16/11/08

The Jew's Daugther

The Jew's Daugther (http://www.thejewsdaughter.com/) de Judd Morrissey es un texto digital fluido e inestable. Las frases se reordenan de manera aleatoria pero guardando siempre un cierto sentido y un orden interno. Desde este punto, los párrafos que se auto configuran no son absurdos. Se trata de narrativa reconfigurable.

Basado en una sola página que se va conformando y reconformando a medida que perseguimos los hiperenlaces (también dinámicos). La sensación es que la página cambia mezclando los párrafos de una u otra manera pero, en realidad, entran y salen nuevos textos de modo que aunque al lector le parezca que nada cambia, finalmente está leyendo algo totalmente nuevo.

Atrae la atención por algún tiempo aunque, finalmente, acaba por cansar puesto que, amén de requerir un esfuerzo de atención importante, se pierde el objetivo de la naracción yuno empieza a creer que está leyendo frases inconexas (aunque no lo sean). Está programado en Storyspace.

Chroma

Chroma (http://www.marrowmonkey.com/chroma/menu.html ) de Erik Loyer es una obra digital interesante, que capta la atención. Es una obra interactiva, que incorpora voces, sonidos, gráficos, imágenes y músicas sugerentes para crear un estado de ánimo. Ya su inicio es sugerente: “Human beings have always been digital”. Se trata de una mezcla entre relato de ficción y ensayo. ¿qué hay realmente de nuevo en lo digital? ¿aporta novedades o es una repetición de lo de siempre con diferente forma? ¿Cómo construimos nuestra identidad digital en el ciberespacio a partir de nuestra realidad analógica? ¿tenemos que volcar todo nuestro yo y todo nuestro conocimiento en el ciberespacio o sólo ciertas partes? ¿Cuáles? El propio autor indica que, por ejemplo, el racismo – una reacción humana real en el mundo analógico- no podría existir en el mundo digital donde cada ser virtual no tiene color. Pero podría haber - añado yo- un ancho de banda-ismo, por el cual aquel que no tuviera una conexión rápida a la red sería visto como un paria. ¿Cuáles son los atributos que realmente importan en una identidad sólo digital? .
Y, en literatura, ¿sería sólo la palabra el atributo básico? ¿o también la imagen?

Hasta ahora, las redes sociales son sobre todo una recreación de la realidad exterior, una copia virtual de lo que ocurre en la vida real. Pero, ¿debe ser eso? Porque, si sólo es eso, lo digital no aporta nada del mismo modo que una fotocopia no aporta nada a la obra original, más bien la pervierte.

El autor ganó el New Media Invision Silver Award en 1998, tiene su obre expuesta en el San Francisco Museum of Modern Art y recibió una mención en el Prix Arts Electronica de 1999.

Más respeto que soy tu madre

Más respeto que soy tu madre (http://mujergorda.bitacoras.com/1/esp/index.htm) de Hernán Carciari es un blog (o blognovela según su autor) que narra las aventuras y desventuras de un ama de casa argentina con una familia que le da más de un quebradero de cabeza. La historia está contada en forma de posts que supuestamente Mirta Bertotti (la ama de casa) vierte en el blog a medida que pasan los días, a modo de diario. Desde este punto de vista, el sitio aporta elementos que son genuinamente propios de la literatura digital como es que el lector no puede elegir lo qué leer cuando lo desee porque hay un control del tiempo implícito. En un momento dado, sólo puede leer el pasado y no lo que falta por venir. No puede saltar al final de la novela, por así decirlo.

Asimismo, utiliza hiperenlaces, imágenes, gráficos interactivos, todo ello propio de la literatura digital. Y, además, es ameno. No puede decirse que es una gran obra literaria (el autor tiene, no obstante, textos y relatos excelentes en su otro blog Orsai, http://orsai.es/ ) pero entretiene en clave de humor.

Este blog fue elegido entre los mejores del año en el 2005
por la Deutsche Welle International
(http://www.dw-world.de/dw/article/0,2144,1784864,00.html) . Asimismo, fue publicado en formato libro convencional por la editorial Planeta (http://www.plaza.es/ficha_libro/ficha_libro.asp?Ident=31629&sello=PJ)

15/11/08

Morocco Intrepid

A su madre, que aún vivía en la aldea de donde él marchó hacía cinco años, le dijeron que su hijo había logrado ser famoso. Le entregaron unos mil euros, que al parecer era el salario que había logrado en su último trabajo, y un arcón con algunos efectos personales. Algo de ropa, las cartas que alguna mujer desconocida le había enviado y un montón de fotografías. Por ellas, pudo la anciana reconstruir siquiera una pequeña parte de la historia de Hammed, “Morocco Intrepid”.

