8/9/09

Digitalización de libros en la UE


La Unión europea acaba de dar un espaldarazo importante a la digitalización de libros abogando por desarrollar leyes que permitan proyectos como Google Books o similares, asegurando con tal legislación que se respeten los derechos de autor. Los comisarios encargados, Viviane Reding y Charlie McCreevy, opinan que la digitalización de libros debe ser encauzada desde los gobiernos aunque pueden firmarse acuerdos con el sector privado siempre que se respete la legislación futura. Parece bastante evidente que el modelo es el acuerdo que Google ha firmado con el gobierno de los EEUU.

Las extrañas y nunca bien aclaradas desapariciones de Elvira


Santiago Solano de Escritores en Red
nos sigue animando a continuar el relato colaborativo digital sobre la historia de Elvira (http://santiagosolanogrande.blogspot.com/2009/09/el-retorno-del-yedi.html) creando historias sobre la vida de la protagonista. Aquí añado mi aportación y aprovecho para felicitar por su iniciativa a Santiago.




No recuerdo bien cuándo Erasmo H.H. (debo omitir la identificación precisa del individuo por deber de amistad hacia él) me contó acerca de las extrañas apariciones de la dama. Pero debía ser invierno porque no paraba de frotarse las manos para entrar en calor y porque, mientras me relataba los acontecimientos, teníamos un café caliente frente a nosotros. Quizá no me acuerde bien del momento pero el aroma fuerte y humeante de las tazas permanece aún nítido en mi memoria.

El caso es que Erasmo H.H. se inclinó hacia mí y me miró a los ojos. Puse expresión de interés, pensando en que contaría algún chisme del barrio o quizá alguna faena taurina a las que era tan aficionado. Erasmo alargó el silencio todo lo que pudo para, finalmente, susurrarme con extremado sigilo:

- Usted conoce el caso de Elvira, ¿no es cierto? – sentí su aliento en mi cara, entremezclado con el vapor del café.

Aunque no dio explicación alguna más, supe inmediatamente que se refería a esa Elvira y no a ninguna otra. Efectivamente, sabía quién era. Como psiquiatra en activo, el caso había sido ampliamente comentado cuando los hechos ocurrieron. Una niña inocente que creía ver a una dama de negro que la impelía a cometer asesinatos. Un caso evidente de esquizofrenia bipolar. Mi colega, el Dr. XX (permítanme que continúe siendo discreto) había presentado el asunto en varias de las reuniones que mensualmente realizábamos en el Colegio de Médicos. Su método, ingenuo pero ingenioso, de utilizar bolsas de basura para encerrar las fobias de una niña asesina había sido analizado y celebrado, escribiéndose incluso un par de ensayos sobre su potencial utilización en enfermos de patología similar. Al cabo de pocos meses, la criatura había mejorado tan claramente que no fue necesario su internamiento en ninguna institución mental y el interés por el hecho fue decayendo, pero el recuerdo de aquella pobre niña desquiciada perduró entre la profesión y particularmente en mí, que no podía comprender lo injusta que puede ser la vida cuando se ceba en inocentes pequeños. No obstante, pensaba que la paciente estaría ya plenamente curada porque de todo aquello habían pasado ya veinte años y había oído que incluso había contraído matrimonio.

- Sí, la conozco- respondí y no pude evitar mostrar un gran interés- Tengo entendido que la chica sanó, se casó y hace una vida normal.
- Querido amigo, – continuaba susurrando- he de decirle que aquel asunto no ha terminado como todo el mundo supone.
- ¿Ah, no? , ¿Por qué lo dice usted? – pregunté por preguntar porque era evidente que Erasmo H.H. me lo iba a contar de cualquier modo.
- Porque la dama de negro sigue apareciéndose.

Pasó entonces Erasmo a relatarme los hechos que él conocía y que, al parecer, le habían sido comunicados por un inspector de policía con el que jugaba al chinchón los sábados por la tarde. Prefiero, al igual que en los anteriores casos, no dar el nombre del sujeto.

