15/3/08

¡Qué ganas!


Llegué muy tarde. Me demoré en el trabajo y el tráfico no ayudó a recuperar el tiempo perdido. Aun así, me esperaste sin acostarte y eso que estabas rendida de la jornada. Era ya noche cerrada cuando nos encontramos en el aparcamiento del parque. Tenías poco tiempo. Debías regresar. Era verano y la noche era cálida y llena de estrellas. Te besé con esa ansia que nos abordaba siempre tras días de ausencia. Tú devolviste el beso con ternura y pasión. Charlamos apresuradamente, amontonando las palabras para contarnos todo en nada, millones de cosas en poquitos minutos, entremezclando frases, besos, caricias y promesas. Estabas preciosa. Vestías una camisa banca y unos pantalones cortos azules. Acaricié tus piernas, nos besamos, te dije mil veces lo hermosa que estabas, pero el reloj llamaba al descanso y a las obligaciones. Dijiste ¡qué ganas! al salir del coche y tuve que esforzarme infinitamente para soltar tu mano y dejar que entraras en tu coche.