24/2/09

El Blog: escritura y siglo XXI


Mañana día 24 se celebra en el Instituto Cervantes de Madrid (http://www.cervantes.es/FichasCultura/Ficha54345_00_1.htm ) una mesa redonda titulada “El blog: escritura y siglo XXI” donde se analizará la influencia del blog en la literatura, la estimulación de la creatividad de las personas y el impacto del hipertexto. El blog ha supuesto que muchos individuos que, de otro modo, nunca se hubieran planteado escribir de manera continuada por falta de ninguna opción de ser leídos, hayan iniciado una tarea literaria- de mayor o menor calidad- pero siempre positiva.


Dinero negro

Quiero pensar que el original en inglés de Dinero Negro ( Ediciones El Andén, 2007) de Peter Spiegelman está mejor escrito. Porque se nota que la traducción no es cuidada. Las frases no están pulidas, la sintaxis es inglesa en ocasiones, incluso hay errores al nombrar a los personajes. Ello hace que la lectura se haga costosa, que no se disfrute de la historia. Trama que, además, tampoco impresiona, con un final un tanto forzado. Esta novela negra se enmarca en la típica norteamericana con un detective de complicada vida privada. Es, precisamente, el personaje principal el que mejor delineado está. Para pasar el rato, sin más pretensiones.

23/2/09

Olvido



Sentado en la playa
veo las olas borrar tu nombre
cuando lo escribo en la arena.
Lo hacen con indiferencia, con constancia,
sin que se preocupen de lo escrito.

Y temo que, algún día, la marea del olvido
pueda hacer que se borre de mi mente
tu preciosa imagen.

Entonces miro al mar
y a esas olas despiadadas.
Y sé que jamás habrá onda del tiempo
que pueda borrar nuestras memorias.

Estarás siempre ahí
aunque un maremoto de espuma
cubra el universo.



Una iniciativa literaria solidaria

Javier Ribas, de Escritores en Red (http://javierribas.blogspot.com/ ) ha puesto en marcha una bonita iniciativa. Se trata de editar un libro de relatos solidarios por autores que tengan un blog. Los ingresos obtenidos serán donados íntegramente al apadrinamiento de niños a través de la Fundación Vicente Ferrer ( www.fundacionvicenteferrer.org/esp/ ).
Para poder participar, hasta el 1 de marzo del 2009, se puede visitar
http://www.erabradomin.org/relatos.html .
Enhorabuena por la idea y mucha suerte. Yo me siento muy feliz de poder colaborar.

19/2/09

Diez minutos

Ven a la cama, dijiste adormecida y tierna, con ese hilo de voz dulce que tenías al dormirte. Abrazaste la almohada para mostrarme que deseabas apretarte a mi pecho. Yo necesitaba terminar aquel informe y te pedí que esperaras un poco. Dame un beso, pediste, y me miraste con ojos pequeñitos, vencidos por el sueño. Te besé y te tapé con la manta. Era otoño y tu camisón azul era poca protección. Los tirantes de cinta dejaban al descubierto tus hombros. Te acaricié. La tenue luz de la lámpara se entretenía en tu pelo y pintaba sombras suaves. Seguí con mi tarea y, cuando me acosté a tu lado, tan sólo diez minutos más tarde, ya dormías. Estabas hermosa. Muy hermosa.

Hoy que no te tengo, sé lo estúpido que fui al no dedicarte aquellos diez minutos. Entonces no parecían importantes. Ahora lo serían todo. Extraño tu piel de seda.

En el tejado

El día que subió al tejado empezó como todos los días, con bostezos y regañinas de su madre porque se le pegaban las sábanas e iba a llegar tarde al colegio. Continuó con el tedio de la clase de matemáticas, una lista de reyes medievales que el profesor de historia decía que eran importantes, la voz monocorde y aburrida de la señorita Clara intentando explicar – sin éxito alguno- la gramática francesa , el partido de fútbol en el patio que, como casi siempre, perdieron y el enfado del director porque se reincorporaron tarde a la clase tras el recreo. Llegó a casa cansado y con un hambre de lobo porque el bocadillo de chorizo del mediodía le había sabido a poco. Y es que, mientras durara la huelga de autobuses, no podía regresar al mediodía para el almuerzo así que su madre le preparaba un bocata envuelto en papel de aluminio e introducido en una bolsita junto a un botellín de agua.