Cuando ocurrió el asesinato, veinte años atrás, nadie prestó ninguna atención a la fantasiosa locura sobre la dama de negro. Mucho menos la policía, que no tenía ni tiempo ni recursos para dedicarlo a verificar por qué una niña loca había matado a otra persona. Era un asunto médico, no policial. Archivaron el dossier y se olvidaron de ello. Sin embargo, para el inspector amigo de Erasmo- el de las timbas de chinchón- fue un caso que no pudo olvidar, aunque nunca supo muy bien el porqué. Así que, cuando comenzó a recibir informes de ciudadanos que decían ver a una señora vestida de negro, con un traje inusualmente anacrónico y raído, paseándose por las calles de cierto barrio a altas horas de la noche, al inspector se le encendió una bombillita en su cabeza. Quizá todo fuese casual. Probablemente, fuese casual. Pero, ¿y si existía de veras una asesina vestida en negro tal como había asegurado aquella niña en aquel caso que aún recordaba? ¿Y si la criminal seguía haciendo de las suyas? No había habido más muertes pero el aguzado olfato del policía le hizo intentar averiguar un poquito más. Sin preguntar a la superioridad porque era un caso cerrado y había otros muchos más actuales e importantes. Consultó en el archivo central y pudo localizar la situación de la que otrora fuese la chiquilla Elvira. Era ya toda una mujer. Se había desposado con un ingeniero sevillano que pasaba más tiempo fuera de casa que dentro ya que era responsable de organizar obras en países lejanos. No les iba mal porque el tipo ingresaba unos buenos dineros anuales. Elvira se había convertido en una dama y, al comprobar la fotografía archivada con la ficha del carnet de identidad, observó que era muy hermosa. No tenía ocupación conocida ni hijos y, tras unas pocas pesquisas más, supo que sus problemas mentales habían quedado muy atrás y que su comportamiento era el de cualquier dama de la alta sociedad de la capital. Asistía a los más distinguidos eventos sociales y era considerada una invitada brillante en la conversación y amena en la diversión. Algún recorte de prensa que halló en el archivo la definía, asimismo, como una excelente jugadora de golf y partícipe en varias obras caritativas promovidas por la diócesis. Si la dama de negro existía era evidente que nunca más había molestado a Elvira. Podía ser que los testigos que llamaban asustados al ver vagabundeando a la figura de negro mintieran o estuvieran bajo los efluvios del licor. Pero eran seis y difícilmente podía suponerse que estaban conchabados.

- Así que mi amigo el inspector se decidió a vigilar el paseo durante una semana – Erasmo H.H. sorbió del café antes de continuar – y a punto estuvo de mandarlo todo a paseo hasta la noche del sábado de hace cuatro semanas.
- Continué usted. Me tiene el alma en vilo- le urgí a seguir porque el asunto me estaba interesando más de lo que quería admitir.
- Estaba ya convencido de que era una estupidez perseguir aquella corazonada cuando, a eso de las dos de la madrugada, mi amigo vio una dama de negro caminar apresurada por la avenida de Malzagaña. Efectivamente, y tal como habían afirmado los testigos, vestía un traje anticuado, todo en negro. Fue tal su sorpresa que para cuando intentó seguirla, la mujer – u hombre disfrazado, porque ya uno no puede estar seguro de nada- había desaparecido. La buscó por las calles aledañas e incluso entró en varios portales. Nada de nada. Esfumada, como si todo hubiera sido un sueño.
- Pudo ser una casualidad o sólo fruto del frío y el aburrimiento- argüí.
- No, querido amigo. Porque el hecho ha vuelto a ocurrir cada sábado desde entonces y en el mismo lugar. Y, siempre y a pesar de que el inspector está ya preparado y dispuesto a abordar a la figura y pedirle su documentación, esta se le escapa, se le evapora para desesperación del agente. Supone que le ve y eso previene a la mujer para escapar. Él estaba muy entusiasmado con el caso pero a sus superiores, sin embargo, no les ha hecho ninguna gracia. No es cosa de que la policía vaya persiguiendo quimeras aún cuando estas vistan de negro. Cada uno se pone la ropa que le da la gana y le han mandado a seguir a unos proxenetas a unos cuarenta kilómetros. Si esa vieja de negro existe, podrá seguir tranquila paseando su vestimenta.

Poco más sabía Erasmo H.H. del asunto y, además, las tazas de café estaban ya vacías. Intenté sonsacarle alguna cosa más pero cambió de tema de conversación y tuve que soportar media hora acerca de lo mal que estaba la feria del toro y de lo afeitados que salían los astados al ruedo.

Volví a casa intrigado. Casi estuve a punto de llamar al Dr. XX a tal hora de la noche pero me contuve. Todo aquello no era sino un chisme de taberna que rozaba la vulgaridad. Yo era un doctor, no un echador de cartas o un parasicólogo. Cené frugalmente y me acosté. Soñé con Elvira, con el asesinato de años atrás, y tuve pesadillas con una dama de negro que se reía ante mí. Me mantuve firme por un par de semanas sin intentar conocer detalles pero, una mañana, no aguante más y llamé a XX. Con una excusa banal, que ni siquiera recuerdo, conversé con él y, en medio de la conversación y como quién no quiere la cosa, le pregunté por el viejo caso de la niña Elvira.

