8/3/08

Cena


Te cambiaste de traje para ir a cenar. Chaqueta y falda, color marfil. Zapatos de tacón. Tres gotas de perfume. Decías que había que ir elegante a un buen restaurante. Estaba situado en el puerto, en lo alto del muro. Decorado como un barco varado, nostálgico de océanos lejanos. Un excelente establecimiento, de esos que se recomiendan en las guías gastronómicas. Nos lo merecíamos. Lo necesitábamos. Estabas hermosa aunque eso no era novedad alguna. Cuando llegamos comenzaba a atardecer y el cielo se doraba de reflejos que, luego de pasar por entre las velas de los balandros, serpenteaban en tu pelo negro. Nos hicimos fotos junto a los bous y jugamos a lanzar caracolas a la dársena, a ver quién llegaba más lejos. Las gaviotas revoloteaban ansiosas por entre las cajas repletas de marisco y hielo. Te recibieron como a una reina. Te recogieron el abrigo. Te hicieron una pequeña reverencia. Nos sentaron en una mesa apartada. Mejor así porque necesitábamos hacernos todas esas carantoñas y mohines que uno necesita hacer cuando se muere por la piel del otro. Pedimos unas gambas que estaban deliciosas. Y cangrejo relleno. Era la primera vez que lo probabas. Y pescado en salsa. Y vino blanco. El viaje había sido largo y estabas cansada. Te abracé al salir. Era ya noche cerrada y las luces de las farolas rielaban en el agua. Subimos al malecón. El runrún de las olas al golpear las rocas susurraba arrullos de afecto. No hablamos. No hacía falta. Las palabras hubieran roto el hechizo de la noche. Te estreché junto a mí, te besé, dejaste que te envolviera en el abrigo de mi abrazo. Tú lo deseabas. Yo lo necesitaba como el aire. Luego, regresamos y caíste dormida sobre mi hombro tras decirme que había sido una maravillosa velada. Lo había sido por ti.