31/12/08

Año nuevo

Me han deseado, esta tarde, un feliz año. Y, sonriendo, lo he agradecido y he devuelto los afanes de felicidad y fortuna. Luego, a solas, me he puesto triste, muy triste, cuando se ha presentado ante mí el desierto infinito de tu ausencia.

No será un año feliz. No habrá más años felices porque tú te has ido.

Cualquier tiempo pasado fue mejor, dicen sin creérselo del todo. No saben cuán cierto puede ser. Será una noche de sonrisas en la cara y lágrimas en el corazón.

28/12/08

Un cuento de navidad

Si Arusi hubiese sabido que estaba preñada de Danjuma, no hubiera aceptado embarcarse en aquel pequeño bote con destino a las Canarias. Pero, entonces, no era consciente que el pequeño Hasani estaba ya en su vientre. Cuando lo supo, decidió que iba a ser varón y que lo llamaría Hasani. Ni se le pasaba por la cabeza que pudiera ser niña porque Banderiwa- que así se llamaría la chiquilla- sería la segunda de la descendencia.

Aún tenía pesadillas, de tanto en cuanto, acerca de aquel cayuco que casi se hunde cuando todavía faltaban treinta millas para alcanzar las playas. Tuvieron que achicar agua con las botellas de plástico, con las manos y hasta con los zapatos. Pero llegaron. Recordaba que las estrellas eran escasas en aquel nuevo cielo aunque, como Danjuma le dijo, así era mejor para que nadie les viera. Hubieron de nadar hasta la orilla y, tiritando, se sentaron abrazados confiados en que los espíritus de sus antepasados vinieran a socorrerles. Así parecieron hacerlo porque al día siguiente encontraron a unos compatriotas que les dieron algo de ropa y les mostraron dónde comer una sopa de caridad. Hubo suerte porque, en mayo, él encontró un trabajo como recolector de bananas y ella un empleo cocinando para los braceros del plantío. Fue al poco cuando Arusi supo que tendría un hijo. Espero a tener dos faltas del periodo antes de contárselo a Danjuma. Recordaba bien cuándo se lo dijo. Él se mostró confundido, sorprendido y no dijo nada durante varios minutos. Incluso, ella creyó que podía estar dudando que él fuese el padre lo cual la enojó. Danjuma debió darse cuenta de la ira en sus ojos porque reaccionó, la abrazó y la besó. Más tarde le diría que se había asustado. ¿Cómo iban a cuidar de un hijo si apenas tenían sustento para ellos mismos?

En Diciembre, el vientre de Arusi la hacía sentirse torpe. La temporada en el campo se había terminado y no tenían trabajo. Los pocos ahorros que habían acumulado les darían apenas para pagar la pensión hasta fin de año y, para entonces, Hasani – ella continuaba segura de que nacería un niño- estaría ya en este mundo. Decidieron embarcarse hacia la península. Allí habría más opciones. Pagaron cien euros por un puesto de polizón en un contenedor que supuestamente transportaba tornillería. Lo pasaron mal, muy mal en aquel calor asfixiante, apretados contra otra decenas de cuerpos. Cuando salieron al exterior, permanecieron tumbados, respirando en medio del campo. Les dijeron que estaban en Málaga pero lejos de las poblaciones más importantes para reducir el riesgo de que la policía los detectase. El aire de diciembre era frío y traía los aromas de la sierra granadina.

Quizá por las tribulaciones del viaje o acaso porque el tiempo se había ya cumplido, Arusi tuvo los primeros dolores poco antes del amanecer. Supo que Hasani no esperaría mucho más y que ya pugnaba en sus entrañas para hacer presencia en el mundo. Danjuma la miraba aterrado, sin saber qué hacer, rezando a sus dioses para que no les abandonaran en aquel momento. Él no sabía hacer de partera y tenía que buscar ayuda. Sólo había un resplandor hacia el norte, quizá a un par de kilómetros. Aquello debía ser un pueblo. Ayudó a Arusi a incorporarse y, arrastrando la maleta, caminaron despacio hacia el horizonte. La noche, sin luna, no ayudaba y tropezaron varias veces. Todo aquel ajetreo y aquel esfuerzo sólo hacían que las contracciones se aceleraran.

Unas hebras rojizas decoraban el cielo del amanecer cuando llegaron al pueblo. Algún gallo cantó pero las calles estaban desiertas. Arusi se inclinaba por el dolor y sentía que la hora estaba ya muy cerca. Danjuma, angustiado, golpeó la puerta de la primera casa que vio. Notó que alguien miraba por la mirilla pero nadie abrió. Tocó un par de veces más hasta que se convenció de que nadie le iba a abrir. Caminaron hasta la siguiente vivienda. Esta tenía tres pisos y un portal cerrado. Presionó un timbre mientras Arusi se sentaba y resoplaba agitadamente. Nadie contestó. Tocó al segundo timbre y una voz ronca preguntó quién era. Él le pidió ayuda, le dijo que su mujer iba a parir, pero la puerta no se abrió ni volvió a oír palabra alguna. Dejó sentada a su esposa y corrió por la calle, llamando a todas las puertas que vio. Nadie abrió.