- Pues fíjese- me contestó con un tono sombrío en su voz- que hacía años que yo pensaba que la mujer estaba sanada pero hace un par de meses su esposo, un afamado ingeniero, me llamó preocupado. Al parecer la señora desaparece algunos días. Él lo sabe porque algunos amigos se lo han dicho. Elvira ha dejado de asistir a algunos actos a los que se había comprometido sin razón aparente e incluso un par de veces temieron que hubiese tenido un accidente. Le hice un chequeo recientemente y no encontré la más mínima sombra de su fobia pasada. Juraría que está tan cuerda como yo mismo – hizo un chiste sobre si su esposa pensaba de igual manera- pero esas escapadas nos han puesto en alarma.

Aquello era suficiente para que, al día siguiente, hubiera decidido que yo tomaría el lugar del inspector. Pasé la semana en vilo, atendí mal a mis pacientes- algo de lo que posteriormente me arrepentiría- y conté cada hora hasta que llegó el sábado. Salí pronto, no fuera a ser que la extraña persona cambiara de hora justo ese día. Era una tarde grisácea, con viento del norte, pero al menos no llovía. Me aposté – y por algún motivo que ahora no sé explicar, yo también me vestí de negro- en los soportales de enfrente. Para las once ya estaba aburrido y a las doce estaba helado de frío. Mi curiosidad y mi voluntad de averiguar qué era todo aquel misterio menguaron rápidamente. Tanto que para la una (lo sé, porque escuché el campanazo de la iglesia de San Anselmo) me refugié en el coche y encendí la calefacción. Ahora sé que este hecho, lejos de perjudicar mi misión, fue una bendición porque la calle quedó desierta y nadie podía suponer que yo estaba dentro del vehículo. Casi me había adormilado cuando percibí una sombra, apenas delineada por las farolas amarillentas de la calle. La puerta de un portal – el número siete, ahora lo sé- se abrió. Mis sentidos se despertaron de sopetón y una tonelada de adrenalina corrió por mi sangre. Me agazapé en el coche procurando que nadie se percatara de mi presencia. La sombra se hizo forma. Al principio, indefinida. Después, se fue agrandando. Demasiado para que correspondiese a una única persona. Era claramente perceptible una falda negra, que ondeaba con el viento, y podía atisbar una figura atractiva bajo ella. Pasaron unos segundos y la sombra se movió hacia fuera. Entonces me percaté. No era una persona sino dos. Sus manos estaban entrelazadas y sus bocas también. Me sentí como un idiota. Eran sólo dos amantes, amándose en secreto. Probablemente, ambos casados, disfrutando de una aventura ilícita pero vibrante. Me avergoncé de mi mismo por estar allí, escondido, espiando como un voyeur a una pareja de amantes. Estaba a punto de dejarlo – tan mal me sentía por mi desvergüenza- cuando se despidieron. La mujer se giró hacia mi posición y pude verle la cara con toda claridad. Sonreía con una felicidad que denotaba lo enamorada que estaba. Quedé boquiabierto. Era Elvira. La hubiera reconocido en cualquier sitio a pesar de que sólo la conocía de fotografías. El hombre la miraba absorto y, aunque evidentemente no soy quién para juzgar estas cosas, parecía apuesto. Se despidieron lanzándose al unísono un beso con un sopló y ella se alejó apresurada perdiéndose en la oscuridad de la calle.

Por unos instantes permanecí desconcertado. Dándole vueltas a todo aquello. Era Elvira, de eso no había duda alguna. Estaba enamorada, de eso tampoco había dudas. Al cabo, millones de seres tienen amoríos extra maritales. Y con un marido que nunca estaba en su casa, no resultaba nada extraño su comportamiento.

Arranqué y los faros se autoencendieron. Había comprado el automóvil con un sistema automático de encendido de luces porque siempre se me olvida prenderlas al entrar en un túnel y en un par de ocasiones he tenido contratiempos con los agentes de tráfico. Por un casual, el haz luminoso impactó directamente sobre el portal. No estaba cerrado. El hombre aún permanecía en él, con cara de ensimismado mirando el camino por dónde se había marchado su amada. Se sobresaltó al verse inundado de luz y comprendió que les había estado espiando. Era joven y ágil. Y estaba furioso. En dos segundos, muchísimo antes de que yo pudiese reaccionar, estaba en mi ventanilla agarrándome por la solapa y gritando,

- ¿Qué quieres, viejo mirón? ¿Te pone ver a parejas que se besan, cerdo? – estaba realmente enojado y temí que me propinara un puñetazo.
- No, no. Lo siento. Elvira … - balbuceé sin darme cuenta de lo que decía.
Al oír el nombre de Elvira, aflojó súbitamente la presión y quedó como paralizado. Me miró fijamente y pude notar que su cerebro cavilaba a toda velocidad.
- Mire, no sé quién es usted pero esto no puede saberse – tartamudeó.

