En De las cosas pálidas (La Bella Varsovia, 2025), Alberto Santamaría continúa una línea de trabajo muy definida dentro de su trayectoria: la poesía entendida como un espacio de pensamiento, pero también como una práctica situada, consciente de sus límites materiales, lingüísticos y perceptivos. No se trata de poesía que aspire a tratar grandes problemas, sino de uno que examina con atención aquello que suele quedar en segundo plano: lo borroso, lo incompleto, lo que apenas se sostiene en la mirada, lo nimio. Ahí se sitúa el territorio del libro, en espacios desplazados que no son solo geográficos, sino también emocionales y mentales: márgenes de la memoria, zonas opacas del afecto, lugares donde el amor o el recuerdo ya no son plenamente accesibles.
El poemario dialoga de manera constante con preguntas que rayan la filosofía: ¿hasta dónde puede llegar el lenguaje?, ¿qué implica mirar?, ¿qué se pierde cuando se intenta contar una experiencia? Estas cuestiones no aparecen formuladas de modo abstracto, sino encarnadas en escenas, objetos, gestos y reflexiones breves que se abren paso entre lo cotidiano y lo conceptual. La escritura avanza con cautela, consciente de que toda afirmación es provisional.
De las cosas pálidas puede abordarse como un recorrido por lo imprevisto, una constelación dispersa sin jerarquías claras o incluso como una reunión de restos a los que nadie presta atención. Sobre ese fondo fragmentario insiste una idea que vuelve una y otra vez: la importancia de estar. No como consigna vacía, sino como aceptación de una presencia siempre inestable, ligada a un tiempo que se escapa mientras ocurre. El libro asume ese presente frágil como único lugar posible desde el que pensar y actuar, sin promesas de trascendencia ni refugios idealizados.
Santamaría construye una dicción reflexiva, irregular, a ratos entrecortada, que combina recogimiento y distancia crítica. La ironía, leve pero persistente, impide que el tono se cierre sobre sí mismo y lo mantiene abierto a la ambigüedad. Todo ello genera una atmósfera reconocible: los poemas parecen escritos desde un tiempo suspendido, ese momento indefinido en el que la actividad se detiene y solo queda observar. Como si la escena fuera siempre la misma: una tarde apagada en la periferia, cuando ya no ocurre nada y, precisamente por eso, todo puede ser pensado.
Uno de los logros del libro es la integración de una sensibilidad crítica hacia el mundo contemporáneo sin convertir el poema en un mitin La dimensión social y política está presente, pero no como consigna, sino como atmósfera: una conciencia de precariedad, de desgaste y de intemperie que afecta tanto a las relaciones como a los paisajes y a los lenguajes. Aun así, el tono no deriva hacia el sarcasmo ni hacia el cinismo: hay distancia, pero también una voluntad clara de permanecer. El poema se convierte así en un lugar desde el que habitar el mundo, aunque sea de manera frágil y temporal.
A lo largo del libro se despliega, además, una reflexión continua sobre los propios mecanismos de la experiencia estética. Aparecen textos que interrogan la forma en que vemos, cómo se construyen las imágenes, qué papel juega el soporte material del poema, cómo opera la imaginación o de qué modo el error puede abrir nuevas posibilidades expresivas. Todo ello conforma una suerte de teoría implícita del arte, no sistemática, pero sí persistente, que se va revelando a medida que el lector avanza.
La escritura es depurada, con versos breves y estrofas contenidas que favorecen la concentración y el silencio. A veces esos versos parecen fragmentos de una métrica mayor desarmada, pero su fuerza reside precisamente en esa condición: piezas autosuficientes, tensas, donde cada palabra carga con un peso específico. La sencillez aparente es fruto de una elaboración rigurosa.


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