Arusi sentía ya los dolores cada pocos minutos y apenas tenía fuerzas para caminar. Quería a Danjuma a su lado, lo necesitaba allá, con ella, dándole la mano. Él llegó sudoroso a pesar del frío de la mañana. Con lágrimas en los ojos le dijo que nadie le abría, que nadie le socorría pero que había visto un establo, una borda de pastores, al final del pueblo. Le pasó su brazo por debajo de los hombros y la ayudó a caminar. Dejó la maleta abandonada en el portal.

Llegaron justo a tiempo. Parecía no haber nadie. Un buey que reposaba en la entrada les miró con indiferencia. Atado al fondo había un asno que se revolvió inquieto al ver a aquellos desconocidos que importunaban su descanso. Al menos, estaba cálido. La mujer se tumbó sobre la paja sucia y cruzó sus ojos anhelantes con los de él.

- Todo va a ir bien- le dijo y sacó fuerzas de donde no las había para sonreír.

Hasani tenía tantas ganas de ver a sus padres que el parto fue fácil. La naturaleza les ayudó. Aprendieron lo que necesitaban en unos pocos minutos y Danjuma cortó el cordón con su navajita e hizo un nudo rudimentario. Oyó llorar al chiquillo y instintivamente supo que eso era bueno. Le cubrió con su chaqueta y acarició la frente de Arusi que no dejaba de mirar al niño.


Europeana vuelve a funcionar

Europeana (dev.europeana.eu) vuelve a funcionar tras su accidentado inicio en noviembre. Tanto fue el éxito que, al día siguiente de su inauguración, alcanzó los 10 millones de consultas por hora, saturando el sistema. Fue cerrado para duplicar la capacidad pero, aún así, se llegó a los 20 millones de consultas por hora en muy breve plazo lo que obligó a su cierre hasta dotar al sistema de la capacidad adecuada.

Ahora, el comisario europeo Martin Selmayr ha anunciado que el portal vuelve a estar operativo tras haber cuadriplicado la capacidad. En este momento, ofrece acceso a más de dos millones de obras artísticas.

26/12/08

Web 3.0 y literatura digital

Cuando se rastrea la web, aparecen numerosas informaciones acerca de las denominadas web 2.0 y web 3.0. Da la impresión de que la propia red autogenera conceptos y evoluciones de sí misma a la vez que se encarga de promocionarlas y generar debate y conocimiento sobre dicha evolución. ¿Cómo afectan estos desarrollos a la literatura digital?

Primeramente deberíamos establecer qué entendemos por las diferentes versiones de webs. Todo se inició, como bien es sabido, con la web a secas (que podemos llamar, retrospectivamente, web 1.0) El lenguaje de programación en base a marcas HTML permitía visualizar informaciones de un modo formateado. Por así, decirlo, la web 1.0 garantizaba la lectura de datos, textos e imágenes en máquinas alejadas mediante un protocolo de ordenación de las mismas entendible por los navegadores. En la web 1.0, el usuario medio puede leer pero no le es sencillo escribir. Para hacerlo, debe formatear la información usando HTML y debe disponer de un servidor en donde alojar los datos. Por supuesto, a lo largo de los años, el lenguaje de programación progresó y las páginas web dejaron de ser estáticas mediante la programación dinámica que permitía visualizar informaciones diferentes en función de las acciones del lector. También se dieron pasos hacia la posibilidad de escribir con los formularios y la instrucción “submit”.

En lo que se refiere a la literatura, esta web 1.0 afectó ya notablemente a la “literatura digitalizada” por cuanto que permitía la digitalización de numerosos fondos editoriales y su puesta a disposición- vía Internet- del público en general (aunque las más de las veces, sin gratuidad).

La web 2.0 dio un paso adelante permitiendo escribir informaciones de manera sencilla al usuario medio. Conceptualmente, no supuso una gran revolución como muchas veces se ha pretendido. El término fue acuñado por Tim O’Reilly y se trató mucho más de una estrategia de marketing que tecnológica (coincido con Nova Spivack
en que realmente siempre es la misma web). Básicamente, se trataba de ordenar los contenidos de las páginas sobre una base de datos modificable de manera amigable y fácil por el usuario. Así, se le liberaba de tener que conocer la programación HTML (o cualquiera otra). Evidentemente, y aunque este hecho se olvida a menudo, no se le ha liberado de tener que disponer de un servidor que aloje las páginas. Lo único que ha variado es que existen empresas u organizaciones que ponen a disposición de usuarios anónimos amplias zonas de memoria y, muchas veces, gratuitamente. Desde este punto de vista, la web 2.0 se basa sobre todo en la gratuidad y disponibilidad de servidores sin los cuales, su desarrollo hubiese sido imposible (hecho que también genera inconvenientes como puede verse aquí).

La combinación de los nuevos conceptos de programación y gestión de páginas (CSS, XHTML, XML, SOAP, REST, JAVA, AJAX, P2P, RSS, widgets, etc) y la masiva gratuidad de hardware en los servidores supuso – esta vez sí- una pequeña revolución en el uso de la web. Usuarios que de otro modo nunca hubiesen tenido la maña o los medios para “subir” contenidos a la red, ahora podían hacerlo fácilmente. Esto generó las redes sociales, los blogs, las bases de datos de fotografías, etc. , etc. Y, aportó, conceptos como la Wikipedia y la creación colaborativa.