Comprendí que el muchacho se había asustado al saber que yo conocía a Elvira y supuso que podría conocer también a su esposo. Le ayudé a soltar sus manos de mis solapas, aunque ya no apretaban con fuerza.

- Lo siento. Puedes estar tranquilo. Yo no he estado hoy aquí- sonreí y le expliqué en cuatro palabras que sólo era un médico preocupado.
- Compréndalo. La amo. Me ama. No es dichosa en su matrimonio y su marido es un mal tipo. Si le pidiese el divorcio, la acusaría de estar nuevamente enferma…
- ¿Y el vestido? – atiné a preguntar.
- No pretenderá usted que vaya con su ropa habitual. La reconocería media ciudad. Mejor pasar por una vieja loca que vagabundea por la noche. ¿No lo cree así?

Le conté sumariamente lo que sabía y las suspicacias de Erasmo H.H., del inspector y del doctor. Me prometió que cambiarían de disfraz y así debió ser porque nunca más volví a escuchar del asunto. Aquella noche dormí a pierna suelta y me alegré por Elvira. Yo, desde luego, nunca le conté nada a H.H. y, con paciencia beatífica, continué charlando de chicuelinas y chiqueros, de alberos y de la suerte de varas que, según me dice siempre, cada vez se ejecuta con menos arte.










6/9/09

El libro digital como paradigma metaliterario



Actualmente, uno de los debates más enconados se centra sobre si el libro electrónico sustituirá completa o parcialmente al papel. Mi opinión es que, en el estado actual de la técnica, los e-books no vencerán al papel aunque no descarto (de hecho, lo auguro) que a medio plazo la tecnología avance para conseguir un papel electrónico más apropiado, con una textura más adecuada a nuestro tacto, con una portabilidad equiparable, sin necesidad de energía, con un mejor “encaje en el subconsciente humano”, con la “humanidad” que posee el papel convencional, y simultáneamente aunando todas las ventajas de lo digital como la reprogramabilidad, la facilidad de búsqueda o la posibilidad de incluir elementos multimedia.

Por encima de este debate, sin embargo, existe una reflexión que quizá es más profunda. Se trata de cómo afectará el libro digital de futuro a nuestra forma de leer y comprender la literatura. En papel, con el formato convencional, el libro es un elemento que puede considerarse aislado. Se autocontiene y es ajeno al resto de volúmenes. Puede tener listados de referencias o notas al pie de página pero el uso de tales datos es muy difícil de ejercer en tiempo real, amén de estar limitado a lo que el autor ha plasmado en tales inventarios de referencias. En un libro digital actual la situación es exactamente igual ya que lo único que se ha hecho es digitalizar en formato electrónico el anterior texto impreso.

Sin embargo, podemos concebir una red universal de libros digitales interconectados entre sí y relacionados mediante un sistema de etiquetas e identificación mucho más desarrollado que el actual. Así, en este escenario futuro, cuando un usuario esté leyendo un pasaje, el software podría hacerle saltar de forma instantánea y sencilla a otros libros que hablaran del mismo tema, o que compartieran un estilo similar, o a datos históricos que tengan que ver con la narración, o a relaciones que el propio robot de búsqueda encontrara entre unas obras y otras. Hay que notar que no me refiero aquí a relaciones predeterminadas por el autor (como son las actuales listas de referencias) sino que se trataría de caminos ocultos (podríamos llamarlos agujeros de gusano literarios utilizando el símil astrofísico) encontrados por el propio software tras evaluar el texto, los gustos memorizados del lector y las acciones que otros miles de usuarios estarían realizando en ese mundo literario universal virtual. Se crearía un nuevo nivel de comprensión del texto que no existía en la propia obra, que la completaría y que sería dinámica en función de las acciones de todos los lectores.

