/6/26

Digital Publishing Summit 2026

 


Hoy y mañana se celebra el Digital Publishing Summit 2026. Se trata de la conferencia anual de EDRLab, centrada en los retos tecnológicos, económicos y sociales de la lectura digital. Su objetivo es reunir a pioneros, desarrolladores, editores y expertos en accesibilidad para debatir sobre estándares abiertos e innovación.

Este año se celebra l en el Museo de Artes Decorativas de Praga (República Checa) 

Los temas que se debatirán son: 

Estándares abiertos y ecosistemas digitales (EPUB, Web Publication, OPDS y su adopción global).

Accesibilidad e inclusión, incluyendo el cumplimiento de la Ley Europea de Accesibilidad (EAA), herramientas para libros digitales accesibles y tecnologías de lectura en voz alta (TTS).

Protección e interoperabilidad, con especial atención a LCP y al desarrollo de WCP.

Tecnologías emergentes, especialmente el impacto de la inteligencia artificial en la creación, traducción y producción de contenidos.

Nuevos modelos de negocio, como las suscripciones, el préstamo digital y formatos emergentes como audiolibros y webtoons.

Experiencia de usuario, con innovaciones en aplicaciones y dispositivos de lectura. 

El programa completo puede leerse en este enlace.



7/6/26

MetricalARGS: modelo para evaluar poemas métricos digitales

 


El artículo MetricalARGS: A Taxonomy for Studying Metrical Poetry with LLMs, de  Kranti y Vajjala, propone una nueva forma de evaluar las capacidades de los modelos de lenguaje (LLM) mediante un desafío mucho más complejo que las tareas habituales de generación de texto. Los autores parten de una observación importante: gran parte de la investigación en procesamiento del lenguaje natural relacionada con poesía se ha centrado en generar poemas o resumirlos, pero ha prestado poca atención a las tradiciones poéticas que siguen reglas métricas estrictas. Estas tradiciones, presentes en numerosas lenguas, obligan a respetar patrones de sílabas, sonidos y estructuras formales, por lo que constituyen una excelente prueba para medir hasta qué punto un modelo comprende realmente el lenguaje y es capaz de seguir restricciones complejas.

Con esta idea, los autores presentan MetricalARGS, una taxonomía diseñada específicamente para analizar cómo se comportan los grandes modelos de lenguaje cuando trabajan con poesía métrica. El nombre proviene de cuatro grandes dimensiones que organizan las tareas propuestas: Analysis, Retrieval, Generation y Support. La primera dimensión, análisis, incluye actividades en las que el modelo debe examinar un poema e identificar propiedades métricas, patrones o características estructurales. La segunda, recuperación, evalúa la capacidad de localizar información relevante relacionada con formas poéticas, reglas o ejemplos. La tercera, generación, estudia si el modelo puede producir nuevos textos respetando requisitos métricos específicos. Finalmente, la categoría de soporte reúne tareas auxiliares destinadas a ayudar a lectores, escritores o investigadores a comprender y trabajar con poesía métrica.

Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es que no considera la poesía únicamente como una actividad artística, sino también como una herramienta para estudiar el razonamiento de los modelos. A diferencia de una conversación cotidiana, donde existen múltiples respuestas aceptables, la poesía métrica exige cumplir reglas precisas. Un modelo puede escribir un texto aparentemente coherente, pero aun así fracasar si rompe las restricciones de métrica o ritmo. Esto permite evaluar no solo la fluidez lingüística, sino también la capacidad de planificación, seguimiento de instrucciones y comprensión de estructuras abstractas. Según los autores, este tipo de desafíos puede revelar limitaciones que permanecen ocultas en pruebas más convencionales.

Para demostrar la utilidad de la taxonomía, el estudio utiliza como caso de ejemplo la poesía métrica en lengua telugu. Esta elección resulta relevante porque muchas investigaciones sobre inteligencia artificial se concentran en inglés, mientras que las tradiciones poéticas de otras lenguas suelen recibir mucha menos atención. El trabajo muestra cómo las categorías de MetricalARGS pueden adaptarse a una tradición literaria concreta y servir para construir conjuntos de evaluación especializados. De este modo, el proyecto también contribuye a ampliar la diversidad lingüística en la investigación sobre modelos de lenguaje.

