La culpa fue del retrato.
Una imagen así turba a cualquier mujer y yo, con toda mi experiencia, no supe resistirme. Durante un minuto descuidé la vigilancia del exterior, un error imperdonable del que me avergüenzo.
Fue mala suerte que justo el día en que yo había decidido entrar en la casa para aligerar de joyas a los Benavente, la señora Geraldine cambiase la rutina que llevaba repitiendo durante meses. No lo esperaba, he de reconocerlo, pero si hubiese estado atenta hubiera escuchado el motor de su BMW X5 llegando y todo aquello no hubiese sucedido.
El caso es que hube de encerrarme en el armario a toda prisa y faltó una nada para que me descubriera. Fueron treinta minutos, al menos, los que pasé dentro de aquel vestidor. Porque, cuando he dicho armario, no han de pensar ustedes que se trataba de uno de esos cubículos empotrados de los que disponen los mileuristas que trabajan de reponedores en el supermercado. Nada de eso, este era un auténtico vestidor, un closet en toda regla, como lo llamaría mi amiga Rosemarie, la que ahora vive en Chicago y a la que no veo desde que se casó con el capullo de Larry, diez años mayor que ella y feo hasta decir basta. Claro, que según me contó, tiene una nómina en el NGT Bank muy atractiva y, al parecer, debe cumplir como un campeón en el lecho, ayudado, eso sí, por las pastillitas azules que le recomienda su médico y que él consume con fruición.
Más no adelantemos acontecimientos. Primero, debo presentarme. No porque me importe el que ustedes me conozcan sino porque he de explicar mi error para evitar que mi competencia se dedique a denigrarme o a crear bulos y libelos que dañen mi imagen profesional. Lo del armario fue una fatídica casualidad.
Evitaré decir mi nombre por razones que ustedes comprenderán enseguida. Llamadme Doris, ya que me ídolo ha sido siempre, y lo sigue siendo, la gran e inigualable Doris Payne, icono del robo de guante blanco. Somos pocas las mujeres que nos dedicamos a estos menesteres, siendo así de justicia el que nos ayudemos y recomendemos las unas a las otras.
Yo no nací destinada a este oficio. Por el contrario, vine al mundo en el seno de una familia acomodada, de gustos refinados sin caer en la cursilería, acostumbrada a viajar a Italia y Francia en verano; refinada, si se me permite la inmodestia, en los modales y la conversación culta. Fui una buena estudiante a la que gustaban las matemáticas, la pintura y la literatura. Hablaba francés con cierta soltura y, por lo que me decían, tenía un acento charmant que resultaba delicioso.
Pero la vida cortó en seco mis ilusiones, dejándome sin padres demasiado pronto. Fue en ese momento cuando mi existencia se eclipsó y supe que los negocios de mi padre estaban en números rojos, que la casa estaba hipotecada y que la vida glamurosa que llevábamos se costeaba con préstamos que ahora los bancos reclamaban. No había herencia ni pude saldar las deudas de la familia, así que terminé, con 20 años, empleada en turnos de diez horas en una gasolinera de la A-6, viviendo en un pequeño apartamento del sur de Madrid y comprando la ropa en El loto verde, un chino barato que tenía tanta variedad como Zara. Los valores que mis progenitores me inculcaron fueron la honradez, el trabajo duro y las buenas maneras, ideales que intenté seguir hasta que la escasez para la que no estaba preparada, dos hombres a cada cual más imbécil, un embarazo que no llegó a término, unas amigas que me dejaron sola en cuando me fue mal, muchos desengaños y muchos sueños rotos, me llevaron a mandarlo todo al infierno. Yo había nacido para vivir una vida cómoda, elegante, tenía un gusto exquisito en el vestir y modales adecuados, sabía tocar el piano y pintaba acuarelas de paisajes bucólicos. Y aquello no servía para nada. Así que decidí rebelarme. Si la vida me daba duro, yo le daría duro a la vida. Si había que robar, robaría. La decisión estaba tomada.