Imaginemos que un individuo esté leyendo Guerra y Paz. Es evidente que el software le puede proponer leer sobre los eventos reales de la invasión napoleónica de Rusia, no porque Tolstoi lo haya previsto así sino porque el sistema operativo detecta que la historia tiene que ver con tales acontecimientos. O puede proponer conocer más sobre los lugares geográficos, o sobre otros autores coetáneos, o sobre otros escritores que hayan tratado temas similares (por ejemplo, leer paralelamente el Napoleón de Mac Gallo o tener una visión ácida y satírica leyendo La sombra del Águila de Reverte) o sugerir otras artes relacionadas (la Obertura 1812 por ejemplo), etc, etc. Pero, es más, este software metaliterario podría adaptarse con lo que los otros miles de lectores hacen o han hecho al leer Guerra y Paz. Si alguno de ellos, por su iniciativa, había saltado a leer alguna reseña particular esta podría sugerirse al resto de lectores. Si había hecho anotaciones, estas podrían estar disponibles al resto del cosmos lector.


Esta posibilidad metaliteraria del libro electrónico es quizá la más radicalmente innovadora, muy por encima del debate papel versus pantalla (que, en unos años, cuando la tecnología avance, no tendrá probablemente sentido). Esta facultad de trascender el libro pero sin abandonarlo, completándolo, envolviéndolo en un mundo rico y atractivo es la que haría que la experiencia lectora fuese mucho más subyugante.


Il mio ben quando verrà


Le gustaba poner aquel vinilo – porque nunca había querido traicionarlo y comprar una versión moderna en CD- a pesar de que su sonido no era el más pulcro, siempre con ese zumbido sordo, cómo de alas de mosca frotando , que la aguja producía al rozar con el plástico. Se sentaba en el balcón cuando ya quedaba poca luz y en el cielo cohabitaban hilos rosas de nubes y los luceros de Sirio y Venus. Con la mirada perdida en ningún sitio. Con el recuerdo fijo en ella. Sinceramente, creía que era el aria más bella jamás escrita. Una ópera llena de amor, Nina. Escrita por un músico casi olvidado, Giovanni Paisiello. Miró su foto y las palabras que la soprano cantaba se repitieron decenas de veces en el eco de su añoranza.

Il mio ben quando verrà
A veder la mesta amica?
Di bei fior s'ammanterà
La spiaggia aprica.
Ma nol vedo, e il mio ben,
Ahimè! Non vien?


Sí, cuando ella llegara para salvarlo, las flores volverían a alumbrar los tallos y el sol brillaría inmenso. Pero estaba lejos, lejos, lejos. Non vien? Quando verrà il mio ben?. Supo que la amaba con toda su alma y continuó esperando.



El espejo




Aún no había amanecido y apenas habíamos dormido unas pocas horas. No teníamos tiempo para hacerlo porque la urgencia de las caricias y de los abrazos era mayor que el cansancio. Me desperté al sentir que te movías. Me encontré a mí mismo engarzado a tu espalda y a tus pechos, en la misma y exacta posición en la que el sueño me había vencido. Ese era justamente el lugar preciso en donde estaba mi edén y moverse un milímetro hubiera sido casi pecado mortal. Fuiste a por un poco de agua. Llevabas puesta encima sólo la parte de arriba del pijama y la silueta de tus piernas resultaba tentadora. Cuando regresaste un minuto después yo ya estaba penando de añoranza por abrazarte nuevamente bajo las sábanas. Me refugié en ti, trencé mis piernas entre las tuyas, y te besé entre la vaporosa luminiscencia que la tenue luz de una farola filtraba en la habitación. Me sonreíste y me dijiste que amar te sentaba bien. Te pregunté el porqué y me contestaste que te habías visto bella en el espejo. Lo estabas, de verdad que lo estabas, y me sentí el hombre más dichoso del cosmos. No tuve tiempo de dormir más porque el hechizo de tu ser me envolvió de anhelos y sólo pude dejar transcurrir el tiempo mientras recorría una y otra vez, cautivado, el perfil de tu cara .






Los gritos del pasado

Los gritos del pasado (Maeva, 2008), de Camila Läckberg es la continuación de las aventuras del policía Patrik y - su antes novia en el primer libro, ahora esposa- Erica. Si en el primer libro (La princesa de hielo) el protagonismo era mayor para el personaje femenino, en esta novela bascula hacia el detective.

Se trata de una novela negra bien trenzada, en la que- al igual que en la obra anterior de la saga- la investigación avanza a la vieja usanza, con trabajo, preguntas, hilando cabos, pero siempre en un contexto sencillo y realista, lejos de por ejemplo los poderes casi sobrehumanos de la Salander de la trilogía Millenium que, por cierto, debe bastante a Läckberg. Esta escritora no abusa de la acción que siempre se dosifica poco a poco pero, sin embargo, nos atrapa en la intriga y el suspense de la investigación induciéndonos a continuar leyendo para saber qué ocurrirá. Hay pasajes intimistas y reflexivos, muy bien escritos, que son un contrapunto perfecto al mundo exterior de crímenes y maldad.

