15/8/08

La princesa de hielo

La princesa de hielo (Maeva, 2007), de la escritora sueca Camila Lackbërg es una novela negra en la que una escritora y su novio policía deben investigar un asesinato (que parece un suicidio) de una chica a la antigua usanza, es decir, preguntando, interrogando y atando cabos. Nada que ver con los investigadores repletos de medios científicos y técnicos que alumbran pistas completas de un pelo hallado en el lugar de los hechos.

Lackbërg aprovecha la trama para describir la vida sueca actual, la vida de sus pequeñas ciudades y las relaciones interpersonales. En ocasiones, no obstante, parece que la autora quisiera meter demasiado en poco terreno ya que en un escenario tan pequeño como el pueblito de Fjällbacka hay asesinatos, violencia de género y pederastas. Probablemente, algunas de las tramas secundarias sobrarían.

La autora profundiza notablemente en la piscología de los personajes lo que, unido al detallismo que en ocasiones presenta y al desarrollo pausado del argumento, hace que se vuelva algo lenta en algunos capítulos pero nunca pierde el interés. En cualquier caso, no es una mera obra de entretenimiento y tiene valores literarios indiscutibles. En algunos tramos es de una sensibilidad y lirimos notables. El final puede intuirse pero está bien planteado y el enigma se mantiene hasta casi el final.




Castillos de arena

Quintín recordaba los veranos en la playa. Eso le daba fuerzas. Su médico le había recomendado que tuviese pensamientos positivos como el mejor remedio para superar la enfermedad y él, obediente, se esforzaba en cumplir con los consejos. Tras hurgar pacientemente entre los cachivaches que se almacenaban en el desván de su memoria, había concluido que lo que más le animaba era recordar los meses que pasaba con su abuelo en la costa.

Eran tiempos de penuria y para un niño de once o doce años, que eran los que él tenía por entonces, el poder veranear en la playa era una especie de regalo imprevisto e inmerecido. La casa, pequeña, era a la vez morada y almacén de aperos de pesca ya que el abuelo Amadeo salía cada tarde en su botecito de remos con su dos cañas y su red. Un par de horas pacientes le servían tanto para asegurarse la cena como para pensar y repensar sus memorias que eran cada vez más preciadas desde que la abuela se marchó. Un sombrero de paja no bastaba para proteger su rostro del persistente cincelado del sol. Quintín siempre se asombró de las arrugas que, a modo de valles y caminos profundos, pintaban el rostro de su abuelo y muchas veces llegó a preguntarle si le dolían aquellas heridas mientras Amadeo reía de buena gana con la ocurrencia.

Los días de verano siempre eran felices. Por la mañana, para cuando Quintín se desperezaba entre las sabanas del camastro, su abuelo había ya preparado el desayuno y un aroma a café con leche lo impregnaba todo. El aseo diario se hacía en el mar con un chapuzón al que, de tanto en cuanto, el viejo obligaba a aderezar con una pastilla de jabón blanco y duro que a Quintín siempre le recordaba a un ladrillo de los que veía tirados por las obras. Luego, caminaban hasta el pueblo. Unos días para comprar algo de comida. Los más simplemente para que Amadeo pudiera jugar a los naipes con sus amigos de siempre. Allá aprendió Quintín, con sólo observar en silencio, sus innegables dotes en el mus y el tute que le habían acompañado toda su vida. Aprendió también el valor de la convivencia, de las risas entre amigos y del vasito de vino vaciado con lentos sorbitos.

Cuando regresaban, el abuelo prendía un fuego sobre un lecho de piedras y maderos y allá, con la brisa del mar haciendo revolotear millares de briznas encendidas, asaba uno de los peces que había pescado la tarde anterior. A Quintín siempre le pareció delicioso todo lo que asaban en verano. Amadeo hacía girar la pieza ensartada en un palo con suavidad, a la distancia justa para que estuviera delicioso. Muchos inviernos, su madre se desesperaba cuando –ya en la ciudad- no quería comerse el pescado que le servía. Era entonces cuando ella le amenazaba con mandarle todo el año a la casa de la playa, lo cual a Quintín le parecía más un regalo que un castigo. Y es que los peces del verano eran muy diferentes, no venían envueltos en viejos papeles de periódico y olían a salitre y a viento de mar.

