17/3/08

Fotografías

Cuando uno coge la cámara y se dedica a tomar fotografías, los demás suelen pensar que eres un pelmazo. Eso en el mejor de los casos. Otros afirman que eres un niño, que no hay que importunar el momento pretendiendo que quede pintado en una película de celuloide – años ha- o grabado en los átomos de un fichero jpg – hoy y ahora-; dicen que uno sale feo, con muecas indebidas, que la luz no es la misma que en la realidad, que no se siente el aire que corre entre las frondas, ni se ven los reflejos sutiles en el césped, que el objetivo aumenta las arrugas y resalta las espinillas. Que no, que no quieren fotos.

Tú te dejabas fotografiar y yo- bendita afición- te sacaba fotografías porque sí, porque qué mejor que gastar mi tiempo en ti, en mirarte desde mil ángulos, en congelar tu sonrisa, tu mirada, tus gestos. No sabía entonces lo importante, lo vital que era hacerlo. Afortunadamente, lo hice. Afortunadamente, te prestabas a ello. Hoy que no estás, te vuelvo a tener en las miles de imágenes que de ti tengo. Vuelves en ellas. Lloro con ellas. Te añoro infinitamente por ellas. Hoy, por ejemplo, no puedo dejar de mirarlas y, aunque se me llenan los ojos de lágrimas, no deseo parar de verlas.