El conjunto de datos asociado incluye 169 preguntas abiertas distribuidas entre las distintas categorías. Además, incorpora evaluaciones realizadas tanto por modelos automáticos como por hablantes nativos humanos. Esta combinación es especialmente valiosa porque la calidad de la poesía suele ser difícil de medir únicamente mediante métricas automáticas. Al comparar las valoraciones humanas con las generadas por sistemas de evaluación basados en IA, los investigadores pueden estudiar hasta qué punto los jueces automáticos son fiables para analizar tareas literarias complejas.

Otro aporte importante del artículo es su discusión sobre los desafíos metodológicos. Los autores señalan que muchas tareas relacionadas con poesía métrica no encajan perfectamente en las categorías tradicionales del procesamiento del lenguaje natural. Por ello, exploran cuestiones como la construcción de conjuntos de datos adecuados, la definición de criterios de evaluación y la adaptación de métricas existentes. También argumentan que la poesía métrica puede convertirse en un banco de pruebas útil para futuras investigaciones sobre razonamiento lingüístico avanzado.

En definitiva, el trabajo defiende que la poesía métrica representa un entorno especialmente exigente para los modelos de lenguaje. Al requerir simultáneamente creatividad, conocimiento lingüístico, memoria de reglas y capacidad de razonamiento estructurado, estas tareas permiten observar con mayor claridad tanto las fortalezas como las debilidades de los sistemas actuales.  


6/6/26

Poesía generativa. Ejercicios (I)

 


La poesía generativa consiste en establecer algoritmos que sean capaces de construir versos y poemas, más o menos acertados. Probablemente, es más sencillo respetar las normas de métrica y ritmo que generar un texto que sea emocionalmente significativo.

Los métodos tradicionales pueden recurrir, por ejemplo, a la matemática combinacional aplicada a patrones flexibles pero establecidos por el poeta humano. Una especie de oulipos modernos y actualizados. Es el caso, por ejemplo, de mis obras Poetrónica y Poetrónica 2. Esta técnica puede usarse también para generar prosa pero en este caso, el algoritmo tiene más fases de maquetación y de revisión de coherencia. Es el caso de mi obra Aleatum.

También podemos citar la vieja técnica del uso de las cadenas de Markov. Mi obra Generación de texto con cadenas de Markov utiliza precisamente este método. Los resultados son, en general, más burdos que los que son posibles con los métodos de patrones combinatorios.

Pero, en cualquier caso, la generación poética está restringida a lo programado. Esto puede permitir una alta variabilidad en la salida pero no interacciona con el usuario, al menos de manera significativa.

En este momento, disponemos de los LLMs que generan texto con una entrada simple descrita con lenguaje natura, permitiendo este hecho una total interactividad con el lector. Pero, ¿esta ventaja, en poesía especialmente, va en detrimento de la calidad del verso generado? Mi opinión es que sí pero que esta calidad depende también del prompt de entrada, de cómo le pidamos al LLM que genere el texto.

Vamos a hacer una serie de experimentos, de ejercicios, variando los prompts de entrada para ver cómo los resultados varían y cómo la calidad literaria es una u otra.

Asimismo, vamos a experimentar qué otras posibilidades nos brindan los LLMs en cuanto a maquetación del poema.

Usaremos en esta primera entrada de Biblumliteraria, ChatGPT. En una próxima entrada utilizaremos Claude.

1.- Prompt sencillo y directo

* crea un soneto en español que trate sobre la nostalgia de la juventud perdida


En patios donde el sol era infinito,

corría mi niñez como agua clara;

la tarde, entre los álamos, cantara

su himno de luz en un temblor bendito.


La risa era un relámpago exquisito,

y el mundo una promesa que empezara;

cada sueño en el pecho germinara

sin conocer la sombra ni el conflicto.


Mas hoy regreso solo a la memoria,

como quien busca un fuego ya apagado

entre cenizas frías de la historia.


Y entiendo, al fin, con ánimo cansado,

que la juventud huye hacia la gloria

dejando el corazón deshabitado.




2.- Prompt un poco más elaborado

* genera una espinela que trate sobre la rabia por la sordera de Dios ante el mal en el estilo de Calderón de la Barca.