Como otros muchos, Hammed dejó la escuela tan pronto como su cuerpo tuvo fuerza suficiente para ayudar en la labor de una tierra que, repleta de pedruscos y arena, no se dejaba trabajar. Las posesiones de la familia eran aquellos mil metros cuadrados, la casona de una planta donde se alojaban, y la burra y las tres ovejas con las que la compartían. El esfuerzo, el sol africano y el viento, siempre sofocante, que llegaba del desierto modelaron los músculos y el carácter del niño que llegó a su madurez sin haber tenido tiempo para jugar, estudiar o aprender pasito a pasito los misterios de sus deseos. Muerto el padre, más de agotamiento que de viejo, la necesidad de dinero hizo que dejara a su madre con su hermano menor y él se alistara en el ejército. Una vida dura pero que, al menos, tenía un sueldo estable. Dos años patrullando por la frontera con Argelia tiñeron su piel, arrugaron su rostro, y endurecieron sus formas. Para las patrullas, la máxima diversión posible era disparar a serpientes o a aves para luego destrozarlas con los machetes por el solo placer de hacer algo distinto. Sus llegadas a las aldeas eran siempre broncas y los civiles sólo deseaban que marcharan nuevamente en sus vehículos al desierto. Hammed no era hombre de espíritu violento pero poco más había por hacer que pelear, disparar a lo que se moviera, enzarzarse en trifulcas por cualquier cosa y satisfacer la soledad de una vida tras una duna lo suficientemente alta.

Aquello, definitivamente, no le gustaba. Dos años después terminó su contrato. Casi todos los soldados de su compañía se reengancharon. Era eso mejor que regresar a sus pueblos sin futuro o vagar por ciudades que no les pertenecían. Hammed logró pasar a España, saltando una verja enorme vigilada por perros y focos en la noche. Una multitud asaltó la valla en una de las periódicas intentonas que se sucedían cada pocos días. Los mismos gritos, las mismas carreras, los mismos disparos, los mismos calambrazos de los cables electrificados, las mismas redadas y las mismas deportaciones de siempre. Pero, al segundo intento, él logró pasar y pagando doscientos euros a un tipo enjuto que le prometió un viaje rápido a la Península se vio encerrado en un contenedor con otros diez compatriotas. Tras dos días de sofoco, sed y hambre, los dejaron en medio de un camino vecinal tan sólo con la péquela mochila que contenía sus pocas cosas.

Primero, trabajó en el campo recogiendo fresas. Jornadas largas, jornales cortos. Más tarde, estibando en el puerto de Málaga. Durante una mala temporada se arriesgó y traslado droga entre dos ciudades. Volvió al campo, a los olivares. Cuidó ovejas en un invierno que le pareció el más frío de cualquier historia y acabó de portero de noche en un local de carretera que había sido asaltado dos veces. Allí aprendió a pelear con los puños. Su corpulencia, la fortaleza de unos brazos cincelados por el trabajo constante y la necesidad de sobrevivir cada noche hicieron de él un buen púgil.

Un día, alguien se fijó en él. Nunca supo si por su habilidad con los puños o por lo exótico de su apariencia. Le propusieron un combate a cambio de doscientos euros que ganó con suma facilidad. Una técnica muy pobre, dijeron, pero un ánimo y un valor notables. Empezó a frecuentar el gimnasio y tras ganar un par de combates más, le pusieron el alias de Morocco Intrepid porque, al salir al cuadrilátero, pareciese que no tenía miedo del oponente por fuerte y experimentado que fuera. Hammed confiaba en su velocidad y en su suerte. A falta de estilo, correteaba por el anillo intentando zafarse de los golpes que le lanzaban y esperando un momento de descuido para irse a por el otro boxeador con el coraje que la inconsciencia otorga.

El destino quiso que tuviese cierta popularidad, que su nombre apareciera en los periódicos y que empezase a ser admirado en el circuito local de combates de los pesos medios. El primer boxeador africano con posibilidades, decían. Una nueva esperanza, afirmaban. Tiene un estilo poco depurado pero imaginativo, escribían los columnistas.