No obstante, es más fácil decirlo que hacerlo. Imaginarme a mí misma con una navaja en la mano, en un callejón, embozada, era algo imposible. Verme comprando un Glock 42 en el mercado negro y apuntar a la cabeza de algún desgraciado para sacarle diez euros chocaba con mis modales cuidados. La sangre me horrorizaba. La violencia me repugnaba. Con estos presupuestos, convertirse en ladrona no era sencillo.
Fue entonces cuando leí una novela en la que, de pasada, se contaban las andanzas de Doris Payne, la atracadora de guante blanco nacida en West Virginia que alcanzó fama internacional por haber robado, de la manera más elegante, un diamante de diez quilates en Monte Carlo. Aquello me abrió los ojos. Aquel era el camino. Yo tenía las maneras, la educación, la experiencia y, por qué no decirlo, la belleza de los veintipocos años para pasar por una de aquellas millonarias que abarrotaban las urbanizaciones costeras de lujo y las fiestas en los yates del puerto. Dicho y hecho. Aquella decisión es la que, a la postre, me llevó al armario de los Benavente en el Anacrusa Resort.
Como no deseo pecar de exhibicionismo y porque tampoco tengo mucho tiempo para contar mi vida, decir sólo que progresé rápidamente en el negocio. Compré unos cuantos vestidos de noche de segunda mano pero de calidad, alguna bisutería que, de noche y con una copa de champán en la mano, pasaba por auténtica, zapatos de tacón alto y un bolsito imitación de Hermes que era monísimo. Me hice un hueco en la alta sociedad de la costa mediterránea, desde Cádiz hasta San Marino y, primero con pequeños trabajos; más tarde con grandes proyectos −llamémoslos así− en Cannes, Niza, Marbella y Figueras. Me especialicé en joyas y pinturas que era lo que más conocía. Obvié los coches, los relojes y dinero porque esos productos son siempre más complicados de tratar. Siempre mantuve el incógnito y nunca jamás supieron quién estaba detrás de aquellos robos que, en ocasiones, ni siquiera eran denunciados. Yo era, yo soy, para el mundo, Doris Roca Deladier. El segundo apellido francés fue un capricho para dar un toque exótico a mi personaje.
Estoy contando demasiado de mi vida. Volvamos al armario de los Benavente.
Hace unos seis meses, descubrí la mansión de esa familia. Juan Pablo Benavente y Mariana Solern, señora de Benavente. Ambos, ricos de cuna y con negocios que al parecer les van muy bien. La casa, con seguridad perimetral y servicio por horas, dispone de tres plantas, tres garajes y dos piscinas. A priori, un objetivo muy interesante. Me animó sobre todo el que no tuvieran empleados permanentes. Bastó un pequeño seguimiento durante unos días para comprender que la cocinera iba sólo dos horas por la mañana, que la empresa que limpiaba la casa se presentaba los lunes, miércoles y viernes de nueve a doce, y que el jardinero iba sólo los viernes por la tarde. Los dueños marchaban, a trabajar o a holgar, quién sabe, hacia las nueve de la mañana y no regresaban hasta las cuatro. Así pues, la ventana de oportunidad para mi nuevo proyecto era inmejorable.
Una búsqueda rápida en la Red y en las revistas rosas de varios países me mostraron a la señora en fiestas y actos sociales, siempre cargada de pedrería fina y anillos que parecían de alto precio. Curiosamente, no hallé foto alguna de Juan Pablo. Supuse que siendo un empresario en activo, no gustaría de aparecer en el papel couché, cosa que entiendo y comparto. Nada mejor que pasar desapercibido para progresar en los negocios. Yo sigo la misma máxima.
Hube de suponer que la finca tendría una seguridad electrónica perimetral y que los productos que me interesaban estarían ocultos en alguna caja fuerte. Mi estilo no es el de esos butroneros que rompen paredes y revuelven la decoración. A estas alturas, estoy segura de que no pueden imaginarme con una lanza térmica en las manos ni arrastrándome por el suelo para pasar bajo los láseres perimetrales, menos aún tener el pésimo gusto de arruinar la decoración, que sin duda habría de ser fina y de calidad, de la casa. El respeto debe prevalecer siempre, también en oficios como el mío.
