La literatura está ligada a su persistencia. A la memoria. A la relectura.
Desde el principio de los tiempos, el hombre que ha creado un relato, ha deseado que este perdure en el tiempo, que pueda ser escuchado o leído una y otra vez, incluso mucho más allá de cuando el propio autor haya dejado esta tierra. Y esta necesidad de pervivir se ha dado siempre, bien sea en narraciones orales que se aprendían de memoria y se repetían de generación en generación o, una vez inventada la escritura, en cualquier medio que la tecnología del momento pusiera a disposición del escritor: piedra, papiro, pergamino o papel.
La voluntad de futuro, esa voluntad de aferrarse al recuerdo, ha sido sin duda sumamente exitosa como lo prueba el hecho de que somos capaces de leer los jeroglíficos egipcios trazados en las paredes de los templos y obeliscos, que podemos admirar los petroglifos de muchas culturas, leer la piedra de Roseta o maravillarnos con los manuscritos que los monjes medievales decoraban con vivísimos dibujos en pergaminos.
Aunque no es imposible que existan personas que simplemente aspiren a crear sus obras literarias para un momento determinado (y probablemente podríamos encontrar algún ejemplo de poeta callejero o bardo que así lo deseara, amén de bastante “blogistas”), parece indudable que la gran mayoría de los autores literarios aspira a perdurar en el tiempo. Podríamos aquí traer a colación los versos de Machado:
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisierami verso, como deja el capitán su espada:famosa por la mano viril que la blandiera,no por el docto oficio del forjador preciada.
Y al cabo, nada os debo;
debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
La literatura digital, en cuanto que literatura, aspira a idéntico fin. Los escritores de literatura digital buscan, como los demás, que sus obras queden para el futuro, que otras generaciones las admiren, que las estudien, que – esto ya dependiendo del ego de cada uno- el propio escritor sea valorado entusiásticamente a lo largo del tiempo.
¿Es esto posible con la literatura digital? ¿o, por naturaleza, es evanescente?
Primero, deberíamos analizar los medios avanzados utilizados para registrar la literatura en la actualidad, bien sea para almacenar literatura propiamente digital o bien lo sea para grabar la convencional. Básicamente, hoy por hoy, estos sistemas son binarios y se basan en marcar, magnética, eléctrica o lumínicamente, señales en un sustrato determinado. En cinta o disco magnético, la base es una película ferrítica que permite la magnetización de ciertas zonas. En un CDROM o un DVD las marcas se realizan por medio de un láser que quema ciertas áreas del sustrato. En los discos tipo RAM/ROM/EPROM, etc (como, por ejemplo, las memorias que todos usamos en las cámaras digitales o en los discos USB tan comunes) estas marcas se registran mediante dispositivos semiconductores.
Para empezar, hay que decir que todos estos sistemas son mucho menos fiables que el papel o la piedra. Desde este punto de vista, la humanidad ha ido retrocediendo en seguridad a costa de lograr profusión, rapidez y flexibilidad. Pero es evidente que será difícil que podamos leer un registro actual dentro de 3000 años con la misma sencillez que podemos leer una piedra egipcia si conocemos el idioma. El papel presenta más riesgos (entre los que el fuego es el más importante) pero estudios realizados indican que un texto escrito sobre este medio puede aguantar correctamente de dos mil a tres mil años.
No es el caso de los dispositivos modernos. Un disco grabado mediante dispositivos láser quizá no aguante más de trescientos años y puede deteriorarse mucho más rápidamente si está expuesto al sol o al calor. Basta leer las recomendaciones de seguridad que los fabricantes de discos indican en las cajas. Indicaciones que no necesitaban los escribas egipcios ni los escultores hititas que cincelaban historias en las paredes y que, normalmente, no son tampoco necesitadas por los fabricantes de papel.
Pero, amén de estos riesgos, los elementos digitales son frágiles, críticamente frágiles, ante muchos otros eventos. Un rasguño en papel no implica ningún problema significativo en un libro clásico mientras que ese mismo rasguño puede dañar para siempre un DVD o un CDROM. Si acercamos un imán a un obelisco o a una novela impresa, no ocurre nada. Pero un disco semiconductor, un floppy o un disco magnético quedan borrados inmediatamente. Si dejamos un libro al sol, quizá pierda coloración. Un medio digital quedará inutilizado para su posterior lectura.
Eliminar la literatura en papel supone un esfuerzo ímprobo. Gracias a ello, los millones de tiranos que el mundo ha visto no han logrado acabar con ella. Las quemas de libros son siempre locales porque es imposible crear un incendio universal que los elimine todos. Pero bastaría una detonación nuclear de cierta potencia en la atmósfera para que el pulso electromagnético generado borrara e inutilizara casi todos los medios electrónicos modernos. Sin llegar a tanto, basta cortar el suministro eléctrico para que nada pueda ser leído.
