15/3/08

El alma de las cosas



Hoy caminé por la ciudad que tantas veces visitamos juntos. Creí que sería un viaje más. Soy un inconsciente. Tanto estudio técnico me ha hecho olvidar que existen lo inexplicable, lo intangible, lo irreal, lo incalculable. Pero estos acechan siempre y, en cuanto te descuidas, el alma de las cosas se presenta ante uno para mostrar lo auténticamente real, lo que importa.

Qué amargura, cariño. Cada esquina, cada calle, cada rincón, cada fuente, me trajeron recuerdos de ti. Qué amargura no poder pasear nuevamente contigo, agarrando tu mano. Qué rabia inmensa produce tu ausencia. ¿Cómo es posible que todo, absolutamente todo, estuviera todavía impregnado de tu memoria, de tu aroma, de tus gestos y de tu risa? El tiempo no ha pasado. No te has ido. Fue como si la ciudad se contrajera para que todo lo vivido juntos se concentrara ante mis ojos. La plaza donde vimos bailar tango a aquella pareja tan elegante mientras el viejito de barba espesa tocaba el acordeón. Me dijiste, un día tenemos que bailar así. Y yo, patoso diplomado, te dije que sí, que contigo, sí. Visité la iglesia y me senté en el mismo pasillo desde donde te veía volver de comulgar, sonriéndome. Deambulé por el mercado, donde tantas veces hicimos la compra. Me senté en la taberna con aires de pub londinense donde desayunábamos café con leche y bollos, en aquel rinconcito coqueto y apartado. Y paseé por el parque con la fuente donde te hice tantas fotos. Fotos que aún tengo y que repaso muchas veces con el dolor de saber que es lo único que me queda de ti.

Pero no, miento. No es lo único que me queda porque toda tú sigues aquí, permaneces en mí y en el mundo. Basta un efluvio, una brisa, una esquina, un edificio, un sonido, para que regreses, para que te vea y te sienta de manera tan real que no puedo creer que no nos reencontraremos algún día. No olvido nada. Aunque no sea consciente de ello, tú sigues conmigo. Así caminé hoy por la ciudad. Contigo a mi lado. Sí, nadie te vio a mi vera, ni nadie escuchó tu risa y lo que me contaste. Pero estabas allá, junto a mí. Yo lo sé.

Lloré. Lloré mucho. No me avergüenzo de decirlo. Ojala esta pena siga siempre tan hiriente y cercana. Porque no quiero olvidarte. Nunca. Quiero sufrir tu ausencia. Hasta el reencuentro.