Läckberg acierta al combinar los problemas de la vida familiar y cotidiana con el frenesí de la investigación policial y el misterio de los crímenes. Asimismo, vuelve a describir las clases sociales de la Suecia moderna.

Sin embargo, en esta entrega hay subtramas que sobran y que parecen metidas con calzador sólo para ocupar páginas, especialmente todas las que se refieren a las visitas de amigos y familiares que no sólo no aportan nada sino que son realmente absurdas. Asimismo, el final desentona un poco con el buen nivel del resto de la novela porque recurrir a un asesino chiflado no es de lo más original y resulta un tanto decepcionante como resolución del caso máxime cuando la trama parecía indicar que existía algún misterio escondido de mayor calado.

Eso sí, no veraneen en Fjällbacka (pueblo que existe de verdad) porque para lo pequeñito que es debe concentrar el mayor número de malvados de toda Europa.




Cocoon



Otro paso más hacia la holosala y la realidad virtual(http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/07/futuro-lejano-de-la-literatura-digital.html). Aunque el desarrollo técnico que aquí se comenta no está dirigido a la literatura virtual es evidente que podría aplicarse algún día. Cocoon es un proyecto de casco sensorial que se está desarrollando por las Universidades de York y Warwick en el Reino Unido, que estimulará los cinco sentidos. Así como hasta ahora se integraban la imagen virtual y el sonido, este nuevo dispositivo permitirá añadir olores virtuales, sabores digitales y tacto de modo que la inmersión en el universo virtual digital (que, como decíamos, puede ser por ejemplo una historia narrativa) será mucho más impactante. Un prototipo ya ha sido presentado en Pieoneers 09 (http://pioneers.epsrc.ac.uk/Pages/About.aspx y http://gow.epsrc.ac.uk/ViewGrant.aspx?GrantRef=EP/G001634/1 ). Con este sistema, podríamos “olfatear” los aromas que el asesino de “El Perfume” de Patrick Süskind detectaba, o “paladear” el "kirantott karfiol teifolos martassal" (coliflor rebozada y frita con crema agria) en “O de odio” de Susan Grafton. O sentir la brisa del océano en la proa del Pequod mientras perseguimos a la ballena blanca. U oler las frondas que rodean Macondo. El prototipo es aún muy rudimentario. Precisa que el usuario se introduzca un elemento en la boca para “saborear” y tocar con los dedos los dispositivos táctiles, por ejemplo. Puede leerse más en http://www.epsrc.ac.uk/PressReleases/towardsvirtualreality.htm.

(fotografía de Mark Richards)

Yo, dragón


Está en marcha el concurso de novela/juego colaborativo Yo, Dragón (http://www.soopbook.com/divinity2.html?src=home ) que Koch Media ha convocado con motivo de del lanzamiento del videojuego Divinity 2: Ego Draconis (http://www.divinity2.com/ ). A partir de un capítulo inicial escrito por Sergio Parra, que comienza la narración, aquellos que deseen participar pueden mandar un fragmento que vaya avanzando la historia colaborativa. Se hará a través de la red social SoopBook.com. La acción debe basarse en los personajes y aventuras del juego antes mencionado. Habrá premios para los autores de los mejores capítulos.


5/9/09

High Crimson

High Crimson (http://www.studiocleo.com/projects/meridian/crimson/ ) de C.Allan Dinsmore es una muy notable obra digital en donde textos interesantes – no sólo palabras o frases inconexas, sino narraciones coherentes, historias- se combinan con movimientos de letras, música e imágenes para crear una elegante atmósfera, misteriosa e intimista, que incita a continuar la lectura, a descubrir los textos escondidos en la maraña de hiperenlaces. Hay mucho que leer, mucho que descubrir. No hay linealidad pero esa falta de orden no aburre como otras muchas creaciones. Es una obra que contiene muchas sorpresas y que ha requerido un trabajo importante. Su única pega es que algunos pocos recursos multimedia no funcionan correctamente en ciertas configuraciones.
La autora expone obra permanente en el American Craft Museum, el Dursky Museum, el Smithsonian Institution y el Montreal Museum of Art


La reliquia


El bosquecillo de olmos era la frontera natural entre ambas aldeas aunque para cualquier forastero todo era un mismo pueblo, tan parejas eran las casas y los habitantes de ambos parajes. A pesar de la cercanía, para los lugareños ambas villas eran tan distintas como la leche y el vino. Y la rivalidad existía en casi todas las actividades diarias. Sólo los críos – y, siempre que su edad no llegara a los doce años porque a partir de entonces eran conscientes de su diferencia- jugueteaban juntos sin hacer ascos a que se hubiese nacido en uno u otro lugar.