Desde el punto de vista de la literatura, el impacto ha sido importante en cuanto a digitalizarla aún más allá. Porque, ahora, no sólo es posible disponer vía Internet de numerosos fondos digitalizados sino que, además, muchos escritores – noveles o encumbrados- pueden volcar su obra en la red y ponerla a disposición de cualquiera que desee leerla sin necesitar de editores. Incluso, pueden crear obras entre varios autores de manera casi simultánea aún cuando se encuentren en zonas alejadas del planeta. La calidad de toda esta ingente producción es cosa de otro cantar. Asimismo, la persistencia de los potenciales escritores es, muchas veces, inexistente y tras una aproximación casi anecdótica para crear un blog y “postear” algunas entradas, la mayoría son abandonados. Algo no diferente de lo que ocurre y ha ocurrido siempre en la literatura convencional donde muchos lo intentan, pocos perseveran y muy pocos triunfan. También los medios tradicionales (editoriales, periódicos, etc) han usado ampliamente la web 2.0 para promocionar sus contenidos literarios, digitalizados.

Otra aplicación potencial muy interesante era/es el mash-ups (unión de varias aplicaciones aunándolas en una nueva con contenidos diferentes) pero, en la práctica, esta posibilidad se ha concentrado en la cartografía uniendo los mapas de Google Earth (u otros) a programas de localización de tiendas, restaurantes, rutas, etc.

Tanto con la web 1.0 como con la web 2.0, los avances en literatura digital (no en la digitalizada) no han sido importantes, al menos debido a ellas. Ciertamente, un creador de literatura digital tiene ahora más facilidad en “subir” una obra a la red pero, en cualquier caso, no tanta como se cree porque, por ejemplo, los servidores gratuitos y muchos de pago vetan ficheros de muchas categorías – particularmente los ejecutables o los que tienen contenidos activos- por razones de seguridad.

La web 2.0 en sí misma no aporta creatividad literaria digital. Desde este punto de vista, la aportación de FLASH es mucho más importante. Las posibilidades javascript ya estaban presentes en la web 1.0, de modo que tampoco suponen un cambio decisivo. La interactividad con el usuario que aporta la web 2.0 no ha sido importante en el desarrollo de la literatura digital ya que, como es bastante evidente, las opciones suelen ser bastante escasas (por eso, los blogs tienden a parecerse mucho en su formato lo cual, en cierto modo, es bueno para que los usuarios naveguen entre ellos sin ninguna dificultad. Lo mismo ocurre con twitter o fotolog. Vista una página, vistas todas, desde el punto de vista del formato).

En mi opinión, la opción de los mash-ups es aún muy interesante para la literatura digital. Cabría pensar en una obra que aunara contenido propio con textos de los clásicos combinados dinámicamente de forma novedosa y creativa. Pero no es una potencialidad explotada, probablemente por su complejidad de programación (una obra simplísima – y fallida- en esta dirección es Goggi).

¿Qué es la web 3.0 y qué puede aportar a la literatura digital?

Las webs 1.0 y 2.0, con su mayor o menor facilidad para volcar contenido en la red y su mayor o menor interactividad, no dejan de ser bases de datos “ciegas”. Cada página es una especie de catálogo que el usuario puede leer y escribir pero que no contiene información acerca de cómo ser usada. Por así decirlo, cada página “no sabe de qué trata ella misma y el ordenador no sabe qué muestra o deja de mostrar”. Las páginas tienen significado para las personas que las leen pero no para los ordenadores que las procesan.

Cuando realizamos una consulta sobre un tema concreto, se nos presentan miles, millones a veces, de potenciales lugares sin orden ni concierto (o, peor aún, con el orden y concierto que da el dinero pagado por las empresas para que las páginas aparezcan en mejores lugares). El algoritmo Page Rank de Google es un intento, aún incipiente, de lograr un mayor acierto en la búsqueda de información ¿Cómo podemos dotar a las máquinas de una cierta inteligencia para que realmente nos muestren aquello que nos interesa? Esta idea, aunque puesta de moda ahora, es tan vieja como la red.

Ese es el objetivo de la web 3.0 (término propuesto por Jeffrey Zeldman más como arma publicitaria que de concepto). Se trataría de añadir a cada página una serie de contenidos semánticos (metadatos) de manera que un programa de inteligencia artificial pudiera evaluar si esa página, y no otra, es la que realmente nos interesa cuando hacemos una consulta. Es decir, añadirle un contenido semántico que pueda ser tratado por máquinas.

Imaginemos, por ejemplo, que queremos encontrar información referida a las novelas de García Márquez que sean de su primera época y que se puedan adquirir por menos de diez euros en alguna librería de nuestra ciudad. Una búsqueda de este tipo, en la actualidad, puede llevar horas y necesitar saltar por cientos de websites. Pero, sí cada página contuviese información adicional oculta que la centrara en un interés concreto, podría aparecernos el contenido requerido inmediatamente.

Lograr esto es complejo. Para empezar requiere sistematizar de manera rigurosa el conocimiento, lo que ya de por sí es tarea de titanes (si no, ya tendríamos ordenadores pensantes). Para un humano entender que “hace calor” es inmediato pero ¿cómo hacemos que un ordenador “entienda” ese concepto? ¿cómo lo codificamos? Además, requiere encontrar una vía de simular el pensamiento metafórico del ser humano que llama de diversas maneras a un sólo concepto, algo que aún no se conseguido técnicamente. ¿cómo “sabe” un ordenador que “hace calor”, “¡vaya calor!”, “ hace un día sofocante” es más o menos lo mismo? ¿cómo codificamos esas infinitas formas de decir? En definitiva, se trata de dotar a la máquina de cierta capacidad de razonar. Un campo de investigación, dicho sea de paso, apasionante que no sólo se da en el ámbito de la red sino, sobre todo, en el de la ingeniería y en el campo militar.

