21/10/08

Drunakalogue

Drunakalogue (http://www.lebusque.com/dissertation/book/drunkalogue.html), LeBusque, 2007, es un interesante diario digital novelado programado en flash y con características digitales.

El texto tiene algo que decir y la historia, mejor o peor escrita, engancha por la fuerza del realismo y de la atormentada vida del protagonista. Hay una profundización en el caracter y las psicología del narrador. A medida que se avanza por las páginas del diario aparecen imágenes y al pasar sobre ciertos lugares del texto o ciertas palabras aparecen nuevas imágenes o nuevos textos. En otros casos, el texto se agranda enfatizando la idea.

Es interesante. Es una obra en inglés.

Inanimate Alice

Inanimate Alice (puede verse parte en http://www.inanimatealice.com/ ) de Kate Pullinger y Chris Joseph es un cuento acerca de una niña de 8 años que, a lo largo de los capítulos, va creciendo y convirtiéndose en una diseñadora de juegos digitales. Mezcla de imágenes, textos muy simples (normalmente unifrase) y sonidos. Interfaz agradable con algún que otro efecto en flash y una interactividad moderada. Hay un cierto control del tiempo (una característica puramente digital) ya que el lector no puede avanzar por la historia con total libertad debiendo esperar a que el ordenador lo permita (en muchas ocasiones, este control se usa sobre todo para asegurarse de que hay tiempo para leer las breves frases y en otras para construir un cierto climax al estilo del cine en que se va viendo cómo sucede algo poco a poco).

Aunque literariamente es muy poca cosa, su mayor aportación está en la escenificación de hechos. Así, las fotografías, el sonido, los elementos gráficos que surgen de pronto y el control del tiempo se tratan de manera interesante para decorar la simpleza del texto. Disponible en varios idiomas.

19/10/08

Dificultad de lectura literaria en pantalla

Uno de los mayores problemas que existen actualmente para una progresión real de la literatura digital y la literatura digitalizada es la incomodidad de la lectura en pantalla, bien sea un monitor de ordenador o los nuevos equipos de e-paper. Los actuales sistemas son aún poco humanos. Algunas consideraciones al respecto pueden leerse en http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/07/futuro-lejano-de-la-literatura-digital.html .

Jacob Nielsen (en la fotografía) ha presentado un estudio que analiza cuánto leen realmente los usuarios en pantalla con resultados bastante en línea con los mencionados problemas del hardware. Así, sólo una minoría de internautas leen más de 200 palabras de un post de modo que cualquier ensayo serio, o no se lee, o se imprime para su posterior lectura en papel. El estudio parece indicar que la web y los blogs se usan más como un índice de contenidos entre los que encontrar los interesantes para luego leerlos en medios convencionales. El estudio completo puede verse en
http://www.useit.com/alertbox/percent-text-read.html .

Para realizarlo se registraron y catalogaron casi 60.000 visitas. Bastante deprimente resulta el dato de que casi 18.000 duraban menos de cuatro segundos, es decir el usuario pasaba por esas páginas sin prestar la mínima atención. La mayoría de las visitas duran menos de 30 segundos, tiempo en el cual no se lee más que un breve post cuando mucho. Aún más deprimente me parece el consejo final que Nielsen señala: “ponga su página a dieta de palabras”. Una literatura sin palabras no es literatura.

Este fenómeno tiene incluso más incidencia en prensa ya que, para una lectura detallada y sosegada, los contenidos digitales no son los elegidos. Ganan terreno para los titulares, para que el lector tenga un flash de la noticia y para que ver los elementos multimedia. Pero cuando se trata de artículos de opinión, de análisis más profundos…. seguimos pensando en papel. Corolario: el hardware precisa aún mejorar mucho.

Literatura digitalizada en la Feria de Frankfurt

Hoy finaliza la Feria del libro de Frankfurt que se ha celebrado entre el pasado miércoles y hoy. Esta feria (http://www.buchmesse.de/en/fbf/) es el evento más importante del mundo en lo que se refiere a la promoción de la industria editorial. Como cada año, se hizo especial énfasis en la literatura de un país, correspondiéndole este año a Turquía que presentó a 280 autores y 150 editoriales. En total, exhibieron sus productos cerca de 7000 expositores con cerca de 400.000 títulos, de los que más de 100. 000 eran nuevas lo cual es una muestra de lo prolífico del mundo literario.