Ocurrió en septiembre, tres días antes de las fiestas patronales que, muy a pesar de ambos alcaldes, se celebraban el mismo día. Habían pensando muchas veces en trasladar la fecha pero siempre los dos habían pensado que debían ser los otros los que la cambiaran porque, como era bien sabido, la fiesta propia era la auténtica y la otra no era sino una burda copia. Aquel día, bien de mañana, los dos chiquillos jugueteaban a las escondidas entre los árboles. Hilario y Juan se llamaban. Ambos con el pelo bien rapado, pantalones cortos, zapatillas livianas y una camisa a cuadros azules que les quedaba grande. Juan fue el primero que vio la figura. Era una especie de estatua, medio enterrada en el musgo, apartada del camino. Cuando Hilario llegó, ya estaba escarbando la tierra a su alrededor, entusiasmado porque pensaba haber encontrado un tesoro. Juan le ayudó solícito y en poco tiempo desenterraron el hallazgo. Parecía una talla de madera, pequeña, de un par de palmos. Hilario, que iba a la iglesia cada domingo de la mano de su abuela, afirmó muy serio que aquello era un santo aunque no tenía ni remota idea de su nombre. Desde luego, no era San Mateo, el patrón de su pueblo que también lo era del de al lado. Porque a ese sí lo conocía de verlo en el altar de la iglesia. Chicos avispados como eran, decidieron llevar la estatua al cura del pueblo de Juan que estaba un tanto más cerca que el otro. El párroco se santiguó tres veces y recogió la imagen asegurando que se trataba de un evangelista.

La noticia corrió como reguero de pólvora por la aldea. Doña Jacinta, dama beata y solterona, aseguró que se trataba de un portento, un hallazgo semejante al de los chiquillos de Fátima. El alcalde aseveró que era un don para el pueblo y que el que se hubiese encontrado dentro del término municipal que él regentaba sólo podía indicar que los cielos bendecían el lugar y, cómo no, su gestión, aprovechando para pedir el voto en las siguientes elecciones municipales. El cura organizó un par de misas a las que asistieron buena parte de los vecinos y la comisión de fiestas, tomada por sorpresa pero con ágiles reflejos, propuso entronizar al nuevo santo durante la fiesta mayor que estaba al caer. Don Francisco, un indiano que vivía en la mansión que otrora fuese del duque de Martelada, escribió una misiva que pretendía hacer llegar al Arzobispo para que tuviese a bien hacerles una visita y comprobar por sí mismo el milagroso encuentro. Probablemente, pensaba, el lugar sería declarado santo, se construiría una ermita y se abriría al culto de turistas y fieles que harían desarrollar rápidamente la economía del pueblo.

Esa misma tarde, tres vehículos llegaron a demasiada velocidad y de ellos bajaron el alcalde de la villa colindante y otras ocho personas entre las que se encontraban el niño Juan, su padre y don Álvaro, otro indiano que vivía en la mansión que otrora fuese del marqués de Altagara, enemigo del de Martelada, y como el lector avieso habrá ya barruntado, sita en el pueblo de al lado.

- Seré claro y breve- exclamó el alcalde recién llegado- Esa figura nos pertenece ya que fue Juan, muchacho aquí presente, el que la encontró.
- De eso nada, querido alcalde- contestó el otro regidor-. Fue encontrada en nuestro término municipal y es evidente que pertenece a nuestra noble y leal villa.

La discusión duró un par de horas y fue enconándose hasta el punto de que se amenazaron con los puños, con acciones legales y con excomuniones religiosas. Más tarde llegó el párroco del pueblo de al lado que intentó llegar a un acuerdo con su colega utilizando métodos más piadosos y más acordes con su misión ministerial. Mas al cabo de otra hora, ambos hombres de Dios habían olvidado la caridad y humildad a la que estaban obligados y redactaban sendas cartas al Arzobispo- y al Papa, si menester fuese- para que la talla quedara donde correspondía.

Por la noche, un grupo de vecinos del pueblo que se sentía robado, portando antorchas y alguna que otra navaja, se presentaron furiosos en la villa vecina. Los de esta no se atemorizaron y montaron con presteza una contra manifestación. Ambos colectivos se colocaron, uno enfrente del otro, gritándose mutuamente los más encolerizados insultos y jurando por sus muertos que el nuevo santo encontrado les pertenecía. Cuando una luna amarillenta salió por detrás del bosque ya se corría entre las gentes que la figura había obrado milagros. Al parecer, en uno de los bandos, una vieja que padecía artritis aguda decía sentirse como una chiquilla de dieciocho. En el otro grupo, un tal Amancio, famoso por sus escapadas a la capital y sus contagios venéreos decía haber sanado milagrosamente y afirmaba que renunciaba a su vida de vicio y que quería ingresar en un convento.