El primer paso será crear la “data web”, una base de datos universal que entienda todos los formatos ahora existentes en los miles de millones de páginas almacenadas en Internet. El estándar RDF parece que puede ser útil en este desarrollo como base de datos de metadatos pero es muy complejo matemáticamente y no se popularizará con facilidad. Hay ya, en estos momentos, aplicaciones que acumulan las relaciones que se establecen en las redes sociales, es decir usan el conocimiento que los seres humanos utilizan al usar la red. En este campo tenemos KnowItAll , Metaweb, PowerSet o RadarNetworks, por ejemplo. El lenguaje RDF/OWL es un paso reciente para codificar conocimiento ontológico. También existen ya formatos locales especializados para almacenar información determinada como los propuestos por Tecnorati para formatear la información de contacto de una persona (microformato hCard), una cita (microformato hCalendar), una opinión (microformato hReview) o una relación en una red social (microformato XFN). Bastantes proyectos están financiados por organismos militares.

Pero, en general ahora mismo, no sólo nos falta aún teoría lógica sino un hardware capaz de computar tal cantidad de información a la velocidad suficiente pues de nada serviría hacer una consulta cuya respuesta perfecta llegara tres años después.

Una cuestión que queda en el aire es si esa enorme capacidad de raciocinio de las nuevas máquinas estará gratuitamente en manos del público en general.

¿Qué aportaría la web 3.0 – cuando se logre- a la literatura?

A la digitalizada está claro que mucho. A la filología también. La facilidad para encontrar textos, para analizar un corpus o para buscar referencias será extrema y esta simplicidad acelerará los estudios literarios por el simple hecho de que se podrá hacer más y mejor en mucho menos tiempo. Podrán establecerse conexiones semánticas entre web lejanas, encontrar nuevas asociaciones y hacer estudios comparativos extremadamente profundos.

¿Y a la literatura digital en sí misma? Es un campo desconocido, una tierra que explorar. Si aún no hemos sido capaces de utilizar de manera creativa y claramente diferenciada –en literatura digital- la web 1.0 y la web 2.0, es difícil imaginar qué se puede conseguir con la web 3.0

Algunas ideas:

- Un uso extensivo de los mash-ups que mediante los metadatos semánticos permitirían escribir obras dinámicas de alta calidad. Utilizando el concepto medieval de que “escribir es reescribir” podría pensarse en combinar textos de alto nivel literario de manera novedosa y creativa. No las mezcolanzas aburridas que ahora producen los programas de creación de textos (ver, por ejemplo, unas reflexiones al respecto
). Habría que reconsiderar el concepto de plagio y delimitar los derechos de autor pero las posibilidades son interesantes. Si a estas combinaciones añadimos generadores de textos “inteligentes” más avanzados podríamos obtener textos definitivamente atractivos. ¿Quizá una novela negra en el buen blank verse de Shakespeare?


- Textos que “entiendan” el lenguaje natural (un reto que hunde sus raíces en los inicios de la informática, allá por los cincuenta del siglo pasado, y nunca conseguido) de modo que puedan interactuar con el usuario creando diálogos on-time que tengan sentido y calidad literaria.


- Red de hiperenlaces que siempre lleven a una historia atractiva ( lo que sería una evolución del hipertexto adaptativo tal como se describía aquí
) y que eviten un curso narrativo aburrido o fallido.


- La novela interactiva en que uno de los personajes sea el lector. La novela se adaptaría a lo que, libremente – y siempre de manera distinta-, escribiera el lector formando el diálogo y los escenarios de manera coherente con esta interacción. Esto podría ser posible dado que la máquina “entendería” el contexto y el significado del texto.


Las cruzadas vistas por los árabes


Las cruzadas vistas por los árabes (Alianza Editorial, 1989) de Amin Maalouf es un interesante y completo ensayo histórico sobre las guerras de conquista que las tropas cristianas emprendieron en Tierra Santa durante la edad media. Basado en documentación y testimonios históricos de la época, obviamente las cruzadas no recibían ese nombre en el lado árabe sino que eran llamandas "las invasiones francas". El autor defiende que aquellas guerras siguen marcando hoy en día la relación de los países árabes con occidente. Señala que aquellos tumultuosos años fueron el inicio del renacimiento de Occidente pero del ocaso y el oscurantismo en unos países musulmanes que, tras los ataques, se repliegan sobre sí mismos.

Es una obra atractiva, que abre nuevos puntos de vista y que sitúa aquellas contiendas como lo que realmente fueron, una agresión fanática. Aunque – por la propia tendencia del autor (que, por cierto, es árabe y cristiano a la vez) y por los documentos manejados- se tiende a satanizar a los cristianos y a ensalzar a los árabes, el libro muestra una notable neutralidad y señala ejemplos de tolerancia en ambas partes y de sanguinaria ferocidad también en ambos lados. El trabajo repasa no sólo las batallas y los personajes más emblemáticos sino también las intrigas políticas y de las alianzas que unos y otros protagonizaron, muchas veces a contranatura. Asimismo se explican los avances técnicos que unos y otros se traspasaron, desde las máquinas de guerra hasta la colombofilia. El libro cubre la época comprendida entre la caída de Jerusalén, en 1099, hasta la toma de Acre por el sultán Jalil, en 1291.