Mi proveedor habitual, al que llamaré Thomas, me proveyó de un sistema electrónico de inhabilitación de redes de sensores y un detector de metales de alta gama para localizar la caja. Abrirla no sería problema. Soy experta.
Fijé la fecha del trabajo para el jueves a las 2 de la tarde. No había servicio y yo iría vestida con mis mejores galas. Si alguien me descubriera cerca de la casa, me haría la ingenua, una dama perdida que busca a sus buenos amigos los Benavente. Con mi bolso, que ahora sí era Hermes original, mi vestido veraniego de Ralph Lauren y mi reloj Frédérique en oro, resultaba imposible que alguien sospechara de mis auténticas intenciones.
Desactivar la alarma fue cosa de treinta segundos. Los aparatitos de Thomas funcionan siempre a las mil maravillas. Entrar en la casa, cosa de niños porque, aunque llevaba un juego de ganzúas y un abridor electrónico, los dueños no habían siquiera activado la doble llave. Localizar la caja fuerte me costó un poco más. Tuve que recorrer toda la casa porque el magnetómetro no encontraba ninguna huella de interés. Miré dos veces en el salón pero no logré encontrarla. He de decir que tienen un salón comedor coqueto y decorado con gusto notable. Una estancia que bien podría decirse que redefinía el lujo residencial que yo conocía. Techos a doble altura, ventanales de suelo a techo con vistas panorámicas y una mesa de mármol Calacatta que parecía flotar bajo una lámpara de araña escultural. Cada rincón respiraba materiales nobles: madera africana, latón pulido y acabados en piedra natural traídos de Italia. No era solo un espacio para comer, era una declaración de estilo de vida. La decoración jugaba con una paleta neutra y cálida —crema, arena y toques de bronce— que combinaba con textiles de terciopelo y lino natural en sillas y cojines, aportando calidez sin restar elegancia. Piezas de arte contemporáneo cuidadosamente seleccionadas y alfombras artesanales tejidas a mano completaban la estancia. En una esquina, una zona de lectura íntima con un sillón de cuero envejecido, una manta de cachemira y una lámpara de pie de diseño escandinavo. Al fondo, una biblioteca de doble altura con estanterías de madera maciza hasta el techo, escalera corredera de latón albergaba una selección imponente de ediciones de coleccionista. Por poner algún pero, para mi gusto faltaba un piano.
Seguí recorriendo la casa y, por fin, el detector emitió un pitido en un pequeño cuartito en el segundo piso, no lejos del dormitorio matrimonial, un cubículo que visto desde fuera parecía un cuarto de los trastos, con escobas y utensilios de limpieza. Alabé su ingenio. Esconder la caja fuerte donde el servicio de limpieza guarda fregonas y cubos es una idea magnífica. Aquel lugar estaba, como es lógico, sucio y preferí llegarme hasta el dormitorio para quitarme el vestido, no fuera a mancharlo. Al avanzar por el pasillo, encontré la gran fotografía que iba a llevarme a esconderme en el armario de los Benavente.
Se trataba de una imagen de gran formato, quizá de un metro de alto, enmarcada, en la que aparecía el matrimonio en lo que parecía ser el día de su boda. A ella ya la conocía de las revistas pero a él, no. Y quedé embelesada. Un hombre apuesto, guapo a rabiar, elegante, alto, musculado, con unas pocas canas en las patillas que le otorgaban un aire intelectual y un hoyuelo en el mentón que me recordó a Newman. Un tipo con clase a todas luces. Clase, mediana edad, dinero y estilo. Póker. Vaya suerte tienen algunas, pensé.