Comenzó a tener dinero y, como casi todos los que nunca han estado acostumbrados a él, lo malgastó en caprichos innecesarios y en sacarse de encima toda el ansia de piel de mujer que había acumulado durante años. De ser un sin papeles, pasó a ser un personaje de moda.

Se lo creyó y pensó que era el mejor boxeador del mundo. Nadie le dijo que su cara no estaba curtida, que su cerebro acusaba cada golpe aunque él no lo sintiera, que su bazo se resentía y que su técnica tan pobre le hacía ser sólo campeón de pueblo.

Era Mayo y salió a la arena buscando convertirse en campeón nacional. El otro era un tío flojo, le habían dicho. Bastaba hacerle correr durante unos asaltos para que cayera como fruta madura.

En el minuto dos del segundo round, su pierna derecho tropezó ligeramente. Cosa de unas décimas de segundo pero suficientes para que Mortal Punch, que así se llamaba el gigante de enfrente, acertara de pleno en su rostro. Perdió el conocimiento al instante. El árbitro contó los diez segundos de rigor y levantó el brazo del contrincante en señal de victoria.

La ambulancia trasladó a toda prisa, con sirenas que aullaban a muerte y luces rojas giratorias, a Morocco Intrepid al hospital. Llegó en coma y murió unas horas después. No supieron a quién avisar hasta diez días después cuando la embajada localizó a su madre. Los periódicos le habían olvidado muchos días antes.


12/11/08

Una pareja bien avenida

Una de esas tardes en que la pereza evita cualquier tentación de preparar la cena, recurrí al siempre buen recurso de comprar unos bocadillos en una de esas tabernas modernas que, aunque no dejan de ser tabernas, están decoradas como si de ateneo cultural se tratara. Los bocadillos ya no son bocadillos sino que se bautizan con nombres creativos y el “¡uno de calamares con patatas fritas, marchando!” de toda la vida se transforma en un mensaje microfónico con voz de azafata de línea aérea: “un gaditano soleado con doble de french fries”.

Allá estaba yo, esperando que las rabas se chamuscaran y los panes a medio cocer salieran del horno, cuando entró una pareja. Tendrían unos cincuenta años cada uno y ambos iban hablando por teléfono móvil. Él llevaba un jersey de cuello alto y un gabán. Ella una chaqueta granate y unos pantalones negros. Se dirigieron a la barra mientras continuaban sus respectivas conversaciones en un tono quedo y elegante que denotaba que se trataba de gente culta. Se hicieron un gesto con los ojos y con una mueca de la boca de ella, él entendió lo que deseaba. Por un instante apartó su conversación y pidió dos capuccinos. Un minuto después, la dependienta depositó las dos tazas sobre una bandejita y el caballero pagó.

Otro gesto, este apenas imperceptible, y ambos se movieron al unísono hacia una mesa libre que, casualmente estaba junto a la mía. Se sentaron en el mismo lado, sin dejar de hablar, siempre de forma suave y educada. Sé que es muy poco digno entrometerse en conversaciones ajenas pero el morbo y el aburrimiento por la espera de aquellos calamares que nunca acababan de dorarse hizo que prestara atención. Ella charlaba, aparentemente con una amiga, sobre la impresentable actitud que, al parecer, un tal Julito manifestaba hacia la tía Antonia. Y eso que ella ya le había insistido en que debía de prestarle mucha más atención. Él, con un susurro de voz que apenas me llegaba, hablaba sobre una partida de ladrillos que no acababan de llegar y daba instrucciones a alguien para que no se le ocurriera pagar –una minucia, cosa de veinte mil euros- a un tal Pedro Mari que debía ser el individuo que no entregaba los dichosos ladrillos.

Mientras hablaban, ambos ni se miraban pero iban haciendo casi los mismos gestos. Con la mano libre, echaron el azúcar al café y tomaron la cucharilla al mismo tiempo. Revolvieron la mezcla las mismas vueltas y sorbieron la crema que flotaba en la superficie al mismo tiempo. Aunque algún temor tenía de que se dieran cuenta de que les observara pronto me di cuenta que estaban ensimismados en sus teléfonos. Bebieron el café a la vez, lo terminaron a la vez y depositaron la taza en la bandeja simultáneamente sin siquiera mirarse. Ella seguía con la tía Antonia y él con Pedro Mari. Cinco o seis minutos después – y los calamares que no salían- otra mueca de él, que sólo yo y la dama pudimos observar, hizo que ambos se levantaran al unísono. Seguían hablando por sus teléfonos. Salieron del establecimiento caminando como dos soldados en un desfile. Juntos, marcando el mismo paso y con sus fusiles -digo, móviles- sostenidos de la misma manera por su mano izquierda.