La noche pasó en vela para ambos piquetes. Hubo un par de escaramuzas de un pelotón de jóvenes del pueblo de Juan que intentó acercarse a la iglesia para, por la fuerza, restituir al santo a dónde según ellos pertenecía. Mas un viejo mastín ladró a destiempo y el párroco tuvo tiempo de tañer la campana y avisar a sus conciudadanos que acudieron prestos a defender la reliquia.

Cuando amaneció, los dos pequeños ejércitos se aprestaron para una larga campaña de asedio. Se montaron tiendas y carpas, se trajeron víveres y garrafas de vino y se montaron turnos de vigilancia. Con la excepción de la sobremesa en la que ambos contendientes se dedicaban a comer y a echar una merecida siesta, el resto del tiempo se llamaban de todo y proseguían con los rifirrafes en los que intercambiaban pedradas. Mientras, las noticias de los altercados habían llegado ya a la diócesis que avisó a la comisaría y al juez.

El día de la fiesta patronal, fuerzas del orden tuvieron que acudir al lugar porque de las pedradas se había pasado a los navajazos y un par de mozalbetes habían ingresado en un hospital con buenos tajos en brazos y muslos. No se anduvieron con remilgos. Una manta de porrazos hizo correr en polvareda a los dos bandos que se refugiaron en sus cuarteles de invierno mientras el obispo, llegado a toda prisa desde la capital, se hizo cargo de la estatuilla.

A final de mes, Juan e Hilario jugaban en el bosque cuando vieron asomar entre el musgo una sombra de algo oculto. Ni miraron qué era ni se dijeron ni palabra pero, por si acaso, entre ambos colocaron encima un metro de rocas y tierra y continuaron persiguiéndose entre los olmos.

4/9/09

Clima



Aunque aún era verano, el día había sido ceniciento y un sirimiri persistente había empapado el césped de los parques. Un día tristón que parecía más propio de abrigos y sopa caliente que de jocosas algarabías de amigos. Estas cosas nunca llegan solas y, quizá por ello, el trabajo de la jornada resultó anodino y pesado. Asuntos de esos que, aún pareciendo sencillos, no pueden resolverse del todo, que siguen ahí sin solución por muchas horas que se les dedique y que se adhieren a uno como ese sudor espeso que no evapora en los días cálidos y húmedos.

Y, encima, ella no estaba. Y eso pesaba. Joder, que sí pesaba. Era vagamente consciente del fenómeno pero había deducido, ya hacía mucho tiempo, que el clima y su presencia estaban íntimamente ligados por algún embrujo mágico e inexplicable que la física no podía modelar. Si ella estaba cerca, lucía el sol y los pájaros en empeñaban en trinar. Si no estaba, la luz disminuía y la llovizna caía tediosa. Un día hasta estuvo rebuscando en las enciclopedias acerca de cuál pudiera ser la causa de este enigma pero sólo encontró algunas referencias a casos psiquiátricos en los que los pobres enfermos creían que el mundo era mejor en presencia de otra persona. Algunos autores lo llamaban locura de amor, pero a él se le antojaba tan verídico que más que mirar el parte meteorológico de la televisión lo que hacía era preguntar dónde estaría ella al día siguiente. Que estaría cerca, cogía las gafas de sol. Que estaría lejos, el paraguas.
Para colmo de males, era un tipo acomplejado, convencido de que era imposible que ella pudiera prestarle un poco de atención. Vamos, que verlos juntos era como comparar el oro con la alpaca. Y él era la alpaca. Se preguntó qué estaría haciendo, cómo reiría, cómo cantaría canciones alegres.

Llovía, y los nubarrones que venían del mar se habían condensado en grupos negruzcos que amenazaban granizada. Se levantó el cuello de la chaqueta y se sintió destemplado. Saldría pronto del trabajo, cenaría algo caliente y se metería en la cama bien pronto, intentando dormirse para que el día finalizara cuanto antes.

El teléfono móvil vibró. Había un mensaje. Lo leyó. Ella le decía que se acordaba de él. Los colores de un arco iris estallaron en el cielo y, de pronto, se preguntó qué coño hacía con la chaqueta puesta en un día tan cálido y espléndido.