Las tardes eran lo mejor. Ambos iban al extremo sur de la playa donde la arena era más fina. Se acercaban a la orilla, donde la marea había dejado la suficiente humedad para que la arena pudiera modelarse. Y allá, cada tarde, y todas las tardes con formas distintas, Amadeo y Quintín construían castillos. Su abuelo era un experto arquitecto de castillos en la playa. Al igual que otros tienen destreza pintando o cantando, Amadeo estaba dotado de unos dedos hábiles en manejar la arena. De joven, contaban, había incluso participado en un concurso de figuras de arena en Laredo. Ya no esculpía estatuas humanas pero seguía siendo un artista creando castillos. Unos tenían torres almenadas. Otros, grutas y pasadizos que tenían que ser creados con mucho cuidado porque al más mínimo error, caían derrumbados. Algunos tenían una bóveda oculta en la que el niño metía un pequeño tesoro. Los más grandes tenían paredes elevadas y se erguían sobre una montaña repleta de pequeños arbolillos hechos también de arena. Quintín siempre hacía un foso alrededor del palacio y con una pequeña lata de sardinas iba pacientemente trayendo agua desde el mar y llenándolo para que los enemigos imaginarios de sus juegos nunca pudieran cruzarlo. Las tardes en que sabían que la marea subiría pronto, cavaban un canal desde la orilla hasta el castillo y eran las olas crecientes las que llenaban de agua los pozos y los riachuelos que antes habían labrado en la arena. Esos días, a Quintín le gustaba formar un muro alto, casi tan alto como él, por delante del castillo. Poco a poco, la mar iba ganando terreno. Las olas besaban suavemente al principio el malecón. Después, lo batían violentamente y finalmente siempre vencían y arrasaban el castillo con una fuerza descomunal. En la carita de Quintín podía verse un mohín de tristeza y desilusión cuando el esfuerzo de toda la tarde quedaba sepultado bajo el océano. Era entonces, cuando su abuelo le decía:

- No te preocupes, chico. Los castillos siempre pueden volver a construirse. Cada vez que nos derrumban uno, siempre hay otra tarde donde volver a construir otro.
Esas palabras de su abuelo le ayudaban cada tarde a pelear contra la enfermedad que le consumía.





12/8/08

Evanescencia de la literatura digital

La literatura está ligada a su persistencia. A la memoria. A la relectura.

Desde el principio de los tiempos, el hombre que ha creado un relato, ha deseado que este perdure en el tiempo, que pueda ser escuchado o leído una y otra vez, incluso mucho más allá de cuando el propio autor haya dejado esta tierra. Y esta necesidad de pervivir se ha dado siempre, bien sea en narraciones orales que se aprendían de memoria y se repetían de generación en generación o, una vez inventada la escritura, en cualquier medio que la tecnología del momento pusiera a disposición del escritor: piedra, papiro, pergamino o papel.

La voluntad de futuro, esa voluntad de aferrarse al recuerdo, ha sido sin duda sumamente exitosa como lo prueba el hecho de que somos capaces de leer los jeroglíficos egipcios trazados en las paredes de los templos y obeliscos, que podemos admirar los petroglifos de muchas culturas, leer la piedra de Roseta o maravillarnos con los manuscritos que los monjes medievales decoraban con vivísimos dibujos en pergaminos.

Aunque no es imposible que existan personas que simplemente aspiren a crear sus obras literarias para un momento determinado (y probablemente podríamos encontrar algún ejemplo de poeta callejero o bardo que así lo deseara, amén de bastante “blogistas”), parece indudable que la gran mayoría de los autores literarios aspira a perdurar en el tiempo. Podríamos aquí traer a colación los versos de Machado:

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisierami verso, como deja el capitán su espada:famosa por la mano viril que la blandiera,no por el docto oficio del forjador preciada.
Y al cabo, nada os debo;
debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
La literatura digital, en cuanto que literatura, aspira a idéntico fin. Los escritores de literatura digital buscan, como los demás, que sus obras queden para el futuro, que otras generaciones las admiren, que las estudien, que – esto ya dependiendo del ego de cada uno- el propio escritor sea valorado entusiásticamente a lo largo del tiempo.