La azafata – digo, camarera- gritó “número siete”. Eran mis calamares en una bolsa que cogí raudo. Cuando salí, vi a la pareja ya a lo lejos. Mantenían el paso y continuaban hablando por teléfono. Y es que no hay nada como compartir momentos para que una pareja se entienda.

11/11/08

El parque de las almas errantes

Hace años, cuando la vida sonreía a la mayoría de la gente, el parque se llenaba de niños que jugaban al balón y a interminables persecuciones entre ficticios policías y ladrones; de jubilados que aprovechaban el sol de otoño para convertir los bancos junto a la laguna en auténticos parlamentos de debate político; de jóvenes parejas que habiéndose saltado alguna clase de la Universidad – sobre todo la de estadística, tan insufriblemente aburrida- buscaban un recodo entre los árboles donde sólo los vencejos y los tarines pudiesen espiar su descubrirse mutuamente.

Mas todo cambió, casi de pronto. Una crisis que nadie esperaba tan virulenta, fábricas que cerraban, muchachos que debían ponerse a trabajar en un empleo mal pagado para ayudar en casa, miedo a engendrar criaturas a las que quizá no pudiera darse de comer y cielos que siempre parecían cenicientos aunque brillara el sol. El parque, entonces, se llenó de otras gentes. Hombres maduros, en la cincuentena, que no tenían ya ocupación laboral y que habían perdido la esperanza de volver a trabajar. Al principio, toda aquella legión de infelices recorrió calles y avenidas, parques industriales y empresas, solicitando empleo. Mandaron millares de cartas con espléndidos curriculums y aguantaron con sus ahorros de una vida. Eso duró poco. Las cuentas corrientes se vaciaron, los curriculums se perdieron en alguna papelera y los zapatos perdieron sus suelas de tanto caminar en pos de un futuro que no existía. El coche fue vendido, algunos cambiaron de casa, otros nunca más fueron al cine y muchos descubrieron otra vez que las patatas a la riojana eran un plato exquisito. Cuando el ánimo se extinguió, aquellos hombres sin ocupación, amilanados por la vida, se refugiaron en el parque. No deseaban ser vistos mendigando, más que pidiendo, trabajo. Detestaban los cuchicheos de sus convecinas cuando eran ellos los que iban a hacer la compra.

- Es que no le quiere nadie. Claro, a su edad.

Rehuían la mirada de una familia que necesitaba y le exigía una solución rápida e inmediata. No podían soportar la decepción de una hija que quería ser médico y ahora ya no podía, o la del mayor que había tenido que dejar Ingeniería para cargar bombonas de butano como pinche.

- Es que no buscas suficiente. No pones todo de tu parte. ¿Y si montas tu propia empresa? – les decían, cuando miles de ellas estaban en quiebra. Se les pedía una idea brillante que les aupara otra vez al mundo de los vivos.

Habían perdido su trabajo y su alma, sus ganas de vivir. El parque era su retiro. Allá, tras las frondas que antes ocultaban besos de adolescentes o chiquillos jugando, estaban a salvo de las miradas, de las críticas no dichas, del qué dirán. Se sentían protegidos entre ellos. Todos perdedores. Todos errando sin saber qué hacer. Todos, soñando con los tiempos pasados y con los tiempos futuros que pudieron ser. El parque se volvió triste y las ramas del los árboles se desnudaron para acompañar a todas las almas errantes que caminaban a su alrededor.

9/11/08

Técnicas de control de tiempo en relatos digitales



Uno de los aspectos más diferenciadores de la literatura digital (no la que se digitaliza) es el control del tiempo con independencia del usuario. En efecto, en una narración convencional, este esta soportada en papel, pantalla u otro medio, el usuario es siempre libre de elegir qué parte lee. Incluso en las entregas por capítulos, el lector puede no poder leer los capítulos aún no entregados pero sí podrá leer los pasados cómo y cuando lo desee. Desde este punto de vista, sería imposible para la literatura convencional el que el texto obligara al lector a leer cierto pasaje en un momento dado y no en ningún otro. Pero sí es posible hacerlo en literatura digital y además de manera muy sencilla. Aunque puede programarse de manera mucho más elegante, este es un Blog de literatura y no de informática, así que vamos a explicar una forma básica de hacerlo en HTML y javascript.