Y, si todo ello no fuera poco, los propios humanos nos encargamos de que esta fragilidad digital sea aún mayor. La carrera tecnológica y comercial obliga a que los sistemas de almacenamiento y creación cambien cada muy pocos años. Imaginemos un autor que hubiera creado su obra en un procesador de textos corriendo en D.O.S. y grabado en un floppy o en casette. Sería realmente complicado que el usuario medio pudiera leer tal obra hoy en día, bien se tratara de un trabajo digital o de uno convencional almacenado digitalmente. Y esa carrera alocada en la que cada año cambia el sistema operativo, el procesador de textos, la codificación, etc. continua, lo que obliga a una cascada- siempre llena de fallas- de compatibilidad hacia atrás que a los pocos años queda finalmente rota.
Creo que lo expuesto es suficiente para mostrar bien a las claras la evanescencia potencial de los recursos digitales sobre los que se basa la literatura digital. La forma de compensar este enorme problema es acudir a la repetición sin fin. Cada obra está copiada y recopiada tantas veces que, cabe esperar, que alguna se salvará. Pretensión bastante ingenua ante un pulso electromagnético como el anteriormente citado.
Pero es que, además, mucha de la literatura digital se crea – e incluso se defiende que es su medio natural- para la red. Una novela digital, por ejemplo, puede tener numerosas llamadas a otras páginas de la red para aprovechar las características únicas de la misma. Puede, asimismo, mostrar imágenes o hacer sonar músicas que estarán codificados en un determinado formato (como el TIFF o el JPG para imágenes, el WAV para sonidos o el MPEG 4 para una película). Puede utilizar ciertos recursos para permitir la interactividad o la navegación o crear un interface interesante (por ejemplo, rutinas javascript, o flash o cualquier otro tipo de programación). Y, al estar destinada a la red, y estar pensada para ser leída en red, ha de volcarse en algún servidor que, en casi el 100% de los casos, no pertenece al autor sino a un proveedor que a cambio de un cierto dinero mensual, permite al escritor almacenar su obra en sus ordenadores para que sea accesible a los lectores.
Pero todos estos medios, hardware y software, son evanescentes por naturaleza. Los formatos cambian cada muy pocos años. Los formatos gráficos de imágenes que se usaban en los primeros ordenadores personales que llegamos a usar algunos, tipo Amstrad o Commodore, ya no existen. Los formatos sonoros proliferan. En vídeo, ya estamos en el MPEG4 y nada indica que no vaya a haber un MPEG5. Las rutinas javascript funcionan en unos navegadores pero no en otros (e incluso los creadores de dichos navegadores se encargan de hacerlos incompatibles para vencer en su particular guerra comercial). Los programas más usados hace unos años ya no existen y los que ahora existen no existirán dentro de unos años o estarán un una versión tan alejada de la actual que las hará prácticamente incompatibles (como los habituales problemas que todos tenemos al intentar ejecutar programas antiguos en las versiones modernas de Windows). La guerra MAC – PC sigue sin resolverse. El código HTML varía continuamente y los navegadores no lo interpretan de manera estándar.
Y las empresas que proveen alojamiento digital se crean y destruyen continuamente dejando a los usuarios (escritores) huérfanos de tanto en cuanto ya que la migración de uno a otro nunca es fácil. Y, por supuesto, el día que dejamos de pagar el servicio, la obra desaparece. Al contrario que en los versos de Machado que citábamos al inicio, nadie nos debe nada por nuestras palabras escritas. Al revés, debemos buenas cantidades para que nos las alojen en un servidor.
Cada día podemos ver muchas obras digitales en red que dejan de funcionar, o cuyos enlaces están rotos porque los servidores ya no existen o los autores de los vínculos los han eliminado. Obras que tienen imágenes almacenadas en formatos que no son leídos correctamente por el navegador (por ejemplo, la transparencia del formato PNG no es bien interpretada en el Explorer) o que necesitan ejecutar rutinas de contenido activo que el usuario ha deshabilitado por seguridad.
En definitiva, una obra de literatura digital – sobre todo la pensada para la red- presenta una evanescencia muy notable. Probablemente, los blogs aceptan esta evanescencia y no aspiran a perdurar más allá de un mes como lo prueba el hecho de que muy pocos lectores que llegan a un blog que no conocen navegan hacia atrás en las “entradas antiguas”. Pero también es discutible el considerar a un blog como literatura digital. Y, muy probablemente, cualquier autor que se considere tal, busca mas persistencia que la del blog diario (de hecho, muchos creadores de blogs han acabado publicando parte de sus entradas en papel) de la misma manera que un escritor tradicional busque perdurar más allá de la creación epistolar que cruce con su familia.
¿Y puede tener la literatura- cualquier literatura- vocación de evanescencia? Mi posición es que no y que esta evanescencia es su talón de Aquiles. ¿Si Cervantes hubiera escrito su Quijote en CDROM o Shakespeare hubiera publicado sus sonetos en una hipotética red del siglo XVII…. sabríamos de ellos hoy? ¿Serían los genios literarios que son y podríamos disfrutar y emocionarnos con su obra? Me temo que no.