¿Es esto posible con la literatura digital? ¿o, por naturaleza, es evanescente?

Primero, deberíamos analizar los medios avanzados utilizados para registrar la literatura en la actualidad, bien sea para almacenar literatura propiamente digital o bien lo sea para grabar la convencional. Básicamente, hoy por hoy, estos sistemas son binarios y se basan en marcar, magnética, eléctrica o lumínicamente, señales en un sustrato determinado. En cinta o disco magnético, la base es una película ferrítica que permite la magnetización de ciertas zonas. En un CDROM o un DVD las marcas se realizan por medio de un láser que quema ciertas áreas del sustrato. En los discos tipo RAM/ROM/EPROM, etc (como, por ejemplo, las memorias que todos usamos en las cámaras digitales o en los discos USB tan comunes) estas marcas se registran mediante dispositivos semiconductores.

Para empezar, hay que decir que todos estos sistemas son mucho menos fiables que el papel o la piedra. Desde este punto de vista, la humanidad ha ido retrocediendo en seguridad a costa de lograr profusión, rapidez y flexibilidad. Pero es evidente que será difícil que podamos leer un registro actual dentro de 3000 años con la misma sencillez que podemos leer una piedra egipcia si conocemos el idioma. El papel presenta más riesgos (entre los que el fuego es el más importante) pero estudios realizados indican que un texto escrito sobre este medio puede aguantar correctamente de dos mil a tres mil años.

No es el caso de los dispositivos modernos. Un disco grabado mediante dispositivos láser quizá no aguante más de trescientos años y puede deteriorarse mucho más rápidamente si está expuesto al sol o al calor. Basta leer las recomendaciones de seguridad que los fabricantes de discos indican en las cajas. Indicaciones que no necesitaban los escribas egipcios ni los escultores hititas que cincelaban historias en las paredes y que, normalmente, no son tampoco necesitadas por los fabricantes de papel.

Pero, amén de estos riesgos, los elementos digitales son frágiles, críticamente frágiles, ante muchos otros eventos. Un rasguño en papel no implica ningún problema significativo en un libro clásico mientras que ese mismo rasguño puede dañar para siempre un DVD o un CDROM. Si acercamos un imán a un obelisco o a una novela impresa, no ocurre nada. Pero un disco semiconductor, un floppy o un disco magnético quedan borrados inmediatamente. Si dejamos un libro al sol, quizá pierda coloración. Un medio digital quedará inutilizado para su posterior lectura.

Eliminar la literatura en papel supone un esfuerzo ímprobo. Gracias a ello, los millones de tiranos que el mundo ha visto no han logrado acabar con ella. Las quemas de libros son siempre locales porque es imposible crear un incendio universal que los elimine todos. Pero bastaría una detonación nuclear de cierta potencia en la atmósfera para que el pulso electromagnético generado borrara e inutilizara casi todos los medios electrónicos modernos. Sin llegar a tanto, basta cortar el suministro eléctrico para que nada pueda ser leído.

Y, si todo ello no fuera poco, los propios humanos nos encargamos de que esta fragilidad digital sea aún mayor. La carrera tecnológica y comercial obliga a que los sistemas de almacenamiento y creación cambien cada muy pocos años. Imaginemos un autor que hubiera creado su obra en un procesador de textos corriendo en D.O.S. y grabado en un floppy o en casette. Sería realmente complicado que el usuario medio pudiera leer tal obra hoy en día, bien se tratara de un trabajo digital o de uno convencional almacenado digitalmente. Y esa carrera alocada en la que cada año cambia el sistema operativo, el procesador de textos, la codificación, etc. continua, lo que obliga a una cascada- siempre llena de fallas- de compatibilidad hacia atrás que a los pocos años queda finalmente rota.