25/12/08

Uhayú

Los campos de la Lorena, en Francia, se hallaban cubiertos de trincheras, huellas profundas que la Gran Guerra del 14 había dejado en la Tierra. Heridas que aún olían a la sangre de los millones de soldados caídos en las batallas. Cerca de allá, en St. Maurin, la escuela había quedado reducida a cenizas. Bombas alemanas, francesas, inglesas y americanas la habían alacanzado. Qué mas daba. Todas eran igual.

Lionel Dornaux, el Padre Lionel para los chicos que antes de la contienda asistían a las clases, miraba desde su casa semiderruida las largas filas de deportados que marchaban hacía lugares lejanos. En sus manos, estrujándola, aún tenía la carta de su Superior que le pedía una misión muy especial. En la Francia de 1919, sobraban curas en el continente pero faltaban en otros lugares y él era requerido muy lejos, demasiado lejos. Pocas colonias le quedaban a su país pero una de ellas estaba en Sudamérica, en un lugar que él solo conocía por los mapas. Un lugar al parecer lleno de cocodrilos y pegajosos mosquitos. Un lugar llamado Guayana Francesa.

No estaba muy convencido. El encargo de construir una escuela en un lugar remoto le parecía insignificante comparado con la titánica reconstrucción a la que Francia debía someterse. Francia, y toda Europa. ¿Por qué se le había elegido a él? Aquella orden truncaba toda su carrera. Acallando sus pensamientos con su lealtad a la Orden, acabó de empacar su maleta. Poca cosa. Si, ya de por sí, no tenía muchas pertenencias, tras una guerra mundial nadie poseía mas que lo imprescindible. Cuando, quizá por última vez , miró las colinas de Notre Dâme de Clion, unas lágrimas recorrieron sus mejillas. No era el padre Lionel un ser sensiblero pero el dejar atrás 36 años de su vida le emocionó.

Tras una semana de viaje en carreta – no quedaban muchos camiones en uso- llegó al puerto de L’Havre donde embarcó en un viejo barco que iba a la Guayana a recoger madera, ahora tan necesaria en la destrozada Francia. El viaje fue tranquilo. Cada noche, el Padre Lionel miraba un cielo antes nunca visto, lleno de estrellas que brillaban sobre un mar inmenso. Estrellas que le decían que su tarea en la Guayana debía ser importante aunque a él no se lo pareciera. Estrellas que le decían que quizá, allá, otros niños esperaban su ejemplo.

Llegó al puerto de Constantine el 19 de Noviembre. Era invierno pero hacía un tiempo maravillosamente apacible. La luz del sol, esa luz a la que mas tarde nunca podría ya renunciar, era intensa. Las sombras cortas, como ocurre cerca del Ecuador. El aire lleno de sonidos nuevos. Y sobre todo, niños, niños que sonreían felices, contentos. Tan alejados de la profunda tristeza de los niños franceses que había dejado atrás.

Le recibió el padre Arnoux, un jesuita ya viejo que llevaba muchos años viviendo allá. Fue él el que le consiguió la ayuda de unos cincuenta lugareños para construir la escuela y la capilla.

- Ah, una cosa, Padre Lionel – dijo Arnoux- tendrá que cambiarse el nombre
- ¿Qué? – esto es lo que me faltaba, pensó Lionel – ¿Por qué?
- Una costumbre de esta tierra. Hay que tomar un nombre local. Yo, por ejemplo, soy el padre Ahauná. Nadie me conocé por Arnoux. ¡Demasiado difícil de pronunciar para ellos!
- Ahau… ¿qué?….- dudó – ¿y qué nombre elijo? No tengo ni idea de los nombres de la Guayana.
- Ya lo he pensado yo por usted, padre…..se llamará Padre Uhayú. Ya se lo he dicho a los nativos que le ayudarán.

Lionel – Uhayú ahora – se pasó refunfuñando por lo menos una semana pero , poco a poco, se fue acostumbrando a su nuevo nombre.

Dos meses después la escuela estaba construida y la capilla tenía ya techo. Muchos niños – todos preciosos- habían empezado ya a ir a la escuela. Lionel no tenía horas suficientes para atenderlos a todos. Padre Uhayú por aquí, Padre Uhayú por allá. Que cómo son los barcos, Padre Uhayú. Qué por qué sale el Sol, padre Uhayú. Qué cómo es el país de donde vienes,…. Millones de preguntas.

Un año después , la escuela tenía ya 35 alumnos de edades desde los 4 a los 12 años. Lionel, el Padre Uhayú, estaba feliz. Todas sus pasadas dudas habían quedado atrás. Había olvidada su ‘carrera’ en Francia. Cuatro años después tenía ya tres escuelas y planeaba construir tres más.
Su mejor carrera ahora, su mayor éxito, era la sonrisa de aquellos pequeños, los conocimientos que iban aprendiendo, su capacidad para una vez crecidos, hacer progresar cada una de sus aldeas. Uhayú estaba plenamente inmerso en la Guayana.

