26/3/08

Un mar de melocotoneros






Hay un océano rosado de melocotoneros en flor creciendo sobre la tierra que tú hollaste. Un mar inmenso y hermoso que se extiende hasta un horizonte que parece más lejano y hechizante que nunca. Al verlo, me has venido a la memoria, tu rostro se me ha aparecido- tan real- frente a mí, has vuelto sin volver. Y es que así era vivir contigo porque, en aquellos mismos campos, junto a ti, cuando me dejabas que te tomara de la cintura, el mundo se ampliaba y se hacía bello, se cubría de olas rosáceas e infinitas, la vida se coloreaba de tonos intensos, cada detalle parecía tener un sentido profundo ideado en el cielo, los violines del cosmos se afinaban, todo era mejor con el embrujo que tú generabas.  Nunca antes había percibido el color tan intenso, las llanuras infinitas perdidas en el horizonte, las olas de secano que el viento arranca del mar de flores. No me daba cuenta porque sólo tenía ojos para ti, para tu sonrisa de embrujo. No escuchaba el rumor de la brisa entre las ramas porque sólo tenía oídos para tus palabras siempre vivarachas, dulces como el almíbar. Sólo tenía tiempo para deleitarme en tu amor sin fisuras. Quisiera que volvieras, poder regresar a estos campos rosáceos a caminar contigo asiéndote de la mano muy fuerte para que no puedan arrancarte nuevamente de mí. Me contarías anécdotas de la oficina, de los trabajos urgentes para Jordi, las risas con Domenec o las peleas con Serafín. Luego, nos sentaríamos junto al río y te daría uno de aquellos largos masajitos de pies que tanto te gustaban. Aquí están todavía los melocotoneros y los perales blancos, los recodos que hollaste, los caminos que anduvimos. Te esperan. Yo, mientras, tengo el corazón maltrecho. El manto rosa de los árboles florece en torno a ti, honrando tu memoria. Yo espero, viendo pasar primaveras. Juntos en el recuerdo.