9/2/09
Tardes de invierno
Etiquetas:
Relatos breves
Kindle 2
Etiquetas:
Literatura digital
¿Supone la era digital un cáncer para la literatura?
Por un lado, asistimos a la creación de obras de literatura digital y, por otro, asistimos a la utilización de medios digitales aplicados a la literatura convencional. Es lo que, en ocasiones, se diferencia como literatura digital y digitalizada. La primera es la que sólo (y este adverbio es la clave) podría construirse y leerse con medios digitales (véase al respecto, por ejemplo, este artículo , este, este o este). No quiero referirme a ella en este post sino a la digitalizada, a la utilización de instrumentos electrónicos para escribir, imprimir, memorizar, publicar, analizar o distribuir textos convencionales.
Son muchos los campos donde la aportación de la técnica informática es muy beneficiosa. No creo que muchos escritores hoy en día sigan utilizando la pluma (lo que, aunque puede ser un placer, dificulta la corrección y ralentiza la creación). La maquetación de libros y periódicos es fundamentalmente digital. Las bases de datos literarias (bien sea de textos en formatos ya digitales o libros tradicionales escaneados) aporta enormes ventajas de clasificación, búsqueda y análisis aún cuando existan aún problemas técnicos derivados de la menor durabilidad de los soportes electrónicos o magnéticos. La edición de textos por ordenador ofrece, sin duda, ventajas claras en cuanto a rapidez, calidad, menor coste, disponibilidad inmediata de los contenidos y mayor productividad.
Dicho todo esto, es evidente que la era digital aporta numerosas ventajas positivas para el desarrollo de la creación y el consumo de literatura. ¿Por qué, entonces, el título de este post?
El lado oscuro llega desde dos circunstancias.
La primera es la falta de modestia inherente a la mayoría de los seres humanos. Cuando un individuo escribe un texto piensa, por lo general, que es bueno, literariamente correcto – incluso excelente- y que merece ser leído por otras personas. Aunque existen seres humanos que escriben sólo para ellos (los diarios son un ejemplo evidente) o para que sean leídos por sólo otras personas muy determinadas (las cartas), en general hay una tendencia a desear ser apreciado por el máximo número de lectores posible. No sólo eso, sino que existe el deseo natural de ser ensalzado por ello. En algunos casos, se da asimismo el ánimo de vivir de lo escrito.
La segunda circunstancia es que la publicación de literatura es, en especial hoy en día, más un negocio que un arte. Y, como en todo negocio, el objetivo fundamental es obtener beneficios. Si estos se logran con buenas o malas obras es un asunto secundario si las ventas suben. Este hecho no es privativo de la literatura. Ocurre en todas las actividades comerciales y en todas las artes. No hay más que ver, por ejemplo, el nivel de calidad de mucha de la televisión que consumimos donde casi puede establecerse una relación biunívoca entre la chabacanería y el nivel de audiencia.
Confluyen por tanto, las ansias de millones de escritores diletantes que buscan(/mos) publicar sus obras y ser admirados por sus conciudadanos y la avaricia – llamémosla así debido a que se priorizan los beneficios a la bondad del texto- de algunos editores que ven una clara rentabilidad en esta moderna forma de edición. Surge, en este contexto, un negocio nuevo y atractivo – y, digámoslo, perfectamente lícito- cual es el de las empresas que facilitan la publicación de libros (bien sea en formato electrónico o en formato papel), a un coste muy bajo (conseguible por el uso de medios informáticos) y sufragado en muchos casos por el propio autor. Este “invierte” en que su propia obra sea conocida y el editor logra unos réditos, bien sea por hacerle el trabajo de impresión digital (con o sin encuadernación) o bien por facilitarle un canal de venta bajo pago de una comisión. El bajo coste que la impresión digital garantiza hace que todos “puedan permitirse el lujo”.
Es curioso observar que la “digitalidad” no aporta un nuevo campo de juego. Al contrario, el sueño de la gran mayoría de “autoeditores” es ver su obra impresa en papel. Eso sí, con un coste muy bajo que permita “autocomprar” la realización de esa tirada.
En este ámbito, han surgido muchas empresas que hacen posible publicar en muy breve plazo de tiempo, a demanda, aquellos libros que el autor desea con una calidad que nada tiene que envidiar a la de los libros tradicionales. Hasta aquí nada que criticar. Al contrario. Se da satisfacción a todas las partes y se liberaliza un nicho antes reservado a pocos.
