14/9/26

El origen de los lenguajes es algo distinto a la evolución de los mismos

 



El artículo Reclaiming origins, reframing evolution: Language origin is distinct from language evolution, de Adriano R. Lameira, de la Universidad de Warwick, aborda uno de los debates más persistentes de la ciencia evolutiva: cuál es cómo surgió la capacidad generativa del lenguaje humano, es decir, la posibilidad de construir mensajes infinitos a partir de un número finito de elementos. El autor identifica dos escuelas enfrentadas. La primera, computacional/mecanicista, se centra en descubrir qué operación neuronal interna produce la generatividad, y suele concluir que esta capacidad no pudo evolucionar gradualmente porque un mecanismo generativo funciona de manera completa o no funciona en absoluto; por tanto, propone que el lenguaje surgió de una mutación única y azarosa que lo activó de golpe en una sola generación. La segunda escuela, funcional/ecológica, explica el lenguaje como resultado de presiones evolutivas graduales ligadas a factores como la sociabilidad, la cooperación, el bipedismo o la teoría de la mente, pero rara vez logra describir con precisión cómo habrían sido las formas precursoras o intermedias del lenguaje antes de alcanzar su forma plena.

Lameira sostiene que ambas posturas comparten un error de fondo: intentan reconstruir el origen del lenguaje retrospectivamente, tomando como referencia sus formas y funciones modernas, lo cual resulta lógicamente inviable, ya que las causas de la aparición de un rasgo deben buscarse antes de su existencia, no después. Además, ambas tratan el problema como si fuera unidimensional, reduciéndolo a "conseguir suficiente de una operación A o B" o "alcanzar cierto umbral de un factor X o Y", cuando en realidad se trata de fenómenos multidimensionales.

Para resolver esta aparente paradoja del origen —según la cual un rasgo con función cero no podría ser seleccionado naturalmente porque no aporta ninguna ventaja de partida— el autor recurre al concepto de exaptación, es decir, la reutilización evolutiva de un rasgo ya existente para cumplir una función distinta a la original. El ejemplo clásico es el de las plumas, que en los dinosaurios no voladores surgieron primero como regulación térmica y sólo después, al aumentar de tamaño, permitieron planeos breves que acabaron derivando en el vuelo. De manera análoga, el precursor del lenguaje debió de existir ya en el repertorio conductual de los homínidos ancestrales, cumpliendo originalmente una función distinta de la comunicación generativa, razón por la cual sus formas incipientes no se parecerían necesariamente a lo que hoy reconocemos como lenguaje.

El autor insiste en que el estudio del origen del lenguaje debe centrarse exclusivamente en la biología y el comportamiento de los homínidos, ya que la generatividad lingüística es un fenómeno exclusivo de este linaje. Critica que ambas escuelas hayan descuidado la evidencia proveniente de los grandes simios actuales —orangutanes, gorilas, chimpancés y bonobos—, que constituyen la única ventana empírica disponible hacia el sustrato conductual ancestral, dado que no existen registros fósiles de sonidos o señales. Cita investigaciones recientes que muestran que chimpancés y bonobos combinan llamadas siguiendo reglas estructurales, y que los orangutanes de Sumatra y Borneo producen jerarquías vocales complejas, todo ello utilizando dos categorías básicas de sonidos —similares a consonantes y vocales— que son los elementos universales sobre los que se construye el lenguaje humano. Esto sugiere una continuidad evolutiva significativa que merece mayor atención.

A partir de esta base, Lameira propone un nuevo marco de investigación centrado en la pregunta de para qué serviría un repertorio comunicativo ilimitado. Su hipótesis es que la generatividad evolucionó como respuesta a la necesidad de representar mentalmente realidades desplazadas en el tiempo y el espacio —recordar el pasado, anticipar el futuro, imaginar escenarios no presentes—, una capacidad especialmente útil en entornos ecológicos complejos, variables e impredecibles. En ecosistemas simples y estables, donde el presente se parece al pasado y al futuro, no habría presión selectiva para desarrollar sistemas comunicativos abiertos; en cambio, en entornos con alta heterogeneidad estructural, variabilidad estacional, diversidad de recursos y redes sociales cambiantes, los individuos capaces de proyectar mentalmente múltiples realidades posibles tendrían una clara ventaja adaptativa.

Basándose en esta lógica, el autor propone construir "mapas de calor" o zonas Goldilocks —por analogía con la búsqueda de planetas habitables— que permitan identificar qué combinaciones de biología, ecología y comportamiento habrían sido óptimas para el surgimiento del lenguaje. Entre los factores que aumentarían esa probabilidad se encuentran: hábitats arbóreos o mosaicos ecológicos, dietas omnívoras, tamaño corporal mediano con movilidad intermedia, apéndices prensiles y uso de herramientas, longevidad y estructuras sociales fluidas o de fisión-fusión. Este marco es explícitamente probabilístico y no determinista: no implica que el lenguaje deba surgir necesariamente en cualquier linaje que reúna estas condiciones, del mismo modo que existen planetas dentro de "zonas habitables" que, sin embargo, no albergan vida.

En sus conclusiones, Lameira defiende que la investigación futura debe distinguir con claridad entre la fase previa al origen del lenguaje —donde residen las verdaderas causas evolutivas— y la fase posterior, marcada por la selección sobre un rasgo ya generativo. Sostiene que la reconstrucción evolutiva debe avanzar "hacia adelante", desde estados ancestrales verificables, y no "hacia atrás" desde las formas modernas del lenguaje, que por definición no permiten inferir las condiciones anteriores a su propio origen. El marco multidimensional propuesto pretende, finalmente, ofrecer una vía empírica y contrastable para determinar si el lenguaje pudo haber sido, en principio, una solución evolutiva accesible también a otras especies, y no un fenómeno exclusivamente humano e irrepetible.

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