Entró de mal humor y pidió la cena. Estaba hambriento. Pero tan sólo eran las seis y su madre estaba ocupada en otras tareas. Juanjo se enrabietó con esa ceguera en que a veces se sumen los críos cuando se obcecan. Quería comer. Consiguió que su madre se enfadara y le dijera que era un egoísta. Castigado. Sin cenar hoy, le dijo, aunque eso nunca era verdad. Si tenía hambre que se aguantara. El niño subió a su habitación. Menos mal. Tenía una chocolatina. No quería que le molestaran. Estaba muy enojado. Subió por la escalerita del ático al tejado. Su hermano mayor le había enseñado cómo hacerlo. Sabía que sus padres se lo habían prohibido porque, aunque no era alto, sí que había un riesgo de caída. Pero, quizá por eso, lo hizo. Su pequeña e injusta venganza.

Se sentó junto a la chimenea que expelía un humo caliente. Atardecía ya. Unas nubes muy altas y largas se habían coloreado de anaranjado y amarillo. El sol estaba ya casi oculto por detrás de las colinas que delineaban el horizonte y se dejaba mirar sin quemar los ojos. Era de un rojo intenso, fuerte, salpicado de luminarias amarillas. Vio pájaros que volaban cerca de las tejas y que buscaban ya sus nidos para pasar la noche. Un punto brillante titilaba en el este y el cielo estaba como dividido en dos hemisferios, uno muy oscuro bajo el cual las lucecitas de la zona este de la ciudad estaban ya todas encendidas; el otro aún rojizo. Era bonito todo aquello. Las ventanas de su propia casa se iluminaron y arriba, aparecieron estrellas que formaban dibujos. Se imaginó volando en una nave espacial, descubriendo planetas y combatiendo alienígenas. Se acordó de su tío Arturo que tenía un telescopio. Una vez, un verano muy caluroso, le llevó a la playa por la noche y le hizo ver Saturno con sus anillos. Le contó historias del cielo y le prometió que le regalaría un anteojo para la fiesta de Reyes.

Un grito llamándole a cenar le sacó de su ensimismamiento. Notó algo en su mano y se percató de que ni había abierto la chocolatina. Bajó cauteloso para que nadie oyese que había estado en el tejado. Entró en la cocina y se abrazó, sin decir palabra, a su madre.

18/2/09

La escalera del agua

La escalera del agua (Roca Editorial, 2008) de José Manuel García Marín es mucho más una novela de memorias que histórica como parecen querer clasificarla las librerías en sus estanterías.

Narrada en primera persona, el protagonista cuenta su vida, especialmente desde su mísera niñez en las Hurdes hasta poco más allá de su adolescencia. Existe una historia paralela que retrotrae al pasado morisco de sus antepasados y que sirve para entremezclar las memorias con reflexiones históricas que quedan un tanto forzadas y que, probablemente, aportan poco a la historia central.

La prosa es muy rica, cuidada, matizada, placentera, enriquecedora, aunque podría argüirse que parece estar fuera de contexto respecto a los personajes ya que, en ocasiones, parece que relatara y conversara un docto adulto más que un chiquillo de catorce años desahuciado por la vida, más un grupo de profesores que una familia desposeída de todo. Aún así, muchas de sus páginas se leen con deleite. La emoción llega de las memorias del chico siendo la aportación histórica, amén de opinable, no significativa para la novela.

