25/3/08

Escribiendo un e-mail






Recuerdo que compartimos un bocadillo de filete a la plancha con pimientos verdes. Estabas ya muy cansada y tenías la respiración entrecortada pero seguías trabajando y ni por asomo podía decirte que lo dejaras, que cuidaras de ti misma, que el trabajo ya no importaba. Al revés, el trabajo, el sentirte útil, el demostrarte que superabas los obstáculos, te daban aliento para continuar la lucha.
Nos sentamos en aquel restaurante de carretera que  proporcionaba WI-FI gratis si hacías alguna consumición. Pedimos el bocadillo y una botella de litro de Vichy. Estabas hermosa con tu abrigo beige pálido. Comimos despacio, sentados juntos en el banco corrido que se alineaba junto a la mesa de plástico. Había oscurecido y la tarde del otoño tardío estaba lluviosa y tristona. Estábamos solos. Abrimos mi ordenador sobre la mesa y mientras yo tecleaba tú acariciabas mis dedos con los tuyos.
Había que traducir aquella carta que tu jefe quería enviar urgentemente pero ni él mismo sabía lo que quería expresar, así que entre bocado y bocado dedujimos juntos su objetivo, el mensaje de la misiva y la tradujimos al inglés. Me hiciste cambiar varias veces la expresión que, para eso, hablabas mejor que yo el inglés.  Fuimos precisos y el director de la empresa quedó encantado cuando te contestó una hora más tarde. Tú, a pesar de tu estado, no hubieras aceptado nada menor que la perfección.
Tras enviar el e-mail, me agarraste del brazo y nos quedamos allá, sentados por largo tiempo. Ya no tenías fuerzas para seguir hablando. Vaciamos la botella de agua compartiendo el vaso, compartiendo la vida y la fatalidad que no dejaba de acercarse.