Creo que lo expuesto es suficiente para mostrar bien a las claras la evanescencia potencial de los recursos digitales sobre los que se basa la literatura digital. La forma de compensar este enorme problema es acudir a la repetición sin fin. Cada obra está copiada y recopiada tantas veces que, cabe esperar, que alguna se salvará. Pretensión bastante ingenua ante un pulso electromagnético como el anteriormente citado.

Pero es que, además, mucha de la literatura digital se crea – e incluso se defiende que es su medio natural- para la red. Una novela digital, por ejemplo, puede tener numerosas llamadas a otras páginas de la red para aprovechar las características únicas de la misma. Puede, asimismo, mostrar imágenes o hacer sonar músicas que estarán codificados en un determinado formato (como el TIFF o el JPG para imágenes, el WAV para sonidos o el MPEG 4 para una película). Puede utilizar ciertos recursos para permitir la interactividad o la navegación o crear un interface interesante (por ejemplo, rutinas javascript, o flash o cualquier otro tipo de programación). Y, al estar destinada a la red, y estar pensada para ser leída en red, ha de volcarse en algún servidor que, en casi el 100% de los casos, no pertenece al autor sino a un proveedor que a cambio de un cierto dinero mensual, permite al escritor almacenar su obra en sus ordenadores para que sea accesible a los lectores.

Pero todos estos medios, hardware y software, son evanescentes por naturaleza. Los formatos cambian cada muy pocos años. Los formatos gráficos de imágenes que se usaban en los primeros ordenadores personales que llegamos a usar algunos, tipo Amstrad o Commodore, ya no existen. Los formatos sonoros proliferan. En vídeo, ya estamos en el MPEG4 y nada indica que no vaya a haber un MPEG5. Las rutinas javascript funcionan en unos navegadores pero no en otros (e incluso los creadores de dichos navegadores se encargan de hacerlos incompatibles para vencer en su particular guerra comercial). Los programas más usados hace unos años ya no existen y los que ahora existen no existirán dentro de unos años o estarán un una versión tan alejada de la actual que las hará prácticamente incompatibles (como los habituales problemas que todos tenemos al intentar ejecutar programas antiguos en las versiones modernas de Windows). La guerra MAC – PC sigue sin resolverse. El código HTML varía continuamente y los navegadores no lo interpretan de manera estándar.

Y las empresas que proveen alojamiento digital se crean y destruyen continuamente dejando a los usuarios (escritores) huérfanos de tanto en cuanto ya que la migración de uno a otro nunca es fácil. Y, por supuesto, el día que dejamos de pagar el servicio, la obra desaparece. Al contrario que en los versos de Machado que citábamos al inicio, nadie nos debe nada por nuestras palabras escritas. Al revés, debemos buenas cantidades para que nos las alojen en un servidor.

Cada día podemos ver muchas obras digitales en red que dejan de funcionar, o cuyos enlaces están rotos porque los servidores ya no existen o los autores de los vínculos los han eliminado. Obras que tienen imágenes almacenadas en formatos que no son leídos correctamente por el navegador (por ejemplo, la transparencia del formato PNG no es bien interpretada en el Explorer) o que necesitan ejecutar rutinas de contenido activo que el usuario ha deshabilitado por seguridad.

En definitiva, una obra de literatura digital – sobre todo la pensada para la red- presenta una evanescencia muy notable. Probablemente, los blogs aceptan esta evanescencia y no aspiran a perdurar más allá de un mes como lo prueba el hecho de que muy pocos lectores que llegan a un blog que no conocen navegan hacia atrás en las “entradas antiguas”. Pero también es discutible el considerar a un blog como literatura digital. Y, muy probablemente, cualquier autor que se considere tal, busca mas persistencia que la del blog diario (de hecho, muchos creadores de blogs han acabado publicando parte de sus entradas en papel) de la misma manera que un escritor tradicional busque perdurar más allá de la creación epistolar que cruce con su familia.