Basta individualizar cada texto en páginas HTML separadas. Será cuestión ahora de que esas páginas independientes sólo puedan ser accedidas en determinados momentos de tiempo. Podemos por ejemplo crear una página madre con dos marcos (frames). Uno, pequeño e invisible donde ocultemos el código javascript que cronometra el tiempo. El otro frame, el visible, será donde se muestre la siguiente página que debe visualizarse una vez pasado cierto tiempo. En el frame invisible pondremos:

<script type="text/javascript">
tiempo=60;
function cronometro(){
document.form1.cronometro1.value=tiempo;
if(tiempo<=0){clearInterval();window.location.href='siguiente_pagina.htm'}
else{tiempo--}
}
setInterval("cronometro()",1000);
</script>

<form name="form1">
<input type="text" name="cronometro1" value="" style="width:60px;height:60px;border:1px solid;font-size:40px">
</form>

En la rutina anterior, establecemos con la variable ‘tiempo’ que a los 60 segundos el programa salte automáticamente a la siguiente página (llamada aquí ‘siguiente_pagina.html’). Haga lo que haga el lector, una vez que pase ese tiempo será trasladado a otro texto. Las últimas tres líneas sólo se añaden aquí a título de ejemplo para que se vea que el tiempo pasa y que queda menos para acabar de leer el texto en curso.

El ejemplo hace saltar el texto a la siguiente página con independencia de la voluntad del usuario. Pero tiene un fallo y es que pulsando el botón derecho del ratón, el navegador permite volver hacia atrás. También que el propio navegador dispone de un botón en la barra superior que permite ir hacia atrás. Es preciso, por tanto deshabilitar tales posibilidades. Para ello podemos añadir esta rutina en el frame visible:

<HTML>
<HEAD>

<script language="javascript">

// determinamos el mensaje que aparecerá cuando el lector quiera volver atrás.

var mostrarMensaje = true;

var mensaje = "La historia está en curso. Usted no puede volver atrás. Lo que ocurrió ya es pasado. Si no lo leyó cuando ocurría ya no puede hacerlo";


function Click_anulado() {
if (mostrarMensaje) {
alert(mensaje);
}
}
// La siguiente función detecta que se ha pulsado el botón derecho y anulamos el menú de la barra del navegador.
document.onmousedown = Click_anulado;
document.oncontextmenu = new Function("return false");

</script>

</HEAD>
<BODY>


Este ejemplo funciona con Internet Explorer.

En la realidad, las cosas deben ser un poco más complicadas porque existen diversos navegadores, no todos con el mismo comportamiento ante rutinas javascript y porque pueden usarse otros sistemas como el de páginas dinámicas. Pero, lo importante es señalar que el control del tiempo es un valor importante de la literatura digital y que su uso tiene amplias posibilidades. Una contemporánea tragicomedia de Caldesa (http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/09/una-contempornea-tragedia-de-caldesa.html ) o La hermandad de los escribanos (http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/08/la-hermandad-de-los-escribanos.html), ambos de Félix Remírez son, por ejemplo, obras que hacen un usos extensivo de esta técnica. Asimismo cabe citar Zeit für die Bombe de Susan Berkenheger (http://www.berkenheger.de/)



8/11/08

Otoño

Los atardeceres se visten de otoño. Los jirones anaranjados y rosados se acompasan con el color de las últimas hojas de los árboles que pronto quedarán desnudos esperando el invierno. Todo va muriendo con la armonía de un lienzo triste. Suavemente, sin aspavientos, con la aceptación de una creación que ya ha cumplido su quehacer del verano. Me gusta, entonces, sentarme frente al sol que se acuesta sobre el horizonte. Los últimos vencejos se refugian en los arbustos y los gorriones pelean por las últimas migajas de grano. Algún caminante apresura el paso para llegar al hogar que le espera antes de que anochezca.

Tu recuerdo me llega de pronto, envuelto en los colores y la luz de la soledad que dejaste. Y me veo frente a una vida sin luz, ante un invierno largo, desnudo como los árboles que lo esperan.

6/11/08

Un paso hacia la holosala literaria

En el post Futuro lejano de la literatura digital (http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/07/futuro-lejano-de-la-literatura-digital.html ) se explicaba cómo, a largo plazo, la literatura podía encontrar en el concepto de holosala su verdadero campo de actuación. Una literatura que pasaría de ser leída a ser vivida en una especie de teatro realista interactivo. Siempre, suponiendo, que la obra fuese buena, que interesara, que emocionara porque, si no, sería como permanecer inmerso dentro de un escaparate muy bien decorado.

