18/3/08

Herida abierta





Me quieren y quiero nuevamente, lo sabes, y el analgésico del amor hace que a veces piense que la herida ya ha cicatrizado, que aunque te recuerde cada día – es así, ni un solo día has dejado de llegar a mi memoria- la vida se renueva y el futuro por fin se sobrepone al pasado. Entonces, te visito y todo se vuelca en un instante. Brotan, sin que yo los llame, sangre, dolor y duelo. Las lágrimas se agolpan imparables en mis ojos y la congoja se enrosca en mi garganta. El tsunami de la rabia cósmica por la injusticia del mundo, por la indiferencia divina, por mi impotencia ante el destino, por no ser capaz de ayudarte, me inunda y me derrumba. Y, ¿sabes?, entonces, abofeteado por el sentimiento, hundido en el barro de la miseria que crea la falta de tus caricias, me revuelvo furioso, me siento vivo, me siento valeroso, me siento fuerte para seguir. Es irónico. Es con tu presencia doliente y cercana como puedo afrontar el mundo, sabiendo que tú me hiciste como soy, que tú me enseñaste a sentir, que eres el baremo del bien y del mal. Es postrado y derrotado cuando me alcanzan las más sobrehumanas fuerzas de combatir la vida y devolverle el golpe que nos asestó. La venganza es un buen motivo para sobrevivir. Y yo deseo vengarme de la tierra y del cielo. A partir de tu dolor, del nuestro, es como puedo valorar el querer, un abrazo, un beso, el rumor del mar. La pena, la angustia y la nostalgia me recuerdan lo maravilloso de que ahora me amen, lo que fuiste, lo que eres, lo que pudo ser, lo efímero del bien, lo implacable del mal, lo que modelaste en mí, y reavivan la esperanza en que te alcanzaré en tu vuelo, en este mundo o en otro mundo, en cualquier mundo, o en el recuerdo si es que sólo eso es posible. Quiero sentir tu dolor siempre. No traicionaré jamás tu ausencia. Seré feliz, sí, quizá, pero será con la llaga abierta que yo mismo rasgaré con mis manos si quiere sanar.