E-paper



Los lectores digitales de libros (por ejemplo este
y este ) acaparan la atención de la literatura, de muchos comentarios periodísticos y de planes de marketing que avanzan, de momento, con cierta lentitud. Se discute sobre la idoneidad del soporte digital en comparación con el papel y sobre la diferencia “emocional” que puede existir entre leer un libro – con su olor, su tacto, su textura- y una pantalla electrónica; entre la personalidad de una gran librería o biblioteca repleta de volúmenes, pidiendo ser explorada o la frialdad de una memoria de semiconductor. Pero, en todos estos análisis, no suele entrarse en las entrañas de la tecnología que permite el lector digital. Tecnología que, vaya por delante, considero que es transitoria y que será sustituida, más pronto que tarde, por alguna otra que por un lado garantice ventajas objetivas ( color, flexibilidad del soporte físico para curvar o plegar, rapidez de refresco de las páginas, mucho mayor tamaño de pantalla, menor peso, menor precio, etc) como subjetivas (la sensación más o menos agradable al tener el dispositivo en las manos; el no sentir que se tiene una calculadora, etc).

La técnica actual (que suele denominarse tinta electrónica o papel electrónico) se basa fundamentalmente en sustratos divididos en innumerables zonas que pueden oscurecerse o no a voluntad. Mezclando, así, las partes oscuras con las claras se obtienen las letras o los gráficos. Desde este punto de vista, el concepto no se diferencia de una hoja de periódico o de una pantalla convencional de ordenador. Si miramos con una lupa veremos puntitos negros y blancos que, suficientemente juntos, engañan al ojo con formas continuas. Podríamos llamar a estos puntos píxeles aunque esta es una terminología que sólo se usa en pantallas de ordenador y desde el punto de vista de software. Grupos de píxeles pueden activarse conjunta y ordenadamente para formar letras, dibujos o números.

Pero, a diferencia de las pantallas de ordenador o TV (que emiten luz coloreada en puntos determinados y por tanto consumen energía), la tinta electrónica no emite luz sino que la zona se vuelve oscura o clara de un modo que podríamos llamar “electromécanico”. Es la luz exterior la que se refleja en esos puntos, al igual que ocurre con una escritura convencional. En teoría, la tinta electrónica permite aunar las ventajas de la tinta convencional sobre papel (portable, no necesita energía, alta durabilidad) con la del soporte electrónico (gran capacidad de almacenamiento en poco espacio y reutilización para mostrar cualquier otro texto en el mismo lugar, reprogramabilidad).

Existen dos sistemas principales en uso: el Gyricon promocionado por Xerox y que parece que se ha quedado rezagado y el E-Ink que se está imponiendo aunque, como señalaba antes, será sólo una transición hacia sistemas más avanzados.

No es el objeto de este post hacer una descripción detallada pero sí mostrar los conceptos fundamentales de esta técnica.


El soporte:


En ambas tecnologías, el “papel” se construye con tres capas superpuestas.



La superior, que es la que el usuario toca, es una simple lámina transparente de protección, no significativa a efectos técnicos, aunque actúa de electrodo superior. La central es el sustrato que se oscurece o aclara por zonas y que suele ser un polímero (polietileno, fluoruro de polivinilo, etc) o un gel. Para crear estas “zonas” diferenciadas, lo que se hace es insertar esferas minúsculas que se disponen en filas y columnas. Puede imaginarse esa trama como si dispusiéramos millones de huevos en hueveras de cartón. Cada huevo es de un color y es independiente pero visto desde muy lejos se vería como un gráfico.



Es evidente que cuantas más zonas – “más huevos”- diferenciadas tenga este sustrato (o, lo que es lo mismo, esas zonas sean más diminutas) mayor resolución podrá obtenerse porque podrá actuarse sobre una superficie más pequeña independientemente. En la práctica, estas esferitas suelen tener un tamaño de entre 30 y 90 micrómetros (como un cabello humano fino).