Por auténtico placer estético me detuve frente a la fotografía. Puro deleite. Quizá fue un minuto, pero ese fue el minuto que originó mi error. Absorta en mirar a aquel hombre, no escuché llegar el coche. Cuando reaccioné y volví en mí misma, la puerta ya se había cerrado y alguien estaba en el salón de abajo hablando por teléfono. Por el tono de voz y la modulación de las frases comprendí que se trataba de la señora. No era descabellado pensar que subiría a la habitación. El tiempo corría en mi contra. La imagen de su marido podía suponer el fin de mi carrera profesional. Meterme en el trastero con mi Ralph Lauren era impensable. Bajar por las escaleras, imposible. La única opción era ocultarme en la propia habitación. Pensé en esconderme bajo la cama pero se me antojó repugnante. Quedaba sólo una opción: el armario. Para mi suerte era un amplio vestidor con numerosos estantes y recovecos, muy al estilo de los que yo había visto en las mansiones adineradas de Hinsdale cuando visité a mi amiga Rosemarie.
La mujer seguía abajo, hablando por teléfono. El porqué había vuelto a deshoras para tener esa conversación me era desconocido pero mi instinto y la dulzura en su voz me dio a entender que debía hablar con un hombre que no era su marido. Sin duda, el tipo de conversación íntima que no se desea tener en una oficina o desde el sin manos del coche. Me pareció estrambótico que teniendo aquel marido, dedicase su tiempo a un amante.
Aquella charla a baja voz representaba mi salvación, pero a la vez me impedía salir. Estaba obligada a permanecer en aquel vestidor hasta que tuviera la posibilidad de escabullirme. El botín era ya inalcanzable, pero aspiraba, al menos, a salir desapercibida.
Soy de natural tranquilo, así que no perdí la calma. Ya que debía estar en el armario, echaría un vistazo a la colección de la señora Benavente. Una siempre puede aprender de los que tienen cantidades asquerosas de dinero porque es bien sabido que los billetes otorgan elegancia y estilo aunque se sea un gañán. No es cierto que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. No hay mona rica que parezca un simio.
¡Qué decepción!
En el vestidor de aquella dama, su reputación de refinamiento brillaba por su ausencia. Tras haber visitado el salón, esperaba otra cosa.
En el primer vestido que palpé, la seda que pretendía ser de Lyon revelaba al tacto esa ligera aspereza de las imitaciones asiáticas de segunda generación. El corte mostraba en la sisa un exceso de holgura que ningún sastre parisino de verdad habría tolerado; siendo benevolentes podría hablarse de una concesión a la comodidad de quien no había aprendido a moverse dentro de una prenda sino que esperaba que la prenda se adaptara a ella.
El siguiente, un traje de noche de pretendida austeridad geométrica fue decepcionante. Las costuras del cuerpo, visibles solo si una se inclinaba con la atención de quien ha pasado años observando cómo cae un hilo, presentaban una irregularidad casi imperceptible pero decisiva: el patrón había sido cortado con una ligera desviación de grano, de modo que la tela tiraba hacia un lado con esa obstinación silenciosa de las cosas mal hechas. O la señora Benavente no tenía gusto alguno, o la engañaban.
En la tercera prenda, una chaqueta de tweed que aspiraba a una herencia británica, descubrí algo aún más revelador y penoso. Los ojales, bordados con un hilo demasiado grueso y de un tono que no coincidía exactamente con el de la tela, habían sido terminados a máquina y luego retocados a mano con una prisa evidente. Un verdadero sastre de Savile Row habría sentido vergüenza ante esa solución híbrida; aquí, en cambio, se exhibía como prueba de exclusividad. Como cualquiera que se interese por la moda conoce, el ojete a mano no es un detalle ornamental sino parte fundamental de una prensa de calidad. Se debe trabajar con hilo de seda retorcido en cera de abeja, reforzarse el canto con un pequeño ojal de refuerzo interior y terminar con un nudo que queda oculto entre las capas, de modo que el botón nunca desgarre la tela aunque se abroche mil veces
Seguí moviendo perchas y di con un modelo de pretendida sobriedad pero que ocultaba en el forro un error de patrón que solo un ojo entrenado como el mío podía detectar: la pieza de la espalda había sido cortada en sentido contrario al de las delanteras, de modo que el drapeado natural de la tela se oponía a sí mismo. Era el tipo de fallo que delataba no tanto la incompetencia como la prisa de un atelier que había recibido demasiados encargos y demasiado poco tiempo.