¿Y puede tener la literatura- cualquier literatura- vocación de evanescencia? Mi posición es que no y que esta evanescencia es su talón de Aquiles. ¿Si Cervantes hubiera escrito su Quijote en CDROM o Shakespeare hubiera publicado sus sonetos en una hipotética red del siglo XVII…. sabríamos de ellos hoy? ¿Serían los genios literarios que son y podríamos disfrutar y emocionarnos con su obra? Me temo que no.

La playa desierta

La borrasca, que muchas millas al oeste azota el océano, llega hasta la costa sólo como un persistente viento que levanta olas continuas y pinta el cielo con nubarrones cenicientos. La arena reposa inquieta a lo largo de casi cuatro kilómetros. Para llegar a la playa hay, primero, que saltar unas rocas quebradas que la protegen de la civilización. En uno de sus lados, permanecen yertas, golpeadas por el mar, sus paredes calcáreas. En el otro, la vida pulula en cada recoveco y en cada arruga de los estratos. Miles de caracolas y de pequeños moluscos se aprietan contra la roca; algas y musgo dibujan intrincados diseños de tonos verdes y ocres y algún cangrejo despistado se esconde en su guarida pétrea cuando siente la presencia de un extraño.

La vista se deleita en la enorme extensión calma que se extiende hacia adelante. A la izquierda, insistentes, grandes olas, verdes y azules, coronadas por gigantes de espuma arriban una tras otra y se desploman contra la costa. Cuando golpean la orilla, la tierra enfadada las devuelve hacia el océano y, al choque de las que llegan y las que retornan, se forman velocísimas cabelleras de agua que, simulando surfistas acuosos, se deslizan de este a oeste como si fueran estrellas fugaces que volaran sobre el mar. Más allá, un grupo de gaviotas reposan tumbadas en la arena. Lo que, a lo lejos, es una mancha blanca y gris, se va resolviendo en cientos de aves que juguetean las unas con las otras, a medida que nos acercamos. De pronto, las vigías que están volando mucho más arriba y que pasan desapercibidas al caminante, graznan dando la voz de alarma. Súbitamente, todas corretean por unos segundos, extienden sus alas y huyen del intruso echando a volar casi simultáneamente. El cielo se cubre con una masa ruidosa e inquieta que se abalanza contra el caminante. Uno, de pronto, se ve protagonista de la película de Hitchcock y teme que aquellos miles de aleteos vigorosos se conjunten en un ataque coordinado. Pero las gaviotas, hábiles en el vuelo, se elevan justo a tiempo y se adentran en el mar donde giran y giran hasta que nadie vuelve a haber en tierra y regresan a su descanso vespertino.

El viento, cada vez más fuerte, arrastra arena seca ligera sobre la húmeda y apelmazada por el mar. Dibuja caminos y serpientes con complejos diseños hasta que una gran roca, que asoma huérfana en medio de la playa, la detiene y a barlovento se crea una duna dorada. Las olas dejan colinas de espuma que se rompen en miles de burbujitas que titilan y explotan en laberintos de marfil pintados sobre el verde del mar.

Sin aviso, tu imagen me viene entonces al recuerdo y lo eclipsa todo. Y deseo con toda mi alma que estés aquí para sentir el viento lleno de gotitas de mar.

8/8/08

Don Juan en la frontera del espíritu

Una webnovela es aquella que sólo puede leerse en la red Internet. Esta simple definición no implica ningún concepto digital avanzado ya que una novela lineal tradicional que, simplemente, no se publicara en papel y sólo fuera accesible a través de la web ya cumpliría con este requisito. Bastaría, por ejemplo, con impedir, por software, su descarga o su impresión para que, forzosamente, sólo pudiera leerse en red.

Los conceptos que habitualmente se unen a la literatura digital como interactividad, hipertexto, componentes multimedia o alinealidad no tienen porqué estar presentes. Si el texto es bueno, realmente el soporte sería casi indiferente. Ciertamente, puede argüirse correctamente que esos conceptos no implican que se trate de literatura digital. Como mucho, podría hablarse de digitalidad pero podría ser no literatura o mala literatura.

No es el caso de Don Juan en la frontera del espíritu, de Juan José Díez (
http://www.prodigia.com/clientes/webnovela/nueva/principal.htm) , porque se trata de una novela muy correcta que narra la vida y peripecias del escritor Juan Valera como embajador en Washington. Independientemente de que esté en red o no, es un buen texto en sí mismo.