Por lo que respecta a los intereses de este blog, cabe decir que este año se analizaron las tendencias en el soporte digital a medio plazo. Para ello se ha realizado una encuesta entre numerosos profesionales cuyos detalles pueden verse en
https://en.book-fair.com/fbf/journalists/press_releases/fbf/detail.aspx?c20f0587-85d5-44d3-a9a4-eb75d0c6143b=ec26a4d2-9b2d-499d-8a3f-3e94b5cf6bff .
Los resultados de la How will digitisation shape the future of publishing? muestran que una buena proporción de los encuestados (40%) piensan que hacia el 2018 el soporte digital empezará a superar al soporte papel. En cualquier caso, un número casi igual de personas piensan justo lo contrario (33%), lo cual denota la incertidumbre acerca de lo que el futuro nos espera.

Así, la encuesta parece significar más un deseo que una realidad porque para el 2013 sólo una pequeña proporción de los encuestados (7%) cree que la literatura digitalizada tendrá un lugar significativo. Se confía en que en algún momento, los soportes digitales salten de escalón cualitativo pero no se sabe bien cuándo será eso. Parece claro que, hoy por hoy, el hardware disponible es aún poco atractivo (costoso, pesado, precisa energía, da calor, poco humanizado) pero eso es seguro que acabará mejorando a medida que la tecnología progrese. Digamos que los profesionales no ven ese paso al soporte digital a corto/medio plazo pero entienden que, en algún momento y por la lógica de los tiempos, eso empezará a ocurrir.

Se pronostica también que China acabará entrando con fuerza en el soporte digital y que sistemas como los de Google o Amazon para distribuir libros a través de la red se popularizarán.

Respecto a los problemas más importantes que la digitalización literaria afronta, se dice que son: el asunto del copyrigth, los derechos de autor, la estandarización de un formato del que hoy estamos muy lejos y la fijación de precios.


18/10/08

La soledad del deseo



Gustaba de leer al borde de la piscina en las tardes de final de verano. Los gorriones se refugiaban en las frondas y cualquier que los viera hubiera dicho que se fijaban en ella. Su cuerpo, bronceado y esbelto, se contorneaba perezoso. No usaba nunca la parte superior del bañador y sus pechos, aún alterados por la frialdad del baño, anhelaban el contacto con un hombre. Su pelo negro, mojado, caía a un lado. Sus piernas retenían gotitas de agua que creaban espirales arco iris sobre su piel mientras sus muslos escapaban a su voluntad para buscar su propio movimiento y un placentero contacto. Su corazón se aceleraba y sabía que necesitaba compartir sus anhelos.

Y ella, que se sabía Venus primorosa, miraba a su interior y sentía la soledad del amor perdido. Combatiría aquel desamparo por la noche, un unas manos extrañas, con un placer frío y unos besos de cartón. Le encantarían con promesas falsas que no duraban más que la noche que las custodiaban. Después dormiría hasta tarde, con pesadillas de recuerdos tiernos y caricias suaves. Más tarde, la piscina y la añoranza.

Se vistió con aquella falda corta que la volvía irresistible y marchó a la calle buscando olvidar sus afanes.

Trafalgar. Hombres y naves entre dos épocas

Trafalgar. Hombres y naves entre dos épocas. (Ariel, 2004) de los profesores José Cayuela y Ángel Pozuelo es un ensayo completo y riguroso de la batalla de Trafalgar en sí misma, de todos los acontecimientos que condujeron a ella (ya desde la Primera Coalición en 1792) y de las consecuencias que para España, Francia e Inglaterra tuvo.


La reflexión histórica es profunda y aborda las claves estratégicas, militares, políticas, sociales, económicas, tecnológicas y militares. El estudio de la batalla naval desde la perspectiva de la táctica militar, tanto de Nelson como de Villeneuve, es preciso y didáctico. La bibliografía es extensa y las referencias bien estructuradas.


En ningún momento, a pesar del detallismo y rigor de cada capítulo, se pierde el interés ni la obra se hace excesivamente especializada. Hay que leerla.