¡Oh alto Juez, que el trueno riges fiero,

y al malo das la púrpura y la espada!,

¿por qué tu voz parece sepultada

cuando clama el humilde en su agujero?


Ve el huérfano la mesa del usurero,

la viuda ve su lágrima burlada,

y mientras sangre vierte la estocada,

calla tu cielo azul, mudo y severo.


Si eres Dios, ¿por qué el crimen se corona?

¿por qué el verdugo ríe y se engalana

mientras la virtud gime y se abandona?


Mas temo, en mi furor, culpa profana:

que quizá tu silencio no perdona,

sino espera la hora más temprana.



¡Obsérvese que no ha creado una espinela sino un soneto!
 

3.- Variación sobre lo anterior

* genera ahora una décima en endecasílabos usando el estilo de Gamoneda.


Cruje la cal debajo de mis ojos,

y hay un sabor de hierro en la penumbra;

la tarde cae despacio y se acostumbra

a vivir entre sílabas y despojos.

Escucho el corazón lleno de abrojos,

como un animal ciego entre la escoria;

arde la luz detrás de la memoria

y nadie vuelve ya desde el olvido.

Sólo respira el polvo detenido

sobre la lenta herida de la historia.


4.- Combinatoria de frases impresas en reseñas literarias.

* Crea un poema usando palabras y/o frases que encuentres en reseñas literarias que existan en Internet . Intenta que respondan a  un tema único y que tengan coherencia las unas con las otras.


 “Hay libros que no se leen, se acompañan”,

dice una voz al fondo de la lluvia.

Yo entro en esa “prosa lenta”

que “habla con el sonido del silencio”,

y avanzo por un pueblo

“condenado a la memoria y su variado espejo”.


Hay “una oscuridad luminosa”

cayendo sobre las mesas vacías.

Alguien guarda “la risa de Nicolás”

debajo de una almohada húmeda,

mientras “otra mañana pasa inadvertida”

para los hombres que organizan más muertes.


Todo parece escrito

“desde una narrativa propia, hermosa y aguda”;

todo respira

como “un mosaico de recuerdos

desordenados y fragmentados”.


Y entonces comprendo:

“la memoria es presente”,

“el dolor no empodera: el dolor duele”,

pero aun así seguimos buscando

“una luz invisible que habla calladamente”

entre “pequeños gestos, miradas y recuerdos”.


Porque quizá la vida sea eso:

“una experiencia emocional profunda”,

un hombre quieto bajo la nieve

repitiendo para sí, en la penumbra:

“yo solo soy memoria

y la memoria que de mí se tenga”.



5.- Haikus

* Crea tres haikus sobre un tema lírico que tú mismo elijas.


Viejo estanque.

La luna tiembla apenas

bajo un insecto.


Huele a romero.

Cruza el monte la tarde

con pies de cobre.


Nadie en el puerto.

Sólo un farol inclina

su flor de humo.



6.-  Petición de metáforas

* Escribe un poema que describa un viaje, usando numerosas metáforas de imágenes y experiencias sensoriales para transmitir la experiencia de dicho viaje. Rima libre peri que incluya pareados cada ciertos versos y, también, al final. Introducir en algún lugar un verso con muy pocas palabras que den una idea destacada. En total, al menos 15 versos. 


 Partimos al alba, cuando el cielo

era una fruta abierta sobre los tejados

y el tren respiraba humo

como un caballo enfermo de distancia.


Las ruedas iban cosiendo la tierra

con agujas de hierro y relámpago,

mientras los árboles huían hacia atrás

igual que recuerdos sorprendidos por el fuego.


El café de la estación sabía a despedida,

a cucharas mojadas en antiguas conversaciones;

y el viento, entrando por la ventanilla,

olía a trigo roto y gasolina.


Todo ardía.


Vi montañas creciendo lentamente

como espaldas de animales dormidos,

y ríos extendidos en la llanura

como cintas de mercurio bajo el sol.


Tus manos eran dos refugios tibios;

mis ojos, dos ventanas empañadas.


La noche cayó después sobre la carretera

con su rebaño de luces amarillas,

y cada pueblo fue una brasa breve

encendida en el pecho de la niebla.


Dormían las ciudades junto al asfalto;

dormían los hoteles y las gasolineras.