Además, el autor aprovecha las ventajas del medio digital para añadir elementos que sí son genuinamente digitales como los vínculos a imágenes , sonidos, hiperenlaces a otras partes de la web o una cierta alinealidad con tramas ocultas que pueden aparecer sólo cuando se salta a un vínculo. Son, sin embargo, objetos o tramas anexas que no afectan significativamente al relato principal y, por ello, considero que la novela puede considerarse convencionalmente lineal (lo que, en absoluto, debe ser tomado en sentido peyorativo), aunque su visión o lectura enriquece la experiencia notablemente.
Los hiperenlaces a otras partes de la web amplían la historia con datos reales contextuales (pueden verse algunas reflexiones de este tipo de combinaciones en http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/06/ficcin-y-no-ficcin-combinadas.html).
La interface es exquisita, con un diseño que acerca al lector a la lectura.

El propio autor, Juan José Díez, ha publicado en red un ensayo de obligada lectura (
http://www.cibersociedad.net/congres2006/gts/comunicacio.php?id=556&llengua=en).

Una gran obra digital.

Speeches and Poemas



Speeches and Poemas (Félix Remírez, 2006) es un poemario digital bilingüe dividido en cinco partes. En la primera, Versos en la arena, se aprovechan las posibilidades multimedia digitales para combinar una serie de sonetos y poemas con el sonido y la visión de las olas muriendo en la arena. En la segunda, Raining thoughts, el lector debe interactuar con una tormenta para extraer de sus nubes frases y pensamientos, todo ello entre el sonido ambiente de una tormenta. La tercera parte, From my lips, es una crítica a la escritura digital automática que crea textos correctos gramaticalmente pero sin ningún sentido real. Aquí, el ordenador toma el control e incansablemente crea textos.

La cuarta parte, Image and Works, combina imágenes en movimiento con versos inspirados en cada una de las imágenes. En inglés y castellano, el lector interacciona con las imágenes intentando elegir aquella que le sea más sugestiva. Por fin, La luz de la palabra, obliga al lector a ir descubriendo cada poema poco a poco, como si los leyera a la luz de un candil. La obra utiliza bastantes recursos Javascript. Todas las partes añaden música.

La obra es digital porque sería imposible leerla- del modo en que está creada- sin ordenador.

Funciona para PC en Edge y Chrome.

La versión original estuvo programada en Flash CS5 pero la nueva versión del 2020 es para HTML5/CSS/javascript.

7/8/08

Espen J. Aarseth

El noruego Espen J. Aarseth (1965) es una de las figuras prominentes actuales en cuanto a reflexionar sobre literatura digital y video juegos narrativos se refiere. Su web page (http://www.hf.uib.no/hi/espen/ ) – aunque ya no actualizada- es un buen lugar para profundizar de manera inteligente en las posibilidades, pero también en las limitaciones, de la literatura digital. Actualmente desarrolla su trabajo en la Universidad de Copenague.

Aarseth es el creador del concepto de literatura ergódica, o aquella que requiere un esfuerzo notable para ser leída por parte del lector. Es un estudioso notable de los juegos y de su interpretación ontológica. Defiende que, en general, los juegos son sólo eso y no una nueva forma de literatura narrativa (postura con la que estoy de acuerdo. Ver al respecto http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/07/son-los-juegos-literatura-digital.html). Es cofundador de Game Studies (
http://gamestudies.org/0701), otro sitio de alto interés para profundizar en la narrativa y concepción de los juegos.

5/8/08

Hipertexts



Hipertexts (http://www.adrienneeisen.com/) de Adrienne Eisen es un conjunto de cinco hiper-relatos. Una versión de la obra ha sido también publicada en papel bajo el título de Making Scenes.