Cabo Trafalgar

Cabo Trafalgar (Alfaguara, 2005) de Arturo Pérez-Reverte es una novela con tintes históricos que narra la batalla de Trafalgar desde la visión de los marineros de base, de la carne de cañón que murió sirviendo a uno u otro bando.

Para ello, el autor inventa un barco que nunca existió, “el Antilla”, añadido a la batalla naval. El rigor histórico es correcto y la obra narra los prolegómenos y las consecuencias de la contienda, así como el desarrollo de la misma.

Como siempre, Pérez-Reverte utiliza un lenguaje directo, popular, emocional, que encaja a la perfección en la situación porque cuando uno está matando o muriendo no se anda con sutilezas. Una novela coral, con multitud de personajes y que, probablemente, busca ante todo despertar la conciencia hacia un pasado que no se recuerda lo suficiente y homenajear a aquellos hombres que se batieron con especial valor en una batalla que nunca debió darse. Un honrar su memoria.


Y para ello, nada mejor que el estilo agudo, punzante del autor, con su ironía y su humor cruel. Las malas condiciones de vida de los marinos se relatan con realismo, contraponiéndolas a las de la oficialidad. La tropa es ensalzada; los políticos que la mandan a la muerte es criticada con suma dureza. La crudeza de la batalla se narra sin cortapisas y es, en ocasiones, brutal y descarnada. Como debe ser, diría yo. En ocasiones, en especial cuando explica los términos marinos, es didáctica.

Además, el libro es realmente entretenido. Merece la pena leerlo.



Cartas para Claudia

Cartas para Claudia (RBA, 2006; Círculo de lectores, 2005) de Jorge Bucay es un recopilatorio de escritos que el médico dedicó a sus pacientes.

Claudia, un personaje imaginario, es el destinatario de reflexiones en forma de carta que conforman un tratado de autoayuda donde se exploran los sentimientos, el amor, las dudas sicológicas y las ganas de vivir.

En muchas ocasiones es un cajón de sastre anárquico en donde entra de todo, desde historias emotivas a ejercicios gestálticos. Con una visión idílica del hombre, seguramente demasiado bucólica. Y con quizá demasiada dosis de espiritualidad. Pero, sin entrar en su valor real psicológico, se lee con agrado y no cabe duda que ha ayudado a muchas personas.

Yo, Fernando de Aragón. El único rey de las Españas

Yo, Fernando de Aragón. El único rey de las Españas (Debolsillo, 2004) de Manuel Ayllón es una biografía novelada de Fernando el Católico y de todos los eventos que cincelaron la entrada de España en la cúspide del mundo.

La obra describe los acontecimientos, ora convulsos, ora heroicos, que marcaron la vida del rey. Sin duda, idealiza en demasía a Fernando y se permite licencias históricas que en absoluto son rigurosas (como las alusiones a su parentesco con Cristóbal Colón) pero que permiten al autor crear un mayor dramatismo en ciertos momentos.

Ayllón no aborda sólo la figura de Fernando sino que delinea a Isabel, a su hija Juan la loca y al marido de esta, Felipe el Hermoso. También se adentra en los hechos que sucedieron tras la muerte de Isabel. Es en esta parte donde el texto se muestra más reflexivo bajo la presión de la búsqueda de una descendencia que no llega y la pasión otoñal que siente por Germana de Foix.

Es un retrato intimista, que presenta un hombre intrigante e implacable pero, a la vez, tierno y reflexivo. Y siempre, como es lógico cuando el texto se narra en primera persona, justificando las propias acciones. Merece la pena leerlo y seguir con el Yo, Isabel la Católica de César Vidal para tener la otra cara de la moneda.

16/10/08

La caja

La mañana que Umberto Vieyra aceptó el encargo sólo pensó en los pesos que aquel individuo, vestido con traje y zapatos blancos, le ofrecía. No podía despreciar una oferta así. Marcos era lo suficientemente mayor para hacerlo. Al fin y al cabo, pensó Umberto, tenía ya diez años y era hora de que corriese los riesgos de la vida.

- Esperamos que nos entregues la caja esta tarde. ¿Estamos de acuerdo, entonces? Que el chico la recoja junto a la verja y la lleve a dónde te he indicado – le había dicho el desconocido mientras le entregaba, por adelantado, doscientos pesos. Una fortuna.