Entonces comprendí que viajar

no era cruzar países ni fronteras,

sino mudar de piel lentamente

igual que la serpiente muda de tristeza.


Y al llegar al mar, exhaustos y desnudos,

el horizonte abrió sus puertas ciegas.


Tú sonreíste.

El mundo dejó de pesar apenas.


Como no veo los pareados, solicito que los introduzca

* no hay pareados como te he pedido...


Tienes razón; había paralelismos y ecos, pero no verdaderos pareados distribuidos por el poema. Aquí va una nueva versión, con rima libre predominante y varios pareados claramente marcados, incluido el cierre:


El autobús salió mordiendo charcos

y la mañana olía a cobre húmedo.

Las calles quedaron atrás

como fotografías arrojadas al agua.


Un perro ladró entre los andenes.

La niebla llevaba cucharas de ceniza.


Atravesamos campos amarillos

donde el viento peinaba los trigales

igual que una madre cansada

peina el cabello de un hijo dormido.


El motor temblaba bajo los pies

como un corazón encerrado en una caja.

Y el café del termo

sabía a frontera y a vigilia.


Nadie habló.


En la curva de las montañas

las nubes parecían animales abiertos,

enormes costillas flotando lentamente

sobre un cielo de vidrio enfermo.


Tus ojos guardaban la luz del camino.

Mis manos aprendían despacio tu destino.


Después vino el mar:

una sábana azul golpeada por martillos de sol,

un olor feroz a sal y algas rotas,

gaviotas girando

como papeles quemados por el viento.


La noche descendió sobre los hoteles.

Las ventanas ardieron como faroles.


Y comprendí entonces

que viajar no consiste en llegar a otra tierra,

sino en dejar atrás la piel conocida,

como quien abandona un nombre en la arena.


Todo era distinto.

Hasta el silencio tenía otro instinto.


Regresamos más viejos, más humanos.

Con polvo en la memoria y mar en las manos.




7.-  Crear poemas visuales

*  Crea un poema visual, como su fuera un caligrama, con temática de lo que una mirada expresa




8.-Reordenación

* Toma este poema de José Martí y trocéalo en partes (que pueden ser cada verso o partes de un verso). Luego, reordena algunas o todas las partes ( a tu elección para que quede coherente) para crear un nuevo poema:  

En ti pensaba, en tus cabellos
que el mundo de la sombra envidiaría,
y puse un punto de mi vida en ellos
y quise yo soñar que tú eras mía.

Ando yo por la tierra con los ojos
alzados -¡oh, mi afán!- a tanta altura
que en ira altiva o míseros sonrojos
encendiólos la humana criatura.

Vivir: Saber morir; así me aqueja
este infausto buscar, este bien fiero,
y todo el Ser en mi alma se refleja,
y buscando sin fe, de fe me muero.


 Nuevo poema

Vivir: saber morir; así me aqueja
este infausto buscar, este bien fiero,

Ando yo por la tierra con los ojos
alzados -¡oh, mi afán!- a tanta altura,

En ti pensaba, en tus cabellos
que el mundo de la sombra envidiaría,

y todo el Ser en mi alma se refleja,
y buscando sin fe, de fe me muero.

que en ira altiva o míseros sonrojos
encendiólos la humana criatura.

y puse un punto de mi vida en ellos
y quise yo soñar que tú eras mía.



9.- en el experimento anterior, el propio ChatGPT propone esto. Acepto y este es el resultado

Si quieres, puedo hacer una versión más radical todavía (por ejemplo:  convertirlo en un poema completamente nuevo donde no se note el orden original, o reescribirlo como si fuera vanguardia o collage surrealista).

POEMA (VERSIÓN VANGUARDISTA / COLLAGE)

en ti pensaba —
cabellos como sombra que el mundo envidia

(¡oh, mi afán!)
ojos alzados: tierra arriba, tierra rota

puse un punto de mi vida
en el aire de unos cabellos

Vivir: saber morir
—infausto buscar—
una fiebre sin fe

la humana criatura encendiendo
ira altiva / sonrojos míseros
como chispas fuera de lugar

todo el Ser se refleja
pero en fragmentos,
como espejo quebrado en marcha

y quise soñar
que tú eras mía
(pero el sueño se deshilacha en sílabas)

busco sin fe
y de la fe me muero

cabellos / altura / sombra / fuego
palabras chocando como trenes sin vía
la vida: un punto
perdido en lo que se mira


10.- Teatro en verso

* Crea una escena de al menos 40 versos en estrofas del redondillas octosílabas que simulen una escena de teatro clásico. Se trata de un diálogo entre Ernesto, un joven pobre, y Elisa, una joven hija del conde de Montearaba. El chico que aspira a tener el amor de Elisa pero esta le desprecia por no estar a su altura, y le amenaza con que su padre lo hará azotar.

