1/3/08

Tu niñez

Un día, después de comer, fuimos a visitar el balneario. Allá pasaste algunos veranos de niña, cuando no sabías que yo me cruzaría en tu vida ni yo podía imaginar que el alma se me pintaría de dorados y platas al conocerte. Entonces, tú jugarías despreocupada, ajena a los golpes que luego la vida te daría. Yo intercambiaba canicas sin sospechar que llegaría a necesitarte tanto que tu presencia se hace ineludible y tu ausencia quema como mil hogueras. Y, sin embargo, entonces, cuando tú correteabas por el balneario y yo no sabía ni que este lugar existiese, nuestros destinos ya se habían entrelazado en el cielo. Algún querubín juguetón había decidido que un día te vería, que un día me quedaría absorto frente a ti, que tu voz sería una sonata de celestas y arpas, que tu pelo negro- cuánto echo de menos el peinarlo- contendría la más perfumada fragancia que jamás he sentido.

Estaba descuidado el lugar pero me pareció el más bello de los lugares. Dicen que los espectros no existen pero yo te vi jugar entre aquellas paredes. Dicen que los recuerdos se esfuman en el tiempo como el arrullo del viento se extingue entre los juncos de la ribera pero yo creí verte con aquella faldita corta con ribetes azulados y aquellos zapatitos de correa que tan mona te hacían.

Nos sentamos en el suelo, entre los árboles del cercano bosquecillo. Me besaste. Te besé. Me contaste de cuando eras niña. Dicen que el pasado muere en el mismo instante en que sucede. No es cierto. Aquella tarde en el balneario, toda tu historia penetró en mí y cada uno de los minutos de tu existencia pasada volvieron a ocurrir en tus palabras para quedar engarzados en mí para siempre.