Muchos años después, sentado en la arena frente a un sol rojo que se acostaba en el horizonte, se acordó de su vieja vida en Francia y de su antiguo nombre. Pensó en las navidades que hacía lustros que no celebraba y recordó que hacía mucho tiempo que no rezaba. Un chiquillo de una de sus clases pasó corriendo– tenía que hacer un castillo de arena, le dijo con una sonrisa enorme y unos ojos que brillaban ilusionados- y se dio cuenta que no hacía falta.

24/12/08

La reina oculta

La Reina Oculta (MR Ediciones, 2007) de Jorge Molist recibió el premio de novela histórica Alfonso X el Sabio en el año 2007. Se trata de una novela de aventuras centrada durante la cruzada albigense de Inocencio III contra los cátaros que combina hábilmente rigor histórico con los elementos más habituales en este tipo de trabajos: el temple, Sión, los cátaros, las herejías, la inquisición, amores caballerescos, batallas de unos pocos buenos contra muchos malos. En cualquier caso, narrado con interés y agilidad, consiguiendo mantener el enigma y haciendo que el lector quiera iniciar un nuevo capítulo. Los personajes históricos que aparecen en el relato están bien tratados y los que no son históricos encajan con naturalidad. Quizá podría haberse profundizado un poco más en las razones de “los malos” que, aquí, aparecen más como malvados que como políticos que defienden intereses.

Sin embargo, el rigor y la trama bien urdida que brilla en los dos tercios iniciales del libro quedan frustrados en la última parte. Se trata de un final que rompe con el rigor y que se hunde en un calco del tópico tan en boga hoy respecto a la descendencia de Cristo, ya explotado en “El último Merovingio” o “El código da Vinci”. Se pasa, abruptamente, de la historia a las leyendas, de las organizaciones medievales a las sectas, de las razones históricas de unos y otros a las divagaciones cabalísticas, del análisis político y religioso al aquelarre.

20/12/08

Los abetos

El ayuntamiento había elevado la tarifa por permitirle el puesto de venta de abetos por lo que sus ingresos mermarían. Tomó la camioneta al acabar su jornada en la fábrica y, como hacía cada año, condujo los cuatrocientos kilómetros hasta la sierra donde compraba los árboles al por mayor. Se alegró de que la gasolina por fin hubiera bajado de precio. Llegó pasadas las seis. Había parado tan sólo para llenar el depósito y comer un bocadillo de tortilla, de esos preparados que venden en las estaciones de servicio. El pueblo estaba hermoso o, al menos, así se lo pareció a él. Las peñas del sur relucían bajo el sol, exactamente igual que cuando él era niño y las exploraba buscando tesoros que nunca aparecían. Siempre que venía, ya sólo por navidad, le asaltaba la nostalgia.

Saludó a Carlos, que cada día estaba más obeso, y comenzaron a cargar los abetos. Estaban ya preparados, asidas sus ramas por cuerdas para que ocuparan menos. Todos tenían su pedazo de tierra al cual las raíces se aferraban con ansiedad. Seguramente, muchos acabarían en algún vertedero a pesar de que podían replantarse. Entraron treinta en el camión, bien apretujados. Pagó – eran los ahorros de varios meses- y arrancó de regreso a la ciudad. La ruta serpenteaba y el resol naranja del anochecer le molestaba. Confiaba en no llegar muy tarde porque quería estar a las seis de la mañana ya vendiéndolos. El que da primero da dos veces, pensó. Si todo iba bien, los despacharía entre el sábado y el domingo. Era la paga extra que complementaba el escaso sueldo de la empresa donde trabajaba. Con la crisis y todo eso, la plantilla en pleno había sufrido un expediente de regulación de empleo y habían dejado de cobrar dos meses. Se había sentido tan frustrado. Deseaba comprarle algo bonito a Rosa porque en noviembre había sido su décimo aniversario. No había podido ser y la cena que pensaban haber hecho en el italiano ese que tanto les gustaba, donde servían aquella lasagna de atún tan deliciosa, se canceló. Y el pañuelo de seda del que se había encaprichado se quedó en el escaparate. Ya habían decidido que lo que sacaran por la venta de los árboles sería para costear los juguetes de María José. A sus siete años, aquella pecosa, no paraba de pedir todo lo que veía por la televisión.

Anocheció pronto porque el invierno en crisis es más invierno y parece que la tierra acelera su movimiento para acunarse antes en la oscuridad. Los focos de la camioneta rasgaban la negrura de unos caminos olvidados por la administración y que hacía años que no habían visto farolas. Conocía la carretera. Si no hubiera sido así, las barrancas que cortaban al lado de la ruta le hubiesen asustado.

La curva era cerrada y aquellas luces le cegaron. Intentó frenar pero el otro vehículo le golpeó casi de frente. El camión demasiado cargado por los árboles perdió estabilidad y, bamboleándose, cayó por la pendiente. Los abetos se desparramaron y se confundieron con los árboles que la camioneta fue arrancando en su caída.

El otro conductor resultó ileso. Cuando, a las dos de la mañana, sonó el teléfono, Rosa se echó a llorar entre gritos que despertaron y asustaron a la niña.

17/12/08

221b

221b (http://www.itapebi.com.uy/221b/comienzo.htm ) de Juan Gomprone es un relato digital basado en las obras de Sherlock Holmes. De hecho, el propio título, 221b, es un acrónimo de la vivienda del detective, 221 de Baker Street.