El problema surge del hecho que, en general, lo que parece tener menos importancia en toda la cadena es la calidad de la obra que va a publicarse. La calidad de la literatura editada. No es extraño – y alarmante- que Robert Young, director de Lulu, empresa ligada a Amazon, y una de las compañías líderes en autoedición reconozca en el New York Times (http://www.nytimes.com/2009/01/28/books/28selfpub.html?pagewanted=2&_r=3&pa... ) que “We have easily published the largest collection of bad poetry in the history of mankind.” (Hemos publicado la mayor colección de mala poesía en la historia de la humanidad). Que algo así sea dicho desde el propio sector es muy significativo.
Y, sin embargo, la empresa sigue editando cualquier petición, como no podía ser de otra manera ya que su primer fundamento es la de hacer negocio y satisfacer una demanda, independientemente de si ello ayuda al arte.
Es así, también, entendible que la gran mayoría de estas obras tengan una vida muy breve. De muchísimas de ellas apenas se venden unas decenas de ejemplares para amigos o familiares y las que llegan al millar suelen ser regalos de empresas que editan un volumen para un uso particular. Entran más en el ámbito del regalo a medida que en el de la literatura.
En honor a la verdad hay que admitir que la falta de calidad se da igualmente con la impresión tradicional. No todo lo que llega a las librerías debería haberlo hecho y no todo lo que se queda en los filtros de los editores y los críticos, debería morir sin llegar al Olimpo de las estanterías. Pero es con la edición digital cuando el nivel de obras mediocres publicadas se ha disparado. No existe ya la garantía de que la obra que llega a publicarse haya pasado por una dura criba y una rigurosa selección – a veces, injusta- , pero selección al fin. No existe más esa competencia darwinista por la que sólo los mejores sobreviven. En los textos técnicos o científicos, incluso, desaparece la revisión por pares (peer review) que, con todas sus limitaciones, es hoy por hoy una garantía de corrección.
Volviendo al título de esta entrada, podría decirse que en todo momento hay malas células que crecen en el organismo pero, mediante los propios mecanismos del cuerpo, son controladas. Llega un momento, sin embrago, en que crecen más rápido que lo que los sistemas defensivos pueden soportar y se genera un tumor que mata el organismo.
Ese momento puede estar llegando en la literatura. Y, como cualquier ser vivo, la literatura no puede permitirse albergar una ingente cantidad de células malignas en su interior. Necesita depurarse, buscar la excelencia, hacer cirugía de todo lo que no sirve.
En el cómo se va a ejercitar ese autocontrol reside saber si en el futuro, la aportación de la autoedición digital al arte será, en su conjunto, positiva o negativa.
Etiquetas:
Literatura digital
8/2/09
Carta a D., Historia de un amor
Se lee en media hora pero se recuerda una eternidad. A través de recuerdos de una vida en común, el autor hace patente su amor infinito por Dorine. No hace falta ningún lenguaje cuidado- aunque la maestría de Gorz hace que siempre lo sea-, ni poético – aunque la verdad sencilla y desnuda del amor declarado lo sea en sí mismo-, ni metafórico – aunque cada página hace soñar-, ni palabras escogidas ni sintaxis brillante. Es la constatación de que todo lo realizado en la vida, todos los ideales, todos los grandes logros y las grandes decepciones, los objetivos sociales, políticos, profesionales no significan nada y que lo único que realmente tiene importancia al acercarse al final, es el amor vivido, el dado y el recibido. Es la rendición total al mismo. Un amor que hace temblar todas nuestras convicciones. Gorz, filósofo poco dado a creer en el más allá y a la religión, espera que haya una segunda vida porque ello significaría poder vivirla eternamente con la amada elegida. Y, si para conseguir ese milagro, hay que renunciar a toda la filosofía, se renuncia.
El amor por encima de todo. Porque soy, si soy contigo. Porque quiero ser, si estás conmigo. Un amor que se redescubre, que renace (“Hace poco volví a enamorarme de ti”, dice Gorz a su esposa ya octogenaria), que es el motor de la existencia, que es -sobre todo- admiración por el otro. Pero es también un pesar. El arrepentimiento de no haber sido consciente de esa verdad antes (“¿Por qué estás tan poco presente en lo que he escrito si nuestra unión ha sido lo más importante de mi vida?”).
Andre Gorz ( su verdadero nombre era Gerhard Hirsch) se suicidó junto a su esposa Dorine Keir en Septiembre del 2007 cuando la enfermedad devoraba a la mujer. Los párrafos finales de esta carta son premonitorios.
Una joyita. El único "pero" es el exhorbitado precio de la carta en las librerías. Mas es un texto que atrae tanto que hasta pagamos la manifiesta usura.