ERNESTO
En este jardín perdido,
donde el viento habla despacio,
vengo a buscar tu mirada
como quien busca un milagro.

Soy pobre, mas no cobarde,
ni indigno de tu reparo;
que el amor no sabe linajes
cuando nace puro y claro.

ELISA
¡Aparta, vil, de mi senda,
no manches mi alto palacio!
Que eres sombra entre mis flores
y polvo en mi digno paso.

Mi padre es conde eminente,
de Montearaba el legado;
si te atreves a mirarme
te costará bien caro.

ERNESTO
No soy sombra, soy apenas
un corazón maltratado,
pero late con más fuego
que el oro de tus salones guardo.

No me midas por la sangre
ni por el pobre que callo;
mídeme por este pecho
que por ti se ha desangrado.

ELISA
¡Calla, loco desdichado!
Tu voz me ofende y me espanta;
no subas más tu osadía
que mi honor ya se levanta.

Si sigues con tal empeño
y no apartas tu reclamo,
mi padre hará que te azoten
en la plaza y en lo llano.

ERNESTO
Si el dolor ha de venir
por quererte con decoro,
bienvenidos los tormentos
si por ti los padezco todos.

Mas no amenaza me borra
este amor que en mí formo;
que aunque el mundo me lo niegue,
te sigo queriendo a sollozos.

ELISA
No confundas tu locura
con destino ni con gloria;
que el amor de una señora
no se compra con historias.

Vete ya, no insistas más,
que es mi honra lo que guardo;
y si vuelves a este sitio,
te verás muy maltratado.

ERNESTO
Me voy, mas no porque quiera,
sino porque manda el daño;
pero en mí queda tu imagen
como hierro en el costado.

Si el mundo nos niega todo,
yo te amaré sin descanso,
aunque el destino me arroje
a la sombra del quebranto.


No ha creado redondillas que tienen rima consonante, así que le pido que lo revise para hacerlo.


Tienes razón: en la respuesta anterior no respeté la forma métrica exigida. Ahora lo rehago correctamente.

He construido una escena teatral en redondillas octosílabas (ABBA, rima consonante), con diálogo entre Ernesto y Elisa, manteniendo el conflicto que pides.

Escena en redondillas

ERNESTO
Vengo a verte, luz del día, (A)
con humilde corazón, (B)
sin orgullo ni razón, (B)
solo traigo valentía. (A)

ELISA
No cruces esta armonía, (A)
ni manchando mi altivez, (B)
que no tiene mi altivez (B)
trato con villana guía. (A)

ERNESTO
Mi pobreza no es delito, (A)
ni es pecado el buen querer, (B)
que no manda el padecer (B)
sobre el alma que te grito. (A)

ELISA
Baja ya tu desvarío, (A)
que mi padre, con rigor, (B)
te dará cruel dolor (B)
si persistes en tu brío. (A)

ERNESTO
Si por amarte he de herir, (A)
el castigo no me asombra, (B)
pues tu nombre me hace sombra (B)
que no puedo ya huir. (A)

ELISA
No confundas tu pasión (A)
con linaje ni con mando, (B)
que en mi casa va temblando (B)
quien se acerca al corazón. (A)

ERNESTO
Aunque el mundo me rechace, (A)
yo te adoro sin medida, (B)
que prefiero esta herida (B)
a vivir sin lo que nace. (A)

ELISA
Si mi padre se enfurece, (A)
serás preso del dolor, (B)
y verás que tu fervor (B)
en castigo se enloquece. (A)

ERNESTO
Pues que venga su castigo, (A)
que tu imagen me sostiene, (B)
y aunque el mundo me condene (B)
moriré siendo tu amigo. (A)






Bastante malo, pero es sólo un primer intento.