Este tamaño permite resoluciones apropiadas para imprimir (300 dpi).
La capa más inferior es un circuito electrónico matricial que permite activar o desactivar cada punto del sustrato polímero. El conjunto de esferas –claras u oscuras- “dibuja” lo que se desea escribir:





El Gyricon:

En el sistema de Xerox, se insertan esferas pintadas en dos partes, una oscura y otra clara, en un sustrato de gel (la capa intermedia). Suelen denominarse esferas bicromáticas. Si el hemisferio claro apunta hacia la superficie superior, veremos una zona blanca. Si la giramos y apuntamos el hemisferio oscuro hacia la parte superior, veremos una zona negra. ¿Cómo hacer que giren estas esferas? Cargándolas eléctricamente para que sus polaridades actúen a modo de imán. Dos cargas positivas se repelarán, dos negativas también; una positiva y otra negativa se atraerán. Así, el hemisferio negro puede ser por ejemplo negativo y el claro positivo. Los circuitos implantados en la tercera capa inferior lo único que hacen es cargarse positiva o negativamente, justo en cada posición por debajo de cada esfera, de manera que esta – atraída si las polaridades son inversas o rechazada si son iguales- volteará como se desea.





El mayor problema del sistema Gyricon es que funciona en “todo o nada”. Cada esfera voltea y se muestra negra o blanca. Es complicado obtener grises ya que no es posible girar la bola sólo un cuarto de vuelta. Además, el refresco de imagen es relativamente lento porque, como se puede imaginar, se precisa un cierto tiempo para que la esfera gire completa.


E-Ink:

En este sistema, las esferas no son blancas y negras por mitades sino que son transparentes y fijas (no voltean). Dentro de ellas se introducen partículas aún más pequeñas. Una son negras y cargadas, por ejemplo, positivamente y otras blancas y cargadas opuestamente. Al activar, con los circuitos inferiores, una esfera son las partículas internas las que se repelen o atraen. Si las partículas negras son repelidas suben hacia arriba y muestran una zona negra. Si no, ocurre lo contrario.






La primera ventaja es que estamos moviendo partículas muy diminutas con lo que el tiempo de refresco se reduce. La segunda es que podemos situar bajo cada esfera dos electrodos en vez de uno de modo que en la mitad de la esfera se repelan las partículas negras y en la otra mitad las blancas, mejorando la escala de grises obtenible.

Las esferas pueden estar rellenas de sustancias que protejan a las partículas móviles de los rayos ultravioletas o excesivo calor para que pierdan sus propiedades cromáticas y eléctromagnéticas. Para pigmentar las partículas puede usarse dióxido de titanio si queremos dotarlas de color blanco, óxidos de hierro para colores rojos, pirazolonas para amarillos, etc.











13/2/09

Valentine's

La alarma pregrabada del teléfono móvil le recordó que San Valentín era el día siguiente. Sabía lo que a ella le gustaba esa celebración, quizá porque de joven había vivido unos años en los Estados Unidos y estaba acostumbrada a los Valentine’s con sus grandes corazones rojos, los buqués de claveles y orquídeas y las postales con poemas románticos. No se perdonaría no recordarlo. Además le encantaba la carita de felicidad que ella ponía cuando recibía las flores y la carta.

La carta. Eso era lo más complicado. Porque él no era hombre de letra fácil y aunque estaba profundamente enamorado, no era capaz de expresarlo con suficiente destreza. Algunos años había visitado páginas de Internet y copiado frases de aquí y allá pero, últimamente, prefería escribir cuánto la amaba con palabras sencillas. Al fin, un te quiero era suficiente. Un te necesito más que cualquier otra cosa en el mundo, era justamente lo que deseaba decir. Un me haces feliz cada mañana cuando eres lo primero que veo, era exactamente lo que sentía cada amanecer.

Eligió una postal tenuemente azulada, de tonos pastel, con nubes y pájaros dibujados y una pareja que caminaba por una playa al fondo. De esas de papel tan grueso que parece pergamino y que cuestan seis euros cada una. Ella lo merecía. Escribió el texto en una hoja aparte y lo leyó para estar seguro que expresaba lo que quería decirle. Luego, cogió la estilográfica – un regalo de aniversario- para conseguir una escritura más pulcra y más elegante. Al terminar, el instinto le hizo besar la carta. Se sintió ridículamente romántico.