Más allá, un abrigo de cachemira que se presentaba como una pieza de colección revelaba, en el borde interno de la solapa, una costura de unión demasiado gruesa, el rastro de una tela que había sido estirada más allá de su capacidad natural. Deslicé los dedos por aquella zona con la misma atención con la que un médico ausculta. La calidad de la fibra no era mala, pero tampoco era excepcional; pertenecía a esa categoría intermedia que las casas de moda venden a quienes necesitan creer que han comprado lo mejor sin poder distinguir realmente lo mejor de lo meramente caro. La entretela de pelo de cabra debe aplicarse a temperatura controlada y con un paño de algodón húmedo interpuesto, pero aquí lo habían hecho con calor excesivo, las fibras se habían contraído de forma irregular y tenían esas ondulaciones permanentes que delatan al modisto apresurado
En un vestido de cóctel de líneas exageradamente ampuloso, encontré algo casi cómico: los botones, de un material que pretendía ser nácar, mostraban en su reverso la marca de un fabricante industrial italiano de segunda. Habían sido cosidos con un hilo sintético que, bajo la luz correcta, brillaba con un leve destello plástico. La extravagancia del diseño —esas solapas demasiado anchas, ese volumen innecesario en la cadera— no lograba disimular la mediocridad de los detalles.
A la izquierda, una falda plisada de pretendida perfección geométrica presentaba, en la zona del tiro, un error de proporción que hacía que el pliegue central cayera ligeramente descentrado. Más allá, en un traje de chaqueta y pantalón de corte masculino, detecté que la entretela se había contraído de forma irregular y ahora presentaba pequeñas ondas invisibles a distancia pero evidentes al tacto. ¿Y qué decir de un un vestido de noche de una casa cuyo nombre evocaba aún cierta grandeza, en donde encontré el fallo más revelador de todos? La cremallera, de un metal demasiado ligero y con dientes irregularmente alineados, había sido insertada con una holgura que permitía que la tela se frunciera ligeramente al cerrarse.
Me sentí horrorizada con lo que había en aquel armario. Ahora, estaba convencida de que las joyas que había venido a buscar serían tan malas como los vestidos. Hasta pensé que el hombre de la fotografía sería, en realidad, un tipo fofo y que tal imagen era sólo un retoque creado con Photoshop.
Me sentí mal conmigo misma. Tanto esfuerzo y tanta vigilancia para ir a dar a una casa de estafadores, de nuevos ricos que no tenían ni gusto ni sabían lo que compraban. Una no puede fiarse de las apariencias. Pueden engañarte en cualquier momento. Tan molesta estaba que tuve el instinto de bajar al salón y echar en cara a la señora Benavente que no se puede engañar así a los demás. Por fortuna, mi sentido común me obligó a permanecer en el armario, en el vestidor.
Tuve suerte. La dama terminó la conversación en voz muy bajita y risitas reveladoras. No pude escucharla, pero podría jurar que estuvo dos minutos diciendo lo de “cuelga tú; no, cuelga tú primero”. Ridícula, además de tener muy mal gusto.
Escuché el motor del BMW y cómo el vehículo partía de la hacienda.
Salí del armario y dediqué dos minutos a arreglarme el vestido y el pelo en el baño de la suite. Pasé por delante del trastero con la caja fuerte y el detector volvió a pitar. Lo apagué. Por nada del mundo iba a perder el tiempo robando joyas que serían baratijas peores que la ropa del armario.
Bajé, reactivé la alarma y marché sin contratiempos.