Era mediados de Junio y sólo una tenue y semitransparente calima en el horizonte impedía que el día fuera realmente radiante. Todo invitaba a dar un paseo y a dejarse acariciar por el sol del solsticio, pero allí no había avenidas, ni parques, ni estanques, ni bancos en los que sentarse a leer un libro o a esperar que los gorriones se acercaran a uno. Sólo había una montaña de tierra polvorienta y triste, conformada por capas de basura, residuos y desperdicios, de una extensión casi tan grande como la de la ciudad que los producía. El calor de la naciente mañana había ya despertado a un millar de moscas que revolotearon en torno a Umberto cuando regresaba, con el paso cansino que siempre le acompañaba desde que lo perdió todo, hacia su chabola. Los volquetes que descargaban la basura estarían ya llegando al cerro y era preciso apresurarse para competir, como cada día, por conseguir más latas y más botes que el resto de los habitantes del basurero.

La ley del lugar era estricta. El que llegaba primero tenía derecho a escarbar en el mejor lugar, justo donde los camiones aliviaban sus panzas. Los que llegaban tarde debían conformarse con rebuscar en los desperdicios antiguos donde ya quedaba poco metal y abundaban las carnes, frutas y comida en descomposición, los zapatos rotos y los fangos que se formaban por la fermentación.

Las labores de la familia estaban bien distribuidas. En cuanto los furgones descargaban, Marquitos peleaba con otros chicos para hacerse con cuantas más piezas de metal mejor. Por cada treinta kilogramos de aluminio, recibían diez pesos, lo mismo que les pagaban por veinte kilos de cobre o cincuenta de hierro. No era fácil reunir aquellas cantidades pero el niño era hábil. Bajito y delgaducho, vestido con una camiseta ajada y un pantalón remendado, con un pelo siempre largo y arremolinado, unos ojos marrones y unas manos de largos deditos, se las arreglaba para ser el primero en revolver la basura y tomar, una a una, las latas de refresco, los cables arrancados, los aparatos electrónicos desvencijados y los envases de hojalata. Estos, con sus bordes cortantes, eran los más difíciles de agarrar y, en ocasiones, Marquitos volvía con profundos cortes en sus manitas que su madre limpiaba con besos cariñosos, lo único que tenía para hacerlo. El niño sabía que del metal dependían su comida y su existencia y, con los años, había llegado a concederle un extraordinario valor. Para él, cualquier fragmento metálico era mucho más importante que el mismo alimento. Cualquier artefacto era un tesoro en el que, abiertas sus entrañas, se encontraban arandelas, tornillos, contactos de cobre y engranes de hierro. Sabía que cuando conseguía reunir una buena cantidad era felicitado y que, por el contrario, cuando no alcanzaba a tenerla, recibía unos azotes de su padre. Su sueño era hacerse más grande para poder cargar con las lavadoras o los refrigeradores estropeados que a veces llegaban al basurero y que, ahora, aún no podía acarrear.

Su hermano menor, Juan, tenía como misión recolectar comida. Era increíble la cantidad de viandas que las gentes de la ciudad tiraban a la basura. Las latas de sardinas o atún sin abrir eran un valioso tesoro. No sólo significaban una buena cena sino que, además, el recipiente servía para alcanzar la cantidad de metal requerida diariamente. Los tarros de yogur y las cajas de leche sin abrir eran codiciados botines. Alguna vez, Juan encontraba trozos de pescado congelados que debían haber sido desechados esa misma mañana y que llegaban al vertedero, aún helados y en buenas condiciones. O hallaba bolsas, bien cerradas, con pan o verduras dentro. Como si el destino maquinara para que algunas personas, inconscientemente, embalaran sus desperdicios a fin de que ellos pudiesen encontrarlos. Cuando eso ocurría llenaban los estómagos. Cuando no, pasaban hambre.