Madrugó. Bajó a la floristería de la esquina y recogió el ramo de orquídeas que había encargado el día anterior. Era magnífico. Le gustaría mucho a su esposa. Sólo faltaban los bombones. Los eligió de chocolate blanco que eran los que más le gustaban a ella. Los dispusieron en hileras y los cubrieron con papel de seda. Pusieron un lazo dorado que rizaron con una tijera y una pegatina en la que estaba escrito Valentine’s.

Hacía frío. Normal, en Febrero. Quizá llovería durante la jornada. Vio muchas parejas que se besaban y repartidores de flores apresurándose. El cielo estaba ceniciento y el sol se veía velado a través de la cortina de nubes. La ciudad apenas acababa de desperezarse cuando llegó a dónde ella se encontraba. Limpió la repisa y colocó la postal, el ramo y los dulces junto a la lápida de mármol. Mientras lloraba, añoró tanto sus besos que sintió un profundo dolor físico.

Parque en invierno

El invierno era especialmente duro y es que ya se sabía que el cambio del clima había llegado para quedarse unos miles de años, lo suficiente como para que no le preocupara cómo sería la nueva era templada. Si ocurría por efecto de los caprichos del sol o por los humos de las fábricas, era algo que seguían discutiendo. No le importaba. Le gustaban los inviernos blancos. Al fin, un buen abrigo y aquella bufanda que le regaló Sofía – ¡la echaba tanto de menos!- eran más que suficientes. La nieve estaba aún esponjosa y para Antonio era placentero caminar por el parque. Le gustaba hacerlo a primera hora, cuando aún el caminar de los transeúntes no había apelmazado y helado la alfombra blanca que caía por la noche. Se hundía hasta los tobillos pero sus botas altas mantenían sus pies calientes y secos. De tanto en cuanto miraba hacia atrás para contemplar la hilera de huellas que iba dejando tras de sí. Se sentía como un astronauta en un planeta lejano y desierto. Sólo sus huellas, como si nadie más habitara aquel mundo.

Se detuvo frente al lago. Al fondo, un desnudo árbol abría sus ramas marrones y tristes en abanico, como si se tratara de un pavo real que estuviera atrayendo a la primavera. Faltaba mucho aún para que llegara y poblara de verde el parque. El estanque estaba gris. Era un espejo de las nubes plomizas que anunciaban más nieve y más lluvia. Todo estaba yermo, solitario, estático.

Entonces, casi súbitamente, las aguas se llenaron de ondas y de estelas. Como cada mañana le habían sentido llegar. Era consciente de que se acercaban para buscar alimento pero le gustaba pensar que le tenían afecto. Sacó su bolsa de migas de pan y trocitos de lechuga, cortados pacientemente durante la noche anterior. Los patos le rodearon y recordó que a Sofía le encantaba el parque.

Audioderechos

The American Authors Guild (La Unión de Escritores de América) ha manifestado su desacuerdo por el sintetizador que Amazon (http://biblumliteraria.blogspot.com/2009/02/kindle-2.html ) incorporará en el nuevo lector de textos Kindle -2. El gremio asegura que los autores podrán exigir derechos adicionales por este sistema “Text to Speech” ya que colisiona con los audiolibros y con los límites de los contratos de cesión de derechos escritos establecido. De momento, han recomendado a todos sus afiliados el rehacer los contratos con las editoriales para cubrir el uso que Amazon pueda hacer de las obras. Si el contencioso va para adelante, la justicia podría obligar a modificar el software para que sólo los libros con autorización de derechos pudieran activar el sintetizador.

Curiosamente, nadie está hablando de la sosa, falta de toda emoción, y aburrida voz metálica del aparato.