Es una obra interesante. Sus textos están bien construidos, es una historia con atractivo y contiene elementos digitales auténticos. Por un lado, sirve –mediante hiperenlaces- para divulgar la obra de Conan Doyle con entradas que amplían la información sobre la obra del novelista, añaden elementos multimedia y dirigen a otros lugares de la red con información sobre Sherlock.Además, tiene una estructura digital que no es fácilmente conseguible en papel. Así, existen diversos finales (en concreto cuatro) a los que se llega sólo si el lector va atando correctamente las pistas, como si estuviese viviendo realmente el caso con Watson. Sólo si los enlaces se van eligiendo adecuadamente se tiene una historia atractiva (en el sentido explicado en
http://biblumliteraria.blogspot.com/2008/07/es-el-hipertexto-una-bendicin-o-un.html ).

Fallado el IV Concurso de Literatura Digital

Se ha fallado el IV premio internacional de literatura digital de Vinaroz. En esta edición, los premios han correspondido a:

NARRATIVA DIGITAL (dotado con 2.500 €) a Jason Nelson (Australia) con la obra "The Bomar Gene".

POESIA DIGITAL (dotado con 2.500 €) ex-aequo para Caitlin Fisher (Canadá) con "Andromeda" y para Rui Torres (Portugal) con "Poemas no meio do caminho".

MENCIÓN ESPECIAL "VICENT FERRER" para la mejor obra digital en lengua catalana a (dotado con 1.000 €) Antoni Ferret por "Fugue Book".

14/12/08

El sueño que llegó en goleta

Del mar provenía todo lo que sucedía en su vida. Siempre había sido así y supo que seguía siéndolo cuando le vio bajar de la goleta.

De chiquita, cuando despertaba, lo primero que sus ojitos avellanados veían por la ventana de su alcoba era aquella inmensidad azul y rizada que nacía en el puerto y se desbordaba hacia el horizonte donde una bruma grisácea fundía mar y cielo de tal modo que Elvira nunca pudo distinguir la diferencia entre ambos. Había oído contar a su madre cómo su abuelo Jontxu salió un día, al igual que lo hacía cada tarde, en el Virgen de la Paz para capturar verdeles y jureles, platijas y doradas, cuando una galerna repentina y furiosa se lo llevó para siempre al fondo del océano, junto a anclas y pecios de todos los tiempos. Pero su madre rezaba cada día al Señor que está en el cielo por el abuelo, así que supuso que ese cielo debía estar bajo aquellas aguas cuyo rumor acompañaba su existencia. Y que, cielo y mar, mar y cielo, eran una misma cosa infinita.

Sus más difusas memorias tenían que ver con el mar. En la escuela, construida precariamente en el extremo del dique del oeste, más de una vez se llevó una regañina de la maestra por prestar más atención a los vapores que atracaban y a las gaviotas que sobrevolaban las cajas llenas de hielo y peces, que a sus explicaciones. Sus sueños le hablaban de remotos lugares más allá del mar. Sus primeros escarceos con los muchachos fueron en el baile del puerto, durante las fiestas de Agosto, cuando el Ayuntamiento engalanaba los diques con lucecitas de colores y banderolas, y llegaban al pueblo aquellos carromatos que, al abrirse, se convertían en una cocina ambulante de churros y bollos. Allí, junto al mar, conoció a Juan Mari. Era marinero, como todos en el pueblo. Una mañana le regaló una caja de sardinas. No le dijo nada. Sólo se la dio mientras le sonreía con aquella expresión despistada que acabó enamorándola. Cuando se casaron, tres años más tarde, celebraron las nupcias con una comida en el puerto donde Paco, el tabernero, montó unas mesas corridas engalanadas con flores, a la vez que decoró las casas con guirnaldas y festones. Al atardecer, cuando ya los contrayentes sólo deseaban navegar por sus cuerpos y perderse en las olas de su deseo, todos los invitados lanzaron las guirnaldas al mar a la par que deseaban sus mejores votos para los recién esposados.

El océano la acompañó durante años mientras añoraba a un marido que iba convirtiéndose en un desconocido con cada larga travesía y sufrió cuando las tormentas encrespaban el oleaje y buscaban mártires que llevar a las honduras. Sus sueños, que cada vez eran más imposibles, morían en aquel horizonte acuoso que parecía infranqueable. Fue el mar, también, quien arrulló el sueño de María José, su hija; más tarde decoró su niñez y sus juegos y, por fin, se la llevó lejos cuando un marino cubano, sensual y meloso, la convenció para que se fuera a La Habana con él. Y las cartas de la niña, piensa Elvira, llegan tan de tanto en tanto que parece que la haya olvidado. Se siente sola. El mapa de su corazón se ha delineado con ausencias y conversaciones para sí misma, con sueños inalcanzables y sábanas frías.

Aquella tarde, como todas, estaba sentada a la puerta de la casa. Cosía las redes que la fuerza de los peces y las corrientes habían deshilado. El sol estaba alto y se había quedado sola porque las otras mujeres preferían empezar la labor cuando casi oscurecía. Total, poco había que hacer en el pueblo mientras los maridos y los novios perseguían bancos de anchoas en Gran Sol. Tardarían en volver al menos dos semanas más. Hacía calor y se había desabrochado dos de los botones de la camisola para que el aire que corría aliviara el calor de sus pechos y su cuerpo.

