8/3/08

Planetario



Cuando los recuerdos se le escapaban indómitos, Ferdinand los hacía retornar a la oscuridad encerrándolos entre palabras y breves textos que guardaba en un lugar disimulado de su diario. Lo hacía así para no herir a Lidia, para no perturbarla con su pasado, para que las sombras que se enredaban en su propia alma no ensombrecieran todo el amor que sentía por Lidia, para que ella no se sintiese dolida o inquieta, para que no dudara de su cariño. En cualquier caso, Ferdinand sabía que Lidia lo leía sin decirle nada y seguramente Lidia sabía que Ferdinand lo sabía. Al cabo, con ese juego de ocultamientos tan falso como ingenuo, Ferdinand le contaba todo lo que le ocurría, todo lo que sentía, aunque no tuviese valor para decírselo cara a cara.

En realidad, estaba asustado de poder perderla, de resultarle demasiado complicado, de que el corazón se le desangrase una vez más. Porque a Ferdinand le fascinaba Lidia. Podía pasarse horas enteras mirándola sin otro propósito que disfrutar de su imagen. Se extasiaba escuchándola, siempre tan interesante, tan cautivadora en su charla. Le gustaba acariciarla suave e infinitamente, sintiendo en cada milímetro del roce con su piel un placer inmenso. Cuando la abrazaba, cuando la tomaba de la mano, se sentía en un mar de luceros. Todo tan de telenovela y de cuento hortera que no se atrevía a contárselo. Le encantaba verla dormir, sus ojos cerrados, respirando con tranquilidad, siluetada en la tenue luz de la noche iluminada por la luna y las estrellas. Por eso, cuando llovía, la invitaba al Planetario. Para que ella se durmiese bajo un firmamento de cartón piedra, cogiéndole de la mano. Entonces, Ferdinand se olvidaba de los astros, y de la luna, y de las nebulosas de colores para disfrutar del rostro de Lidia. Quiso decirle lo mucho que le enternecía verla dormida pero como le daba vergüenza hacerlo frente a frente, se lo escribió en aquellas páginas que él sabía que ella leía sin decírselo.