La familia Vieyra no siempre había vivido allá. Marquitos no lo recordaba pero su padre había tenido un trabajo y una casa en las afueras de la ciudad. La fábrica cerró, no encontró ocupación durante más de un año, dejó de pagar el alquiler y fue desahuciado. Perdió su vida y su dignidad. Con lo poco que su esposa y él pudieron arrastrar en tres maletas deambularon un par de días por las calles, hambrientos, hasta acabar en el vertedero. No eran los únicos. Para su sorpresa, otros muchos ya estaban allá. Vivían en los aledaños y, cada vez que los volquetes llegaban, entraban al basural y buscaban metal. Las casas eran todas similares. Paredes de tablas o maderos sustentadas por neumáticos viejos, rematadas por una plancha de hojalata que, si había suerte, estaba sin agujerear. Lo peor eran las ratas que no respetaban nada y, en la época de lluvias, las riadas que lo enlodaban todo.

La chabola de Umberto tenía ciertas comodidades. Una vez, consiguieron recuperar un colchón que el camión arrojó en la zona norte. Tenía un par de muelles rotos y olía mal, pero ya estaban acostumbrados y era mucho mejor que dormir en el suelo. También, tenían un hornillo destartalado que, de vez en cuando, conseguían prender con alguna lata de colonia o alcohol que aparecía entre los desechos. Una lámpara esperaba paciente a que, algún día, hubiera electricidad y, mientras tanto, prestaba servicios de perchero. Una mesa y dos sillas, arregladas por Umberto, completaban sus posesiones. Una cortina vieja hacía de puerta y el umbral estaba adornado tiernamente por unas flores descoloridas que, a fuerza de muchos cuidados de la madre, medraban en aquella tierra llena de gases y cal.

El basural les proveía, también, de ropa la cual abundaba aunque solía estar agujereada y era preciso lavarla muy bien en el río. Los juguetes que encontraban los malvendían en el mercadillo de cada jueves. No se quejaban. Aceptaban su situación con la serenidad que otorga el haber perdido hace mucho la esperanza y no esperar ya cielo o infierno alguno.

Umberto llegó a la casa justo en el momento en que el chico mayor salía con su gran bolsa de plástico que más tarde debería traer, cargada sobre su espalda arqueada, repleta de latas, botes, cables, bronces y recipientes de todo tipo.

- Hoy no, chico – le dijo, con voz cortante-. Hoy tienes que hacer otra cosa.

Marcos sabía que no era buena idea contradecir a su padre. Eso acababa siempre en una bofetada, así que era mucho mejor callar y obedecer. Le explicó que debía ir hasta la verja de la frontera, a un lugar donde había un gran cartel con dibujos de televisores y allá, un hombre vestido de azul le daría una caja metálica cerrada. El niño la debería llevar hasta la calle Independencia, no muy lejos del vertedero, donde debía dejarla en un garaje abandonado, justo en la última esquina. Sólo eso. Aunque eso era mucho porque, en ese trayecto, debía pasar por delante de la prefectura de la policía. Nunca sospecharían de un chaval sucio y descalzo, de un busca latas que llevaba una más para revenderla. Y el crío no necesitaba saber qué la cocaína que iba dentro era muy pura.

Mientras tres volquetes llegaban al vertedero y unas decenas de niños y adultos comenzaban a abrir las grandes bolsas que descargaban, Marcos se encaminó hacia la verja. Cuando dejó atrás el basural sintió un poco de miedo. Donde él vivía todo le era familiar. Había una cierta organización. Entre los montones de escombros se abrían espacios a modo de calles. Unos grandes, como avenidas, y otros pequeños como callejas. Marcos los conocía todos y sabía cuáles eran peligrosos y cuáles no. Sin embargo, fuera, en la ciudad limpia, se sentía perdido. Conocía las calles y su padre le había llevado algunas veces por allá a pedir limosna pero, aún así, experimentaba un gran desasosiego. Mientras que en el Dompe conocía a casi todos y nadie le miraba mal, aquí fuera sólo veía expresiones de miedo, de hostilidad o de desprecio. Se percató de que debía oler mal porque algunas gentes se tapaban la nariz y se reían a su paso. Nunca antes había sido tan consciente de que su olor era diferente al de los limpios de afuera. En el basurero todos respiran lo mismo y, cuando el hedor se vuelve compañero habitual, llega a ser familiarmente agradable.