Los relatos son similares en cuanto a su concepción. Se trata de breves textos al final de cada uno de los cuales hay varias opciones entre las que el lector puede elegir. Dependiendo de la elección, se salta a otro breve texto que, a su vez, presenta varias ramificaciones. Los títulos de cada parte son Six Sex Scenes, The Interview, Winter Breaks, What fits y Considering a baby, los cuales son un camino temporal por el que transita la protagonist principal. Esta última, por ejemplo, muestra diversos aspectos del embarazo mes a mes. A medida que este progresa el lector puede elegir leer uno u otro aspecto de la vida de una embarazada o las sensaciones que va experimentado la futura madre. Así, el hiper-relato se convierte también en una guía didáctica. En Six Sex Scenes, paseamos por las angustias y tribulaciones entre amantes, basculando entre el amor y el odio.

Los textos exploran las reacciones más comunes de la sociedad americana con mucho humor en ocasiones y todo ello no exento de crítica a valores, convencionalismos y modas. Un mundo en el que las cosas casi nunca salen como uno se las propone. No obstante, sus relatos son mejor entendidos para un ciudadano americano mientras que en Europa pueden parecer algo lejanos en ocasiones. El uso del hipertexto obliga sin embargo a tener algo de suerte para seguir un camino que haga la historia interesante (el eterno problema del hipertexto. Ver, por ejemplo
http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/07/es-el-hipertexto-una-bendicin-o-un.html).En muchas ocasiones, si no, podemos perder el interés al poco rato.

Curiosamente, la versión en papel (condensada en cuatro partes con títulos diferentes) tuvo mejor aceptación ya que no tiene un discurso hipertextual sino que se convierte en una novela lineal, con un discurso hilado interesante.



La tarde dorada

Por la tarde, los campos se cubren de oro. El sol, cansado de vagar por el cielo, está a punto de acostarse sobre el horizonte y ya viste su pijama de rosas y amarillos. En la tierra, los labriegos han llevado la mies a los silos y la broza reposa abandonada, desestimada, desechada sobre la campiña. Los vencejos se apresuran a buscar sus nidos. La brisa del atardecer forma remolinos de polvo en los caminos. Un Venus resplandeciente asoma solitario sobre las colinas esperando que vengan las estrellas a acompañarle.

Es entonces cuando se produce el milagro. Al último calor de los rayos de la tarde, un arco iris se deposita sobre los rastrojos, súbitamente iluminándolos con un fulgor que transforma los simples despojos en polvo dorado, en una miríada de candiles titilantes, en un cometa leonado. La gloria dura unos instantes. El mundo se detiene y los caminantes que, cansinos, se dirigen a sus hogares se demoran unos minutos para deleitarse con la escena. El trigo recogido tiene, entonces, celos del bálago y la hojarasca.

3/8/08

Premios Dardo 2008

Gracias a Vanessa Martínez (podéis leer sus interesantes posts en http://andarconcienojos.blogspot.com/) por ponerme inmerecidamente entre sus galardonados del Premio Dardo 2008. Muchas gracias de verdad.

El motto del premio es:

"Este premio reconoce los valores que cada blogger muestra cada día en su empeño por transmitir valores culturales, éticos, literarios, personales, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a través de su pensamiento vivo, que está y permanece innato entre sus letras, entre sus palabras rotas".

Palabras que enaltecen mi blog mucho más de lo que realmente es y se merece. Más gracias aún por ello.

Una de las condiciones del premio, además de mostrar el logo y vincular a quien te ha elegido, es elegir otros diez sitios a los que yo les daría el mismo premio. Habría muchos más de diez pero como hay que elegir, siempre injustamente, propongo estos:
http://www.jfsebastiandiario.blogspot.com/
http://www.aviondepapel.com/


Vacaciones

Las trompetas de la propaganda
me obligan a tomar vacaciones.
¿Vacaciones de qué? ¿Por qué? ¿Para qué?


No estás este verano conmigo
y no necesito descansar
de tu recuerdo,
de la angustia de no tenerte más,
de tu tacto difuminado en la distancia.



Atrás quedaron
    los días de playa donde el sol se sorprendía de los reflejos
      que en tu piel creaba;
        los paseos en que dibujábamos corazones en la arena;
          las noches entregadas.


No quiero vacaciones.
Sin ti, no quiero nada.