El hito técnico fundamental para vislumbrar tal holosala es el desarrollo de hologramas verosímiles y de gran tamaño. Ahora, la CNN (
http://edition.cnn.com/) ha dado un pasito en esa dirección con la presentación de un holograma a tamaño natural de la periodista Jessica Yelling entrevistada por el famoso Wolf Blitzer, durante el programa de seguimiento de las elecciones presidenciales de los EEUU. Blitzer se despidió del holograma como si fuese un personaje real: “Jessica, you're a terrific hologram, thank you so much.". Puede verse el show en Youtube: (http://www.youtube.com/watch?v=0SIS2ZwkWDg ).

La Jessica real se encontraba en una tienda preparada en Chicago donde numerosas cámaras de alta definición, 35 en total, la grababan desde muchos ángulos en un continuo a su alrededor. La periodista se hallaba en el centro de esa red de cámaras que transmitían al estudio de Nueva York, donde Blitzer se encontraba una imagen 3D de ella. Un potente software sincronizaba los movimientos de las cámaras en ambas ciudades de modo que siempre existiera un continuum y la perspectiva reconstruida siempre fuera correcta. Además, la imagen del holograma era vista en Chicago en una pantalla de plasma de 37” para comprobar que no fallaba nada. Se precisaron 37 ordenadores de alta potencia para procesar los datos en tiempo real.

Sin duda, es sólo un pequeño paso que sobre todo buscaba impactar con algo nuevo. En el holograma era visible aún halo alrededor de la figura y, sobre todo, era un holograma “copiado” de una persona real, no creado puramente mediante software 3D. Y tampoco había ninguna interacción real del holograma ya que la auténtica interacción se daba porque la periodista veía al periodista a través de una TV convencional. Si, sólo para esto, se precisó tal potencia de cálculo, puede uno imaginar la que será precisa para una auténtica holosala. Otros avances en ingeniería de telepresencia son los de la compañía CISCO (
http://www.cisco.com/ ). Al respecto puede echarse una ojeada a http://www.youtube.com/watch?v=YQnffi6tN0g

Pues bien, todo esto aún puede considerarse fácil (finalmente, estoy seguro que la ingeniería lo logrará. Sólo es cuestión de tiempo y dinero) comparando con la dificultad de crear una novela holosálica que compita con las grandes novelas en soporte convencional. Sería horrible haber conseguido, desde un punto de vista técnico, la auténtica TV 3D y tener que soportar los mismos programas de hoy en día. Horror en 3D.


5/11/08

Del Amor y otros demonios

Cuando uno lee – relee en este caso - Del Amor y otros demonios (Mondadori, 1994) de Gabriel García Márquez, sólo le viene a la cabeza una pregunta. ¿cómo es posible escribir tan bien? Porque en esta novela, casi lo de menos es la historia que, en manos de otro, incluso podría resultar aburrida por repetida (finalmente es una tanta de esas historias de amor en que la protagonista muere a causa del mismo). Pero en la pluma de García Márquez cada párrafo es un tesoro literario, un conjunto de palabras que – casi cuenten lo que cuenten- resultan bellas. Una lengua que fluye rica y brillante, que sorprende casi a cada palabra, que nos llena la mente de imágenes nuevas, de anhelos, de hermosas metáforas, de sueños hechos realidad. Es una literatura llena de fantasía pero contada de manera tan verosímil que uno piensa que ese mundo de ensoñación es suyo desde siempre.

Es un libro breve, sí, pero se hace aún más breve por el deleite que produce. Y eso no significa que sea fácil de leer. Al contrario, uno gusta de releer párrafos enteros para descubrir las esquinas y los recovecos de cada sentencia que, siempre, tienen algo nuevo. Por eso, ahora que la he vuelto a leer, me ha parecido tan nueva y sugerente como el primer día.

Puntos de vista

Puntos de Vista
(
http://www.unav.es/digilab/proyectosenl/2002/puntosdevista/ ) de Libe Otegui y Andrés Salaberri, es una obra digital creada como proyecto académico que narra los puntos de vista de ocho personajes de un barrio marginal. Es una aplicación sencilla que combina algunas fotos con textos cortos pero que, al menos, desde el punto de vista literario intenta esbozar un retrato sicológico muy breve de cada personaje. Un ejercicio de entrenamiento en escribir digitalmente.