Apareció casi de sopetón, por detrás del faro. Con sus dos velas blancas, henchidas por la brisa y un foque que se afanaba por dirigirse hacia la bocana del puerto. Su casco era de madera clara la cual, al contacto con la luz reflejada, brillaba con caracolas arco iris. Elvira lo siguió con la mirada. No era habitual que barcos ajenos llegaran hasta allá.

La goleta dobló a estribor y una silueta que corría por la cubierta destensó el trinquete. Despacio, se deslizó hacia el atraque muy cerca de donde Elvira cosía. Abarloado al costado del Nuestra Señora, que estaba en reparaciones, la preciosa nave pareció descansar de un largo viaje. Pasó algún tiempo sin que nada, aparte de las gaviotas revoltosas, llamara la atención de Elvira. Casi se había olvidado de la goleta cuando vio que él saltaba a tierra. Era bello, pensó. Llevaba una camisa de cuadros que colgaba sobre unos pantalones de pana azules. Su pelo asomaba en rizos por debajo de una gorra marinera y su piel estaba bronceada. Al hombro, un pequeño macuto que sujetaban unos brazos musculosos. Y, sobre todo, aquel rostro que Elvira no podía evitar redibujar con su mente, como si estuviese recorriendo con sus dedos cada rasgo. Se asustó de que el hombre se diera cuenta de su descaro y se asustó, aún más, de sus propios pensamientos.

- Buenas tardes – aquel viajero se había encaminado directamente a ella, lo que la alteró aún más- ¿sabe dónde podría tomar algo fresco? Acabo de amarrar mi barco y me gustaría descansar un rato frente a una cerveza.

Era bello, Dios. Lo era. Tanto que tardó en recobrar su compostura, cosa que hizo cuando un golpe de sensatez la volvió en sí de pronto.

- Encontrará todo cerrado hasta dentro de dos horas. Este es un pueblito pequeño y el tabernero jamás perdona su siesta.

Rió y su sonrisa convenció a Elvira de que el mundo era mucho más hermoso que lo que aquellos malecones encerraban.

- Si lo desea, puedo ofrecerle algo….yo vivo aquí atrás – señaló la puerta entreabierta de la casa- y, bueno, no sería ninguna molestia…

Nunca supo dónde encontró el valor para invitar, así de pronto, a un desconocido del que no sabía nada ni cómo transcurrieron los minutos entre el momento que lo hizo y cuando ya conversaban ante dos cervezas – de lata, porque ella nunca había imaginado que un momento así llegaría- sentados, frente a frente, en la cocina de la casa. Se llamaba Adrián y amaba el mar. Para ganarse la vida ejercía de guía ocasional y de reportero de viajes en una revista que le pagaba por historias sobre mares australes e islas de cocoteros.

Él le contó de sus navegaciones. De las islas de coral que había visto en el Pacífico. De los cormoranes que le avisaban de la proximidad de una tierra que él aún no podía divisar. Le habló de la goleta y de por qué se llamaba Intrépida, en recuerdo de un paso por el cabo de Hornos que hubiera asustado al mismísimo demonio. Le relató aquellas noches de agosto, lejos de cualquier ruta, cuando millares de luminarias volaban por el cielo y de cómo él, con cada una de ellas, expresaba un deseo que, en realidad, siempre era el mismo. Habló de delfines que saltaban junto a la goleta jugando a ser más rápidos que su proa y que se ocultaban bajo la quilla para, más tarde, aparecer en la otra eslora. De temporales que rompían palos y hacían que uno rezase todo lo que su madre le había enseñado. De jarcias y bitácoras, de gavias, de peligrosos abrojos y de calimas misteriosas. De praderas de espuma salada. De la luna que, en el medio del mar, siempre es más grande.

Ella le contó de soledades mal llevadas, de María José y sus cartas que cada vez llegaban más espaciadas; de sus sueños de antaño donde aparecían ciudades con grandes parques y teatros. De románticas cenas en terrazas alumbradas por velas de colores; de acordeones y bandoneones que acompañaban un baile lento; de los viajes por todo el mundo con los que soñó de niña y que nunca logró realizar. Le habló de noches en vela mirando cómo los relámpagos iluminaban a lo lejos la mar encrespada; de entierros de hombres cuyos cuerpos nunca devolvía el mar y de lutos tristes en las tardes de invierno. De sus ansias por salir de allí, por sentir pasiones no permitidas, por olvidar las redes rotas y el olor a pescado. Sin saber por qué, le contaba a un desconocido todo aquello y le susurró acerca de lo dura que es la oscuridad sin un cuerpo al que abrazarse o de lo triste que es una amanecer sin un beso de buenos días. Deseaba no ser ella la que esperara al mar, sino embarcarse y navegar hasta aquel horizonte para comprobar si era el cielo que creía cuando niña.

Y él le dijo que sí, que todo eso era posible. Se lo dijo sin palabras, cuando la miró de aquella manera que la arrastró al fondo de sus ojos y al anhelo de sus manos.

Se despertó desnuda en una cama solitaria pero caliente y llena de aromas de besos. La noche había ya caído. Se acercó a la ventana y vio que la goleta doblaba el faro y se dirigía hacia aquella luna de alabastro que, efectivamente, estaba más grande que nunca. Levantó la mano y la agitó en una despedida que nadie pudo ver. La brisa que llegaba del mar acarició su cabello y creyó oír que le susurraba un adiós.