Etiquetas:
Lecturas
7/2/09
Un gesto
Te veo ahora alrededor y soy consciente que me encanta que llenes mi espacio. Me he acostumbrado a tu presencia, tan cercana y tan lejana, a tu forma de ser, a tu visión del mundo, al tono de tu piel, a tu forma de caminar. Hice un día una lista de lo que me gusta de ti. No fueron muchas cosas pero sí importantes. Tus manos – quién sintiera tu caricia-, tu sonrisa, tu charla interesante y cálida, tu ilusión por la vida, tu forma de ser tan femenina, tu sensibilidad, tu inteligencia, tu lealtad. Pero lo que más me deleita es que tú apenas eres consciente de tu poder. Lo ejercitas con tanta ingenuidad que es aún más atractivo que si supieras que lo haces. Enfrascada en tu labor no llamas la atención y, de pronto, te recoges el cabello con la mano y lo mantienes prisionero por unos segundos en tu nuca, a la vez que giras la cabeza hacia tu hombro como si posaras para un pintor invisible que deseara recoger aquel instante en una acuarela. O como si te apoyaras con ternura en un hombro amado del que tú sólo conoces la identidad. Es un gesto muy tuyo, encantador, dulce. Quizá no dura más de dos o tres segundos. Dejas al descubierto tus mejillas que llaman a ser besadas. Estás ensimismada en tus pensamientos y, en ocasiones, una suave sonrisa te alumbra. Algo te inquieta y, súbitamente, sueltas tu pelo y regresas a tu tarea. Tengo envidia, entonces, de qué ocupó tus pensamientos en ese instante y espero hasta que nuevamente salga el arco iris.
Etiquetas:
Relatos breves
Lies
Etiquetas:
Literatura digital
6/2/09
Owl Wolf Ghost
Etiquetas:
Literatura digital
Los demonios del semáforo
- “Es que, en ocasiones, las bandas usan niños como cebos”- me dijo un día un taxista- “Mejor mantener los cerrojos cerrados”
Arrancaban los vehículos con celeridad, casi patinando algunos sobre el asfalto caliente del verano, ajenos a si los chicos se habían puesto a salvo otra vez en la acera. Corrían a su rincón y el ciclo se repetía cada cuatro minutos. La ciudad, ajena a los chicos, hervía en actividad.
Los ángeles del cielo velaban por ellos mientras que los demonios de las tinieblas, sentados sobre el semáforo, iban anotando las matrículas de todos los carros que ni siquiera abrían las ventanillas. Sonreían abiertamente y chocaban sus manos en señal de éxito al comprobar la gran cantidad de huéspedes que tendrían en unos pocos años.
Etiquetas:
Relatos breves
4/2/09
Hoy
Hoy.
Ojala los calendarios no tuvieran esta fecha. Ojala, vientos amigos hubiesen arrancado todas las hojas de todos los calendarios de todos los años de tal día como hoy. Ojala nunca hubiese ocurrido. Los malos duendes de la melancolía, la desesperanza y el dolor rebuscan hoy por los cajones de mi memoria y te evocan. El universo te recuerda. El cosmos llora. Yo lloro. Y las artes de toda la historia confluyen para honrarte cuando llega este día.
Los timbales y las trompetas de Purcell fueron musicados para ti, para ser escuchados en tu honor.
Neruda escribió La noche está estrellada y tú no estás conmigo para que yo lo leyera esta noche.
El destino sabía que el Lacrimosa de Mozart fue creado para nosotros.
El grito final de muerte helada de La Boheme era por tí.
y con Machado he aprendido que habría de hacerse Su voluntad contra la mía. Siempre fue así, siempre es así.
La barca rosa de Gabriela Mistral era la tuya, tierna compañera.
Dante ya sabía que serás la Beatriz que me guíe y me salve cuando arribe mi turno.
Te buscaré más allá de las tinieblas, mi dulce Eurídice. Y no miraré atrás.
También yo, como León Osorio, cien veces quise interrogar al cielo pero ante mi desventura el cielo calla.
He sentido el manotazo duro, el golpe helado, el hachazo invisible y homicida que Hernández anunció.
Con Quevedo espero que seas polvo enamorado. Yo lo soy. Siempre lo seré.
Me aferro a los versos de Dylan Thomas: aunque los amantes se pierdan quedará el amor y la muerte no tendrá señorío. Eso sí te lo garantizo.
Y Martí i Pol sabía ya que no tornarás pero que perduras en mí de tal manera que me cuesta imaginarte ausente para siempre.
Sólo anhelo, con Manrique, a que mi río desemboque en tu mismo mar y nuestras aguas se confundan otra vez.
Etiquetas:
Relatos breves
1/2/09
Deep Philosophical Questions
Etiquetas:
Literatura digital
Identidades
Etiquetas:
Literatura digital
Suscribirse a:
Entradas
(
Atom
)