Cuando alcanzó la verja vio al tipo vestido de azul enseguida. Le entregó la caja de aluminio y le dijo que la llevara rápido a su destino o se llevaría una buena azotaina. Por la expresión de su rostro supo que lo decía muy en serio.

Marcos quedó prendado de la caja. Para un chiquillo que valoraba tanto el metal, era una maravillosa obra de arte. Tan grande casi como él mismo era, no obstante, ligera. Debía estar vacía. Seguro que a su padre le pagarían bien por el metal de aquel arcón pero era una pena que no contuviera más aún. Una pena. Estos mayores a veces no piensan bien las cosas. Disponer de un recipiente tan estupendo y no aprovecharlo para ganar más plata no era un buen negocio. ¿Por qué hacer aquel largo trayecto para conseguir tan poco dinero?

Marcos tuvo una idea brillante. Al cruzar por el vertedero, pararía y recogería todo el hierro que pudiera contener aquella gran caja. Así, cuando la entregara, su peso sería muchísimo mayor y estaba seguro que su padre podría obtener incluso treinta pesos, más que lo que podían cobrar en varios días de trabajo. El niño estaba feliz. Ahora sí que le felicitarían en casa. Nada más entrar en el basurero se detuvo y la abrió. Contenía polvo. Un polvo blanco. Qué tontería más grande. Tener una caja llena de polvo, por el que no pagan nada, cuando podía estar llena de acero, cable de cobre o virutas de latón.

Durante un rato, se divirtió lanzando puñados de polvo al aire, viendo cómo la brisa los modelaba en nubes caprichosas y cómo se creaban dibujos misteriosos al caer entre la basura. Jugó a ver cuán alto podía lanzar el polvo con sus manitas; a ver cuán lejos podía mandarlo; a crear círculos y a dejar estelas blancas tras de sí. Imagino mil juegos con aquel polvo que tan bien revoloteaba en la brisa del atardecer. De pronto, se percató de que le esperaban. Comenzó a recoger envases. Tuvo suerte porque halló una bolsa entera con tubitos metálicos que algún día habían sido medicamentos. Se alegró de su buena fortuna y casi llenó media caja con ellos. Unas decenas de latas de conserva, unas cuantas de limonada y un par de palanganas esmaltadas sirvieron para acabar de llenarla bien repleta, tanto que le costó volverla a cerrar. Marcos sabía que había hecho un buen trabajo. Ahora sí que la caja pesaba mucho y valía sus buenos pesos.

El chiquillo tuvo que esforzarse en arrastrar el pesado bulto hasta la calle Independencia. Encontró el garaje, entornó la puerta y, tal como le había indicado su padre, depositó el bulto en una esquina poco visible. Cerró y se marchó. Estaba dichoso. Era un gran trabajador y de mayor sería el mejor de los buscadores de metal. No entendió porqué su padre, sin decirle ni una palabra, le arreó aquella gran paliza en cuanto asomó por la puerta ni porqué, dos días después, unos desconocidos le asesinaron de dos balazos.

Marina

Marina (Edebé, 1999) de Carlos Ruiz Zafón es una novela que ya presagia el estilo y la forma de escribir que posteriormente llegaría a la cúspide del éxito con La sombra del Viento. El mismo aroma, la misma atmósfera increíble pero tan verosímil a la vez, la misma fantasía. Aunque, en ocasiones, se ha catalogado de texto juvenil no parece serlo ni en el tratamiento de los sentimientos que se exploran ni en la profundidad de los mismos (de hecho, demasiado maduros para dos protagonistas adolescentes).

La trama se centra en la aventura fantástica que siguen Oscar y Marina. Aventura que debe mucho a la historia de Frankestein. Una historia de espejismos y misterios sin gran trascendencia en sí misma aunque bien ambientada (usando bastantes tópicos de las narraciones de intriga y miedo) y narrada para crear interés y entretenimiento.

No está, empero, lo importante en ello sino en que el texto está salpicado, aquí y allá, de párrafos preciosos que emocionan. Párrafos que se van encajando a la historia sin ser realmente parte de ella – e incluso sin ser necesarios a la historia- pero que son los que hacen reflexionar sobre el amor, el tiempo que se va, el anhelo por la vida eterna y la capacidad de perderse por salvar a quien se ama.